La ciudad literaria de Julio Ortega

R. Hinostroza

Posted by jortega@brown.edu on October 4, 2006

Rodolfo apasionado
Rodolfo Hinostroza (Lima, 1941) es un poeta cuya obra no se limita a los libros que escribió sino que se extiende a las varias vidas que vivió. Por ello, y de un modo independiente y rebelde ante la época que le tocó compartir y debatir, Hinostroza es un escritor vitalista (la experiencia es el eje de su fabulación), cuya hipótesis de conocimiento se origina en una pulsión sensorial (física y vehemente, mundana y celebrante), y cuyo vasto registro se articula en torno a la palabra y la imagen. Sus varias voces, por lo demás, se despliegan en el canto y el exorcismo, y afincan en la asociación analítica y el documento de travesía.

Toda su obra (poesía, teatro, cuento, testimonio y novela) se debe a ese cruce de caminos recorridos por el apetito de mundo que la anima. Es una obra de geografía itinerante, de voces sumarias y tribales. Comienza, cada vez, en las aventuras del sujeto de una escritura de acopio, al azar propicio de la ciudad y sus habitantes ungidos, todos prometidos por una futura Ciudad del Arte. Hinostroza es el cronista iluminado del Trayecto del Sujeto Latinoamericano, ese proyecto imaginado entre la subjetividad herida y la energía alerta, entre la historia deficitaria y la errancia liberadora. El suyo es un arte de redenciones, y su palabra redimida prevalece contra los poderes en disputa. Su obra está animada por la ambición de la suma: cristaliza como única e irrepetible. Es un poeta de libros pocos y distintos, y cada etapa de su trabajo se nos impone como definitiva y suficiente.

Esta antología incluye poemas de El consejero del lobo (La Habana, 1965) y Contra Natura (Barcelona, 1971), su pieza de teatro Wamán Poma, Camina el autor (aparentemente inédita) y una selección de su libro de cuentos Extremo occidente (Lima, 2002). La selección traza el itinerario del poeta. Los poemas de La Habana corresponden a su período de testigo marginal de la Revolución Cubana, donde vivió la crisis de los misiles, que su memorable poema “La Noche” documenta. Son poemas que llevan el temor y temblor de la época, y transpiran la sensibilidad de su turbulencia. “Abel,” por ejemplo, puede haber sido escrito en torno al asesinato de Javier Heraud en 1963, en el primer intento guerrillero en Perú. Ambos estuvieron en la Habana, sólo que Heraud eligió el entrenamiento para la lucha armada mientras que Hinostroza siguió su propio camino. Escribió: “He sido arrojado/ por la espantosa violencia de La Idea.” En París, al final de esa década, dio a conocer su libro mayor, Contra Natura, que incluye su “Imitación de Propercio,” verdadera consagración del descreimiento en la política (“Oh César, oh demiurgo/ tú que vives inmerso en el Poder, deja/ que yo viva inmerso en la palabra”) tanto como del otro poder, el de la suficiencia poética. Ambos libros declaran el aliento poético de su dispositivo retórico: el himno en el primer poemario, el canto en el segundo. Si el primero hace del poema una red de pulsión dramática, el segundo hace del poema un campo en construcción, pero en ambos casos se trata de una celebración del proceso poético mismo.

Por su parte, la pieza sobre Wamán Poma (cronista mestizo del siglo XVII peruano) reconstruye en una alegoría de la lectura el itinerario de la figura paralela y arcaica de ese Quijote andino, verdadero paradigma del artista que hace de su Crónica mundana un monumento de la memoria nativa. En su luminosa pieza, escrita en un fluido estado de asombro, Hinostroza cristaliza el proyecto del Cronista en el libro mismo, su albergue final en la intemperie. Los cuentos sorprenden por su afincamiento literario y sus variaciones satíricas y paródicas, ya que convierten la vida literaria en una escena policial, hecha de culpa e ironía.

Aunque Hinostroza desde muy joven pretendió hacer una vida eminentemente artística, fuera de la academia y el periodismo, ha seguido con diligencia y no sin ingenio sus vocaciones por el psicoanálisis, la astrología y la gastronomía, en ese orden. Sus pasiones se revelan en este libro exhuberantes y sistemáticas, como si al final lo humano le fuese más propio en la extrañeza renovada de la escritura, esa vida imaginaria.