La ciudad literaria de Julio Ortega

El entusiasmo y la crítica

Posted by jortega@brown.edu on November 26, 2006

Dominical, El Comercio, Lima 17-9-2006
“A nuestra crítica le ha faltado entusiasmo”
Entrevista con Julio Ortega
La crítica literaria en el país, el renovado panorama de nuestra narrativa, y el premio Rulfo a Carlos Monsiváis son algunos de los temas sobre los que el crítico Julio Ortega reflexiona con pulso polémico y lúcido al mismo tiempo.
Por Ezio Neyra
¿Cuáles fueron las razones para otorgar a Carlos Monsiváis el Premio de Literatura Juan Rulfo en Guadalajara?
La obra de Monsivais está afincada en el presente pero es ya una historia cultural de las mentalidades nuestras. Cronista urbano, ensayista literario, periodista de largo aliento, y crítico social, le ha dado humor y pasión crítica al registro de la vida cotidiana. Sus libros son mapas de la subjetividad popular, de la cultura de masas, de los movimientos sociales, pero también del mercado y sus valores, de la política y sus mitos de consolación, de la literatura y sus opciones radicales. Es, digamos, un Octavio Paz posmoderno, esto es, liberado de las obligaciones de la posteridad y gozoso de la calle y su creatividad. Lo mejor de este Premio, que no es un concurso sino un tributo, se debe a que hay muchos autores cuya obra reconocer. Del Perú, por ejemplo, hablamos con entusiasmo de Alfredo Bryce Echenique y Antonio Cisneros, sin duda próximos premios.
Pareciera que rara vez un crítico se dedica a la crítica con la pasión con que un escritor se entrega a su obra. ¿Cómo ve la crítica literaria peruana? Entendiendo por crítica no solamente a la académica, sino también a la que se hace en diarios, en revistas semanales y en suplementos de diarios.
Yo no llamaría crítico literario a alguien que no sea también un escritor. Y no porque algunos críticos cultivan la ficción, sino porque la crítica es una forma que no tiene sentido sino como literatura. Esto es, como cristalización de la lectura postulada como plural por las buenas obras. No hay gran literatura sin grandes lectores, y con malos lectores suele decaer cualquier buena literatura. Me parece que la crítica hoy es más diversa y compleja entre nosotros; y su espectro, en efecto, va del periodismo a la academia, sin mayor conflicto. Me interesa más la reciente crítica ensayística, que va de la historia cultural a la lectura documentada; confío desarrolle también ejercicios de lectura dedicada a las nuevas formas y tendencias literarias. Por lo demás, la peruana se amplía en la crítica peruanista, hecha fuera del país, y ese diálogo debería ser fecundo.
¿Cuál cree que es el papel de la “crítica literaria” que se hace en los medios de comunicación peruanos? ¿Cómo lograr que se haga mejor crítica en el Perú?
A nuestra crítica le ha faltado entusiasmo. Solo suele encenderse en el menoscabo. Y es que la mejor crítica la hacen quienes viven la lectura como inteligencia, empatía y civilidad. Por eso, para que la crítica sea más pertinente y actual, los mismos escritores deben hacerla. Lo vemos en las bitácoras de los nuevos escritores en todas partes. Vicente Luis Mora no requiere de los medios: sus lecturas son de la mejor crítica que se hace hoy en España. Iván Thays, en su bitácora, no se queda atrás.
Para referirse a los escritores de los 90, se usó la dualidad vitalistas (Bayly o Malca) -intimistas (Thays o Bellatin). Para referirse a los escritores que han empezado a publicar en esta década, se ha empezado a hablar de la oposición metaliterarios (Chávez, Castañeda, Page, García Falcón) – vitalistas (Aguirre, Ruiz-Ortega). ¿No le parece una continuación de las mismas categorías? Y si es así, ¿qué opina de estas etiquetas?
Las categorías son solo marcos de lectura, y no agotan ni mucho menos a las obras. Por ejemplo, Leonardo Aguirre o Claudia Ulloa Donoso, exceden esas categorías, porque todo se decide en las formas de la elocuencia que cultivan sus relatos, con destreza y agudeza. La inmediatez del habla es, claro, una forma viva del tiempo, pero solo es posible gracias al control y despliegue formal. No son ellos escritores que transcriban el mundo sino que lo dicen y desdicen.
Al decir que las categorías, instauradas por la crítica, son solo marcos de lectura, ¿no se está subvaluando las consecuencias que pueden generar? Si a un autor, que ha publicado uno o dos libros, se le asigna una categoría, ¿no ocurre que los lectores esperan que los siguientes libros de ese autor tengan un tratamiento narrativo similar, que haga uso de los mismos tópicos?
Es cierto que hay autores que siguen el dictamen de sus lectores, del mercado, de las expectativas de lectura que han generado. Y hay quienes buscan lugar en ese escenario. Pero el pesimismo de Bourdieu se debe a la mala literatura, que usualmente sostiene las tesis de la sociología francesa. Pero recuperando la noción de “archivo” de Foucault, diríamos que hay “matrices discursivas” que suscitan una genealogía. Lo vemos en los escritores colombianos de “la violencia,” en cuyos libros mueren pronto las víctimas, confirmando las imágenes que tiene Europa de nosotros. Pero quizá la literatura ha seguido siempre modelos de seducción para tomar la plaza del lector. El caballo de Troya es el primer emblema de la novela. Yo, en cambio, pienso que la literatura no se debe a su genealogía sino a su proceso; esto es, no a los modelos que maneja sino al futuro que postula, a una lectura venidera. No inventa a sus precursores sino a sus próximos lectores.
Cuando Antonio Cornejo Polar, para referirse a escritores de la década del 60, habló de cultores del neoindigenismo y del neorrealismo urbano, también habló de la ficción libre, en donde se ubicaría a autores como Luis Loayza o el Edgardo Rivera Martínez de sus primeros cuentos. Si reciclamos la categoría ficción libre, ¿no podría ubicarse, dentro de esta categoría, a la mayoría de autores que empezaron a publicar en esta década? Entiendo ficción libre como una narrativa que está fuera del canon, en una actitud más posmoderna, en donde la característica unificadora sería una multiplicidad de registros y de afectos. En donde nada es tendencia hegemónica. En donde lo valioso es ser centro y periferia.
Me gusta esa noción de ficción libre, aunque en mi lectura toda ficción lo es. De otro modo dejaría de serlo. Pero para seguir tu propuesta, en esta década se produce, en efecto, una implosión narrativa, como si la ficción desplegara sus posibilidades hasta los límites mismos de su género, canon, formas y hablas. No en vano es este un relato peruano (incluyo a poetas y críticos, incluso al cine de autor y al arte mismo) de comienzos de siglo, que hoy es más importante que la vieja literatura de “fin de siglo,” esa forma de la melancolía. Después de la destrucción del país por Sendero Luminoso, la guerra sucia, y la corrupción de Montesinos-Fujimori, este nuevo siglo amanece no sé si esperanzado, pero sí animado por las apuestas renovadas en un horizonte de espacio posible. De allí, creo, la creatividad múltiple de estos nuevos agentes culturales y autores trans-fronterizos. Pero ello no ocurre solo entre nosotros. Es parte de un movimiento generativo más amplio, pleno de futuro y ajeno a las fronteras, cuya fecundidad es operativa y cuyos trabajos son de apertura e inclusión. La inteligencia y el talento requieren de espacios sucesivos y escenarios alternos para desplegar sus poderes de convocación y su imaginario vital. Es preciso, por ello, que esta “generación del relevo,” como la he llamado, forje comunidades de diálogo, redes de resistencia, proyectos de articulación. Yo veo a los jóvenes de hoy como parte de talleres y foros, donde se gesta y gestiona un ágora cultural más crítica, que no se resigna a la mediocridad, y más libre, porque es capaz de empatía y fe en los demás.