La ciudad literaria de Julio Ortega

Nélida Piñón

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Enigma y claridad de Nélida Piñón

En “Vestigios,” uno de los cuentos más perturbadores de su libro Tiempo de las frutas (1966), Nélida Piñón nos propone la parábola de los siete monstruos. Son criaturas horrendas y bestiales, cuyo primitivismo (no animal sino humano, porque no no hay animal tan violento como el hombre) se exacerba cuando descubren que han aprendido a matar. ¿Quiénes son estos seres malignos y feroces? Carecen de conciencia, de identidad y culpa, que les haría dudar, elegir, temer. No son humanos sino una pesadilla de lo humano. Un día capturan a una niña de 14 años, y de inmediato la matan. Pero ella no es como sus otras víctimas, su cuerpo emite un olor inexplicable. Intrigados, hunden sus cuchillos en el cuerpo muerto y beben de su sangre y comen de su carne. “Inclinados sobre la niña, el cadáver parecía una fuente.” Pero el misterio de ese cuerpo los transporta, y cuando sólo quedan sus huesos se encuentran “Inmvóviles y mustios, ninguna alegría iluminaba ahora sus rostros.” En su bolso descubren la foto de una mujer “joven y vigorosa,” seguramente la madre de la niña. Los embarga una extraña devoción. Juntan el retrato y los huesos, y lloran.

El cuento es sintomático de la imaginación de Nélida Piñón: por un lado, ahonda en el proceso por el cual se construye un enigma; por otro, al hacerlo desentraña la nueva claridad que sólo lo más enigmático es capaz de revelar. En esta parábola podemos, en efecto, leer la configuración visual de un emblema barroco, cuyo artificio se construye como un montaje de imágenes de horror, y cuya fábula nos conmueve con la emoción de lo siniestro. Al emblema pertenece el monsrtruo, poderosa figura mediadora de la humanidad deshumanizada. En este caso, se trata de un grupo infrahumano, unido por la vulgaridad del mal que define a la incapacidad de conciencia. El monstruo, por ello, es aquí un emblema moral. Muestra el tránsito que va de ese estado de violencia ilegible al estado humano de la conciencia legible. El hecho de que estos monstruos estén desprovistos del habla sugiere que carecen de identidad: no pueden verse en los otros, mucho menos en sus víctimas, a las que confunden con los animales y las plantas. Sólo la destrucción les produce exaltación, y se reconocen en ella sin consecuencias. Son, por eso, un exceso de extrañeza. Pero, notablemente, esa violencia nos hace reconocerlos como menos monstruosos y casi humanos. O como lo monstruoso de lo humano.

Julia Kristeva había advertido que lo abyecto es lo que no tiene sujeto, sólo objeto: convierte al otro en cuerpo deshumanizado. O quizá, en lo humano sin cuerpo, en figura residual de la violencia. Pero la abyección supone también la sumisión: como en la figura del esclavo y el amo, la violencia se convierte en una forma degradada de la comunicación. Los monstruos repugnantes que Nélida Piñón nos devuelve son un espejo implacable: sin la imagen de nosotros mismos, que los otros nos devuelven, no podemos identificarnos sino en la violencia mutua. Esa violencia es una forma de canibalismo: nos devoramos unos a otros para encontrarnos.

Si Margarite Duras pareció creer que la condición femenina se define por la melancolía, Nélida Piñón parece decirnos que se define por la sabiduría de la pasión. Lo más notable de esta tribu de monstruos, es que no hay entre ellos ninguna monstrua. La mujer es una niña sacrificada en la violencia, y una madre en una foto devocional. Los “vestigios,” así, son los restos de la víctima, cuya sangre ha sido bebida y cuyo cuerpo ha sido comido en un éxtasis masculino de la violencia. En una suerte de montaje que evoca el método de la composición en la lectura de lo moderno que hizo Walter Benjamin, este cuento propone en el monstruo el montaje de una figura cifrada. El crimen se transfigura en la nostalgia de un lenguaje articulado. Lo monstruoso, precisamente, es lo no articulado: la incapacidad para acordar, concordar, dialogar. En el arte, el montaje es el ensayo, por via negativa, de esa legibilidad mutua. Por lo tanto, si lo que se ha perdido es el valor de la emotividad, censurada por los lenguajes de la transparencia comunicativa (pero sólo la pornografia es plenamente transparente, todo lo demás posee la dignidad de lo afectivo), este cuento parece decirnos que nos falta restaurar la claridad que corre dentro de lo humano, y que se propone como una comunicación sin violencia. Esa nostalgia de lo genuino humaniza, al final, a los monstruos. Como a Calibán, en La tempestad, lo humanizaba saber que él también podría acceder a la “gracia.” Y esta sería la vuelta de tuerca que Nélida Piñón nos propone: hacer legible el escándalo de la violencia, porque hasta la violencia debe tornarse creativa. Lo que podría remitirnos a Walter Benjamin en la genealogía de las explicaciones. Más interesante, creo yo, es que nos devuelve al imaginario cultural latinoamericano, al más popular, capaz de procesar la violencia, humanizarla, y hasta decorarla.

En otro cuento, “Sangre esclarecida,” que parecería un antecedente, aunque de resultados muy distintos, de “Vestigios, Nélida Piñón había convocado a otra figura extrema: un hombre que “Jamás amó a padres o hermanos. Ni amigos, mujeres, objetos, incluso animales.” Imitaba, nos dice, el arrebato del amor para “que nunca descubrieran la carencia que escondía.” Se deja amar por varias mujeres sin reconocer el amor. Hasta que una niña lo ama. ” ¿Acaso la violencia es la manera inicial de amar?” se pregunta este hombre, mientras la mata. “Le quedaba ahora el desconsuelo de amar a quien muriera, si no le fuera posible exaltarse con quien estuviese vivo.” Se inmola enseguida, entregando su cuerpo a los animales, que lo desagarran con una violencia que él entiende es amorosa. “Se aferró a la desesperada esperanza, aceptando las condiciones más réprobas…Y aquel amor era el único que había sentido.” Aquí, se diría, la abyección que demanda el sacrificio de amor es anterior al discurso: si toda idea del hombre es una idea del amor, ésta de la deuda de amor contraida, que tal vez es impagable, sugiere que del amor todo está por escribirse. En la obra de Nélida Piñón estos personajes endeudados por la pasión, convierten la deuda en tributo. Esa figura del sacrificio forma parte de la transgresión, allí donde el amor sigue siendo milagroso. Milagro, lo sabemos, quiere decir ver más.

A lo largo de la obra de Nélida Piñón me ha parecido ver el juego tenso e intenso de estas figuras hiperbólicas, que amplían con su luz y su sombra la función del emblema barroco del otro, el montaje modernista de lugares heteróclitos, la parábola de la comunicación agónica, la alegoría transgresiva de los géneros ¬-figuras todas éstas del enigma poético, que es existencial y moral. Quizá por ello, como para presidir esos abismos humanos, la figura solar domina el escenario con su luminosidad: el sol sale y se pone en estas páginas como figura clásica (el sol predica el bien común al ser de todos, como entiende Campanella al construir su utopía como “La ciudad del sol”); pero es también una figura barroca (emblema de la abundancia, tal como aparece en La república de los sueños); y, más reflexivamente, es un principio de la legibilidad superior que nos aguarda en la comunicación plena.

En “Finisterre,” un cuento sobre la “isla gallega” se nos dice de una vieja que “había rehusado a la muerte en un día de sol.” En “Fraternidad,” leemos que “con un sol que aún iluminaba con reflejos dorados el camino, escuchó la alegría espléndida y desarmoniosa de voces que cantaban.” En “Sala de armas” se nos explica que “El hombre simula coraje, pero en verdad su osadía es una sombra deshecha por el sol.” En “Tarzán y Beijinho” advierte: “Les dejé un mensaje de amor y fidelidad, no volvería a hacer reparos a nuestra vida en común. Única y con sol.” Y en “El sultán,” este personaje omnipotente rechaza “la claridad de todo sol universal.”

¿Cómo no volver a la caverna platónica y a la idea de Heidegger de la mirada solar? Es aquella capaz de ver a la luz como la justicia del alma pero también de los otros. Y nos viene de Platón la noción de que a la luz del día el hombre levanta el lugar donde vivir. Habitar equivale a construir, y en la morada del ser, propone Heidegger, habitamos entre los demás. El lenguaje es la casa que hacemos entre todos.

La casa de la intemperie hispanoamericana busca reconstruir la república de los sueños universal. A favor del sol y de su enigma, la luna, reunidos por la pasión de elucidar el lugar habitable, Nélida Piñón nos mira con la luz de la atención del lenguaje dialógico. Se trata de una virtud de la atención encendida que, en su obra de arte mayor, nos cree prodigiosos. Ese exceso de fe en sus lectores es un lenguaje hecho carne.