La ciudad literaria de Julio Ortega

Para el bicentenario

Posted by jortega@brown.edu on October 24, 2007

Agenda para el bicentenario

Por Julio Ortega

Sobre el bicentenario de la independencia americana, que comenzó ayer y se prolongará a futuro, todos tenemos algo que decir. Pero al decirlo, reveladoramente, habla uno desde donde está situado. Para que el balance no sea otra ocasión perdida, vale la pena cotejar agendas para acordar relevancias y ensayar la pertinencia. Dos coloquios sobre el tema que tuvieron lugar recientemente en Madrid lo han hecho con buen ánimo. El primero convocado por la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara en la Casa de América, fue un contrapunto entre historiadores y escritores de España y América Latina. El otro, a cargo de la Secretaría General de Iberoamérica, que dirige Enrique Iglesias, repasó los modelos de interpretación que dan forma a ese debate. Nuevas preguntas reclaman definir qué es lo que queremos conmemorar, más allá de la efemérides y los fastos de oficio. En definitiva, se trata de reafirmar la creatividad cultural y política de un proyecto que no se resigna al pasado y sigue disputando el futuro. Bien puede ser que sea ésta ocasión propicia para recontextualizar el tema, y proponer que América Latina es un laboratorio de emancipaciones modernas.
Por lo pronto, Carlos Fuentes propuso que la celebración sea un diálogo entre América Latina y España para, más allá de los desastres de la guerra, recuperar la cultura mutua. Y Juan Luis Cebrián, que tomemos lección de la demorada emancipación de la propia España, larga víctima del absolutismo y la represión del liberalismo; la independencia de los países latinoamericanos fue totalmente borrada de la educación de los españoles, advirtió. En efecto, si España padeció de largo oscurantismo absolutista antes de la modernidad democrática, los paralelos con América Latina son un diálogo instructivo. Basta recordar que en el breve fervor liberal de comienzos del siglo XIX, el puertorriqueño José María de Hostos, del cenáculo liberal madrileño, estaba previsto para Gobernador de Barcelona. En cambio, en el fervor conspiratorio de Londres, el gran Andrés Bello le proponía al pro-independentista José María Blanco White encontrar un príncipe europeo para gobernar en América. Por lo mismo, el drama común empieza siendo la representación política; y en ese ejercicio, como explica el historiador colombiano Eduardo Posada-Carbó, las primeras experiencias electorales, tanto en España como en América, coinciden en su voluntad y ejercicio liberal. F.-X. Guerra observa que el término ¨Liberal¨ nace en España, durante la “revolución española,” y se difunde en Europa y América para designar a quien se opone al absolutismo a nombre de un régimen constitucional. Las Cortes de Cádiz (1810) son la culminación de esa fecunda escena del diálogo original entre ambas orillas del español moderno. En la actualidad de ese debate, Carmen Iglesias ha dicho, con agudeza, que la representación ilustra hoy mismo el divorcio entre la clase política y una ciudadanía que no habrìa votado por ninguna crispación.
Legitimidad, Soberanía, Nación, esas tres fuentes propicias del estado liberal, nos recuerda el historiador Manuel Chust, supone una misma guerra, tanto española como hispanoamericana, de emancipaciones. Y cuaja brillantemente en la Constitución de Cádiz. ¨Mil años de feudalismo habían esperado estos representantes orgánicos de la burguesía liberal para iniciar el abordaje de la Soberanía como representantes de la Nación,” escribe Chust, no sin gusto dramático. En esa Constitución los españoles y los hispanoamericanos son representados como una misma nación. Las lecciones son evidentes: después del retorno del absolutismo en 1814, el concepto de nación se haría excluyente y autoritario. Hemos heredado esa polaridad a hierro: hoy mismo se postula una sola nación en el país más multinacional de la historia cultural de las naciones. Así, el diálogo es de espejos didácticos: en América las naciones son plurales de hecho, aunque no aún de derecho. Por eso, el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, impecablemente presidida por Salmón Lerner, que documentó la matanza de casi 70 mil peruanos, no fue asumido por el Estado. Solamente hay nación allí donde la violencia no es impune. En la teoría de la nación se afirma hoy que sólo los países que forjaron su modernidad fueron nacionalistas. El nacionalismo no es un primitivismo: presupone lo moderno como propio. Por eso, Argentina y Chile conciben su historia emancipatoria como exitosa. Y no en vano en ambos, y también en Uruguay, las universidades recibieron a las mujeres antes que en Estados Unidos.
Pues bien, para celebrar esta actualidad de nuestra historia, es fundamental no repetir los errores del quinto centenario del descubrimiento de América. Al final, se puede decir que esas costosísimas fiestas nos aumentaron los victimarios y nos acrecentaron las víctimas. Es preciso evitar tanto la conversión de la memoria histórica en parque temático como las pacificadas versiones estatales, que siguen el liberalismo blando: creer que la verdad está al medio. O, peor aún, el neo-liberalismo de verdad única, incólume y autoritario.
Más importante, creo yo, es cuestionar la versión autoderogativa de la independencia como fracaso. Esta interpretación, bastante común en algunos países latinoamericanos, proviene del paradigma de leer la historia política, el carácter nacional y la construcción del estado como procesos frustrados. La tradición del fracaso es un dictamen traumático sobre los orígenes, y tiene su más brillante exposición en El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz, que postula en la violación de la madre indígena el malestar metafísico del mexicano, su soledad cósmica. No menos persuasiva ha sido la ¨teorìa de la dependencia” en sentenciar la condena al fracaso de unas sociedades de denominación colonial o neo-colonial. De impronta marxista, esta tesis restó valor a la empresa colectiva de una historia que, invariablemente, vio como incautada, interferida y provisoria. A ese vaciado de sentido, siguieron versiones vulgares y sentimentales que descontaron la dignidad de otras respuestas y apuestas. Hoy la violencia, la prostituciòn, la corrupción, se han convertido en producto de exportación narrativa y cinematográfica, en el entendido de que esas imágenes confirman la buena conciencia europea.
Sin embargo, la necesidad de recobrar la creatividad social, las estrategias populares de negociación, y la imaginación cultural del porvenir, pone en entredicho la vieja versión catastrofista, formulaica y residual. También deriva de esa versión el hábito de interpretar los hechos del pasado desde los hechos del presente. Esta falacia, conocida como “presentismo,” impide leer la especificidad y el proyecto que animó nuestras historias. Gracias a los nuevos historiadores, empezamos hoy a recuperar la noción de que las luchas de la emancipación son procesos del debate por el lugar de los sujetos en el despliegue de lo moderno. Pero no se deben tampoco a su versión dominante, que condena a desaparecer a las naciones marginadas. Se deben, más bién, al drama de la desigualdad perpetuada y de la justicia social diferida. Por eso, Toynbee se equivocó cuando al conocer Perú, sentenció que la conquista no había terminado. No había terminado la independencia.
De modo que si desde una perspectiva más crítica y productiva, podríamos acordar algunos procesos desenvolviéndose laboriosamente en nuestro horizonte histórico común, pienso que la creatividad del trance emancipatorio, lo que Jorge Basadre llamó “la promesa de la vida republicana,” se ilustra en aquellas instancias, cristalizaciones y formas que sin ese trance no existirían:
La tradición constitucionalista de un liberalismo popular, que es el origen del principal aporte latinoamericano (costoso aporte, eso sí) a la legalidad contemporánea: el estado de derecho como control de la violencia y base actual de los “Derechos Humanos”;
La idea de la mezcla, como articulación de lo moderno, que ya Cervantes y el Inca Garcilaso habían visto abría en el Nuevo Mundo un espacio de modernidad española adelantada;
La nación hecha de naciones, la nacionalidad plural, incluyente y no exclusiva, no necesariamente esencialista (raza, lengua, religión) sino operativa (comunidad migratoria, regionalidad mestiza, red de filiaciones y alianzas);
La construcción del Estado a partir del modelo de la escuela (todos los hombres de la emancipación fueron educadores);
La persuasión utopista, no la utopía como ideal abstracto y angélico, sino la del territorio de la Abundancia, que hace de la ciencia natural el modelo cultural de las justicias mayores;
Las lenguas nacionales, enciclopédicas y populares, que sumaban al español la riqueza de la diferencia, asi como sus literaturas orales, legendarias, y barrocas que reescriben la historia;
La representación democrática y su cultura electoral, plebiscitatia, que prodiga constituciones pero también los códigos jurídicos, y produce una creciente participación;
La religiosidad popular como discurso de la pobreza, que se articula en la mayor contribución filosófica latinoamericana, la “Teologìa de la Liberación,” hoy más pertinente que nunca;
La gran literatura latinoamericana, que no se explicaría sin su proyecto emancipatorio, y que desde Rubén Darío se propone a la sociedad como un modelo cultural realizado;
Las prácticas culturales de la reapropiación, la transculturación, la hibridez como tramas de la geocultura del intercambio y el montaje, donde se configura, en diálogo, un Sujeto trasatlántico.
Esa Biblioteca empieza con los grandes precursores de la emancipación; prosigue con los actores de la independencia; se refleja en los testimonios de los viajeros; es debatido en el espacio polémico del periodismo; se organiza en los tratados de legislación, educación y ciudadanía; y se revalúa en su permanente interpretación. La independencia latinoamericana es una vasta formación discursiva que seguimos investigando como el futuro de los orígenes. Han documentado rigurosamente esa historia y sus diversas naciones, José Agustín de la Puente Candamo y Luis Millones en Perú; José Carlos Chiaramonte y Natalio Botana en Argentina; Enrique Flores Cano y Jaime E. Rodriguez en México; Yolanda Salas y Fernando Coronil en Venezuela. Y han renovado la crítica cultural como puesta al día de las varias fundaciones nacionales, los trabajos inspiradores de Jorge Cornejo Polar, Antonio Benítez Rojo, Aníbal Quijano, Roger Bartra, Roberto Schwarz y Josefina Ludmer. A ellos se suman, desde distintas escuelas y persuasiones, las nuevas promociones de este foro con vocación de ágape.