La ciudad literaria de Julio Ortega

La TWA a Barcelona

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Llegué a Barcelona en tiempos de la TWA. El “boom” de la novela latinoamericana acababa de ocurrir (García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Cabrera Infante escribían sus grandes novelas); se recuperaba a los mayores (Borges, Rulfo, Onetti, Lezama Lima, Cortázar eran cada vez más jóvenes); y, con demasiada prisa, empezaba el futuro en las rutas del post-“boom” (Alfredo Bryce Echenique, Luisa Valenzuela, Sergio Pitol, Severo Sarduy, Manuel Puig, Juan José Saer, Salvador Garmendia desandaban caminos). En esa vida anticipada, sin embargo, todo transcurría en la lógica del cambio, y si la literatura es de por si fugaz, la latinoamericana era la más fugaz de todas. Como a las cosas vivas, eso la hacía más valiosa. Creo, por ello, que la historia literaria de Barcelona es la memoria de nuestra fugacidad. A la Ciudad de la Imprenta le debemos ese puro artificio.

Como todos los latinoamericanos, hice las galeradas de la traducción. Dos amigos míos, el narrador argentino Néstor Sánchez y el poeta peruano Mirko Lauer, traducían a destajo su cuota de veinte paginas diarias, aunque como dice Don Quijote en Barcelona: “Y no por esto quiero decir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre.” Ante la página en blanco nos preguntábamos a qué norma de habla traducir. Imposible usar la de nuestras ciudades remotas, pero tampoco el demótico de Madrid donde, como había dicho Juan Goytisolo, hasta los chóferes de taxi hablaban como Unamuno. Al final, traducíamos a un castellano promedio que nadie hablaba. Cervantes cuenta que el morisco que tradujo los textos arábigos en romance castellano “se contentó con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo.”  La traducción, ya se ve, estaba mejor pagada entonces.             Carmen Balcells me presentó a Joaquín Marco, director de Salvat Editores, una gran imprenta con editorial, casi el sueño catalán de la imprenta propia. Se ha escrito con razón del papel fundamental de Carmen en la suerte de la literatura latinoamericana en España; así como de la labor pionera de Beatriz de Moura, Jordi Herralde, Pere Gimferrer, Rosa Regás, Esther Tusquets, entre varios otros. Pero las tareas de Joaquín Marco, desde Salvat, el periodismo cultural y la editorial de poesía OCNOS, fueron más interna al diálogo literario mismo; y, lo vemos hoy, centrales a la trama en construcción de una escritura atlántica, hecha entre ambas orillas del idioma.

Joaquín era más latinoamericanista que yo. Le daba a su crítica una objetividad inmediata, una autoridad natural, que le permitía describir fehacientemente la dinámica de un libro, su hechura histórica y estilo propio. Como buen escritor, pasaba de la reseña de prensa a la monografía erudita, del prólogo exhaustivo a los balances de actualidad. Y como filólogo de la Universidad de Barcelona y cronista de la actualidad, retomó la tradición del profesor comprometido con las formas de lo nuevo. En una época de descreimiento mutuo, tuvo la inteligencia de creer. Compartíamos plenamente la preferencia por dos figuras extremas: Vallejo y Borges. Hoy las revistas cerraron, Salvat terminó, y OCNOS es un tesoro de librerías, porque la imprenta, madre de lo moderno, prodiga la fugacidad. Pero hoy se abre, gracias a esa suma de tareas, una lectura transatlántica que busca exceder la melancolía del marco nacional, y hacer de la diferencia cultural nuestro turno en el diálogo global.

La Universidad, entonces, estaba dominada por el caciquismo. Joaquín Marco había vuelto a la enseñanza, pero no de hispanoamericana sino de española moderna. Una consecuencia de ese clima autoritario es que la literatura latinoamericana, que era el espacio natural de renovación y empatía para tantos escritores y lectores catalanes, careciera de lugar en las universidades de Cataluña.  Barcelona sigue siendo, a comienzos del siglo XXI, la única ciudad universitaria de España donde no hay una sola cátedra de literatura latinoamericana. Con todo lo que ha significado Barcelona para la literatura latinoamericana, y con todo lo que ésta ha contribuido al diálogo creador en Barcelona, es urgente derribar esos penúltimos muros.

La literatura latinoamericana contribuyó con el proceso de íntimas transformaciones, gracias a su inventiva formal, su fe creativa y horizonte exploratorio. Luis Goytisolo, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Regás, Ana María Moix, Pere Gimferrer, Cristina Fernández Cubas, Enrique Vila Matas, Nuria Amat, entre muchos otros, dialogaron intensamente con las lecciones de una literatura que ponía al día los turnos del relevo, la suficiencia radical del arte, la vehemencia de la actualidad. Un libro ya imprescindible para hacer el mapa de la memoria mutua, es La llegada de los bárbaros (Edhasa, 2004), editado por Joaquín Marco y Jordi Gracia, que documenta la recepción de esa literatura y demuestra su amplio impacto en España. Pero tan crucial como el lanzamiento editorial y crítico de la escritura latinoamericana fue el diálogo y reapropiación que la literatura española hizo de ellas. Desde Borges y Onetti hasta Cortázar y Bryce Echenique, esa intimidad forjó el relato de una nueva España. No en vano, un escritor sevillano de 30 años, Isaac Rosa, acaba de ganar el Premio Rómulo Gallegos en Caracas con una extraordinaria novela ( El vano ayer, Seix Barral, 2004), cuyo personaje se llama Julio Denis, que es el seudónimo del joven Julio Cortázar.

La gran aventura transatlántica de Joaquín Marco fue OCNOS, la serie de poesía que dirigió con Vázquez Montalbán, donde leímos por primera vez las “Meopas” de Julio Cortázar, verdadera lección de navegar contra la corriente. OCNOS dio a conocer a los mejores poetas contemporáneos del idioma, reflejados en el espejo multiplicado de una pequeña editorial mayor. Libros memorables de Enrique Molina, César López, Alejandra Pizarnik, Enrique Lhin y Antonio Cisneros se leyeron junto a Joan Brossa, Carlos Edmundo de Ory, Pere Gimferrer, construyendo nuestro común imaginario venidero.

Con la censura topábamos todos. Los censores eran especialmente escrupulosos cuando se trataba de un manuscrito latinoamericano. Parece que estos señores debían probarse como letrados para ascender luego a representantes culturales en algún rincón americano. De Surrealistas y otros peruanos insulares (editada por Mirko Lauer y Abelardo Oquendo para OCNOS) nos prohibieron un poema de Raúl Deustua dedicado a Carlos V. Encontré hace poco entre mis papeles esa página, que es casi lo único que me queda de esos años en Barcelona. Tuve el gusto de llevarlo de vuelta a Barcelona para dárselo a Joaquín Marco en el homenaje que, en ocasión de su retiro, le dedicó la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona el 2 de junio de este 2005. Pude decirle que, gracias a la poesía, habíamos vencido a la censura.