La ciudad literaria de Julio Ortega

Saúl Yurkievich

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

El camino, dice Don Quijote, es la amistad. Y con Saúl Yurkievich, que acaba de morir en un accidente del camino, he compartido algunos trechos de esa conversación. Estaba, me dicen, en Saignon, donde él y Gladys tenían una casita de verano, cercana a la que tuvo Julio Cortázar, donde compartían la pausa estival y el buen humor. Como dicen los ingleses, lo peor de compartir el camino es tener que hacerlo con alguien a quien traducirle el paisaje. Con Saúl, en cambio, uno retomaba la charla como si recuperara la misma ruta. Su muerte se produjo cuando su automóvil salió de la carretera y se estrelló. Como todo en Saúl, esa versión es literal y metafórica. De Borges decían sus amigos que moriría de un accidente gramatical. De Yurkievich se podría haber asegurado que lo haría elusiva, figuradamente. Experto en piruetas (“abrazos de siete vueltas,” era su frase de despedida en las cartas), la última pudo haber sido una distracción; pero hasta la policía cree que se quedó dormido, que murió en un sueño.

Tuve la suerte de poder darle las gracias públicamente por sus trabajos de empatía  en un pequeño coloquio que le dedicamos en el Proyecto Transatlántico de mi Universidad hace un par de años. Nos reunimos un grupo de sus amigos del vecindario para reconocerle el entusiasmo que había insuflado a la crítica latinoamericana en contra (o, más bien, al margen) de los sucesivos cánones de la autoridad letrada. “Rimbomba por Saúl” llamamos a esa amenísima charla. Fue revelador: todos nos habíamos encontrado con Saúl en un lugar distinto del camino. Si Don Quijote había salido de la Mancha para llegar a Barcelona y conocer el origen de su vida, la Imprenta; Saúl había dejado Argentina en peregrinaje literario para encontrar su origen en sus lectores fieles. Por eso, con Saúl una recuperaba el regusto de este oficio de escribir, cuyo propósito, tal vez, es mejorar las condiciones del viaje, reclamar mejores ventas de ruta, combatir la crueldad de los Duques, y hacer de Sancho Panza el mejor lector.

Sus entusiasmos eran todos por la palabra audaz. En primer lugar, por César Vallejo, el de Trilce, a quien dedicó su primer trabajo importante, que todos hemos leído de estudiantes como quien se inicia en la libertad del lenguaje. Enseguida, por Huidobro, a quien veía como un malabarista de alturas, haciendo piruetas en un avión de juguete. Y, por fin, por Cortázar, a quien dedicó lo mejor de sí. Estas tres grandes figuras nuestras tienen en común su apasionado trabajo con el lenguaje. A veces se cree que los mejores escritores se benefician del lenguaje que cultivan y dominan. Al contrario, casi todo escritor mayor se ha hecho en un largo conflicto con las palabras. Vallejo las ha arrancado literalmente de sus referentes para desentrañarlas y hacerlas decir otra cosa. Huidobro las ha aliviado de peso semántico para levantar con ellas la transparencia de la creatividad verbal. Y Cortázar las forjó en materia viva de la subjetividad. Saúl buscó en el discurso crítico dialogar con el lector desde una inmediata relación con los textos para compartir no las evidencias sino los asombros.

Su crítica está incontaminada de autoridad, esa violencia de quienes norman y sancionan. Era, por eso, celebratoria y gratuita, y se debía a la vehemencia de la inteligencia estética. Esa es su noción teórica, de gran estirpe clásica: la teoría es el discurso del entusiasmo, porque siendo la idea del acto creador, es una alabanza.

Fue, claro, un poeta. Se podía reconocer sus estrategias de inmediato, su voz indudable, sus juegos verbales y textuales de inventiva propia. Jugaba con las palabras en combinaciones audaces, como un saltimbanqui del habla, en un arte de birlibirloque, canjeándolo todo, con ironía y gracia, a nombre de una estética de la sorpresa, cuyo origen era vanguardista, cuyo método era el “bricolage,” y cuya larga parentela incluía el Dadaísmo, el letrismo, el antilirismo, la antipoesía; y, en consecuencia, la ética del desarraigo, que practica la pérdida del centro referencial (nacional, institucional, ideológico) como nuestra libertad en las palabras. Pocas veces lo más gratuito tuvo más sentido.

Se quedó, inevitablemente, sin patria. La última vez que estuvo en Buenos Aires, en unas conferencias universitarias sobre Cortázar, según me contó, lo hicieron callar. Tenía, es cierto, el hábito de hablar sin reloj. En Francia las ponencias son de una hora, y Derrida era capaz de dictar una charla de dos horas, a veces de tres horas, sin pestañar una pausa. Pero nuestras mesas redondas son a diez minutos por funcionario, y a Saúl le pasaron un papelito que para él fue como una condena a muerte. Metafóricamente, digo, la cháchara nacional le quitó el aliento.

Pero no la palabra del camino, que sigue aleteando más suya, libre de cualquier referencia, en su trapecio lunar.