La ciudad literaria de Julio Ortega

Por Cuba

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Vanguardia cubana en Valencia
Admirable de novedades y calidades, “Cuba. Vanguardias, 1920-1940,” que estará hasta el 2 de julio en el Instituto de Arte Moderno de Valencia, descubre el valor intrínseco de unos artistas más reconocidos que conocidos. Aunque sólo Wilfredo Lam asoma con su entramado antillano en los museos principales del mundo, de varios de los otros hemos tenido larga noticia gracias a las revistas literarias (como la memorable “Orígenes,” que dirigió José Lezama Lima en los años 40) y a través de la excelente crítica de arte hecha en Cuba. Esta es una ocasión de comprobar su intensa calidad reflexiva.

En la generosa sala del IVAM, estos artistas recuperan la palabra, y el visitante pronto entiende que este es un arte que lo toma en serio. Sus cuadros no están hechos para ilustrar la actualidad, mucho menos para tributarla. Pocas “vanguardias”son tan maduras y duraderas. Reconocen sus fuentes pero construyen su propio horizonte, con gozo reflexivo. Artistas como Mariano Rodríguez, Amalia Peláez, René Portocarrero y Marcelo Pogolotti requerirían, cada uno, una sala para desplegar sus talentos y documentar sus preguntas. Son cuadros que narran su lugar como un nuevo espacio de colores multiplicados y formas neo-barrocas.

Vienen ellos de las vanguardias heroicas pero están libres de las trincheras de turno, y no tienen que probar su novedad porque se deben a su propia interioridad meditada. Sus formas y figuras afincan en la materia revelada como fecunda. La traza circular y la textura sensorial sugieren la fluidez como el orden de lo vivo. Sus retratos, paisajes, interiores y figuras se expanden como una presencia compartida, efervescente. Ese ardimiento del arte cubano ha sido siempre distintivo de su modo de afincar, plácido de estar y gozoso de ser. Ese es el relato subyacente de la muestra, porque las “vanguardias” son resueltas en la fluidez de su afincamiento. En el marco del VII Simposio Internacional “Diálogos Iberoamericanos: El paso de las ideas entre los mares,” convocado por Consuelo Ciscar Casabán, directora del IVAM, con la dirección académica de Fernando Castro y Kevin Power, esta muestra subraya, con pertinencia, que el diálogo es una educación a menos distancia, que nos debemos. Por ello, en su turno, estos espléndidos artistas demandan mejores interlocutores. La fuerza ética de esa demanda los hace más actuales.

Por lo demás, situada en el paisaje de su tiempo esta respuesta cubana a las vanguardias europeas se distinguen por el arte de la reapropiación feliz. No menos desenfado, autoridad y proyección tienen algunas otras vanguardias americanas. Basta recordar el muralismo mexicano ( que en el fresco italiano reemplaza angelotes rosados con campesinos plenarios); el modernismo brasileño (que en la “antropofagia” ejerce la parodia liberadora); y el constructivismo uruguayo (“orgánico” lo ha llamado Ángel Kalenberg), de signos arcaicos, que el maravilloso Joaquín Torres-García perpetuó en maderas de naufragio.

No menos notable, no menos actual, es que esta exhibición levante la imagen de un trabajo colectivo. El diálogo que estos artistas postulan se nos impone como una pregunta reflexiva por el lugar de su propia producción, por Cuba como lugar de lo que Lezama Lima llamó “los privilegios de la mesa y de la misa.” Esto es, los dones terrestres y su comunión consagrada en la imagen. Lo que entonces fue una reafirmación de vida frente a la pobreza espiritual dominante, hoy nos parece una permanente pregunta por la nación. La “Maternidad en verde” de Lam es una alegoría de la abundancia natural como origen, un tropo antillano de larga data, que anima el gran barroco cubano. “Mujer y casa” de Portocarrero, es una ecuación salvadora, propia de una visión de la mujer como el sujeto de lo moderno, que alienta en la poesía de Cintio Vitier y en la narrativa de Antonio Benítez Rojo. “El capitalismo” de Pogolotti, grafica a escala didáctica la división del trabajo, y lo hace con gracia que evoca las escenificaciones de Virgilio Piñera. “Retrato de Zora” es casi la alegoría nacional de esta Insula disputada: una muchacha robusta de ardor cobrizo y pelo negro que reposa, segura y alerta, ante ventanas donde se perfilan dos árboles como emblemas del doble origen. Esa fragorosa versión de la nacionalidad por venir es otra promesa del diálogo que aguarda, en este arte y parte, a quien pueda devolverle la palabra.