La ciudad literaria de Julio Ortega

Por Colombia

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Margarita Posada toma la palabra

Colombia es un milagro de la conversación. Su historia, su cultura, su literatura son una fragorosa, animada, íntima charla permanente. Hasta la guerra civil derivó en una gran conversación. Es cierto que algunos parientes pobres del diálogo reclaman silla en la tertulia nacional, pero su violencia los condena al ostracismo civil de los malos interlocutores. Aunque el discurso traumático (una vieja renuncia latinoamericana al diálogo) prefiere una Colombia degradada, su mejor literatura sigue apostando por el hilo del habla.

Desde “El Carnero” hasta “Cien años de soledad,” desde “María” hasta “La isla de la pasión,” la historia es aquí familiar, las sagas nacionales son campeonatos de oratoria, y hasta las biografías se hacen en la palabra mutua. Germán Arciniegas se pasó la vida conversando desde sus libros aliviados. Todo el Nadaísmo fue una charla vehemente en la plaza pública. Los escritores adquirieron identidad de acuerdo a su benevolencia en el tuteo. Los poetas han ampliando la calidad del coloquio, no sin humor y drama, entre Mario Rivero y J.M. Arango, Elkin Restrepo y Cobo Borda. La obra del mejor de los nuevos novelistas, Héctor Abad, traza la genealogía de la conversación en una Babel que debió llamarse no América sino Colombia, y que se debate entre el paraíso y el infierno. Sin olvidar los festivales de teatro, que consagran la conversión al habla; ni los recitales de poesía masivos, ese misterio anual. Esta vocación comunicativa tiene su parodia: la telenovela, cuyo tema son los secretos a voces.

En cualquier ciudad del extranjero hay un barrio colombiano donde uno ingresa en medio de una frase y forma parte de la familia. Esa conversación es un estado de habla distintivo: tiene un regusto de intimidad, una música interna que a un peruano como yo, que pertenece a una familia más bien lacónica, se le antoja nostálgica de un mundo que se debe a la humanidad hablada, que desaparecería si el diálogo cesa. Será por eso que García Márquez ha llamado al exilio una “habladera sin término”.

No extraña, por lo mismo, que los nuevos escritores empiecen buscando su lugar en el conversatorio nacional, y prueben su destreza en la textura emotiva de la comunicación, allí donde una buena novela es un manual de dicciones.
Leyendo la primera novela de Margarita Posada (De esta agua no beberé, Ediciones B, Bogotá, 2005), he creído escuchar la última reverberación de esa fabla que fabula. Se lee esta novela al calor de esa charla, a la luz y la sombra de su laberinto de voces. En su registro flexible de conversaciones inclusivas, los episodios ocurren simultáneamente, como en la fluidez asociativa de la conversación. Como todos los narradores, la autora hace periodismo, que debe ser una práctica democratizadora de la vida cotidiana, capaz de relativizar los ritos arcaicos y los rituales solemnes. En esta novela, además, se parte del “sagrado oficio de la hospitalidad,” que es el signo mayor de su calidad dialógica.

Se trata de un soliloquio que discurre con brío, entre diálogos de habla irónica y herida, como si la oralidad de la vida cotidiana fuese el sismógrafo de su escala emocional. Ese registro es un mapa social de la juventud que se inicia en las tareas adultas del compromiso, en las negociaciones de una política que ha reducido el arte de lo posible a la posibilidad del poder. El desencanto de la pequeña burguesía está contado con ingenio, con simpatía irónica. Y gracias a la integridad del lenguaje, el paisaje decadente se hace veraz.

Si el diálogo es el modelo de la cultura, su forma sintomática, Margarita Posada nos dice que a pesar de la desesperanza, la conversación sostiene la humanidad de las voces y la promesa de su verdad.

Para una primera conversación, esta novela promete mucho. Anuncia a una escritora capaz de devolvernos la palabra acrecentada por la vivacidad del instante, que recupera la historia del presente. Se debe, al final, a lo que ella llama el disco duro que no da tregua, el corazón.

Por eso, aun si esa historia es de agonías, sus voces la redimen.