La ciudad literaria de Julio Ortega

Tributos de Eielson

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Jorge Eduardo Eielson ha cumplido 80 años pero el fervor creativo que comunica su obra no ha hecho sino intensificarse en nuevos trabajos de transparencia feliz. “Todo le es permitido al acto creativo –ha escrito– salvo repetirse, caer en la rutina, evitar el peligro y, con eso, el maravilloso sabor de la aventura.” La lección de Eielson es también ética: hacer más con menos, esa ofrenda de su obra, es un tributo de arte mayor. Nació en Lima en 1924, vive en Italia hace más de 40 años, y su obra está en varios de los mejores museos modernos. La “Imago Eielson” es un despliegue luminoso, de vehemencia íntima y sensorialidad plena.

En estos años de su reconocimiento como poeta, narrador, y artista se han sucedido libros y ediciones especiales dedicados a sus trabajos, así como nuevos tomos de su poesía. Ha sido artista invitado de la Bienal de Venecia, y sus perfomances incluyen una pieza sonora en las calles de Madrid, y este mes de noviembre una instalación en Sevilla, para lo cual ha transformado en templo pagano un claustro desconsagrado del siglo XVIII.. Aunque no pudo viajar a su retrospectiva en Lima, no ha podido sino acatar algunos desafíos que le plantean las invitaciones a trabajos colectivos. Su impacto internacional entre grupos de creadores jóvenes tiene un fresco ánimo celebratorio. Si los premios y honores no son redundantes, lo debería ya reconocer el más gratuito.

Quizá sea inevitable que un artista independiente y ajeno al mercado de las vanidades, haya visto desaparecer su obra entre las galerías de arte. Importantes museos han adquirido sus cuadros pero de lo vendido ha tenido muy poca noticia. Hasta sus nudos, reconocidos en todas partes como un lenguaje suyo, tensados en composiciones elegantes y colores límpidos, acaban de ser copiados nada menos que por la casa Versace para su última línea de moda. Y no es la primera vez que le ocurre. Sería un reconocimiento sino fuese una imitación impune.

Pero con la vivacidad creativa que lo apremia, Eielson compuso nuevas piezas para una muestra en Brescia, que se inauguró a comienzos de este octubre. El público, que sabe lo que hace, adquirió todo en una noche. El artista, ya se ve, se debe a su arte.

Pero lo que más le gusta, confiesa, son las instalaciones y performances, que continúa imaginando y actuando, incluso a la distancia. Además de los actos de Madrid y Sevilla, prepara intervenciones en Florencia, Zurich y Lima. Con suerte, uno se encuentra con las huellas de Eielson y, de pronto, hasta participa en alguno de sus eventos sin advertirlo. Al cruzar un puente me pregunto si ese río no lleva una gota del tintero que Eielson vació en el Tiber. Hasta en Providence, mi ciudad neo-gótica en Nueva Inglaterra, ocupamos el campus universitario con una performance suya que repartía el cielo local en fotocopias. Eielson ha multiplicado varios cielos sin necesidad de fotografiarlos, solo titulando las páginas que los regalan.

En estos días Jorge Eduardo Eielson ha realizado una nueva performance (la llama “la performance de las narices”), que lo tiene entusiasmado por su efecto desencadenante. En Lecco, la galería Melesi anunció la presentación de “Vivire e un’opera d’arte (incontro con Jorge Eielson)” para el sábado 16 de abril de este año. Vestida de payasa, la galerista repartía narices rojas al público que, de buen ánimo, se las colocaba. Frente a las sillas donde el público de narices rojas había una mesa cubierta con una gran manta azul, una botella de leche y un vaso. Al lado, una escalera también azul por donde el payaso se suponía que bajaría…Por fin, apareció Jorge Eielson con la cara pintada de blanco y una nariz roja. Se sentó en silencio y miró al público. Soltó una risa ligera, y volvió a reír. Unas risas nerviosas se alzaron. Eielson siguió riendo, y el público, cayendo pronto en el juego, rió a su gusto. A poco, el artista y su público, reían a pierna suelta. El proyecto era hacer reír para reírse de uno mismo y carcajearse mutuamente y de todo. Esa risa pura podría ser el último gesto de supervivencia en un mundo del que solo cabe reír. Esta “Payasada” tiene la elocuencia de la complicidad y la memoria del circo: la pasión del juego en medio de la irracionalidad de la tragedia. A los pocos minutos, el artista se puso de pie y desapareció sin haber dicho una sola palabra.

Ahora Eielson prepara la multiplicación de la risa. Con amigos y conjurados proyecta ocupar el metro de la ciudad de Milán, repartir narices coloradas, y hacer reír a la ciudad entera.

La postal del evento muestra la cara del artista disfrazado, esto es, convertido en alguien que ha dejado su “yo” para asumir la careta del circo. La nariz roja, los labios negros, el círculo rojo que circunda la boca, las cejas altas y negras, la cara enharinada, todo sugiere la Comedia. Los ojos húmedos, sin embargo, preguntan detrás de la máscara. Esa mirada es conmovedora. Nos dice que el arte nos sostiene, y nos interroga por nuestro lugar en su camino.

Pocos artistas como Eielson han proseguido, más allá de sus fuerzas, convirtiéndonos el tránsito en tributo.