La ciudad literaria de Julio Ortega

Cebrián: política y memoria

Posted by jortega@brown.edu on January 9, 2008

Cebrián y la anatomía política del franquismo

La patología de la vida cotidiana del franquismo ha ocupado a memorialistas y novelistas, a veces aun sin proponérselo y antes aun de la transición. El exacerbado individualismo, de sesgo autoritario, que culmina en el esteticismo del exabrupto, es una de sus versiones pintorescas, en varias novelas previas a la transición. Pero su memoria ha tenido en la obra de Carlos Castilla del Pino una más viva exhumación. Y tiene ahora, en la saga narrativa de Juan Luis Cebrián (Madrid, 1944), su representación política más sintomática y analítica. La agonía del dragón (2000) y Francomoribundia (2003), partes de una trilogía anunciada como “El miedo y la fuerza,” se proponen lo más difícil: construir una estrategia de conocimiento que de cuenta de la vida cotidiana del franquismo, y reconstruir tanto su mala conciencia como su conciencia crítica. Ese proyecto es eminentemente novelesco porque se debe a la búsqueda que emprende el sujeto para constituirse en agente de su tiempo de relevos.

En la primera novela, se trata de la forma que el relato confiere a la patología moral, desentrañando la discordia de la subjetividad, que ha sido subyugada entre los códigos del poder y la represión; en la segunda, de la interpretación que hace el relato de la muerte como monumento político histórico y espectáculo alegórico nacional. Si la “agonía” ilustra la crisis del sistema del mal, debatido por los sujetos que la sobreviven; la “moribundia” es el luto político de la transición, el costo social del franquismo endémico.

Mirando de frente la máscara multiplicada de Franco (foto, estatua, moneda, mascarilla); situándose en el desarrollo de la prensa española (responsable de la modernización de las autorepresentaciones); y asumiendo la novela como el espacio de la memoria dirimente, Juan Luis Cebrián ha buscado construir un relato del franquismo como trauma común; no sólo a nombre de la memoria, que es la herencia de la verdad, sino a nombre de la interpretación, que es la moral de la historia. Más que la patología del sujeto hecho en el malestar de la prohibición, le ha interesado la agonía del sujeto hecho en la trama ambigua de la socialización. En la encrucijada de los últimos años del franquismo, ese sujeto se desplaza entre espacios regimentados y tiempos fluidos, entre códigos de censura y ensayos de apertura. En esa zozobra, la novela aparece como el discurso de las intermediaciones, donde el drama de los procesos adquiere el horizonte de un pensamiento sobre la agonía. Agoniza el sistema en su ocaso, y agoniza el sujeto en su gestación.

Varios discursos (biográfico, social, político, periodístico, ensayístico) se funden en estas novelas, como si el relato fuese redefinido por su capacidad mediadora entre la memoria política, la sociedad cambiante, y el futuro amnésico. La novela no sólo se debe a la memoria como un modelo crítico capaz de resistir la banalidad del olvido; sobre todo, la novela negocia el lugar discursivo del sujeto de la transición. Porque se trata de un sujeto deshabilitado de su propia representación: por un lado, resiste el tradicionalismo autoritario; por otro, emerge de las censuras impuestas por una vida cotidiana ideologizada. El franquismo aparece, así, como un sistema antinatural pero internalizado, convertido en espacio normativo de la interacción humana. El franquismo es una forma de vida contraria y contrariada: se debe a su dominante verdad única, ejercitada como la recusación del Otro, como una sociopatía de la sospecha. Contamina el lenguaje, la sexualidad, la religión, la educación y, como un énfasis de estilo, hasta las comedias de salón y el casticismo militante. Pero en la novela carece de autoridad, y desde esa mediación libre, puede ser representado en toda su agonía.

Se trata, por lo mismo, de un proceso cognitivo que la novela despliega en tanto espacio de la mediación. La novela promedia entre un “mundo dado” (el orden autoritario) y un “mundo textualizado” (la proyección de espacios alternos). El primero corresponde al conocimiento empírico de los espacios cerrados, en este caso a la rigidez y aridez del franquismo, cuya retórica es una repetición literal que encubre y distorsiona, y cuya representación deriva en detritus. Su producción residual, finalmente, lo sepulta. El mundo textualizado es el que la novela desencadena: el relato va abriendo un horizonte de liberación, no sólo en la crírtica, sino en las formas, en el habla, y en las relaciones, donde la transición se vive como una política que con los residuos de la memoria anticipa el porvenir. La novela política es, para Cebrián, el relato de una polis laboriosamente ganada.

En La agonía del dragón la dimensión de lo empírico aparece con nitidez en las representaciones de la pobreza, de su paisaje crudo y sin nombre. Y es también patente en la mecánica militar y policial de control burocrático; aunque el comisario Centeno y el inspector Trigo, por sus solos nombres pertenecen ya a la comedia bufa. Más notable es la rica información sobre los entretelones del poder, sus anécdotas, brutalidad, y negocios. No es casual que el contexto esté construido desde la dimensión residual de los años 50. Los tufos hediondos de las vaquerías, la leche adulterada, el carro de la basura, las carbonerías, los vertederos del suburbio, dejarán paso a los prósperos nuevos negocios, ilustrados aquí por la compra de una flota dudosa de camiones en Hungría. La flamante línea urbana, sin embargo, es inaugurada con un fiasco: mal ensamblado, un autobús se parte: “¡Pare, pare, que el suelo se hunde!” grita un chico, como si anunciara los nuevos tiempos del progreso. La empiria es de mala calidad en la empresa franquista. Dicho de otro modo, lo moderno no tiene futuro en términos franquistas.

El mundo textualizado, la proyección de espacios abiertos, se hace cargo, por lo mismo, de la miseria del contexto. Por eso, la documentación del malestar se da en la fuerza irónica de la crónica. Ésta se expande en el relato reflexivo que, a su vez, induce el balance crítico, el humor y el drama de los hechos valorados. La crónica, la reflexión, la crítica, son formas discursivas que convergen y se funden en la narración misma. Esa trama desarrolla la historia de los jóvenes protagonistas que dirimen su lugar en el proceso político y su identidad en el proceso narrativo. Los distintos discursos, así, abren espacios textuales, intercalados y secuenciales, cuya función analítica es una demostración intelectual y emotiva, crítica y valorativa de los últimos lustros del franquismo. De modo que del “mundo dado” al “mundo textualizado” se despliega un mecanismo cognitivo que desanuda los espacios codificados y adelanta, en su indeterminación y promesa, los horizontes de relevo.

La agonía del dragón empieza con una supuesta “Carta al autor, que puede utilizarse como manual de uso,” título que declara la decisión autorial de situarse fuera del relato y proponer un modelo de lectura que pasa por la interpretación. El autor ha consultado sobre “la posibilidad de que los hechos acaecidos en las últimas décadas en España tengan que ver con las contiendas que pudieran haberse entablado entre dragones, o con el estertor final de alguna especie que se resistiera a la extinción” (9). La respuesta es que los dragones son mutantes y “migran entre ellos cuando ven amenazada su supervivencia, dando cobijo el cuerpo de uno al espíritu del otro y acrecentando así, en ocasiones, su naturaleza paradójica y pluripersonal, lo que les vuelve extremadamente peligrosos cuando se enojan.” Esta irónica introducción no oculta su carácter alegórico, y sitúa el centro de su debate en el anacronismo de la política autoritaria y en la lección de su tránsito: “La agonía del dragón es un espectáculo digno de verse y de narrarse, pues entre las llamaradas, los golpes, y sus grandes y sonoros lamentos, que a veces se confunden con amenazas e improperios, no existe ser humano que no experimente auténtico terror ni que pueda considerarse a salvo…” (11). Y habiendo leído la novela del autor, el experto advierte que la muerte del dragón es sólo una “licencia literaria.” Porque los dragones se niegan a morir, viven excesivamente, y son difíciles de batir. La advertencia es de humor cervantino.

El poder, en efecto, deshumaniza y hace anacrónicos a los hombres. El franquismo es una forma dictatorial de la vetustez: su vejez es excesiva, retrasa el futuro y se torna una obscenidad civil. Por ello, la novela que representa al poder es ejemplar: ilustra el proceso de su redundancia, y es un alegato por la incertidumbre de los jóvenes, del cambio y lo nuevo en contra del arcaico modelo español de un pasado sin capacidad de retiro. Para ganar su identidad en el apocalipsis que se cierne, los personajes deben identificarse por sus opciones vitales y emocionales en la zozobra de la actualidad. La emoción aparece como la fuerza que demanda su propio espacio de exploración contra del dominante escepticismo de las opiniones encarnizadas y contrarias. Inexorablemente, esa identificación será política.

La novela cuenta la aventura de un grupo de jóvenes que adquiere su madurez en el debate entre las esferas pública y privada, en la definición cotidiana de una saga histórica. Esa tensión les confiere la fuerza narrativa de una encrucijada generacional. Esto es, los muestra vulnerables pero también ejemplares porque sus sacrificios legitiman la inteligencia y la agonía de la renovación y el cambio.

Alberto, uno de los jóvenes en proceso de identificación, vive el signo de las transiciones: Don Epifanio, viejo amigo de su familia, funge de protector suyo pero es un funcionario político del franquismo. Ha citado al joven para explicarle por qué no debió haber firmado un comunicado a favor de sindicalistas presos. Todos los elementos del drama componen este bautizo de su identidad: el retrato del Generalísimo (“con capote de campaña y un aura celestial orlando su figura”), la autodefinición del padre sustituto (“una cosa es lo que dije y otra lo que pienso”), su expediente policial y, por fin, el certificado de su nacimiento político:
“Y recuerda lo que decía mi madre: no hay que firmar nunca nada, no vayas a hacerlo un día con tu sentencia de muerte” (21).

Esa ceremonia, sin embargo, está enmarcada por los nuevos tiempos: ha ocurrido Mayo del 68 parisino, la matanza de estudiantes mexicanos en la Plaza de Tlatelolco, y en la Universidad tiene lugar el primer juicio estudiantil de un catedrático. Se le juzga, le advierten, “por su absentismo, que contrasta con la dureza que aplica en el cumplimiento de las normas académicas.” Las figuras tutelares (Don Epifanio, el profesor Castaño) no dicen lo que piensan ni practican lo que exigen. El tiempo es de cambios, mientras que el estado autoritario y la universidad franquista han perdido el valor del lenguaje y, con ello, su racionalidad social.
Las palabras, para los jóvenes, deben corresponder a las acciones. Ernesto ha dejado el comunismo para pasar a la práctica. Si en una memorable novela de Luis Goytisolo (Recuento, 1973) los jóvenes que distribuyen octavillas terminan en la cárcel, en ésta de Cebrián, nos advierten que “distribuyendo octavillas no se arreglaba nada.” La identidad política se define también frente al otro extremo del discurso, la violencia de ETA: “Muchos demócratas acusaban a los etarras de que sus acciones no lograban sino radicalizar la represión” (44). Frente a la dialéctica etarra de “cuanto peor, mejor,” Ernesto propone otro programa: “Huelgas, marchas de protesta, sentadas pacíficas, pintadas…” El franquismo sucumbirá, aunque sea un monstruo de mil cabezas, cuando la sociedad civil reconstruya la esfera pública, allí donde la política es un ejercicio de la comunicación y el debate. La novela es el género ya no de la “plaza pública” historiada por Bajtín, sino de la “esfera pública,” del relevo de los hablantes en el foro.

La primera aparición de Carrera Blanco, jefe de gobierno y cabeza del franquismo, declara que el sistema se debe al espectáculo caricaturesco de su repetición: “Era un individuo de corte corpulento y andar parsimonioso, con una cara reconocible entre un millón por culpa de esas cejas, pobladas como dos retamas de algodón ennegrecido, y de unas orejas inmensas, elefantiásicas, que amenazaban con derramarse por el suelo en cualquier instante.” La caricatura no oculta su ferocidad: ese discurso es contra la Universidad. “Es obvio que no sentía la necesidad de convencer a nadie y que realizaba un trámite obligado, pero inútil. El teatro de la política adquiría así, pensó Eduardo, todas sus connotaciones de simulacro, cercanas al engaño” (59). No es casual que la Universidad aparezca como un espacio abierto y contrario, aun si la institución sea una de las supervivencias del anacronismo franquista. Eduardo Cienfuegos es el joven periodista que verifica estos destiempos e ironías.

Por lo demás, antes de la esfera pública, antes de las comunicaciones como espacio político, estaba la tertulia, derivada del antiguo mentidero, y debida a la vetustez del género del cotilleo.

–Lo que pasa es que son unos desagradecidos. Se lo deben todo a Franco –terció Ansorena, voluntario de la División Azul antes de hacerse militar de carrera. Ahora estaba retirado y se empleaba en un negocio de representación, vendía aspiradoras puerta a puerta y, cuando la dueña de casa dudaba en abrirle, enseñaba su carné de comandante de la Legión, argumento que de inmediato acababa con toda resistencia. (65-66)

El poder, así, intercambia las palabras por las cosas en la balanza del miedo: su verdad unívoca todo lo sabe y carece de duda. Ese abuso del lenguaje lo condena al monólogo en voz alta. El franquismo es una tertulia sin conversación.

El lenguaje político, por lo demás, se diversifica gracias a su puesta a prueba en América Latina. No sólo gravita el mesianismo de izquierda, también el cristianismo radical. Sus modulaciones mexicana, cubana, chilena, revelan discursos en sus límites a veces trágicos, pero también los límites de la modernidad desigual y la democratización intervenida. La teología de la liberación, “escuela rampante de los cristianos de base y las organizaciones revolucionarias,” adelanta “el diálogo entre cristianos y marxistas,” tanto en América Latina como en España transitiva.

Esta identificación de los personajes en el “dramatis persona” de los partidos políticos, las nuevas ideas, y el cristianismo renovador, pasa también por la libertad sexual y la crítica de las represiones. Pero si esa es la identificación del sujeto de las varias transiciones, el monólogo autoritario no hace sino repetirse: sus mismas leyes, nos dice la novela, llevan apariencia moderna pero no se cumplen. Un decreto exonera las culpas de la guerra: “desaparecen todas las responsabilidades penales anteriores al 1 de abril de 1939, es decir las emanadas de la guerra civil” (87). “España es diferente,” ha sancionado el Ministro de información, y el turismo creciente así lo demanda. Franco mismo anuncia que ha empezado la política del olvido: “Hoy podemos decir, a todos los efectos, que la guerra ha terminado y para bien de España.” Treinta y tres años después de empezada, la memoria de los vencedores requiere el olvido de los vencidos y la amnesia promovida por el bienestar. Jaime, otro de los jóvenes personajes que ha nacido después de la guerra, exclama: “Éstos del Opus, cuando vayan al cielo, se lo van a encontrar lleno de putas” (88).

La Célula clandestina de los amigos tiene como demanda de identificación pasar de las palabras a la acción, pero es fundamentalmente una comunidad secreta del diálogo como proyecto político, allí donde debería gestarse una política que no sea sólo el arte de lo posible (laboriosa negociación requerida por las transiciones) sino el arte de combatir a los animales (Platón); en este caso, a los dinosaurios o dragones a nombre de la polis y el ágora. El lugar de la pareja es otro debate que se abre al drama. Ramón, el marxista, lo anuncia:

— ¡Nosotros que creíamos que la revolución era el amor libre!
— El amor es siempre libre -terció ella.
— Sí, aunque tú te has convertido en un ama de casa.
Quiso herir su orgullo pero Marta no sintió daño, sino halago. El amor es siempre esclavo también, pensó, como cualquier otra pasión. Si hemos sido siervos obedientes del partido y su doctrina, ¿por qué no serlo de nuestra propia vulgaridad?

Esta vez, la identificación lleva el precio de la renuncia, porque la memoria es también personal, y las opciones se deben a la esfera de lo privado. Ella, por eso, se reconoce en el “afecto por él, algo parecido a la amistad o a la lealtad, que en realidad era ser fiel a sí misma, a su pasado. O sea que tenía un pasado: la edad de la razón era también la edad de la memoria” (163).

Esa memoria, construida por el presente, es otro tiempo liberado frente al olvido. La definición es clásica: la memoria es una economía del olvido. Gracias al olvido los personajes se recuerdan como la parte ganada al porvenir.

Las palabras, por fin, son los hechos mismos, y responden por la identidad de cada quien en la fluidez de los cambios. Mientras el estado corporativo legisla su propia transición hacia la monarquía restaurada, Ramón ha elegido el exilio en una Universidad norteamericana. Entre tanto, el poder no ha dejado de actualizarse: “Cuando el señor Cienfuegos echó cuentas, se preocupó seriamente por el giro que iba adquiriendo la operación. Entre la mordida de la alcaldía, la coima para el concejal, pagar a Ataúlfo, lo que le dieran a Mirandita, la comisión de Ansorena y el margen lógico para la empresa, los precios ofertados no resistirían” (197).

Jaime, en cambio, huye de la política, reconoce su vocación religiosa y recupera los hábitos. Sólo le importan “los otros, los pobres, los desheredados, los presos, los perseguidos, las putas y los paganos -se sonrió, complaciéndose otra vez en sus recuerdos” (226-27). Su lección no es menos política: la memoria del yo se debe a los otros. El aprendizaje ético, para esta célula del futuro, pasa por las opciones que dan nueva forma conflictiva a una España, tal vez, mutua.

“Amamos a España porque no nos gusta” había concluido José Antonio, mientras que los franquistas se identifican en que no les gusta Picasso. Una banda fascista incendia una librería en el centro de Madrid, uno de los jefes policiales ha disparado su pistola en la Universidad, y Carrera Blanco, ofendido por una pieza de Brecht, restablece la censura del teatro. La muerte de Franco se cierne como la incertidumbre del poder sobre la certeza del futuro, que se define como “un franquismo sin Franco.” La epidemia de cólera alarma al poder (ese nombre anti-turístico se les antoja una “palabra muy fuerte… casi revolucionaria”) y deciden llamarla “diarrea estival” (299). Hasta los policías del régimen buscan su identidad en esa transición sin Franco: “Lo sabemos todo,” sentencian los sabuesos, porque “todos tenemos siempre algo de lo que avergonzarnos, todos podemos ser sometidos al chantaje de nosotros mismos, y es únicamente sobre esa convicción…sobre la que es posible organizar la convivencia de un país. Por eso, al fin y al cabo, somos tan necesarios los policías. Funcionamos como el espejo de la madrastra, reflejamos el mal que anida en los demás y permitimos, así, sus ensueños de redención” (325). España se debe a la policía, cuyo espejo devuelve la identidad del sujeto subyugado.

No hay futuro, se nos dice, sin la memoria de la represión, que es una culpa mutua ganada en el franquismo.

–¡Vamos, que son como franquitos!
–Como franquitos somos todos un poco en este país, ¿no le parece? (340)

Y, luego, explota una bomba (tal vez la Providencia ha encendido la mecha, comenta alguien) y vuela por los aires el coche de Carrera Blanco, la cabeza visible de Franco. El asesinato político hiere al régimen, moribundo pero capaz de sobrevivirse, y muy capaz de recuperar su máscara impersonal, gracias a los “franquitos” de bigote cepillado, herederos del Caudillo.

En esta agonía del dragón, por lo mismo, la novela convoca discursos contrarios a la disputa por el valor de la memoria: la identidad de unos y de otros se configura como un relato disputado por las ya no dos sino varias Españas. Son los hijos los que arrojan paletadas de tierra sobre la tumba de los padres y, en consecuencia, sepultan los monumentos discursivos que han perdido al Yo y al Otro en la batalla. Quizá, dice la novela, los hijos de los hijos podrán, en el futuro, escoger a sus padres. Esto es, elegir sin miedo su propia memoria. Escribir, dado el caso, la nueva novela española, sin padrastros ni madrastras, creativamente.

La fuerza de ese tiempo proyectado es en esta novela de Juan Luis Cebrián un exorcismo que libera ya no el pasado excesivo sino el futuro dialogado.

Bibliografía

Juan Luís Cebrián. La rusa. Alfaguara, Madrid: 1986.
—— . La isla del viento. Alfaguara, Madrid: 199
——. La agonía del dragón. Alfaguara, Madrid: 2000
——. Francomoribundia, Alfaguara, Madrid: 2003