La ciudad literaria de Julio Ortega

Defensa de la Universidad

Posted by jortega@brown.edu on September 28, 2009

Defensa de la Universidad de Guadalajara

Julio Ortega
(EL PUBLICO. Guadalajara, 30 de agosto, 2008)
Del tiempo que viví en España, a fines de la dictadura franquista, no olvidaré nunca al rector de la Universidad Complutense de Madrid que, el día mismo de su instalación, amenazó en su discurso con cerrar la Universidad. Debe haber sido un animal protofascista: el horror que inspiró demostraba la violencia del poder arbitrario. En cambio, he conocido, estos 30 años de docente en varios países y más universidades, rectores conscientes de la naturaleza comunitaria de la universidad, cuya calidad se debe también a la imaginación política de sus dirigentes, a la trama de equilibrios y negociaciones que permite abrir horizontes y compartir proyectos. Hoy día, las universidades de uno y otro continente se parecen más que nunca: son laboratorios de la comunidad regional, y su éxito se traduce, de inmediato, en la mejora de la calidad cultural de la vida cotidiana. Son, por lo mismo, centros que reafirman el futuro como nuestro. No es casual que hoy las universidades, tanto en Estados Unidos como en España y México, declaren como sus mayores objetivos la internacionalización y la creatividad.
Me acuerdo del gran rector Vartan Gregorian, de origen armenio, que había sido director de la Biblioteca Pública de Nueva York, a la que recuperó del ostracismo con su irresistible fe en las grandes tareas. Gregorian solía pasear por el campus de Brown, y si uno se topaba con él corría el peligro de ser sumado a otro proyecto. Cuando le propuse que contratáramos a Carlos Fuentes en alguna fórmula temporal, no le tomó mucho tiempo encontrar la mejor. Me dí cuenta de que el secreto de un gran rector es su capacidad de articulación: esa virtud extraordinaria que tienen los verdaderos líderes de armar la trama de lo nuevo con la fluidez de lo necesario. Esa voluntad de sumar y asociar, esa necesidad de consolidar redes y tender puentes, demuestra que la educación sólo es posible en el proyecto colectivo de la excelencia, la que se define como el hacer más y mejor. Pero nunca deshacer, ni mucho menos desmejorar. La Universidad es una cristalería demasiado valiosa como para permitirle a nadie, ni a los estudiantes ni al rector, lanzar piedras y alzar patíbulos. Cuando los estudiantes en huelga autodestructiva en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) terminaron agrediendo al rector Juan Ramón de la Fuente y al escritor Alejandro Rossi, ambos buenos amigos míos, me sentí de inmediato parte de la UNAM, o sea, agredido.
Con la UNAM, con El Colegio de México, con el Tec de Monterrey he trabajado largamente, en intercambios, proyectos, coloquios, homenajes, congresos, así como en sus revistas, editoriales y bibliotecas. Varios de mis mejores colegas y mayores amigos están o estuvieron en esos recintos. Mi primera conferencia en México fue en la UNAM, invitado por Rosario Castellanos y Margo Glantz, en el verano de 1969. Pronto harán 40 años de este diálogo ininterrumpido con la cultura mexicana más viva. En 1981 organicé en mi universidad, entonces la de Texas en Austin, el más grande congreso de letras mexicanas que había tenido lugar en Estados Unidos. Vinieron más de 300 profesores, y varios de los mejores escritores. Ya en la Universidad de Brown, durante casi diez años, mantuvimos activo el Proyecto México, con Carlos Fuentes abordo. Y, estos últimos diez años, nuestro Proyecto Transatlántico ha sido en buena parte un espacio de conversación mexicana y latinoamericana con Europa.
Uno de los momentos privilegiados de esta fecunda conversación tuvo lugar en 1992, cuando presenté al rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla, a Carlos Fuentes, en casa de éste, sabiendo muy bien lo que hacía. Había sido yo jurado del primer Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, que obtuvo el gran poeta chileno Nicanor Parra, y sabía que Raúl Padilla y su joven equipo habían puesto en Guadalajara la primera piedra del futuro: el libro, el amor por los libros, su fiesta y feria. Como los mejores rectores, Padilla era un hacedor natural, cuyo proyecto de vida era convertir Guadalajara la capital cultural de América Latina. Al poco tiempo, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, becados por el Estado como creadores eméritos, decidieron donar el monto de sus becas a la Universidad de Guadalajara para crear la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, que encargaron a Padilla. La Cátedra Cortázar y la Feria Internacional del Libro (“La feria más linda”, me dijo García Márquez, y tiene razón) han llevado el nombre de Guadalajara y el prestigio de su Universidad a los centros culturales de este mundo, del Instituto Cervantes de Nueva York al MALBA de Buenos Aires y la Casa de América en Madrid, siguiendo, además, la regla de oro del diálogo actual: la cooperación, el co-auspicio, la suma de los interlocutores en el foro. Y en la misma Universidad Complutense de Madrid, donde una vez resonó la voz de un rector protofascista, se ha escuchado esta vocación mexicana de diálogo.
Cuando la actual rectora de mi universidad, Ruth Simmons, visitó Guadalajara para hablar sobre el poder de la literatura en la Cátedra Cortázar, quedó fascinada con la idea de una Cátedra dedicada a un escritor. En inglés no existe traducción para esta idea, pero ella la entendió y me propuso que creemos una en Brown según el modelo de la jalisciense. Y, luego, cuando visitamos la inauguración de la FIL, me dijo: “Esto es lo que yo quería explicar en mi charla, esta feria demuestra el poder de la literatura, la fuerza creativa de los libros y la imaginación”. Como cualquier rector comprometido con la responsabilidad de su trabajo, ella quiso, de inmediato, hacer algo de todo ello en su propio espacio.
Pero nadie ha tenido más suerte, en este concierto de convocaciones, que los estudiantes de la Universidad de Guadalajara. Nadie ha sido más privilegiado en su vida universitaria, en su educación internacional, porque han frecuentado todos estos años a los mayores escritores, a los intelectuales más críticos, a los artistas más innovadores. Solamente merced a ello, ya nadie les podrá arrebatar el derecho a esperar más de los libros y de sus maestros, de la universidad y su país. La Universidad de Guadalajara, gracias a la extraordinaria coincidencia de sus instituciones abiertas, sus líderes modernos, sus maestros diligentes y sus funcionarios con vocación de servicio, ha podido ser emblema –hasta ahora– de la civilidad prometida por la cultura.
Veo, no sin horror, que la violencia, que deteriora la vida cotidiana, amenaza en nuestros países con cerrar las vías de futuro y clausurar el horizonte requerido para crear. Negar el valor de unos y otros, destruir lo construido, acusar de caciquismo y actuar como tiranuelos es profundamente anacrónico y peligrosamente violento. Y es, sobre todo, la negación de la idea misma de Alma Máter: la libertad debida a los estudiantes en su propia casa.