La ciudad literaria de Julio Ortega

Discurso en San Juan

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Discurso en Puerto Rico

Tengo una relación personal con Puerto Rico. En primer lugar, gracias a mis estudiantes puertorriqueños (aparecen con intensidad y desaparecen sin remordimiento), a quienes le debo el juicio de enseñar, la justicia de creer, y la justificación de persistir. Luego, he venido tantas veces a Puerto Rico que, como a los saberes que importan, cada vez lo conozco menos aunque lo entiendo más. A veces he tenido tiempo de volver antes de haberme ido, lo que me hace, sospecho, levemente puertorriqueño. Me quedé el verano de 1983 como profesor visitante del recinto de Río Piedras, gracias al decano José Ramón de la Torre, y viví en las torres de la avenida De Diego, lo que me hizo vecino de Luis Rafael Sánchez y Edgardo Rodríguez Juliá. Más tarde, pasé otro verano en el recinto de Cayey, donde fui vecino de Antonio Martorell. Me doy cuenta de que en esta Isla uno siempre es vecino. Y, a poco, amigo.

Y hoy, gracias a la Academia Puertorriqueña de la Lengua, que me distingue como miembro honorario, vengo a afincar en esta comunidad del habla, en esta comarca del español mundial, hecha en los valores más modernos. Me refiero a la creatividad popular, a la diversidad de la mezcla, a la inteligencia de la ironía. La lengua española es la salud pública de Puerto Rico, y ésta Academia su ministerio mayor. También su gimnasio. Porque los académicos hoy día, liberados de la prosopopeya, nos ayudan a perder peso retórico.

Me complace recibir este honor especialmente porque el español de Puerto Rico ocurre en la encrucijada atlántica, entre España, el Caribe y Estados Unidos. Y es, por ello, una lengua nacional que se habla con acento político. Ya hablar puertorriqueño es hacer una declaración política. Pero no porque el español esté aquí amenazado – nunca nuestro idioma ha sido más fuerte que en ésta isla -, sino porque ha sido capaz de hacerse lugar en el diálogo. Libre de la penuria de la víctima, vuelto interlocutor, propone su diferencia en el debate. No olvidemos que el gran Hostos recomendaba aprender inglés, educarse plenamente, y demandar plebiscito.

La Academia Puertorriqueña de la Lengua Española tiene mucho que hacer en este siglo, que es ya del español, como lengua franca que es del nuevo internacionalismo; aquel cuyo centro es la cultura, y cuya agencia incluye los derechos humanos y las migraciones.

Y qué alegría es compartir esta ceremonia con Rosario Ferré, cuya obra pertenece, en efecto, al futuro, donde será leída como abecedario de la libertad que fuimos capaces de reclamar: la promesa crítica, secular y democrática del ideario moderno emancipatorio.

Yo nunca he visto a Puerto Rico como una resta sino siempre como una suma acrecentada. La lengua española le debe a Rosario Ferré esa capacidad inclusiva, esa creatividad libérrima.

Señores académicos, queridos amigos, ¡qué maravilloso es haber nacido en ésta lengua y poder decir, ésta noche, la más clara palabra nuestra: gracias!