La ciudad literaria de Julio Ortega

Intervenciones en Guadalajara

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

 

La presencia del Perú en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara tuvo un impacto intenso y distintivo. La peruana es una literatura que al deberse tan poco a los valores del mercado, le devuelve al lector la gratuidad de la lectura.

La presencia de Gustavo Gutiérrez (el intelectual peruano de mayor resonancia internacional) le dio un centro de gravedad a esa suma de voces. No sólo porque Gutiérrez ha llevado por más tiempo y más lejos el reclamo de un país más vivo, cuya forma interior es una fe en la justicia; sino porque su lección ética es la más clásica: poner a prueba las palabras en los actos. Hoy la moral se define no por la autoridad de las grandes causas sino por la sensibilidad para con los demás. El valor de la palabra empeñada es la apuesta central la cultura peruana, desde el Inca Garcilaso de la Vega hasta César Vallejo y José María Arguedas.

Pero fue, además, gratificante el buen ánimo de los nuevos escritores, los jóvenes y aún los más recientes, que arribaron al ágora con sus revistas y libros, documentos del nuevo siglo que se renueva y nos releva. Gracias a ellos, la literatura peruana puede ser un espacio generoso, libre de los traumas de origen (violencia, resentimiento, fracaso), y abierto a la conversación más creativa (a la salud mutua), aquella capaz de creer en el otro, en su palabra duradera. Esa es la lección de Alfredo Bryce Echenique, que recorre todas las instancias de la conversación como si se tratase de la mayor virtud peruana.

Recobro, en lo que sigue, las voces que me tocó añadir.

Encrucijadas de Tomás Segovia

(Sesión Amigos de Tomás Segovia, Premio Juan Rulfo 2005)

Tengan cuidado de encontrarse con Tomás Segovia. No sabrán, sin peligro, tomar por un lado u otro. Porque Tomás Segovia es el poeta de las encrucijadas.

Está de pie y sonriendo, parado en una piedra, pero se abren las rutas tras suyo, como una interrogación. Se deja estar, de paso, en el entretanto. Parecería un Juan Rulfo español sino fuese un Tomás Segovia mexicano. Esos caminos que se cruzan pueden ser una cruz. Entrecruzado por la geografía afectiva, y entre preguntas de qué ruta tomar, Tomás rememora sus dilemas, y a la vera prosigue el poema que viene escribiendo hace 50 años, a trechos y treguas, ente una y otra página, en esta o aquella ciudad, uno u otro amor (¿dechado o desdichado?). Pero entre la errancia y la estancia, Tomás ha sentado plaza y cabeza en la palabra. Ha tomado Tomás la sesgada vía del ser, del breve estar.

La primera vez que lo encontré, en el Colegio de México, si fue esa la primera vez, porque pudo haber sido en la redacción de una revista no en vano llamada “Plural,” entre un japonés de vuelta y un venezolano de ida; pero aquella vez, Tomás no sabía si estaba llegando o yéndose, y nos detuvimos a tomar, como decía Vallejo, un “té lleno de tarde.” Estaba él en la encrucijada de seguir a una musa pasajera que le pedía elegir entre Estados Unidos y México. Pero Tomás ya estaba ligeramente sin rumbo, casi de nacimiento, en un mundo cada vez más enrumbado. Pensé entonces que la gracia ardorosa de su relato, ese “desamparado apasionado” que ejecuta, lo hacía un narrador itinerante; y que seguramente Tomás tendría que inventar un nuevo género para la biografía de ruta. Pero fue ya un exceso del camino encontrarme otra vez con Tomás en los pasillos del aeropuerto de Londres. El llegaba y yo salía, y hablamos un momento entre las filas de viajeros, más seguros de su destino. Y hace poco en un congreso dedicado, naturalmente, al exilio en la Universidad Complutense de Madrid, le tocaba a él inaugurar y a mí clausurar pero, como era de esperarse, nos canjearon los días.

Por eso, habiendo vivido en su propia encrucijada, entre uno y otro camino, no es de extrañar que Tomás Segovia no tenga la necesidad de romantizar el exilio. Su territorio ha sido siempre la lengua, y su albergue, en ella, la poesía. Más bien, cuando en los años 80 es descubierto por los escritores jóvenes de Valencia y su gran pequeña editorial Pre-Textos, Tomás vuelve a España antes de haber regresado: su poesía lo anticipaba haciendo camino. Pronto, reinstalado en España, vive de nuevo toda su vida como si se encontrara consigo mismo. No sólo porque el hombre maduro se convierte en poeta joven, gracias a sus nuevos lectores, sino porque si en México había sido un poeta casi español en España sería un nuevo poeta felizmente mexicano. En México se le solía leer como un lírico de estirpe clásica formal aliviado por la poesía francesa. En España, más bien, como oficiante del espíritu ritual de la poesía viva. Con su perplejidad resignada, me dijo una vez que ya no sabía de dónde era, lo que entendí yo como otra encrucijada.

Pero quizá lo más relevante de este cruzarse en el camino con Tomás sea que al volver a verlo uno retoma la conversación como si prosiguiera una frase suspendida. Tomás no es un conversador sino un confidente, presupone la intimidad del habla, y el largo rodeo del lenguaje donde la poesía le da su forma a nuestro tránsito.

Lo precede, por ello, una música recóndita. Su soliloquio discurre con cierta resonancia vocálica, como si el lenguaje se escuchase a sí mismo en el poema. Es un oleaje clásico, donde las palabras entonan los nombres que celebran el camino. Pero también es una voz romántica, que fluye como el himno, de asedio numinoso. Quizá sea la música misma del español, cuya alabanza nos viene de Garcilaso de la Vega, y cuya nitidez fue gozosa en Rubén Darío. Esta música segoviana discurre como un pensamiento: es música interior, decir de ofrenda; y nos acompaña, brevemente y para siempre.

De modo que como amigo suyo de paso, puedo asegurarles que todos los caminos conducen a su poesía.

Lectores y lecturas de Bryce Echenique

(Sesión dedicada a ABE)

Leí el otro día una novela colombiana en la que el personaje, un joven estudiante radicado en Francia, despierta en una playa del Sur luego de una noche de juerga, y descubre que no tiene ningún documento en los bolsillos. “Que extraordinaria posibilidad de adquirir una nueva identidad,” se dice, y decide empezar su nueva vida declarándose peruano. Pero no se trataba de una declaración de modestia; este personaje no necesitaba hacerse, por ejemplo, argentino. Lo que en verdad pretendía, entendí, es despertar en una novela de Alfredo Bryce Echenique.

No es la primera evidencia de que los personajes de la ficción busquen un papel en las novelas de Bryce Echenique. Este mismo año, en una hermosa novela venezolana, la protagonista se lleva a la cama El huerto de mi amada , como si fuera una guía de amores improbables. Otra escritora buscó añadirle un capítulo a La vida exagerada de Martín Romaña como si el autor narrase su biografía. Y no ha de extrañar que Bryce Echenique reciba novelones biográficos motivados por la lectura de sus libros. Tampoco el que uno de sus lectores lo haya secuestrado, soy testigo, para contarle su vida, digna, naturalmente, de ser narrada.

Mi tesis es que la narrativa de Alfredo Bryce Echenique ha consagrado la noción de que toda vida es, en principio, una novela por ser contada. Y que en la lectura de su obra, al final, cada lector encuentra la historia paralela de su propia novela, desatada por la contaminación biografista que a favor de los sutiles mecanismos de la confesión pública, Bryce Echenique ha propagado como la única plaga feliz. Pero, además, esa prolongada conversación, ese exceso dichoso de vida narrada, lleva el inconfundible arrebato de un ágape peruano. La “vida exagerada” anuncia el tiempo extra de la charla hiperbólica, grandiosa y derrochadora que los peruanos valoramos como celebración de la amistad. Por eso he dicho que Bryce Echenique ha peruanizado Europa: los ha sacado del monólogo autoritario y les ha devuelto el habla digresiva.

No es casual que un lector sutil de las Antimemorias de Bryce Echenique haya sido Gabriel García Márquez, cuyas Memorias prolongan el mecanismo bryceano de la rememoración inclusiva, según el cual una ventana abre un pasaje donde hay otra ventana que se abre a otro pasaje donde se abre una puerta, etc. Esta puesta en presencia del pasado fluye, además, libre de la cronología y del espacio, gracias a la focalización sucesiva del relato, hecho de varios relatos, esto es, de varios lectores que comparten la lectura (dramática, humorística, epifánica) de los hechos y las hablas. La memoria, así, es el lenguaje hecho verbo.

El mecanismo es, ciertamente, complejo y, en buena cuenta, sinfónico. Bryce Echenique ha multiplicado la posición de habla del sujeto, la perspectiva del narrador, liberando así al lector en la lectura. El lector vuelve a comenzar todo de nuevo en cada episodio. El libro equivale a la memoria pero siendo ya una lectura de la misma, ocurre que la lectura del lector acontece siempre en el presente: la lectura es la orilla de la memoria. En esa orilla despertamos liberados por el habla. La anti-memoria, por lo mismo, es escribir el pasado desde el presente de la lectura, desde los ojos del lector. Los personajes reales, empezando por el propio Alfredo Bryce Echenique, que aparecen en sus novelas; pero también, los amigos y amigas que, siempre, acompañan al narrador en los dos tomos de las Anti-memorias, como si el recuerdo solo fuese posible en la interlocución, demuestran, entre tantas otras variaciones, la inclusividad de lo real como ficción y de las pruebas de ficción que requiere lo real. Por eso, Bryce Echenique no ha visto un drama mayor en las interacciones de la “verdad” y la “mentira,” porque en su obra la ficción es la forma de verdad que el lenguaje libera.

Pero la licencia biográfica tiene, por cierto, sus propias reglas de juego. Supongo que las distintas categorías de mujeres en sus novelas, por ejemplo, que van de la esposa clásica a la Quimera improbable, terminan pareciéndose a sus personajes, como se decía de las mujeres de Picasso. Pero, irónicamente, como Alfredo tiene la mejor memoria del mundo, sería difícil resistir el cotejo y protestarle la versión. La verdad, se diría, es de todos modos aliviada por la empatía afectiva del recuerdo.

En el París de los años 70 no se podía comer con Alfredo sin ser interrumpido por alguna lectora en desgracia. En Lima de los años 90, hasta en el restaurante más remoto había que saludar a la pareja de lectores que no se atrevía a interrumpir. Me parece que he conocido a todas las modelos de estas novelas, y no en vano ha tenido él que escribir tantas novelas, pero no para recordarlas sino tal vez para exorcizarlas, convirtiéndolas, de puro cariño, en seres maravillosos. Cuando me dijo que todas ellas después de leer sus novelas se han hecho más amigas, le he dicho que ese es un largo camino a la amistad. Pero una de las novelas amorosas más conmovedoras de esta lengua es El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, verdadera elegía a la mujer, a la idea de la mujer, cuya vehemencia y humor remiten a la “pasión convulsiva” que en el relato amoroso perseguía Stendhal. Encendidas por la atención amorosa, estos seres excepcionales son de una fecunda arbitrariedad. El único problema con el amor es la idea mundana de la pareja. Y por eso en La amigdalitis de Trazan se llega a una sana conclusión: desde que te casaste con otro hemos sido más felices.

Pero lo extraordinario no es que estas novelas sean autobiográficas (Bryce ha dicho que no podría haber podido sobrevivir todas esas vidas), lo extraordinario es que sean -en alguna zona del relato- biografías del lector.

Los lectores nos sentimos, de pronto, personajes de estas novelas, ya sea porque sus héroes y heroínas encarnan nuestros fantasmas, haciéndonos vivir ilusamente capítulos imaginarios de nuestras vidas imposibles; o ya sea porque estas novelas son la biografía emotiva de nuestro tiempo. Por eso digo que Bryce Echenique es culpable de la tendencia dominante en la literatura latinoamericana actual, las ganas que tenemos todos de contar nuestras vidas buscando un lugar en la república (bryceana) de los afectos, allí donde la emotividad es más cierta porque cuando todo cae- y el Perú ha caído tanto- lo único que prevalece es la amistad.

La amistad, es decir, la conversación. Porque en la obra de Bryce Echenique la literatura tiene el protocolo y la promesa de una larga, viva, memorable conversación. La literatura peruana, creo yo, es desde el Inca Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala una laboriosa, paciente, formidable conversación con nosotros mismos y con el mundo transatlántico, entre las varias orillas de las múltiples voces.

Los lectores de Bryce, al final, pertenecemos a esa comunidad del ágape. Y por eso leemos sus libros como instrucciones para mejorar el diálogo, como manuales para explorar el territorio emotivo de la charla, sus parajes y pasajes, donde encontramos a los interlocutores que nos ceden la palabra.

Y en el turno de la palabra mutua somos, de pronto, más humanos; o sea, mejores lectores.

Le debemos a Alfredo esa hospitalidad, esa nobleza.

Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza

(Presentación de sus nuevos libros en Ediciones Aldus)

Hace cosa de 40 años que Cisneros, Hinostroza y yo somos amigos, aunque esta sea la primera vez que estamos juntos en un foro. El año 61 conocí a Cisneros en los patios de la Universidad Católica, en la Plaza Francia, y a Hinostroza el 65 o 66, a su vuelta de La Habana, en los cafés de Lima. Conocí a los padres de Toño, que eran afectuosos y mundanos, y le hablaban a los amigos como si fueran de la familia. Y también a los de Rodolfo, que eran escritores desvividos por la literatura; su padre había sido condiscípulo del mío en el Colegio La Libertad de Huaraz, donde vestían de húsares con espadín al cinto. Me tocó escribir la primera reseña de Destierro, y leí Consejero del lobo como una revelación. Nuestra época empezó con el poema “La Noche” de Hinostroza, escrito en La Habana cuando la crisis de los misiles, el día que bien pudo ser el último de los días. Y terminó, me doy cuenta, el aciago día de 1963 en que mataron a Javier Heraud en Puerto Maldonado. Al año siguiente, Comentarios reales de Cisneros abrió camino a la poesía crítica, con las únicas armas a mano, la ironía y la denuncia. Y el 65 estuvimos juntos en la muestra de poesía Los Nuevos , la primera apuesta por una opción definitivamente literaria. Rodolfo mantenía una suerte de tertulia filosófica, donde pasábamos revista a la teoría poética, la metafísica y el psicoanálisis. Me doy cuenta que compartíamos, los tres, una idea de la poesía superior a nuestras fuerzas, como si la poesía fuese la forma final de una biografía.

Me acuerdo de la tarde de 1964 en que Toño y yo, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, vimos al gran Emilio Adolfo Westphalen, que con paso cansino se alejaba. Toño me dijo: “Vamos a regalarle nuestros libros,” y corrimos para alcanzarlo. De pronto, yo dudé y me detuve: “¿Cómo le voy a dar mis poemas a Westphalen?” Debe haber sido mi bautizo de crítico.

Después, apenas cumplidos los 28 años, nos fuimos todos. Tuve tiempo, antes, de celebrar el premio Casa de las Américas que obtuvo Cisneros el 68 por Canto ceremonial contra un oso hormiguero, el mejor de los libros de ese concurso. Toño se instaló en Londres, Rodolfo en París, y yo en Barcelona, luego de pasar por Estados Unidos y México. Con Mirko Lauer escribimos al alimón un manifiesto de la poesía de la hora, anunciada por Rodolfo y su libro parteaguas, al que llamamos “Obertura para una lectura de Contra Natura.”

Después, ya de profesor en Austin, Texas, he recibido la visita plenaria de Cisneros, que culminó allí con la edición de sus libros reunidos, que Adolfo Castañón acogió de inmediato en el Fondo de Cultura Económica. Luego, pasó Hinostroza, que escribía una guía de viaje con calidad literaria y, de paso, comprobaba la calidad de las musas. Habiendo escrito sobre sus libros, habiéndolos difundido en mis antologías y analizado sus poemas en mis clases, no es raro que haya querido escribir como ellos, y que lo haya hecho en unos poemas atribuidos. Cuando en 1974 consideré volver a vivir en Lima, se me ocurrió glosar advertencias en la voz de mis amigos. Toño me decía: “No vuelvas por ejemplo hasta el 2,015/ cuando las aves marinas habiten la plaza San Martín.” Y Rodolfo: “Vuelve inmediatamente y súmate a la Idea.”

En la obra de Antonio Cisneros se levanta nuestro paisaje emotivo, la inteligencia sensible de la época que nos tocó descifrar. Pocas veces un poeta ha hecho tanto con este idioma. Lo ha pulido como un instrumento de registro, dándole belleza y agudeza. Ha devuelto, se diría, el instante a su plenitud, otorgándole una voz inconfundible al presente, haciendo más vivo nuestro plazo.

En la obra de Rodolfo Hinostroza cristaliza con brío nuestro debate con la modernidad. Pocas veces un poeta ha dicho tanto poniendo a prueba los límites del idioma, excediéndolos con la exaltación del canto, con el diagramado de la subjetividad deseante. En su poesía seguimos siendo la promesa de nuestra juventud; en su relato y teatro, los protagonistas de la pasión analítica de estar aquí.

La obra de Cisneros tiene la intimidad palpitante de nuestro soliloquio; la obra de Hinostroza, la vehemencia de nuestras demandas.

Ambas nos son imprescindibles, como el pan fresco y el buen vino.

Foro de Novísimos Narradores

Este es el tercer año que organizo para la FIL un foro de jóvenes narradores. En el primero estuvieron Jorge Volpi, Rodrigo Fresán, Cristina Rivera Garza y Eduardo Padilla; en el segundo, Edmundo Paz Soldán, Andrea Jeftamovic, Yván Thays, Antonio Ortuño, Florencia Abbate, Mayra Santos Febres, Adrián Curiel, Guadalupe Nettle y Jorge Carrión. Y para este tercero contamos con Margarita Posada (Colombia), Armando Luigi (Venezuela), Fernando de León (México), Luis Hernán Castañeda (Perú) y Llana Hadatty Mora (Ecuador). Esta serie es una apuesta por estos narradores, algunos ya de nombre y renombre, otros muy recientes, pero todos con la misma resolución de hacer de la literatura su territorio de destino.

La extraordinara diversidad de estos jóvenes escritores ilustra el paisaje narrativo del nuevo siglo en su riqueza de estilos, tendencias, opciones y debates. Aunque en cierta medida provienen de la renovación formal de la literatura latinoamericana, de esa heredad de saberes que se forja en los años 60-70 y se convierte ya en una tradición sin autores, en una referencia común; en mayor medida se inscriben ellos en la escena anticanónica de los relatos actuales, allí donde se abre un espacio literario más fragmentario y más amplio, que es latinoamericano y contemporáneo, y donde los textos exploran su propio camino.

Estos cinco narradores traman, desde cada opción propia, tanto redes de acción nacional (participan en la discusión por el lugar de la literatura en su medio) como redes de interacción continental (son parte de un sistema más amplio, en formación); y coinciden aquí por primera vez, sin haberse aún leído, no como parte de una promoción, mucho menos de un grupo (están libres de la sombra de sus maestros), sino como actores de una formación narrativa que despliega un nuevo espacio literario de la lengua, más allá de las fronteras locales, de los usos y cánones nacionales, en la primera fila de una saga cultural latinoamericana que debate su derecho a la letra y la lectura. Por eso se deben más a sí mismos, son porfiadamente personales, y ya no tributan las discusiones consagradas, y pronto agotadas, de realismo mágico vs. celebración urbana, verdad vs. ficción, argumentación vs. experimentación, lengua literaria vs. habla oral, realismo testimonial vs. hiper-realismo “sucio,” cosmopolitismo vs. regionalismo, etc. Todos éstos debates, promovidos por viejos campeones que vuelven del retiro, y justificados por el provincianismo de tantas promesas incumplidas, se han ido convirtiendo en el saldo polémico pero residual de una época ya casi liberada del trauma histórico de las deudas (impagables) de la nación (y de los deudos); y, por lo mismo, librada del todo al porvenir, al proceso que la entrega como el mar en una botella. Las orillas son inciertas pero el riesgo las inventa.

Luis Hernán Castañeda (Perú, 1982) levanta en su novela, Casa de Islandia (Lima, 2004), la casa del relato en la isla del lenguaje, no porque un programa literario ocupe su primer libro; sino porque su opción es la puesta en abismo del relato, el ejercicio de una gozosa celebración literaria. Sus personajes escriben sobre escritores que escriben, de modo que todo ocurre en el laberinto de la lectura, en su textualidad abierta. Castañeda adelanta la actual necesidad de volver a comenzar para no volver atrás. Su riesgo es audaz pero también riguroso, y es menos solitario de lo que parece (no se trata de un esteta cultivando la página en blanco), porque es representativo de la última escritura, de sus desafíos y promesas.

Margarita Posada (Colombia, 1977) trabaja sobre la dimensión temporal del lenguaje, sobre la calidad emotiva del coloquio. De esta agua no beberé (Bogotá, 2005), su primera novela, a través del habla recorre la subjetividad de la conciencia, esa zona de crisis donde las palabras más ciertas ya no dicen la verdad sino que la encubren hasta desaparecerla. Su libro es una radiografía de la debacle moral, su mapa hablado. El relato contextualiza el nihilismo y el hedonismo, esa doble moneda falsa. Se desglosa como en el cine: mientras algo ocurre ahora, algo más ocurre, al mismo tiempo, en otra parte. Esa temporalidad inclusiva es un revelado en la cámara oscura del imaginario actual: las imágenes son más ciertas que el original. Pero el valor del habla, esa duración viva de la intimidad, es también la pasión de su recorrido, su humor y su ternura; tanto como la ironía episódica de una épica urbana de batallas perdidas y héroes melancólicos.

Armando Luigi (Venezuela, 1970) ha venido explorando, al mismo tiempo, las formas audaces y las voces veraces. Desde muy joven demostró su temperamento anárquico, su gusto iconoclasta, su vocación anticanónica. Cada libro suyo, el ultimo es La crisis de la modernidad, Auto sacramental (Caracas, 1997), es un proceso abierto y libre, esto es, sin solución de continuidad, casi un derroche del gusto por la glosa, la comedia textual, y las hablas callejeras. Son, en buena cuenta, conversaciones interpuestas, aventuras superpuestas, historias errabundas. Tiene habilidad para las variaciones del relato, el encantamiento del cuento, y el humor episódico. Desde que se mudó a Barcelona, ha iniciado unas novelas de aventuras latinoamericanas extravagantes, como la del grupo que decide robar un cuadro del Museo Picasso de Barcelona, que equivale a robarle el tema a la ciudad y desestabilizar al lector. Al margen de grupos y escuelas, Luigi ha ido asumiendo la perspectiva del escritor migrante, tal vez errante, en cuyos textos reconocemos la identidad de este nuevo desenfado latinoamericano, su margen rebelde y festivo, su afincamiento literario pleno, su gracia creativa.

Fernando de León (Mexico, 1971), en cambio, escribe desde Guadalajara, desde la impronta mundana del humor jaliciense, que es ingenioso y algo sarcástico pero también lacónico, como ocurre en Rulfo y Arreola. Pero no es un escritor para nada regional si no, como sus maestros, un estilista de la prosa breve y el cuento impecable. Justamente esa sobriedad hace más dramático y más fantástico el argumento cruel o violento que desarrolla. Pocas veces un escritor es tan imperturbable con materiales tan perturbadores, como lo es de León en sus cuentos recientes. En sus relatos anteriores se complace en la erudición del juego literario, del humor asociativo, del cuento dentro del cuento, del gusto por la sorpresa. A favor de una imaginación fecunda, es un narrador acendrado y exigente, que ha demostrado su talento en varios registros, y que sin duda nos habrá de sorprender con la vuelta de tuerca que anuncian, desde la ruptura de la violencia, sus versiones casi clínicas, casi documentales. Obtuvo este año el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez con su libro Apuntes para una novisima arquitectura.

Llana Hadatty Mora (Ecuador, 1969) es profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México y autora de un tomo de cuentos, Quehaceres postergados (Quito, 1998), además de estudios y crítica literaria. Sus cuentos son planteamientos de una indagación que se desarrolla a través de la forma abierta del relato. La historia le sirve de pretexto para poner en juego varias figuras, y rescribirla con las variantes posibles e improbables de su cotejo. Esa pregunta es por la naturaleza narrativa de la memoria. Así, sus cuentos son planteamientos analíticos, de urdimbre sutil y poética, textos que discurren como informes del sueño y la nostalgia, con inteligencia y gusto por las palabras, que son la forma discernible del mundo. Pero el relato es también un laberinto, un breve bosque de signo enigmático, por donde el narrador se persigue en la lectura. Con esa sabiduría del arte y el artificio, la autora quiere hacer algo más: hacer del cuento un instrumento de escribir otro relato, el nuestro.

Esta es una narrativa que apuesta por un nuevo lector, y éste foro por ella.

Presentación de Puerta Sechín

Para presentar mi libro Puerta Sechín, tres relatos contra la violencia en Perú (México, Jorale Editores) he preferido convocar esta sesión en torno a “Prensa y literatura” en México y Perú, que cuenta con la participación de tres jóvenes periodistas culturales que son también escritores, para debatir los problemas que enfrenta la nueva cultura latinoamericana a la hora de su representación pública en los medios. Ellos son Vanesa Robles, del diario “El Público” de Guadalajara; Héctor de Mauleón, editor de “Confabulario,” suplemento cultural del diario “El Universal” de México; y Giancarlo Stagnaro, editor de “Identidades,” suplemento cultural del diario “El Peruano” de Lima.

En primer lugar, me parece que este libro mío se debe a la esfera pública, a ese espacio donde la política es una forma de las comunicaciones, ya que cada una de sus tres novelas breves nació para refutar las versiones de los medios sobre las formas de la violencia en mi país. En segundo lugar, es una alegoría de la lectura crítica: desmonta las ideologías de la representación y comparte, a su modo, la búsqueda de respuestas contra la violencia endémica.

Escribí “Adiós Ayacucho” después de ver en un número de la revista “Quehacer” la foto de un dirigente campesino asesinado por la policía. Su cuerpo quemado y roto me conmovió, pero no sólo por la injusticia sino también por el exceso de muerte: era un cuerpo desmembrado, le habían vaciado las entrañas, y le faltaba un ojo. Estaba, además, relleno de paja, y me pareció un muñeco de la muerte, deshumanizado hasta el absurdo. De inmediato decidí escribir un relato que le devolviera la voz. Esta novela fue convertida en pieza de teatro por el magnífico grupo Yuyachkani y le ha dado la vuelta al mundo en festivales y coloquios; pero, sobre todo, ha sido montada en las comunidades indígenas, en las poblaciones víctimas de la guerra sucia, y acompañó, así, el debate público por los derechos humanos. “El oro de Moscú” es un relato sobre la guerra fría de los años 50 a partir de un grupo adolescente que vive la ideología anticomunista, fomentada por el periodismo peruano como natural. Y “Puerta Sechín” es una memoria fragmentaria, escrita para contradecir, en los años de la violencia, las versiones de fracaso y frustración que dominaban el discurso sobre la vida peruana.

Si todo empezó con la fotografía de una víctima peruana, no es casual que este libro cierre su ciclo con otra fotografía. La foto de la carátula es del artista catalán Francesc Torres. Fue tomada durante la exhumación que él dirigió, hace poco, de una tumba de represaliados de la guerra civil española. Esos huesos anónimos fueron entregados por Torres a los familiares como si los devolviera al lenguaje. Pero en España, como en Perú, la memoria de la violencia, que regresa en estas tumbas recién descubiertas, ha sido manipulada por los políticos y los medios, y se ha ido forjando una lectura de los hechos desde el olvido.

De modo que la cultura está situada hoy en la política de las comunicaciones, y en este foro algo diremos sobre esos dilemas, que son también de la literatura, y sobre nuestro lugar en ese debate.

Perú al pie de la feria

(Para abrir el dossier peruano de Este País, México)

Si el nacionalismo, como se cree hoy, es una derivación de la modernidad, el Perú debe ser uno de los muy pocos países que no llegaron a conocerlo porque no acabó de modernizarse. México, en cambio, es una creación moderna, aunque haya sido de trámite corporativo, donde el nacionalismo, al menos, impidió que se acribillara a los indígenas rebeldes de Chiapas. En Lima se aplaudió la liquidación de los rebeldes del grupo “Túpac Amaru,” cuando tomaron la embajada japonesa, porque no somos una nación. Y, en una foto infame que le dio la vuelta al mundo, se vio al presidente Fujimori caminar entre los cadáveres. El otro, los otros, no reflejan nuestras caras: nos negamos moralmente al recusar las diferencias. El relato peruano es la varia entonación de ese ceremonioso suicidio.

Casi impensable, casi irrepresentable, ese Perú “de plata y melancolía” (Lorca), está hecho por los abismos atávicos del origen étnico, la desigualdad económica y la violencia mutua. No menos mortales son sus pestes endémicas: el racismo y el machismo. Los mayores escritores peruanos han muerto temprano y de indiferencia: Vallejo en el hambre del exilio; Martín Adán, en la rebeldía bohemia; César Moro, en “Lima, la horrible,” a pesar de que se había cambiado de nombre y mudado al francés; y José María Arguedas, el que más creía en un Perú dialogado, de su propia mano, vencido por el malestar del origen.

Precisamente por ello, en este español puesto a prueba por toda clase de violencias, la literatura peruana está más viva que nunca, reclamando no sólo la sobrevivencia de la víctima sino la mutua sobrevida, la lectura.