La ciudad literaria de Julio Ortega

Lugar de Rosario Ferré

Posted by jortega@brown.edu on July 18, 2008

Lugar de Rosario Ferré
(Prólogo a Fisu ras)
La figura literaria de Rosario Ferré, a la hora del recuento, aparece signada por la fuerza del esclarecimiento, su apasionada búsqueda de certeza, y el riesgo de sus apuestas. Su prosa funde el sentido dramático de la fábula y la subjetividad agonista del sujeto en su trama histórica colonial y su destino social problemático. Es, en ese sentido, quizá la primera obra latinoamericana en asumir la experiencia colonial desde su resolución post-colonial.
Esto es, la conflictividad de la vida histórica de Puerto Rico (prevista muy temprano por José María de Hostos), que gira en torno a la imposibilidad de decidir su estatuto político, se despliega en la obra de Ferré como una genealogía no de fundaciones (que es el modelo nacional latinoamericano), sino de disyunciones, donde la representación de la familia nacional pasa por la irresolución comunitaria. Las familias, las clases, las instituciones, hasta las migraciones están estructuradas como un sistema sostenido por la fuerza de su dispersión.
La sociedad, así, carece de fábula: no se puede imaginar a sí misma sino críticamente, como si viviese en un estado de insomnio histórico. No pudiendo soñarse en la fabulación (salvo quizá en la fábula clásica del humanismo benéfico), sólo puede gestar alegorías del entendimiento, que son paradojas del barroco (satírico, fratricida, funerario). Quiero decir que en la obra de Ferré se levanta el relato de la vida colonial desde su contradicción más moderna: la literatura es la historia dilucidada desde el futuro, desde la conciencia del libre albedrío, que constituye al sujeto como fuerza enfrentada al pasado.
Es cierto que ese pasado es una repetición actual y ese futuro está consumido por el presente. La cronología colonial, se diría, es un presente intransitivo, que no acaba de transcurrir y que ocupa buena parte de la historia y del porvenir. Es un presente que sólo parece circular, pero que está estancado, como en la alegoría del “tapón” del tráfico en La guaracha del Macho Camacho de Luis Rafael Sánchez, que se remonta al emblema de La carreta de René Maruqués, y que en Rosario Ferré incluye la escena del automóvil familiar detenido en el barro, que sólo puede ser sacado a pulso por los peones. El tiempo, así, es una forma de la crisis. Y la crítica es el modo de procesarlo.
Lo colonial no ha tenido tiempo de hacerse de una historia (su historia no puede ser sino una “nueva historia,” una crítica de la historiografía). Y el sujeto colonial resulta condenado a una juventud demorada, a una adultez postergada. Por lo mismo, su conciencia trágica se debe al relato nacional literario, a la genealogía (discursiva) de la nacionalidad fragmentada por la dispersión (desde la migración hasta las opciones del estatus político). Toda la literatura puertorriqueña se ha hecho en esa disputa y, al final, entre una u otra opción. Los mayores narradores de la vida cotidiana puertorriqueña, Pedro Juan Soto y Emilio Díaz Valcárcel, han documentado las fuerzas de resistencia, la capacidad de vida en los núcleos de la familia, la sociabilidad y la sensibilidad crítica. O sea, la sobrevivencia de lo puertorriqueño.
Entre “El canto de la locura” de Francisco Matos Paoli y “La fábula de la garza desangrada” de Rosario Ferré esa conciencia trágica, que es la madurez del sujeto de la experiencia nacional, asume la pérdida del lenguaje articulado en la condena del rebelde, por una parte; y la articulación del sujeto femenino en el lenguaje de su rebeldía, por otra. El héroe nacionalista que enloquece en la prisión colonial; y la rebelde que se levanta de su sacrificio social, son dos fases de una conciencia trágica que busca, en el lenguaje, una razón histórica y un porvenir liberado.
Mientras Matos Paoli encuentra en la tradición cristiana y en la lírica espiritualista las fuentes de redención; Ferré se arriesga al discurso desnudo de la conciencia crítica, donde elige a la mujer como sujeto de lo moderno. La fuerza de lo femenino, en efecto, no sólo despliega una mayor libertad social, traza un espacio más inclusivo, y favorece los cruces y mezclas del diálogo horizontal, democratizador; es, además, el agente de lo virtual, porque es capaz de demandar por lo más específico del porvenir. Construye, así, la agencia del cambio, esa ley de lo moderno.
Lo femenino es lo político: no se representa sólo en el poder matrilineal ni en el programa feminista reivindicador; no le basta la igualdad de oportunidades, demanda la oportunidad de recomenzar. Produce, por eso, no entre los bordes del sentido común y el liberalismo clásico, sino en los desbordamientos: entre la tragedia y la crítica. Y no se resigna al fácil escarnio de la sátira, ni al culto populista, y mucho menos al nihilismo hedonista. La mujer que discurre en sus historias no es víctima ni heroína, es un sujeto en construcción.
La biografía literaria de Rosario Ferré, por lo mismo, no podía sino ser política. No en el sentido partidarista sino en la definición de su papel en la genealogía de lo colonial, donde los escritores de Puerto Rico adquieren su nacimiento adulto, su ciudadanía crítica. En su caso, parece evidente que su irrupción literaria coincide con su liberación personal, y que el feminismo articula esas afirmaciones. En las universidades estadounidenses, donde estudió, parece haber descubierto no sólo su diferencia nacional sino también su vocación latinoamericanista. En su caso, sin embargo, ese proceso se debió no a derechos disponibles sino a obligaciones elegidas. Quizá la fuerza de su literatura se deba al laborioso proceso de su gestación: casi todo lo que escribió se produjo conflictivamente, contra el lugar común, la autoridad, los prejuicios. Una y otra vez, su figura literaria fue representada como transparente, situada en el debate de las evidencias. Pero es revelador que cada libro suyo empiece todo de nuevo, como si ensayase el recomienzo de su puesta a prueba. Cuando finalmente regresa a Puerto Rico y recupera, no sin humor, a su familia, decide también, para desconcierto de muchos, recobrar su otra lengua, el inglés, y ampliar el diálogo, esta vez con el Otro inevitable, el angloparlante. Es revelador que el regreso coincida con la reconciliación con el padre, la figura patriarcal de la burguesía criolla, cuya biografía traza y cuya muerte, en este nuevo libro, testimonia. También a la hora del regreso estas recuperaciones son laboriosas: se la acusa de pertenecer a su propia clase, de traducirse al inglés, y hasta de no estar alejada de su padre. Mientras tanto, en la academia norteamericana, se produce el fenómeno contrario; redescubierta por la crítica, es convertida en parte del sílabo más plural: se estudia su obra en los departamentos y centros de español, literatura comparada, inglés, estudios feministas, puertorriqueños, caribeños, y de traducción. Una mirada a las fuentes bibliográficas del Modern Languages Association demuestra que ella es el autor puertorriqueño más estudiado y comentado en Estados Unidos.
Su trabajo con el inglés no ha sido menos exigente y, al final, quizá menos trascendente. La empresa de traducirse a sí misma (de por si una decisión laboriosa, tal vez imposible) terminó convirtiéndose en una rescritura. En un diálogo, se diría, consigo misma desde el espejo del Otro, cuya lengua, aun para la persona bilingüe, es otra. En un sentido, Ferré demostró con estas versiones la mayor extrañeza del arte puertorriqueño, la de desdoblarse entre el español y el inglés, sin confundirse, y mucho menos fundirse. Los cambios en inglés forman parte del protocolo del diálogo: en la casa del otro, la narradora debe ser más civil, porque la traducción, después de todo, es también el traslado de los códigos del habla. Hacer hablar a los dos lados históricos de Puerto Rico (la nación y la ciudadanía) desarrolla una alegoría de la novela bilingüe como principio dialógico. Sólo que, en esta dinámica, Ferré terminó borrando la noción de “original” y “traducción,” al exceder la lógica causal, que es la lógica de la identidad, y abrir la pluralidad como la forma de la diferencia. Escribió, entonces, dos novelas distintas, una en inglés, la otra en español, como si levantara la casa de la memoria. Quizá buscando el diálogo con nuevos públicos, convertida en autora “caribeña,” “postcolonial” y “latina,” encontrando su lugar en una nueva literatura bilingüe, se adelantaba a las condiciones de la lectura misma, y corría el riesgo de su pertenencia y arraigo. Conrad y Nabokov lo pudieron hacer pero quizá porque se habían mudado plenamente al inglés.
Pero estas identidades atribuidas no han agotado la figura compleja de una escritora que sigue transformándose en la inquietud de su obra. Es así que en los últimos tiempos, cuando la hora de los balances supone también el proyecto de compilación de su vasta obra, la poesía reaparece como el principio central de su escritura. Y aunque había ella escrito poemas en inglés, la poesía reclama las fuentes primarias, y el lenguaje menos operativo, lo que en este caso impone al español como lengua franca. En el congreso dedicado a su obra (“Rosario Ferré: Lenguajes, Sujetos, Mundos,” Rcinto de Mayaguez, marzo de 2005) ella anunció que había dejado el inglés. Esa declaración estaba ya trabajando su opción en la poesía. En Duelo del lenguaje (2002) se auncia el debate ya desde el doble valor de “duelo.” Sólo que la afirmación del luto en español replantea un duelo con el inglés: el poema se convierte en el espacio de ese trance.
Con mayor plenitud, con sabores rurales, decires criollos, lengua callejera, y humor crítico, Fisuras es el libro más afirmativo, gozoso y elocuente que ha escrito Rosario Ferré. Tiene de sus relatos la inmediata autoridad de lo objetivo: su lenguaje sitúa el mundo nominalmente, sin mayor transición, de modo tangible y rotundo. La “prosa del mundo” (la gravedad de lo cotidiano) es cernida en estos poemas en un habla que viene del relato, piensa como en el ensayo, y se resuelve en la tensión exacta del poema. Es un libro tan mundano como sabio, se acerca al sentido dramático de lo diario, alegoriza lo empírico en la crítica, pero también ensaya el humor, cultiva los mitos populares, y retoma la crítica política postcolonial. El libro empieza con una declaración de principios a nombre de la mezcla y la pluralidad, en contra de la pureza y la lengua monolítica. Esa fluidez del habla y del saber exploratorio es lo que en este libro cuaja con su poderosa lógica conclusiva. La genealogía del lenguaje es ahora la fábula cultural del origen: “Bendito sea el Español/ la lengua con la que vine al mundo,” concluye. Este nuevo elogio de la lengua, por eso, es uno de libertad conquistada. La palabra que nace en la boca,

Debe maniobrar con habilidad la corriente,
evitar los arrecifes,
manejar con destreza las cascadas,
surcar atrevida el océano,
sntes de dirigirse hacia la costa
y fondear el ancla.

El espíritu humano
navega en palabras libres
como navíos.

Estos nuevos decires y cantares se expanden entre consideraciones caribeñas, nostalgias insulares, emblemas étnicos, paisajes sociales. Sale el poema, en seguida, de viaje y aterriza en Miami, capital sudamericana, “coral políglota,” donde el pasado y el futuro se dibujan: “Hoy los Conquistadores están de vuelta:/ Los cubanos, los haitianos, los puertorriqueños.” Sólo que el mar está “empedrado/ con los huesos de los héroes.”Y el viaje por el idioma se desplaza ahora a España, sumando tiempos y memorias. Y, por fin, el libro deja paso a su propio diccionario, donde los nombres y las cosas celebran sus funciones, su lugar en el habla y en las manos. En este recuento no podían faltar dos figuras tutelares, Olga Nolla, la prima y escritora, y el padre agonizante. Ambos dotados de integridad y ternura. La poesía, como el pensamiento es “una flor que se abre al universo.”
Estas son las rimas y endechas de una poeta que construye en el poema la fábula de su comarca: el gabinete puertorriqueño, cuya presencia da peso específico al lenguaje, se nos impone como un emblema barroco de lo empírico salvado de la historia, ganado a la política, y cultivado como tiempo humano. El barroco no es ya la forma sino la materia libre, esa abundancia íntima que satura y sutura espacios y memorias, y deja correr la palabra del acuerdo como la ganancia de las sumas. La cultura y el lenguaje levantan ese teatro insular y mundial, esa correspondencia suficiente. El tributo y la ofrenda, por ello, prevalecen. El habla se desnuda para transparentar su fecunda rendición de gratitudes, asombros y fe.
Por eso, la poesía, inmediata, descarnada, urgida, a la vez severa y sensual, se abre como el albergue del peregrino que después de sus desvelos hace del lenguaje una imagen del mundo. Tratándose de Rosario Ferré, esa imagen sólo podía ser de plenitud duradera.