La ciudad literaria de Julio Ortega

Entre orillas

Posted by jortega@brown.edu on November 26, 2006

Los Libros, El Mercurio
Santiago, 21 de julio, 2006
Entre las dos orillas
Entrevista de Maria Teresa Cardenas
Más que un territorio concreto, la patria de Julio Ortega (Perú, 1942) es una ciudad literaria, una ciudad construida de filiaciones, redes y afectos que él mismo se ha dedicado, por décadas, a desarrollar y perfeccionar. Desde fines de los años sesenta, cuando dejó su país para sumarse a una verdadera tradición latinoamericana, la de escritores y académicos de distintas nacionalidades que fueron a descubrir sus respectivos países y culturas desde el mundo desarrollado. Miembro honorario de las Academias de la lengua española de Puerto Rico y Venezuela, ha enseñado en la Universidad de Texas, Austin, y ha sido profesor visitante en las de Harvard, Yale, NYU, Central y Simón Bolívar de Caracas, y las de Granada y Las Palmas en España, así como en la Universidad de Cambridge, Inglaterra. En 1989 inauguró su cátedra de literatura hispanoamericana en Brown University, donde además creó el Proyecto Transatlántico, que él mismo dirige. Entre sus libros se cuentan Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno (Lom, Santiago, 2000), Rubén Darío y la lectura mutua (Omega, Barcelona, 2003) y Transatlantic Translations, Dialogues in Latin American Literature (Reaktion Books, Londres, 2006).
¿Cuáles son los objetivos del Proyecto Transatlántico?
– Este grupo de trabajo, que inicié hace diez años y que ha convocado una serie de encuentros y coloquios en varios países, explora la historia cultural de las relaciones de América Latina y Europa. Afirma, por eso, las diferencias y atiende a las convergencias. Pero también promueve el debate sobre los modos de conocer e interpretar, que a veces empobrecen la conversación. Nuestros textos se leen mejor entre varias orillas, desencadenando un proceso de lectura que les confiere nueva actualidad. En México, el coloquio “América Latina sin fronteras”, en el cual participó Rodrigo Cánovas, involucró a colegas de la UNAM, y se han publicado las actas. Este año saldrá otro tomo, en el Fondo de Cultura, “México Transatlántico”. Y otro coloquio, dedicado a Diamela Eltit, ha salido en un número especial de La Torre (Universidad de Puerto Rico).

¿Qué ha significado para usted el estudio de estas manifestaciones desde Estados Unidos?
– Me he interesado especialmente por la cultura puertorriqueña, hecha en las migraciones, y por las letras chicanas, que han ampliado el espacio fronterizo. Pero me importa más que el linaje, el porvenir: los cruces y las tramas de estas y otras formas hispánicas.

Respecto de Chile, ¿sigue creyendo que la poesía es la disciplina intelectual más importante del siglo XX, así como la historia y el derecho lo fueron en el XIX?
– Chile, en efecto, es una invención del discurso jurídico, afincada en el relato histórico, de temprana voluntad nacional, y reformulada por la poesía, que es un mapa más grande que el país. La Mistral lo imaginó sin fronteras, Huidobro de cielo abierto, Neruda de extramares, Rojas de piedra bautismal, Parra como el grado cero del lenguaje. El poeta chileno es aquel que vuelve a la realidad con un sentimiento de los demonios.

¿Cuál cree que será en este siglo la disciplina preponderante?
– La economía pasa por disciplina dominante pero como su cálculo de posibilidades es siempre una resta social, se trata de una superstición. La poesía sigue abriendo espacios en un país de puertas entornadas. Lihn le dio intimidad al desencanto, Uribe voz al luto nacional, Zurita rehizo la geografía. Seguramente en Chile ha habido gran poesía porque han habido grandes lectores.

¿Qué rasgos distinguen a la poesía latinoamericana actual?
– Hoy la poesía se hace con las manos, es operativa y performativa. El poeta ya no es un héroe del discurso sino un interlocutor del tú en el ágape. La poesía busca desarrollar la demanda ética, esa celebración del diálogo. Por ello, es un horizonte de futuro, donde el lenguaje actualmente desvalorizado por la extraordinaria negatividad de la política recobre su humanidad. Recobre, quiero decir, la palabra mutua.

¿Qué significa para usted que el peruano Carlos Germán Belli haya recibido hace unos días en La Moneda el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda?
– Es una imagen barroca, ¿verdad? Lihn admiraba mucho a Belli, por la máscara barroca de su poesía, una suerte de formalidad y glosa, de tributo y de ironía. Una estrategia laboriosa para desplegar el habla del deseo. Pero es también una imagen fraterna, ya que las sumas literarias entre Chile y Perú son una conversación plena.

¿Hay una generación de relevo poético en Perú?, ¿quiénes son y qué corrientes distingue?
– Vivimos ya la hora del relevo en todos los órdenes de la cultura hispánica. Ha terminado la época del intelectual público, y está pasando el momento del escritor mediático, abrumado de premios y sin lectores. En Perú, los jóvenes no sólo escriben con desenfado y libres de cualquier ansiedad de influencias, sino que hacen talleres y comunidades, donde inician pequeñas editoriales, revistas y actos públicos. Se mueven, además, entre fronteras, y seguramente son la parte sensible de la nueva constelación migratoria. La revista “Hueso Húmero” es un buen lugar para empezar a leer a estos nuevos poetas. Sigo con interés los trabajos de Victoria Guerrero y Lorenzo Helguero.

¿Le parece que los premios a Alonso Cueto (Herralde) y Santiago Roncagliolo (Alfaguara) en los últimos meses hablan de un buen momento de la narrativa peruana?
– Dos excelentes premios, que demuestran la capacidad de apuesta de esas dos editoriales. Como explica Josefina Ludmer, la buena literatura no sólo está en las editoras marginales y heroicas, nos viene también en las más grandes. Es la nueva composición de lugar en que se hace hoy la novela. Y, en efecto, la narrativa peruana se ha diversificado más allá de sus tradiciones.

… Y de sus fronteras. ¿Qué le parece la narrativa que están produciendo los peruanos, dentro y fuera del país?
– Pienso que el marco nacional se ha convertido en melancólico como espacio de lectura. Nos condena a leer la tanda generacional, o la tribu de alguna voz dominante. Creo que el relevo de la lectura nos hará leer más creativamente. En el caso peruano, los jóvenes se están librando de la tradición traumática, que lo explica todo por el malestar del origen. En Chile, se trata de lo que he llamado la deuda impagable del origen nacional. Jorge Edwards ha novelado la comedia social de esa posta agonista. Entre nosotros, Bryce Echenique ha empleado el poder curativo del humor. La idea del trauma como destino es complaciente, carece de inteligencia y dignidad. Son más críticos y más libres Iván Thays y Luis Hernán Castañeda, entre varios otros que merecen atención.

¿Qué importancia tiene la violencia política como tema en la literatura latinoamericana actual?
– Es un gran tema, no el único, y depende de lo que se hace con él. En Brasil, por ejemplo, Ciudad de Dios es un relato hecho para el consumo extranjero, donde se espera que cada secuencia o página muera un niño. Y en Colombia hay quienes ejercen un cinismo amoralista y casual que hubiera hecho enrojecer al mismo Gide. Y en Cuba abundan relatos de victimización alegre. Pero hasta la violencia, como decía Benjamin, debe ser creativa. La literatura es un modo de dialogar con ella, para humanizarla. Además, la violencia política se sostiene en las violencias racista, machista y clasista. Esto es, en la negación del Otro, en esa mutilación del Yo. Por eso repito que nosotros no podemos aceptar una sola verdad, un solo discurso, una voz dominante. América Latina sólo tiene lugar entre verdades plurales y discursos de hospedaje.