La ciudad literaria de Julio Ortega

C. Fuentes: Encuentros

Posted by jortega@brown.edu on July 18, 2008

Carlos Fuentes vuelto a leer

Por Julio Ortega
¿Cómo volver sobre lo leído y releer? Si la lectura da cuenta del alumbramiento de un texto, la relectura es el asombro de uno mismo. Nos decubrimos en esa zozobra: no ha cambiado, acaso, el texto y, en cambio, somos nosotros alguien otro. Porque si la lectura tuviera una biografía propia (una lecto-grafía) diría ella más de uno que del libro; salvo que sea ella, la lectura, un proceso del lenguaje mismo, y seamos, nosotros, imágenes relevadas a su paso. Una vez, hablando de todo ello, García Márquez me sacó de dudas: Lo que pasa, me explicó, es que hay un lenguaje que leído se agota, y otro que releído se acrecienta. “La diferencia, me dijo en secreto, es la poesía.”
En el aula de clases he descubierto que uno de los autores nuestros que se relee con renovado asombro es Carlos Fuentes. Si la relectura es una estética, la suya es la del sobresalto: como releo periódicamente sus novelas para mis cursos, soy testigo. En primer lugar, no ha escrito dos novelas iguales, aun si los referentes puedan ser semejantes; además, en cada novela el sistema es distinto, aun si algunas siguen un decurso histórico. En segundo lugar, se trata del lenguaje mismo. Es un lenguaje dinámico, intenso, fluido, ardoroso, que discurre con nitidez; un despliegue de energía creativa, que evoluciona en arabescos y simetrías; una materia emotiva y lúcida cuya forma, cuando cuaja, es barroca. Pero, en una tercera instancia, ese desencadenamiento creativo se da como indagación vital y crítica, piadosa y humorística, desde la subjetividad encarnada en historias de agonía y elocuencia, de perversa repetición y sombría recurrencia, donde lo fantástico se desdobla en gótico, y el placer en horror. En sus novelas suele ocurrir que leyendo en una orilla nos veamos leer desde la otra: la novela se escribe entre espejos de lo leído, como su gestación permanente.
Pero, si todo ello es el descubrimiento que aguarda en lo releído, ¿qué decir de la historia de su lectura? La cualidad proteica de estos libros se revela aquí como una forma inexhausta. ¿Qué habrán leído los primeros lectores? nos preguntamos cuando repasamos la historia de su recepción. Notablemente, sus libros fueron leídos en olor de polémica: como anti-nacionalistas, profanadores, pornográficos, comunistas, extranjerizantes, modernistas…La censura del franquismo los prohibió con saña. El Departamento de Estado norteamericano, declaró al autor como peligroso a la seguridad nacional. Todavía tres años atrás un ministro mexicano denunció a su propia hija por leer “Aura,” y la amenazó con cerrarle el colegio. Pero si todo ello es parte de la provocación que alienta en su desbasamiento de lo socialmente construido (esa fuerza deconstructora, propia de su desmontaje mayor: el de la novela misma); y si a cuenta de ello la crítica norteamericana lo tiene por un adelantado del post-modernismo; a mi -en tanto lector renovado por cada libre suyo -me ha importado más comprobar cómo leen sus libros los estudiantes. Yo diría que es imposible decir como se relee a un autor sin pasar por esta prueba de fuego. Digo más: no se puede confundir la persistencia de una obra con la relectura que hace uno; es necesario pasar por este cotejo con cada nuevo horizonte de lectura para poner a prueba la nuestra. Pues bien, mis estudiantes lo leen como si acabaran de ser escritos: los monstruos del poder se han convertido, para los más jóvenes, en fantasmas de la autoridad; la historia, en desmembramiento de la memoria; la política, en pesadilla de la estirpe de los lectores. Y nunca como hoy el aliento de libertad que es la forma del deseo en estas novelas se revela como una utopía de los afectos, allí donde la familia es, efectivamente, una “máquina de la locura,” y la emotividad el único espacio no escrito.
Así, tal vez, lo decisivo de esta apelación renovada de la obra de Fuentes sea su capacidad de ensanchar el presente. La historia se actualiza, la memoria nos demanda, el futuro nos consume en su juicio. El tiempo discurre con la pasión del habla, hecho verbo transitivo, apelativo, y antagónico.
Bien visto, el tiempo del habla es la imagen del mundo: el tiempo encarnado en su fluidez. Por eso, es una imagen caleidoscópica, organizada como una temporalidad sublevada. Se despliega en un montaje escénico hecho de secuencias y fragmentos que no requieren ya unificarse ni resolverse. La idea de Walter Benjamin, que toda época sueña a la siguiente, que tanto escandalizó a un Adorno disciplinario, se actualiza como relato. Sólo que la época tiene la imagen temporal de una novela, y la novela la vivacidad de una polifonía.
Pocas obras como las de Fuentes están tan intrínsicamente hechas del lado del lector, comprometidas con los poderes de una lectura que excede a los saberes dominantes, y proyectadas en el acto de leer creativamente todos los tiempos en una página.
En esta poética de la lectura el lector termina siempre reorganizando la biblioteca Fuentes, y actualizando en su tiempo de leer la temporalidad desencadenada. El lector forma parte de esas voces que alientan en estas novelas con su intenso registro, temperatura y fluidez.
De modo que el placer de leer, el enigma de ser leído, y la pasión de lo legible, iluminan la comunicación como el espacio humanizado por la palabra mutua.
45 años después de su aparición, en estos comienzos de un nuevo siglo, La muerte de Artemio Cruz es más actual que nunca: un acto literario capaz de reformular la historia; una actividad creativa que imagina otro lector; y una acción plena del tiempo siempre presente.