La ciudad literaria de Julio Ortega

Benedetti, el poeta más triste

Posted by jortega@brown.edu on September 28, 2009

Benedetti, el poeta más triste

Julio Ortega
Cargado de años y de libros, Mario Benedetti (1920-2009) no llegó a decir, como dijo Borges de sí mismo, que estaba harto de Benedetti. Más bien, siguió probando que lo era hasta el final, y siguió escribiendo sin prisa y sin pausa. Si Juan Carlos Onetti paseaba la vejez como un demonio travieso que ha agotado el repertorio, Benedetti siempre pareció un ángel viejo, humilde y abrumado.
Una vez, en un hotel de la ciudad de México, al bajar demasiado temprano al comedor, me encontré con Onetti, que parecía llegar demasiado tarde a dormir. No tuve más remedio que sentarme a su lado, preguntándome qué le dice uno a Onetti a las seis de la mañana, cuando ya no es hora de otra copa y todavía no está el café. Sólo atiné a decirle: “Los españoles…” Se le encendieron los ojos de malicia, y nos pasamos la hora contándonos historias de castellanos prolijos y andaluces antológicos. Con Mario Benedetti me pasó lo contrario. Al salir de una sesión sofocante en otro congreso de literatura que se dilataba en la ciudad universitaria de Madrid, me encontré caminando a su lado, y como habia que recorrer un trecho antes de la estación del metro, me pregunté: qué le dice uno a Benedetti que no lo haya él ya dicho. Y sólo se me ocurrió decirle: “Los uruguayos…” Me miró con sus ojos húmedos tiernos, y repasamos la breve lista de los amigos comunes. Todos estaban muertos. Tenían esa imparcialidad taciturna que Benedetti había logrado comunicar en sus poemas de exiliado. Seguramente le conté que una vez en los altos de la Librería Ghandi , en la ciudad de México, asistí a una reunión de exiliados uruguayos : estaban divididos en varios grupos mínimos y entre ellos enfadados.
Recordé, entonces, que el crítico uruguayo Emir Rodriguez Monegal, que se consideraba el descubridor de Benedetti, cuyas obras había leído primero que nadie, me había advertido a comienzos de los años 70, que Mario era un escritor fundamentalmente triste. Emir era especialista en agudezas de efecto retardado. Uno le daba la razón a posteriori. Cuando se enfermó, Guillermo Cabrera Infante, que tenia un sentido del humor explosivo, lo previno: Ni se te ocurra morirte porque te vas a encontrar con Angel Rama. Emir y Angel eran los más prominentes críticos uruguayos y, por lo mismo, irremediablemente enemigos. Pero desde el primer momento se me hizo evidente la advertencia de Emir. Mario, era, en efecto el poeta más triste de la literatura latinoamericana.
Tenía un aire de desamparo. Llevaba un bigote caído, y caminaba con resignación. Podría haber sido la viva estampa del exilio. Cargaba bajo ambos brazos unas carpetas inmensas de papeles y fotocopias, que estaban a punto de deshacerse, casi como las alas del ángel distraído del cuento de Gabriel García Márquez. Emir también me había asegurado que en el Rio de la Plata de los años 50 se llevaba el aire melancólico como un estilo de vida urbana. Hasta había un color de traje que era conocido como ¨color sufrido.” Era un paño gris, hecho para resistir climas y estaciones sin inmutarse, capaz de sufrir las inclemencias imperturbablemente. Pero el estilo suponía también un cierto aire fúnebre, estoico y lacónico. Uno podía imaginarse a esos héroes del tango, engominados y de cara lánguida, fumando un cigarrillo permanente.
Tal vez Mario Benedetti había salido de esa sociabilidad discreta. Pero su humildad era genuina, y no había en él nada teatral, sino todo lo contrario. Las exquiciteces de Emir y los arrebatos de Angel deben haberle resultado, si bien entretenidos, ajenos. Una vez, en un congreso en Ecuador, tan remoto que los organizadores ignoraban la épica rivalidad de esos dos grandes críticos, los pusieron juntos en el mismo camarote del barco que recorría las Galápagos. Se ignoraron olímpicamente, pero en el baño se afeitaban uno frente al otro, como si miraran su propia imagen en el espejo. O al menos, esa era la versión estilizada de Emir. Benedetti, en cambio, no tuvo ningun enemigo. Y siendo un hombre solitario y doméstico, se pasó la vida rodeado de amistades. Su nombre fue obligatorio en todos los comunicados de protesta que todos firmamos en los años 60. Mario Vargas Llosa lo eligió como el antagonista ideal. Le reconoció la coherencia de sus posiciones políticas, y hasta la convicción honesta de sus ideas de izquierda.
Por lo demás, uno podía sentir que el peso de la fama abrumaba a Benedetti, como una gloria paradójica que te saca de casa y llena de obligaciones. Un día, cuando ya decaído, le concedieron otro premio (creo que el Reina Sofía de Poesía), se sentó en un escaño de la plaza y, cansado, protestó: No me premien más, por favor, premien a los más jóvenes. Sufría cada nuevo premio, vallejianamente, como si se lo hubiese quitado a otro. Hay una fotografía reciente de Mario sentado con su sonrisa más triste mientras, de pie a su lado, Hugo Chávez, lo abraza triunfalmente después de haberle impuesto la banda amarilla de la orden de Francisco de Miranda.
En su obra no predomina la tristeza, sin embargo, pero sí la visión de la vida urbana como un paisaje crepuscular. Tal vez Benedetti se adelantó al “realismo sucio,” a la representación de la trivialidad de la vida cotidiana, cuya grandeza y miseria es el espacio doméstico, el ámbito laboral, la urbe de la medianía y la visión de un tedio interior y existencial, donde las grandes tragedias son pequeños accidentes afectivos. Ese desbalance de los afectos parece producir el desamparo íntimo que revelan sus cuentos de “Montevideanos”, quizá lo mejor que escribió siguiendo el modelo de Joyce sobre Dublín. Su relato “Tan amigos” es emblemático de la fraternidad perdida en la ciudad de la sobrevivencia. Después de todo, el país consagró a la clase media como un milagro.
“Estoy jodido y radiante” escribió en un poema, con ironía paradójica. En su caso, la paradoja es un claroscuro. Su poesía es inmediata, declarativa, transparente. No está hecha de bríos ni complejidades, es una conversación urbana propuesta por un interlocutor cuya franqueza nos hace sentirnos en familia. Es una poesía que no espera del lector exaltaciones ni euforias. Está hecha a favor de la dicción urbana, y trabaja de modo paciente, a la manera de un proyecto de persuasión, que coronan las evidencias. Tiene la suficiencia clásica del nombre y es inmune a las tentaciones del metalenguaje inventivo. Por eso, el lector siempre está de acuerdo con la voz que lo convoca. Lo más evidente es lo más cierto y en esa certeza somos modestamente verdaderos. Es un proyecto poético solidario y razonable, una de las pocas formas de la convicción hecha diálogo. No buscaba deslumbrar, buscaba afirmar. Por eso, al final de su vida, escribió: “La felicidad tal vez consista en eso/ en creer que creemos lo increíble.” Casi un pensamiento para empezar el día, esta poesía promete buena salud.
De allí, seguramente, lo más notable de la figura literaria de Mario Benedetti: el hecho de que la suya sea una obra popular. Reconocida y asumida, es parte de la biblioteca de los universitarios recientes, por ejemplo, que encuentran en ese lenguaje la forma de su propia conciencia, y la tierra firme de su espacio nombrable. Benedetti fue capaz de pulir un lenguaje urbano y decible, donde las nuevas clases medias se reconocen entre saberes compartidos y certidumbres verificadas. No es un poeta de deslumbramientos porque su público no los requiere. Necesita, más bien, un lenguaje que lo confirme en la República de la lectura. Allí donde la melancolía ya no sea un destino, apenas el costo de las evidencias.
Sólo el poeta más triste podía haber asumido el papel del poeta más aleccionador.