La ciudad literaria de Julio Ortega

Defensa de Bryce

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Defensa de Bryce

Toda la obra de Alfredo Bryce Echenique es una desautorización de la autoridad. Desde la oralidad (que reduce jerarquías) y el humor (que elimina distancias), esta obra es una vasta recusación de los poderes del padre (la Ley del estado), las instituciones (la Sociedad como destino) y la ideología (la Verdad única). Por eso, son novelas animadas por un nihilismo anarquista (relativizan las certidumbres) y exploran la emotividad (la ética de los afectos). Sus personajes más característicos son desadaptados, trashumantes, agonistas; pero siempre capaces de una reelaboración persuasiva de la crisis que narran. Son, por eso, pasajeros de otra comunidad, la de la amistad y sus filiaciones, de la memoria y sus versiones corregidas y aumentadas.

El éxito internacional de sus novelas demuestra que ese mundo subjetivo es del todo contemporáneo. Pero no son menos evidentes sus raíces peruanas, aun en sus novelas de tema europeo. Sus personajes peruanos, gracias al relato en que se hacen, rehacen siempre la realidad. En ese proceso, los deseos, los sueños, el futuro, se convierten en lo real. Lacan dijo que la mentira es la forma interna de la verdad. Bardieu, que la verdad es indiscernible: no tiene lugar en la enciclopedia, es un hueco en el conocimiento. En la obra de Bryce, el sujeto es ese peruano, antihéroe de la certidumbre. Quienes se arrogan su ejercicio armado, asumen el papel de policias, pero no mienten mejor. Después de Fujimori y Montesinos, que mintieron hasta cuando decían la verdad; después que el informe de la Comisión de la Verdad, que denuncia la matanza de casi 70 mil peruanos, no pudo ser asumido por la ley, las novelas de Alfredo Bryce Echenique se han hecho casi realistas.

Leyendo las acusaciones de plagio que se le hacen, uno diría que sus lectores se han vuelto sus personajes. Y como a Unamuno los suyos, le reclaman una mentira mejor. No pocos asumen el papel de Platón y expulsan a Bryce de la República. Ya sabemos que esa expulsión (equivalente a la bíblica) de la racioanalidad civil, se debe a que, según Platón, los poetas eran incapaces de decir la verdad. Esto es, de una verdad socialmente útil. Precisamente, la verdad que dejamos en manos de los guardianes del orden. Una vez le escuché decir a Juan Benet que en España los únicos que reclamaban saber toda la verdad y juraban en su nombre, eran los policías de Franco. Otros, como Pinochet, creían encarnar la verdad de Occidente.

Por eso, me apresuro ahora a corregir una información errada que, a nombre del plagio, inventa una ficción.

Fernando Vivas en una nota en “El Comercio” (Lima, 19 de julio) se suma a la violencia contra Bryce Echenique y utiliza mi nombre como supuesto plagiado. Podría, al menos, haberme preguntado por la veracidad del rumor malevo. Le habría yo respondido que no es cierto. El prólogo a los “Cuentos” de Julio Ramón Ribeyro lo firma Bryce y es suyo, aunque lo haya escrito yo. No es un plagio: es una complicidad literaria, acordada por ambos. Nunca he escrito mejor. Y me he divertido mucho con el juego y el humor de ese gesto de
des-autor-ización de la propiedad privada. No es el único que he propiciado. Forman parte de mi práctica crítica de “intervencion” de algunos paisajes.

El plagio, como es bien sabido, deriva del triunfo del mercado en la actividad literaria, y se impone como razón económica no por reclamo de los autores sino por la lógica comercial de los impresores. Aunque es en el siglo XVIII en que los derechos de autor buscan eliminar el libre uso de los textos, todavía Rubén Darío publicaba como suyas crónicas de algún amigo. Por eso, el Dr. Johnson, el primer profesional de la literatura inglesa, decía con ironía que su impresor “había elevado el valor de la literatura.” Shakespeare se apoderó de todas las fuentes que pudo y reescribió incluso a Cervantes.

Todos los textos vienen de otros textos y terminarán en otros más. Cualquier escritor serio lo sabe, y lo celebra. Como dijo Borges, la literatura no es de nadie, es de la tradicón, que es de todos, y del idioma, que los hace suyos. Los ataques descarnados que se hacen a Bryce dicen más de los indignados sin dignidad que de los mismos autores glosados, reapropiados o reescritos en la minucia de unas notas de prensa, cuyos autores no se han quejado con tanto odio como estos odiadores del talento ajeno. Más ironico es que algunos marxistas se hayan desgarrado las vestiduras defendiendo la propiedad privada. Quizá hoy la información sea de todos y de nadie, gracias a Internet, donde la verdad es provisoria y multiplicada por el internauta, un “homo ludens” en la fábrica de la República. Han hecho cierta, se diría, la fantasía de Aristóteles, que la verdad se hace entre todos.

No han faltado comentaristas que con perverso regusto han querido poner en entredicho a Bryce Echenique, acorrarlarlo, y acrecentarle la herida peruana. Pero los lectores que han sido felices con sus libros, los que reconocen la generosidad de su talento y la nobleza de su vasta novelización verdadera, no deberían alimentar ese penoso intento de asesinato periodístico. Podrían, más bien, imaginar la posibilidad de otras hipótesis, para evitar ese exceso de poca fe.