La ciudad literaria de Julio Ortega

Fuentes: Familias

Posted by jortega@brown.edu on October 5, 2006

La felicidad, novela por entregas
(Babelia, El Pais, 09-09-2006)
Carlos Fuentes
Todas las familias felices
Alfaguara, 2006

La noción de que “Todas las familias se parecen pero cada familia infeliz lo es a su manera” (Tolstoi) preside esta suma de dichas y desdichas familiares, que Carlos Fuentes desarrolla con brio y con bravura. Este virtuoso despliegue de transformaciones empieza por el mismo relato (nada es lo que parece, todo es lo que perece); sigue con el sujeto de la felicidad (padres e hijos, sacrificados entre el deseo y la sociedad); y termina poniendo a prueba (exorcismos de filosofía moral mexicana) los varios modelos de felicidad. Al final, el lector se descubre ocupando el espejo convexo del relato.

Nadie sino Carlos Fuentes podía haber escrito una novela de novelas (dieciseis narraciones iluminadas entre ellas), que además de ser distintas, extreman su diferencia con una suerte de pasión límite y arrebato vital. La energía de su escritura sensorial y la fluidez de sus formas tentativas postulan que cada relato es una novela ejemplar (una figura conflictiva), donde el grupo familiar es padre de la tragedia y madre de la comedia. Se trata aquí de un padre autoritario (que ejerce el rigor y la licencia) y de una madre mexicana (que cantaba boleros y ensaya venganza).

“- Quiero saber de quién soy hijo.
– Eres mi hijo -contestó con naturalidad sonriente doña Medea” (pag. 146).

“Una familia de tantas,” el primer relato, propone los sujetos del
drama: el padre, desengañado, porque su honestidad no tiene valor social; la madre, frustrada, porque dejó su carrera de cantante; el hijo, incapaz de realizarse en una sociedad que lo somete; y la hija, absorta entre el reality show y el laptop. Cada uno ha perdido su lugar social: el padre se rinde, “se trata de sobrevivir, nada más,” dice; la madre fue “esclava sentimental del bolero y se convirtió en la mártir del hogar;” los hijos ya no tienen capacidad de decisión. La familia es un núcleo trágico: el fin de la sociedad. Y en el recuento, la tragedia contemporánea es una forma del Kitch; esto es, de la copia, la glosa, y la sustitución.

Carlos Fuentes inventó el Kitsch en español. En los años 60, fue una corriente estetizante de la expresión popular urbana, cuyos énfasis resultaban involuntaria e irónicamente artísticos. Fuentes fue el primero en recuperar el espectáculo del mercado liberal como una forma tópica de la modernización consumista. Con humor, adelantó la idea de que la mercancía es un derecho de información popular; y cuando los Zapatistas reclamaron lavadoras para sus casas, les dió la razón: no quieren que sus mujeres envejezcan, explicó. El Kitsch reaparece en Todas las familias felices como un horizonte más íntimo: el bolero, el cine mexicano, la novela por entregas, la telenovela, son un lenguaje emotivo que se debe a la memoria de los afectos en un mundo deshumanizado por la violencia. Este libro parece escrito por la obra de Fuentes como su vuelta de tuerca y puesta al día. En “El matrimonio secreto” el personaje es un escritor de telenovelas, y una de ellas, “Los novios,” ha sido copiada del diario de su tía. Las familias felices de Fuentes cantan “Amapola,” imitan a Gardel, y en la intimidad se recitan boleros.

El reality show es el Kitsch actual: todos podemos ser alguien haciendo el ridículo. Hasta los indios tarahumaras “Ganan el concurso. Vestidos de indios, están muy a la moda para hacer el viaje en barco por el Caribe” (pag. 43). La gran pregunta por la felicidad, por lo mismo, ya no responde por el “florecimiento personal” (la virtud realizada) ni por el “bien común” (la ética del otro); y se disuelve entre el autointerés y la violencia dominante. La madre que le escribe al asesino de su hija (“Madre dolorosa”), quiere que él sepa a quien ha matado, y le explica “Su suficiencia. Y sobre todo, su promesa.” “Era inocente -le dice -, pero prometedora.” El asesino es un indio que dejó su pueblo y se extravió en la ciudad, donde se declara “infeliz,” culpable de no haber sido él mismo. La violencia organiza el espacio social, fractura el lenguaje, destruye al sujeto.

Por fin, cuando la novela resta la posibilidad de una familia nacional, se rebelan las hijas. En “El padre eterno,” las hijas que se reúnen a recibir la herencia paterna, concluyen: “Ya no podemos reemplazar al jefe. Sólo matándolo. Colgándolo de las patas en una plaza pública” (pag 402). El padre es culpable de la esterilidad del poder: es avaro, un “rey maldito.” Pero la rebelión ya no se da en términos patriarcales, como otra violencia: se da como farsa. “Vean, nuestro padre es un mago de carpa, un hechicero teatral, un brujo de feria… Es un fantasma,” anuncia la hija rebelde (pag. 407).

Sólo que el padre deja siempre la misma herencia: la muerte. Es un fantasma cuya presencia es omnivora. En “El hijo de la estrella” la pregunta: “¿Es el hijo en verdad el padre del hombre?” (pag. 314) declara que el padre es un actor capaz de todos los papeles. En “La familia armada” el padre es un militar que debe elegir entre sus dos hijos, y salva la vida de Abel, no la de Caín.

Todos estos rostros serán, en “Los lazos conyugales,” un solo espejo vacío: la obra de arte donde el espectador ocupa, con su perfil, su propio papel. Y para no recaer en el melodrama (“esa comedia sin humor”) imagina él mismo “la obra de arte perfecta,” aquella que es “un cuento eternamente renovado” (pag. 372).

La novela, nos convence Fuentes, es el lugar donde los hijos rebeldes enfrentan los poderes de la tragedia y su violencia dominante. Contra todas las razones en contra, gracias a esta comedia de la desobediencia, a veces, alguien es feliz.