La ciudad literaria de Julio Ortega

A causa del honor

Posted by jortega@brown.edu on November 23, 2007

A causa del honor

EL PAÍS 07/11/2007

Julio Ortega

Vartan Gregorian había sido director de la Biblioteca Pública de Nueva York, reconstruida gracias a su extraordinario liderazgo, y como nuevo presidente de la Universidad de Brown solía pasear el campus buscando, y encontrando, temas y dilemas. Pero el drama de toparse con Vartan era que te preguntaba por tus planes, se entusiasmaba con ellos, y te duplicaba las tareas. La mañana primaveral que dio conmigo, le respondí: “Estamos pidiendo el doctorado honorario para Jesús de Polanco y Carlos Fuentes”. “Pero si vas a pedir dos”, me dijo, retándome, “mejor es que pidas cuatro”. Mi asombro lo animó: “Te propongo que le dediquemos una conmemoración especial a Estudios Hispánicos y la lengua española”, me dijo. De modo que en un estado de gracia -poseídos por el aura gregoriana- también pedimos honores para Víctor García de la Concha y Rosario Ferré.

Nuestro departamento había sido declarado por el National Humanities Council como uno de los mejores del país, para sorpresa de Gregorian. “¿Cómo te lo explicas?”, me había preguntado cuando el New York Times dio la noticia. “No tengo tiempo de explicármelo”, le dije, “porque tengo que pedirte dos profesores más”. Ahora pienso que tendría que haberle pedido tres. Vivíamos, ese año de 1996, la epifanía deportiva nacional del confeti lloviendo sobre nuestras cabezas.

El gusto protocolar de la Academia anglosajona, que suma las togas y los latines, empezó a trotar con brío. El doctorado honorario de cuatro figuras del mundo hispánico, la dedicación del día de la lengua española al centenario departamento de español, tenía en Vartan Gregorian al demiurgo capaz de convertir el campus en teatro del mundo. Convocó a la que sería la ceremonia de un siglo destinado a hablar español. Nos dio una lección, no hay otra palabra, de grandeza. Pensé que la generosidad es la virtud más gratuita y a la vez más valiosa, porque nos mejora entre los mejores; y por lo mismo, es un exceso de humildad. El 7 de marzo, en nombre del Board of Fellows, Gregorian le escribía a Polanco invitándolo al reconocimiento de “su contribución a la modernidad de la cultura del diálogo en España y sus nuevas y creativas relaciones con el mundo latinoamericano.”

Pocos meses después, el encuentro en Brown de Jesús de Polanco y Vartan Gregorian fue inmediatamente propicio. Tenían casi demasiadas cosas en común: el mayor talento del líder, su capacidad de creer en los otros; la inteligencia amable y la voluntad acerada; y, sin duda, la claridad de visión que los instalaba cómodamente en el futuro.

Pero nos esperaba todavía salvar los molinos que pasan por gigantes y ponen a prueba la lectura. No habríamos podido imaginar que el Gobierno conservador español y un juez sin juicio pretenderían impedir que Jesús de Polanco viajase a Providence, con franco abuso de poder y autoritarismo encarnizado. La ceremonia del honor es causa se programó para el 28 de abril de 1997, pero el 4 de ese mes el juez prohibió a Jesús de Polanco viajar a Estados Unidos.

En la historia de las universidades norteamericanas, esa prohibición era inconcebible, salvo en los países del horror soviético. La reacción internacional de solidaridad con Polanco y Juan Luis Cebrián denunció la campaña de descrédito profesional y personal que pretendía vulnerar honor y honra. Refrendaron esa protesta los directores de La Repubblica, The Independent, New Republic, The Irish Times, Le Nouvel Observateur, La Opinión, La Jornada, Estampa y Clarín.

El 21 de abril empezaríamos la conmemoración hispánica con un seminario sobre España y América Latina entre profesores de literatura de Brown y la Universidad de Cambridge. Nos habíamos reunido el año anterior en Cambridge, y esos diálogos son la semilla del Proyecto Transatlántico de Brown, hecho de varias orillas, gracias especialmente a Carlos Fuentes, a quien nuestro Melquíades armenio, Gregorian, había nombrado, pocos años antes, professor-at-large de mi departamento. Hoy día hemos sumado a dos ilustres amigos a esa constelación hacedora, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos.

El 22 de abril tendría lugar el segundo seminario, entre colegas de los centros de Latin American Studies de Cambridge y Brown. El 24 de abril recibiríamos a Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y Julián Ríos (nosotros celebramos el Día de la Lengua, se diría, casi como nuestro verdadero cumpleaños). Y todo culminaría en la convocación del 28 de abril, con la llegada de Jesús de Polanco y el doctorado de los cuatro embajadores del idioma.

Pero el abuso del juez y la prensa conservadora no cejaban. Impedirle recibir el homenaje de una universidad parecía su objetivo inmediato; herir la credibilidad de sus empresas, el propósito siniestro.

Empezó a llover. Casi como en una novela de García Márquez, efectivamente, y pensé que nos faltaba un esfuerzo más. En Brown, nuestra directora de la Oficina de Prensa respondió a unos periodistas norteamericanos que la universidad reiteraba su voluntad de honrar a Polanco, más allá de las disputas políticas, por sus méritos de agente de la democratización de las comunicaciones en la transición española. Esa reafirmación de la universidad fue la gota de lluvia que colmaba el tema. Yo creo en la justicia de las palabras justas.

Muy pocos días antes de la ceremonia convocada, un amigo me habló para leerme el titular que estaba leyendo en la cinta móvil de noticias en el metro de Barcelona: “Polanco viaja a Brown”.

Al final de la comida, hablando a nombre de los doctorandos, nos dijo Polanco: “Espero no pecar de falsa modestia si les digo que soy el menos merecedor de este homenaje. Junto a los sobresalientes méritos académicos y literarios de quienes hoy me acompañan en este trance, sólo puedo exhibir una vida de trabajo y dedicación, como empresario, a la cultura y a la industria de la comunicación. No devaluaré, en cualquier caso, mi esfuerzo, que ha sido grande, ni mi voluntarioso tesón, y tampoco voy a ocultarles la sincera gratitud que hoy siento, cuando veo reconocidas ambas cosas por una institución tan admirable como ésta, precisamente en momentos en que en mi país soy objeto de ataques e insidias que han puesto en peligro incluso mi asistencia a este acto”.

“Una famosa frase de Calderón de la Barca, a quien creo no está de más citar en este día de las letras españolas que hoy celebramos y en este marco de la amistad cultural y lingüística entre España y América, dice que la hacienda y la vida pueden ser arrebatadas por el rey, por el poder, “pero el honor es patrimonio del alma.” Hoy la Universidad de Brown ha tenido la gentileza de compartir su alma con nosotros, y la nuestra con ella: ha querido hacernos partícipes de su concepto del honor -una palabra muy resonante en castellano- y de contarnos así entre sus amigos. Por eso, y cuando mi honor, y el de las instituciones que represento, y el de las personas que trabajan en ellas, es atacado e infamado injustamente les quiero decir, con toda naturalidad, que no se preocupen: quizá se hayan equivocado -¡qué digo!, se han equivocado seguro- por distinguir académicamente a alguien con tan pocos merecimientos como yo, pero no yerran en cuanto al honor se refiere. Los hechos y el tiempo -no hará falta que pase mucho, por cierto- nos darán la razón a ustedes y a mí en este punto”.

Fueron testigos dos de sus hijos, sus amigos Plácido Arango, Leopoldo Rodés, Julio Mario Santo Domingo, Sylvia y Carlos Fuentes, Víctor García de la Concha y Rosario Ferré; los escritores norteamericanos John Hawkes y Robert Coover; mis colegas hispanistas de las universidades vecinas… y Vartan Gregorian y la familia de Brown, en el día de su mejor suma atlántica. Fue una batalla más por el diálogo en esta maravillosa lengua.