La ciudad literaria de Julio Ortega

Una gran conversación con música (Laudatio de Julio Ortega, por Sergio Ramírez)

Posted by jortega@brown.edu on February 9, 2009

Una gran conversación con música

(Laudatio de Julio Ortega)

Por Sergio Ramirez

Discurso leido en la Universidad Americana de Managua, Nicaragua, con ocasion del doctorado honoris causa concedido a J. Ortega el 20 de enero de 2009.

Debo decir, antes de nada, que considero un verdadero acontecimiento cultural la visita de Julio Ortega a Nicaragua en este mes en que celebramos el aniversario del nacimiento de nuestro Rubén Darío, un acontecimiento que viene a ser coronado por el acto solemne de esta tarde, cuando el rector magnífico de la Universidad Autónoma Americana, el doctor Ernesto Medina Sandino, impone al ilustre visitante las insignias de Doctor Honoris Causa, grado que le ha sido concedido por disposición de las altas autoridades de esta casa de estudios. He recorrido junto a Julio Ortega no pocos de los traficados caminos de la literatura latinoamericana, él como crítico creador, y yo como creador crítico, y solemos celebrar con ánimo siempre renovado nuestros encuentros en tan diversos lugares en donde el oficio literario nos convoca, con lo que nuestra amistad se ha cimentado en el diálogo permanente en esos encuentros, y en nuestra comunicación constante, siempre emprendiendo empresas nuevas, o ayudando a emprenderlas, en la Cátedra Julio Cortázar, de la Universidad de Guadalajara, creada por iniciativa de Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, y a cuyo consejo rector ambos pertenecemos, en la Cátedra Alfonso Reyes del Instituto Tecnológico de Monterrey, en el Foro de Iberoamérica, que presiden de manera conjunta Carlos Fuentes y Ricardo Lagos, o en el Proyecto Trasatlántico, que tiene por sede la Universidad de Brown, y cuya dirección le ha sido confiada.
Por esa honda relación que nos une desde hace tiempo es que me honra poder hablar esta tarde de Julio Ortega delante de ustedes, vinculado como está a nuestra patria por su dedicación a la obra dariana, como muy pocos en el mundo hispanoamericano de las letras. Tiene más de cuatro décadas de acción intensa y pensamiento intenso, en la docencia universitaria en diferentes centros de educación superior de los Estados Unidos hasta arraigarse en la Universidad de Brown; como conferencista, expositor, antólogo, literato, pero sobre todo como crítico literario, yo diría incansable, como se revela en los centenares de artículos y notas que ha escrito y publicado en periódicos, suplementos y revistas de Hispanoamérica, y en los cerca de treinta libros dedicados a la literatura moderna en lengua castellana, como intérprete de la creación literaria de América Latina, y de sus corrientes y tendencias, y de la obra de quienes podemos considerar ya como nuestros clásicos del siglo veinte, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes.
Y, por supuesto, sus numerosos estudios críticos sobre Rubén Darío, padre de la modernidad literaria hispanoamericana, de entre los que debo citar su libro Rubén Darío: La lectura mutua, publicado en 2003; y ahora, la magna tarea que se ha impuesto con la publicación de las Obras Completas de Darío, cuyo primer tomo ha sido publicado por Galaxia Gütemberg en Barcelona en 2007, para el Círculo de Lectores, con una introducción escrita por él mismo, y prólogo del gran poeta mexicano José Emilio Pacheco. Ésta será una empresa perdurable, muchas veces intentada, y tantas otras veces fracasada, y vendrá a servir de referencia permanente a quienes buscan el todo en el universo dariano, un todo que siempre parece escapársenos en la dispersión y en la fragmentación, y no pocas veces en la improvisación y en la superficialidad con que esta empresa ha sido emprendida en el pasado. Debemos celebrar, pues, que Julio Ortega haya tomado esta iniciativa, que tiene ya su primer fruto en el primer tomo, en beneficio de los nicaragüenses que vemos en Darío el símbolo mayor de nuestra identidad cultural, y en beneficio de la lengua española, misma que él renovó desde su raíz y que todos compartimos. Esto bastaría, aunque la suma de sus méritos sea tan copiosa, para justificar la disposición académica de la Universidad Autónoma Americana para concederle el doctorado Honoris Causa que recibe esta tarde.
Julio Ortega es un crítico literario creativo, o creador. De las academias, y de los críticos literarios, líbranos Señor, hubiera sido capaz de decir Rubén Darío, poniendo a la crítica literaria amarga, o superficial, o adocenada, o simplemente libresca, o aburrida, en la categoría de las blasfemias, como en sus Letanías a Nuestro Señor Don Quijote. Los críticos que pueden gastar párrafos, o páginas enteras, señalando dónde debió estar una coma, o donde verdaderamente está, o donde no está. De esos críticos Darío se reía con alegría, él, que como Julio Ortega comenta en su introducción al primer tomo de las Obras Completas, Leer a Rubén Darío, se preocupaba tan poco de la puntuación, dolor de cabeza de los malos críticos.
El sistema de puntación para Darío, dice Julio, “que debería ser definitivo para un poeta cuya dicción suele ser impecable, es más bien poco formal, carece de papel decisivo en el ritmo, y hasta resulta, en ocasiones, dudoso. Quizá la explicación sea sencilla: Darío escribía no en el sistema de la lengua, pero tampoco en la ocurrencia del habla, sino en una dimensión no siempre prevista: la musicalidad del español”. 
Julio Ortega es capaz de entrar en las fuentes de nuestra modernidad literaria, que viene a ser nuestra modernidad cultural misma, la modernidad dariana, para recordarnos, antes de nada, que se trata de una obra viva, desde luego que de eso se trata la modernidad, y de eso se trata la literatura clásica, que por clásica es moderna. En las palabras de Italo Calvino, un clásico es aquel que es capaz de enseñarnos siempre algo nuevo. Y un clásico, también, es aquel que admite siempre una nueva lectura, una nueva posibilidad de encontrar en él algo que no habíamos encontrado en una lectura anterior, capaz de presentarnos a través de las páginas de sus escritos, la novedad constante, es decir, la vida siempre renaciendo. 
Y ésta es la mejor manera de leer a Darío, en la lectura participativa, en busca de descubrir siempre nuevas facetas en el diamante. Lo que Julio Ortega llama “la literatura como una gran conversación”, para que el lector se pase del lado de la obra, y la comparta desde la perspectiva creativa misma, que es la manera más espléndida de leer, sin requisitos académicos, ni reglas académicas, ni formalidades académicas. Una conversación con música. Porque la poesía de Darío no son puntos, ni comas, sino música, la trasmigración de las palabras de un universo formal, hacia otro que pertenece a una dimensión diferente, la de la poesía misma, vista como una entidad siempre sorpresiva y sorprendente, algo que no es de este mundo, porque es sobrenatural. Si no logramos contemplarla como milagro, y el encuentro con el milagro es la epifanía, no estaremos viendo más que las diéresis, y las sindéresis, ya la prosodia, y para más horror, la ortografía. Es la literatura como epifanía, y como herejía. La literatura que nace no de la corrección, tan dura como el cartón, sino de los borrones y de las tachaduras. 
Cantos de vida y esperanza, dice Julio Ortega, tiene un “nacimiento inspirado, pues casi todos estos poemas se deben a un solo movimiento arrebatado, a la dinámica de su música; y las tachaduras y enmendaduras hacen más fluida esa forma realizada. Es el caso del poema “Lo fatal,” que sólo requiere unas pocas revisiones al final. Se diría que los poemas se le han impuesto al poeta, que se apresura a anotarlos, a veces con torpe letra, que requiere, en la corrección, aclarar. En varios poemas ese trazado del poema consigna su balbuceo, que deja algunos versos incompletos y tachados, ya que el poeta debe volver a intentarlos. Y todo eso revela, me parece, la naturaleza temporal del poema, el carácter procesal de la escritura, y la conciencia de la poesía no como monumento de la posteridad sino como producto de la fugacidad. Ello hace más vivo al poema y más actual a la poesía. Y más valiosa a la vida misma, representada en la fugacidad sensorial de su tránsito”.
Darío recordaba que en su primera visita a Madrid con motivo de las fiestas del centenar
io del descubrimiento, en 1892, uno de los empleados del hotel donde se hospedaba lo llevó de manera furtiva a visitar la habitación en que de manera permanente se alojaba don Ramón Menéndez Pidal, para entonces de viaje por su tierra de Santander, y lo que le impresionó fue ver que las sábanas de la cama estaban manchadas de tinta. La mancha de tinta, que es la mancha original. Es la tinta la que fija la fugacidad, para tratar de atrapar lo inaprensible: “yo persigo una forma que no encuentra mi estilo…”, decía con angustia Rubén. “¡Chillen, putas!, diría años más tarde Octavio Paz, en su batalla solitaria de cada día por atrapar las palabras. Por eso es que Julio Ortega nos recuerda que el modernismo dariano es la conciencia de la fugacidad, “la agonía fugaz de la belleza”. Y que lo más hermoso es lo más precario, “hecho una y otra vez en el goce de los sentidos y la plenitud de la sensibilidad armoniosa”.
Dedos, sábanas, manchados de tinta. Sin eso no hay literatura, y tampoco hay crítica literaria. La critica creativa, con los dedos manchados de tinta, que es la que ejerce Julio Ortega, en un continente que, como ya lo sabemos, tiene tan pocos críticos literarios de esta naturaleza creativa. La crítica, vista como un género literario. El mismo Julio Ortega nos dice que Darío “en un gesto propio del Humanismo, forjó el modelo de lo que se ha llamado después la “nostalgia crítica,” el paradigma de recuperar la poesía en una lectura que actualiza la temporalidad”. Esa “nostalgia crítica” es la que Julio Ortega convierte en “presente crítico”, del sentimiento por lo inaprensible, al presente de la tinta.
Esas vetas geológicas nacionales, que a veces nos muestran estratos de continuidad en sus cortes, nos llevarían a decir que este otro peruano, Julio Ortega, viene a ser tan singular como crítico literario, como lo fue en su tiempo Luis Alberto Sánchez, que era el crítico en singular, aquel que acuñó una frase que hoy puede parecer caprichosa, peor que es de todos modos inolvidable: “América, novela sin novelistas”. Una veta geológica peruana, y latinoamericana, que si no ha sido abundante, ha repetido sus ejemplares singulares, desde Alfonso Reyes a Pedro Henríquez Ureña, a Ángel Rama, o a ese otro peruano que es José Miguel Oviedo, o a nuestro Ernesto Mejía Sánchez, poeta, y también crítico literario, de la escuela ilustre de Alfonso Reyes.
Si somos capaces de ver la literatura como una gran conversación, como lo pide Julio Ortega, una conversación múltiple que el genio de Darío volvió trasatlántica, todos hablándonos en una misma lengua diversa desde ambos lados del océano, andando por ese territorio común de la Mancha que dice Carlos Fuentes, también tenemos que ver a la crítica literaria como otra gran conversación, no de sabios prudentes ocupados en sus redomas de las que piensan que un día obtendrán la piedra gramatical, sino de gente que sabe leer con alegría y trata de transmitir a los demás la alegría de leer, que es el más informal, y más libre, y más sensual, y más pecaminoso de los oficios, y por tanto el menos didáctico y aburrido.
Señor Rector Magnífico, agradezco a usted el honor que me ha hecho al confiarme estas palabras en alabanza a mi amigo entrañable Julio Ortega, quien al incorporarse a este claustro académico como Doctor Honoris Causa, se incorpora también a nuestra propia historia cultural, bajo este nicaragüense sol de encendidos oros, que es decir, bajo la luz tutelar del más deslumbrante de nuestros manes, Rubén Darío.

El Nuevo Diario – Managua, Nicaragua – 24 de enero de 2009