La ciudad literaria de Julio Ortega

Sí, se puede

Posted by jortega@brown.edu on October 4, 2006

La población hispana de los Estados Unidos está renovando el espacio político de este país al hacer de su presencia masiva en las plazas un ejercicio de elocuencia.

Por un lado, las marchas mismas actualizan la participación como una ética de la presencia, y construye una nueva agencia política. Por otro, su imaginación elocuente los proyecta como agentes capaces de exceder su propia representación.

De pronto, buena parte de la política norteamericana (desmoralizada por el derroche de Irac, secuestrada por su propio simulacro) se ha vuelto redundante, incluso fantasmática. No logró asumir la tragedia de las Torres Gemelas (reprimida en ceremonias museológicas); no pudo dar cuenta de la catástrofe del huracán Catrina (la pobreza de Nueva Orleáns es una deuda nacional impagable); y terminó empobreciendo las relaciones internacionales al dependerlas de la seguridad nacional. En esa evidencia de los límites, el movimiento hispano actualiza la demanda por los derechos civiles, y adelanta el porvenir. Su lenguaje es internacional. Nos dice que los derechos humanos, la migración y el diálogo son el nuevo internacionalismo

Este es un movimiento que se debe a las redes de intermediación social, que configuran una noción clásica de la política como acción comunitaria. La conciencia étnica, la cultura religiosa, el apoyo jurídico son un mapa institucional que protege los derechos de los indocumentados, pero que también negocia las transiciones. En este sentido, todo el movimiento hispano se puede leer como una demanda por mejores interlocutores anglos. Mientras que en América Latina la sociedad civil busca su lugar en la mesa nacional de las negociaciones, en Estados Unidos los hispanos (el cuarto país en número de hispanohablantes) reconstruyen la plaza pública y propician una nueva conversación. Notablemente, la Iglesia cristiana protege a los “ilegales” y se enfrenta a la injusticia de la ley.

Pero este movimiento se debe también a la cultura de la migración. Primero, a la mezcla de muchas voces sumadas en español; lugo, a la táctica de apropiación y reciclaje. Las banderas mexicanas, a la primera provocación, fueron reemplazadas por banderas norteamericanas. En verdad, ese canje no significa mera asimilación. En manos hispanas, es una metáfora recobrada a favor de la marcha. En el espacio televisivo (esa plaza pública local) esta vez las banderas no anuncian víctimas de la invasión de Irac, ahora marchan en el devenir de la nación. La última que vi es un tapiz políglota de las Américas.

El grito de “Sí se puede” (apropiado del fútbol mexicano) declara, con algo de asombro, la evidencia de las sumas, cuya potencialidad se torna presencia. Es una reafirmación que va a más, del lado de los que iban a menos. Su duración es curso y transcurso: hace del ser un hacer afirmativo. El sujeto es colectivo, gracias a la prueba de los hechos ganados. Es un sujeto que se construye en la cantidad silábica.

Mientras que las manifestaciones conservadoras (contra los inmigrantes internacionales, contra el español mundial) son un menoscabo (xenofobia, racismo, nacionalismo paranoico), los hombres y mujeres de la marcha hispana derivan con ligereza, llevados por su propia fuerza. Su manifestación excede a sus reclamos.

Los escolares desfilan en un trote deportivo. Demuestran que ésta ya no es una marcha sólo de protesta, y mucho menos de confrontación callejera. Es una ocupación de la calle por los hijos de la migración, que hacen lo que sus padres no pudieron: ejercer su derecho de ciudad. El “Si, se puede” se alza alegre y vehemente. Y ya no sorprende que sean mujeres quienes lideran los grupos, adelantadas a paso ligero.

Quizá éste sea el secreto del movimiento popular desencadenado: su propia gracia. Está dotado de una fresca energía celebrante. Pero tal vez se trate también de una gracia ética (de otra clase de don, menos obvio), debida al goce de una justicia resarcida (a pesar de la violencia creciente contra los jóvenes y los pobres), y sólo posible en esta convergencia vulnerable, seguramente pasajera. Gracias a esa lección de claridad este movimiento parte las aguas.

Todos quieren hablar en español. Es una lengua tentativa que va mejorando y recuperando la memoria en la calle. Los primeros días los carteles y pancartas declaraban nacionalidades, asociaciones, ciudades latinoamericanas. Con buen juicio, les dieron la vuelta. Ahora, la lengua del movimiento declara su trayecto bilingüe. Coreanos y centro-europeos se suman al aula pública del español intermedio. Pronto, el inglés trabaja, a salario mínimo, para el español.

El 1 de mayo regresó a Estados Unidos como “Un día sin inmigrantes.” Este lema declara no sin ironía que la ausencia de los trabajadores migratorios es una forma de su poder. No es una huelga ni un paro: es una presencia ausentada. Una variante del “Si, se puede,” que sugiere: sin nosotros, el país puede menos.

Pronto serán dos, si no lo son ya, los hispanos que mueren todos los días en la frontera. Este “día sin inmigrantes” también podría ser un primer día sin muertos.
El País, 5-5-06