La ciudad literaria de Julio Ortega

Bitácora

Posted by jortega@brown.edu on July 18, 2008

BITÁCORA

Julio Ortega

Listas

A propósito de la reciente encuesta de Hueso Húmero sobre aurtores peruanos, y otras paralelas en varios paises, concluyo que conviene ensayar listas de preferencias para reconocer en ellas la fugacidad de la fama y tomarle el pulso a la actualidad. Se trata de un ejercicio algo deportivo y del todo personal: una declaración gozosa del gusto. Hay un humor involuntario en estos balances. En Chile, promueven la animadversión; en México, la nómina de becados; en Colombia, derivan en otro festival de escritores; en Madrid es imposible tener dos listas iguales; en Buenos Aires son listas de gustos y disgustos. Pero cuando todos hagamos una, podrán fomentar la urbanidad.

Cristina Iglesias

Cuando en el Museo Guggenheim de Nueva York me encontré con la gran muestra individual de la escultora Cristina Iglesias, me pareció que su arte le daba forma al afincamiento. Esas dolmens, marcos, atrios y aras majestuosas daban cuentan del “habitat”. Encontrando otras piezas suyas y repasando las monografías que se le han dedicado, se entiende que su imagen explora el espacio que se abre entre columnas fronterizas, miradores al abismo, y formas de un umbral revelado. Le decía a ella en Madrid que el concepto de “dwell” (habitar, morar) quizá incluya el espacio asociativo que se despliega en su trabajo como el proyecto de residir, esa afirmación de afincar. Heidegger nos recuerda que en su origen esa palabra suponía construir morada. Las obras de Iglesias postulan el lugar donde el espacio cede, habitable.

Borges a pesar de Bioy

El Borges de Bioy Casares es una ceremonia parricida. Registra un Borges rebajado por un ajuste de cuentas puntual. Borges se limita a representar, algo histriónicamente, el papel que el discípulo propicia. Fue, así, cómplice de su propio asesinato. Bioy seleccionó de sus diarios estas 1,660 páginas, revisadas y corregidas, en una lección de juicio prolijo y condena inapelable. El editor explica que la selección, ordenamiento y corrección de los diarios fue laboriosa. O sea, el crimen fue deliberado. La frase que más se repite es “Borges come en casa”. Esa deuda cobrada por el discípulo hubiera entusiasmado a Freud. El libro es fascinante no por la chismografía (mucha de esa gente citada fatiga el olvido), sino por su monstruosidad: es una urna de ceniza. Como si hubiese previsto su suerte en manos del incrédulo, Borges había dicho, me cuenta José Emilio Pacheco, que en casa de Bioy se comía mal pero no había más remedio que acompañarlo.

Edward Hopper

El Museo de Bellas Artes de Boston reúne la primera gran retrospectiva de Hopper (1882-1967). Pintó casas, edificios y paisajes no interrumpidos por la figura humana; pero luego descubrió que lo insólito es lo humano de paso. Ello es profundamente norteamericano, y la base de la cultura pop. Sus mujeres solitarias en una cama o en una mesa, acaban de llegar y están por irse. Todos los edificios que pintó han desaparecido: tiendas, cines, bares, son iconos arcaicos bajo una luz corrosiva. Caminando a lo largo de cualquier edificio de Boston, uno puede sentirse ligeramente hopperesco.

Elena Poniatowska

El Premio Rómulo Gallegos para ella nos recuerda que los hombres y mujeres que hablan en sus libros se hacen cargo de sus lectores. Creen tanto en nosotros que nos imaginan capaces de su misma dignidad. Su testimonio de la matanza de estudiantes de 1968 (La noche de Tlatelolco) demuestra en la arbitrariedad del poder el comienzo de su fin. Su recuento del terremoto de 1985 (Nada, nadie), uno de los libros más conmovedores que se haya escrito, es una épica cotidiana: sobre las ruinas nace la sociedad civil. Ese renacimiento del lenguaje posee la rara belleza de hacer lo que dice. Sus novelas multibiográficas son sagas de la virtud clásica; aquella que convierte la libertad en realización personal y destino mutuo. Como si uno se debiera a quien le cede la palabra, sus libros nos incluyen al volver una página. La verdad se hace entre todos, esa lección politica, es aquí una sabiduría popular. Porque si hubiese una sola verdad, un solo modelo, un pensamiento único, América Latina no tendría explicación. La claridad de Elena es un don de esa fe.

Magic resort

Florencia Abbate (Buenos Aires, 1976) forma parte de la nueva estética: el arte de des/aparecer. Una forma alterna que busca ir más allá de la mera oposición al sistema, al que confirma. “Frutos de un azar agraciado,” cada capitulo es la sustitución de otro relato, y cada escenario la figura de un país alternativo, liberado por fin en el espacio ideal, el blanco de la página o el final del mundo. Magic resort empieza con un joven que al ser recuperado de su intento de suicidio (un ll de setiembre en que comienza el siglo xxi), decide explorar ese acto y des/aparecer. El Internet está lleno de “chatarra apocalíptica,” porque el sistema se dedica a producir basura y el anti-sistema a reciclarla. La tecnología limita con ella misma: Diego es un ingeniero a quien en seguridad del aeropuerto le quitan los implantes y queda convertido en subnormal. La novela es una valija de viaje y de primeros auxilios. “Usted no cuenta: Es nuestro invitado,” sentencia un vocero del sistema. Pero una niña deshoja un pasaporte en la playa y pregunta: “¿dónde se nacionaliza la marea?” Ella es la próxima lectora posmoderna de la narrativa de invención. Esta novela, su pasaporte sin fronteras.

Dos reflexiones de Post-España

Afterpop, La literatura de la implosión mediática, de Eloy Fernández Porta (Barcelona, 1974), y La luz nueva, Singularidades en la narrativa española actual, de Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), ambos publicados por Berenice (una pequeña editorial dedicada al riesgo de la innovación) son dos exploraciones de la nueva cultura española pero también son parte del debate sobre las formas de la actual estética del relevo. Suerte de relato “post-español,” estas versiones de la heterodoxia de lo alterno afirman un proceso creativo liberado por las tecnologías de la comunicación y el diálogo internacional. Después de los mitos de lo moderno y los escepticismos posmodernos, ambos libros ejercitan sus filiaciones con vigor e ironía. Incluso con humor paródico, que hace de la crítica una “performance.” Documentan tanto las formas fluidas del presente visual como el horizonte de futuro que se levanta entre blogs y chats, tebeos y videos. Postulan un lector que desde su ordenador amplía el espacio de la crítica practicante.

La baja estima

Tenemos tan baja la estima nacional que hemos batido campanas cuando un comité de turismo nos descubrió, desde Europa, que Machu Picchu es una nueva “maravilla.” El orgullo nacional está muy alto, declararon los diarios, que unos días antes habían reclamado al presidente de la república un “informe optimista” para recibir las fiestas patrias. El terremoto vino a estropearnos los fastos. A un funcionario, experto en imagen, se le ocurrió que la fecha del desastre podría darle nombre a una nueva marca de pisco. No es casual, por eso, que al hablar de literatura peruana hayamos terminado listando los premios que han obtenido nuestros novelistas. Irónicamente, sus novelas son sobre la violencia y la matanza padecidas por el Perú en la “guerra sucia,” que nos dejó la deuda impagable de 70 mil muertos. Está muy bien que ganen esos premios, y que esos libros se leean más y mejor. Pero no son la botella de pisco de una tragedia. Son, a veces, su forma indignada, desolada y reparadora. Como dice Victor Vich, nuestra literatura está haciendo con la violencia lo que el país institucional no ha podido hacer: asumirla, enjuiciarla.

Nacional/mundial

No es necesario oponer José María Arguedas a Mario Vargas Llosa, más interesante es sumarlos para que trabajen juntos. Pero tampoco es preciso creer que lo nacional tiene la obligación de ser internacional o desaparecer. Ese dictamen de lo moderno como homogeneidad dominante, es una violencia gratuita. Es cierto que lo nacional no debería ser leído solamente en su marco local restrictivo. Cabe ensayar lecturas que lo sitúen en escenarios màs amplios, donde los linajes y las filiaciones ganan nueva luz, y donde los textos producen más informaciòn y nos sitúan en un debate inclusivo. La angustia de reconocimiento y la conversión al mercado de casi todo lo que se escribe, hace que queriendo ser más internacionales hayamos terminando siendo más provincianos. Una pelicula reciente, “Madeinusa,” postula que los indígenas peruanos sólo tienen una opción: ser primitivos o huir a Lima. O sea, modernizarse o desaparecer. Vivimos entre opciones ilusas. Y en una suerte de desbalance crítico, que es más bien sentimental. Nuestra literatura es nacional pero también continental y, así mismo, mundial, Son tres modos de leer, y de exigir más de nuestros escritores. Pero creer que es otra mercancía de exportación es volverla residual.