La ciudad literaria de Julio Ortega

Crítica Transatlántica en el siglo XXI

Posted by kmatthew@brown.edu on March 23, 2011

Crítica transatlántica a comienzos del siglo XXI

Julio Ortega
Brown University

I

Hacia fines del siglo XX la academia estadounidense había vuelto a colonizar la textualidad colonial hispanomericana al clasificarla y apropiarla como “Early Modern Studies.” Antes, en los años 70, habíamos vivido el fácil traslado del corpus de la Crónicas de Indias de la “historia” a la “ficción,” con detrimento de una y otra. Pero quisiera proponer que fue la edición crítica de la Nueva Corónica y Buen Gobierno (México, 1981), de Felipe Guamán Poma de Ayala, preparada por John Murra, Rolena Adorno y Jorge Urioste, lo que reinstauró la textualidad cultural como decisiva de un entendimiento multidisciplinario de la formación discursiva americana. Tanto fue así que incluso a algunos nos pareció una pérdida de la diferencia la imposición fonológica del quechua nativo a la escritura híbrida del cronista andino. Precisamente, esa fractura de la normatividad declara la diferencia más moderna de esta escritura: la traza, entre el quechua y el español, de una geotextualidad de la mezcla. Una gramaticalización paralela fue la que los editores impusieron, por normativa en este caso de la lengua española, a la escritura de Juan Francisco Manzano. Hoy sería improbable gramaticalizar la diferencia textual o el substrato oral, pero no por fetichismo filológico sino porque la información de la mezcla, su proceso ya anunciado en la tensa suma de los nombres (Inca Garcilaso, es otra metáfora viva), documenta la formación transatlántica de las Indias.

Lo moderno no es una “selección natural” sancionada por los poderes coloniales en control, ni tampoco un mero programa de resistencia ilustrada. Es, más bien, una práctica compleja de posicionamientos, rearticulaciones y negociaciones. Su flujo de apropiaciones, sincretismos y mestizajes trama conjuntos de información europea y modos de procesar aborígenes. Lo moderno sería ese cruce, corte, anudamiento de sumas, restas y conjuntos; pero también su compartimentalidad, que en la conceptualización indígena postula un habitat heteróclito. Por lo mismo, lo moderno se nos adelanta diferencialmente, con su intercambio dramático, procesos de ruptura, y trabajos de sutura. Y sólo podemos leerlo procesalmente, no como una genealogía que todo lo explica, y simplifica, como causalidad. Los objetos culturales americanos se van desplegando hacia adelante y en devenir, en el proceso de reaticulación que debe hacer la cultura para procesar la violencia de lo nuevo. La mezcla de lenguas, códigos y modos de registro e inscripción hace de lo moderno un espacio creativo y un horizonte autoreflexivo, donde la cultura es una formación abierta frente a las ideología de sanción de la organización colonial.

En esa encrucijada transatlántica, la Corónica de Guamán Poma restablecía el archivo americano: la memoria postulada como una enciclipedia del porvenir. A comienzos del siglo XXI, los estudios coloniales habían dejado de ser una rama menor de los “Siglos de oro,” y empezaron a ser una rama mayor del árbol de la escena plurilinguistica de ambas orillas de la lengua. Un polisistema complejo se ha ido configurado, por lo tanto, como geotextualidad atlántica. No en vano este hispanismo internacional recobra las lecciones de acopio de Alfonso Reyes, Pedro Henríquez Ureña, Mariano Picón Salas y José Lezama Lima, quienes imaginaron un Barroco de entremares, la primera textualidad de una laboriosa diferencia, radical y crítica.

Cada paradigma, sin embargo, adquiere su mejor sentido histórico en este escenario de la resignificación americana, construido por la comunidad crítica transatlántica. El hispanismo postuló el primer horizonte de este debate interpretativo, proponiendo el Mestizaje como mitema nivelador de las sociedades de clase y las naciones de dominación. A su turno, la crítica marxista, que Mariátegui entendió como una modernidad diferenciada por lo nacional, postuló un paradigma Emancipador, forjado por los propios sujetos sociales y políticos. En los años 60, desde las ciencias sociales, concebidas entonces como aparatos de leer al revés y al derecho el país “profundo” o más verdadero, se forjó el paradigma de la Resistencia, bajo el cual se produjo la más fecunda reivindicación y puesta al día de la memoria histórica así como la centralidad popular y aborígen. Luego, la destrucción de los proyectos nacionales de emancipación, la crisis económica, y la violencia política y matanza campesina consiguiente, puso en acción el paradigma de la Negociación, seguramente a partir del Zapatismo en Chiapas. Aunque, bien visto, los grandes programas del Inca Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala son operativos de negociación, esto es, proyectos de una legitimidad mutua, constitutiva de los nuevos sujetos y requerida de un lugar de referencia y proyección. Sin esa permanente negociación entre naciones que se definen por oposición a la dominante modernización compulsiva, no se explicaría la sobrevivencia de los grupos étnicos y la memoria indígena, hoy mismo amenazados con renovada violencia. Dada esa constitución política de un Sujeto cultural, la globalización ha sido contradicha en su poder hegemónico y homogénico, a partir de estrategias de resistencia y negociación, y desde las agencias de comunicación más horizontal.

Algunas respuestas y propuestas, hijas del intenso período teorético, que perdió relevancia debido a su patológica voluntad de verdad, reprodujeron conductas antidemocráticas, al confundir la política académica, del todo irrelevante, con la política efectiva, que se define por su capacidad de servicio, apertura y validación de alteridades. es a la modernidad popular a la que debemos el flujo de dialogismo, relevos y alternancias como ética humanizadora del espacio estratificado. Varios horizontes interdisciplinarios, algunos poscoloniales, otros posmodernos; y, así mismo, una diseminación metodólogica de lecturas, que incluyen la nueva historia, los estudios culturales, los de frontera, género, y etnográficos, han animado un buen ánimo polémico, no pocas veces excluyente y a veces retórico o violento, pero, en los mejores casos, capaces de una demanda de horizontalidad dialógica, que pone a prueba los discursos de autoridad, a pesar de las ideologías de consolación. Pero es a la modernidad popular a la que debemos el flujo de dialogismo, relevos y alternancias, esa ética humanizadora del espacio estratificado.

En ese período autoreflexivo, los estudios transatlánticos surgen hacia mediados de la última década del siglo, como la articulación de tres situaciones contextuales:

  1. La necesidad de situar el latinoamericanismo en el diálogo interdisciplinario, en primer término con el área de estudios peninsulares, cuya tradición filológica, a su vez, se renovaba gracias a su búsqueda de mejores equilibrios entre la demanda documental, que había fatigado el positivismo, y la noción constructivista de los estudios culturales. A ese imperativo dialógico correspondía también el planteamiento de un Hispanismo internacional. Remozado y de nuevo cuño, sumaba ambas orillas del idioma, y fue capaz de asumir las prácticas de inclusión, favorecidas, por un lado, por la transición española y, por el otro, por el progresismo antiautoritario que siguió a los años de la violencia y la destrucción de los proyectos nacionales. No es casual que los estudios transatlánticos sean impulsados por las microcomunidades críticas que forman tanto los profesores emigrados como los estudiantes graduados.
  2. En la academia, la crisis de autoridad y, por lo mismo, la redundancia que afectó a los portaestandartes de las grandes escuelas teóricas de la hora, favoreció la emergencia de proyectos alternos, que no requerían el turno de las trincheras sino el espacio de una conversación libre de la tipicidad asignada a América Latina (la violencia, la victimización, la glosa); y posibilitó que se desplegara, desde sus propios márgenes, más bien asistemáticos, lo verdaderamente nuevo de los estudios transatlánticos: su voluntad de no postular una sola teoría, ni una misma metodología, ni siquiera una agenda temática que privilegie unos núcleos de cotejo frente a otros. Por lo mismo, no fue propiamente un área de estudios sino un proyecto en construcción permanente, o sea, un campo cultural cuya asistematicidad es una red de espacios compartidos, secuencias y conjuntos. Su operatividad, por ello, es paralela a los nichos andinos de constrol ecológico, que se reparten los microclimas regionales en una red productora de alteridades. Así, es el modelo de leer lo que suscitó los objetos y, en seguida, las hipótesis, esto es, el proceso de una constelación crítica. Algunos comentaristas de poca fe han acusado al modelo atlantista de carecer de una ideología, de favorecer lo global frente a lo local, de pertenecer a una fase de expansionismo cultural español. Otros, requeridos de mayor seguridad disciplinaria, lo han condenado como una versión de los estudios de Literatura Comparada, en el “mero español,” que dijo Borges; o, por el contrario, de disolverse en el flujo de una libre comparatística sin cánon. El hecho es que los estudios transatlánticos se deben del todo a la práctica crítica y a su capacidad de avanzar una teoría de las contextualizaciones, en la que esas practices sustenten una investigación productiva y pertinente. Crítica del tiempo presente, está contextualizada políticamente por su desmontaje del pensamiento dominante, neo-colonial y neo-liberal. Y desborda los protocolos previstos al demostrar la fábrica cultural de otra modernidad, radicalmente democrática, que pretende resituar tanto la textualidad de lo particular como la inventiva dialógica desde nuevos agentes y márgenes. En cuanto a España, muy lentamente se han ido abriendo algunos espacios académicos de conversación, pero las articulaciones ensayadas (la Crónica de Indias, el exilio entre ambas orillas, las vanguardias nomádicas, las grandes instancias de ruptura) han puesto al día el recurrente debate sobre la tradición autoritaria y sus desbasamientos. El hecho es que la lectura transatlántica requiere la triangulación del español que circula entre España, América Latina y Estados Unidos. Primero, porque esa es la articulación de buena parte de nuestra experiencia crítica y cultural; segundo, porque es el horizonte linguístico de las migraciones, esto es, de las nuevas rutas culturales del siglo XXI, cuyas estrategias, redes y derechos, el nuevo hispanismo acompaña. Lo transatlántico, por ello, no es sino un trabajo adelantado en las tareas de la frontera, que son, si no me equivoco, de hospitalidad. Bien visto, todos hemos sido ya practicantes del atlantismo, por formación, referentes y hábito profesional. Por lo mismo, en muchos casos, la forma de esta teoría crítica es la de nuestra biografía: la de una “era imaginaria” (Lezama Lima) de las literaturas Hispánicas en el mundo (incluyendo las varias lenguas peninsulares y aborígenes); una vida de la letra, se diría, que no oculta su optimismo de la voluntad.
  3. Epistemológicamente, los estudios transatlánticos se entienden como un anudamiento de conjuntos informativos donde los objetos culturales ofrecen renovada información, demostrando su capacidad de reproducirse como objetos aleatorios, complejos, y nunca transparentes a una sola lectura. Carecen, dada su horizontalidad, de doctrina y sanción, y son el entramado crítico que cada practicante decide en su trabajo. Son, a la vez, concentrados de focalización demostrativa pero proyectivos políticamente: abren espacios y horizonte, y se proponen como un ejercicio de democracia radical, es decir, como un dialogismo hecho de conversaciones inclusivas. A comienzos del siglo XXI, esa política se demuestra contraria al modo de explotación otra vez hegemónico, cuyo costo pasa por el desplazamiento, cuando no la destrucción, de los aborígenes y su habitat. La modernidad, otra vez, se prueba conflictiva y contraria desde su modelo único, el de extracción y exportación; irónicamente, el ciclo ocurre en un momento histórico en el que la tecnología, la avanzada del proyecto moderno, entra en una fase catastrofista, de lmítes del sistema y renovada violencia.

A comienzos de este siglo, el nuevo atlantismo, conceptualizado como parte del “Humanismo internacional” (Said), promueve un diálogo abierto entre sujetos y representaciones, entre prácticas decodificadoras y de reapropiación, que desmonte tanto “lo colonial” como “lo metropolitano,” y que reordene la tradicional violencia de la segmentación para postular las articulaciones críticas. Se trata, así, de una nueva conversación sobre una verdad en construcción, de cuya ausencia en la Enciclopedia (Badiou) da cuenta. Por un lado, estos trabajos heredan el pensamiento relativista, y producen una diferencialidad cultural como diferencia política (Marchart); por otro, refutan el idealismo fundacional (que comienza con su ruptura y termina en otra fundación, falacia teórica); no sólo porque los “grandes relatos” se han convertido en museos sino porque la conciencia del relevo supone recuperar la tradición, la memoria del futuro, como crítica de la crisis, de su recurrente modernización conflictiva. Esa conciencia, por lo demás, es una ética del lugar del otro en el yo, del sujeto de la alteridad. Se pude, por lo tanto, recomenzar desde las evidencias de la “multiplicidad” que llevan a la “diferencia” (Deleuze), por un lado, y la noción de que “el paradigma no es la observación sino el diálogo” (Habermas), por otro; para proponer la hermenéutica de una “reconstrucción del significado” (Gadamer) en la misma fluidez del intercambio y la mezcla de los objetos culturales, propia de la modernidad conflictiva del Nuevo Mundo y su des-ciframiento transatlántico. La teoría (creatividad, juego, entusiasmo, en su sentido clásico) de esta geotextualidad propone, en conclusión, que la lógica de la diferencia se articula como dialogismo (co-presencia, modos de interpretación, intersubjetividad, traducción, invención).

La textualidad de una consideración transatlántica se ha ido constituyendo, por todo ello, como una teoría del texto latinoamericano irrestricto. Mientras que los “estudios culturales” llegaron a suponer la total legibilidad del objeto cultural, muchas veces bajo la autoridad disciplinaria de las interpretaciones posicionadas como dominantes; nuevas persuasiones críticas reconocen que esas lecturas no agotan la informacion de objetos que pueden ser leidos no sólo en los archivos genealógicos, que demuestran lo que ya sabíamos, sino en sus matrices discursivas (Foucault), donde nos espera otras formaciones, otros eventos. Allí donde el espacio procesal se despliega y donde se desencadenan, hacia delante, las nuevas tramas, los relevos y el devenir. Esta textualidad abierta no se resigna al espacio melancólico de los enmarcamientos nacionalidades y se abre, con inquietud dialógica, como un proceso no acabado, entre orillas del discurso. En definitiva, la hipótesis de los estudios trasatlánticos propone que un texto que desborda su marco local, en tensión con otros escenarios de contradicción y asociación, precipita una nueva semiosis, abre otro campo semántico, y construye otro piso de afincamiento en la interpretación creativa.

Hoy nos es más evidente la complejidad textual de los escenarios de interlocución atlántica, donde los objetos culturales o artísticos transfronterizos se reconfiguran. Podemos, en ellos, trazar la diversidad performativa del sujeto trasatlántico, un modelo de habla prefigurado, desde los albores de la modernida, en diálogo desigual pero intenso entre opciones contrarias y heteróclitas; hechas, en buena medida, en los operativos del montaje y la transcodificacion. Por lo mismo, ese sujeto produce la representación como su agencia, empezando por la representación heterogénea, cuya sintaxis es inclusiva y acrecentada. Un escenario barroco sostiene, enseguida, el modelo natural como modelo cultural: la fecunda naturaleza americana es postulada como memoria de la mezcla y fábrica de la abundancia. Por eso, los conceptos de “transculturación,” “heterogeneidad” e “hibridez,” son homólogos al sujeto en su representación sociocutural, y se desarrollan desde las evidencias empíricas de su “habitus”.

Para los estudios transatlánticos resulta fundamental que la escritura no sea jerarquizada como propiedad del poder dominante sino como una instrumentación disputada, recodificada y reapropiada en tanto dispositivo dialógico, co-presencia y fuerza de la diferencia. Ya Guamán Poma recomendaba la escritura, criticaba a los escribas irresponsables, y debatió con el español de su tiempo por una escritura coo materia en construcción. Más que un bilinguismo escolar, lo que el diálogo gesta es una oralización del estatuto gramatical y socializado, desde una multiplicidad empírica de las lenguas. Incluso el testimonio, el discurso transcrito de los sujetos de la oralidad, ha perdido de vista esta cuestión vertebral del planteamiento dialógico (Rowe y Schelling). Este principio radical de la mezcla se ha gestado en las interpretaciones, en el metadiscurso que la refiere, pero su campo constituye hoy una redifinición de la cultura política. Llamamos “geotextualidad” a ese mapa rehecho entre los textos.

Si Cervantes planeó mudarse a Indias y Sor Juana soñó con ser acogida en la otra orilla por la Casa del Placer, la de la conversación; es en sus textos, en la geografía de la grafía, donde ambos se configuran como sujetos en pos de una agencia transatlántica. Los agentes en que se representan están, por eso, textualizados por la virtualidad de la escena alterna (las orillas americana y española, en el ámbito de la página) que imaginan cruzar, como si del otro lado del espejo el espacio creativo fuera mayor; y, gracias a la fecundidad de la mezcla, más libre.

Frente a la globalidad definida por los centros reguladores de la cultura, los estudios transatlánticos han optado por forjar otros ejes de debate: el triángulo España-América Latina-Estados Unidos pertenece a la praxis; tanto al común denominador del español, como a las nuevas migraciones, que en España y en Estados Unidos son un drama social que pone en tensión el estado de derecho y los derechos humanos.

Estos migrantes son, cómo no palparlo, el horizonte crítico del porvenir. Y las redes que traman no son fuentes de mera adaptación o fácil intercambio, sino rizomas paralelos y, a veces, inclusivos de información reprocesada, incluso opuesta, que parecen actualizar la historia cultural como la otra orilla (onda, nicho o network) de un presente más fluido. Aunque los estudios trasatlánticos no requieren de una agenda puntual (nacen, hemos visto, como una reacción contra los dictámenes verticales de las viejas teorías de verdad única), su misma apertura es parte de su descentramiento. No es casual que esa dinámica se configure como una práctica de asociaciones y cooperaciones; esto es, desde el modus operandi del taller, lo que propicia la horizontalidad de la praxis. Nos llevarán a una internacionalidad menos programada y más libre, cuando nuestra crítica deje de ser monolingue y sea plenamente dialógica.

II

El Proyecto Transatlántico de la Universidad de Brown empezó hacia 1995-96 como una “iniciativa académica” integrada por profesores de hispánicas y de francés, de estudios latinoamericanos y afro-americanos. Pronto se sumaron colegas de literatura comparada, inglés, y aun de ciencias sociales. Luego, colegas de Harvard, Boston University y Dartmouth College, además de estudiantes graduados nuestros, y profesores y escritores de otros países. Nuestro primero coloquio fue un intercambio que organicé con los hispanistas de la Universidad de Cambridge, donde en 1995-96 me tocó ocupar la cátedra Simón Bolívar de Estudios Latinoamericanos. Nunca creí en la superstición franquista de relegar la literatura latinoamericana del Hispanismo, pero me pareció entender que nuestro trabajo latinoamericanista, absorto en la agenda de los estudios culturales, había perdido uno de sus elementos constitutivos, el diálogo con la cultura española, cuya renovación crítica contemporánea, en no poca medida, nos concernía. Buscando tender los puentes, con Steven Boldy llamamos a ese primer encuentro de 1996 “The Iberoamerican Seminar at Cambridge.” Al año siguiente, ya en Brown, un nuevo coloquio (“The Brown-Cambridge Seminar on Spain and Latin America, A Collective Dialogue on Literature and Cultural History”) expuso el trabajo de investigación en marcha: la textualidad de una consideración transatlántica se impuso como el camino abierto. Una tradición atlantista, moderna y crítica, de estudios literarios, se reveló no necesariamente como la biblioteca precursora, sino más bien como la evidencia de futuro, ensayado una y otra vez por nuestros autores y estudiosos. Ese mismo año, Inge Wimmers, directora del Departamento de Estudios Franceses en Brown y yo, que entonces dirigía el de Estudios Hispánicos, organizamos un coloquio sobre la nueva crítica genética, con la colaboración del C.N.R.S., cuyos principales investigadores nos visitaron (“The State of the Text, A Franco-Hispanic Workshop on Editing Manuscripts”). Esa visión del texto como un proceso constituido por todas sus etapas de escritura, que era ya parte de nuestro trabajo editorial en la Colección Archivos de la Literatura Latinoamericana, en París, coincidía con la noción teórica de una textualidad procesal, que no se resignaba a la genealogía de las nacionalidades; y se abría, con plenitud de diferencia, como un objeto no acabado, desplegado entre orillas y discursos. La idea de que un texto leído fuera de su marco local, en tensión con otros escenarios de contra-dicción y entramado, desencadena un precipitado de nueva información, parte de estas consideraciones de una práctica crítica des-centradora y una teoría de sistemas de inclusión y conversación.

Antecedían a estos diálogos en Brown el coloquio dedicado a El Quijote, basado en una compilación de testimonios de su lectura, que se publicó en México, Puerto Rico, Madrid y Caracas (La Cervantiada, 1992), como una contra-celebración del V Centenario del descubrimiento de América. En ese encuentro, como en el siguiente, el mismo año (“InBetweeness and TransBording”), la gravitación de Carlos Fuentes, profesor visitante de Brown, como la de Juan Goytisolo y Julián Ríos, fue estimulante. En estos coloquios, además, cristalizó nuestra larga interacción con El Colegio de México, la UNAM y la Universidad de Guadalajara. En junio de 1998 presentamos en la Casa de América, Madrid, un foro sobre el español en Estados Unidos; y en la Universidad de Londres y en Emmanuel College, de Cambridge, un “Foro Transatlántico sobre el Hispanismo en Estados Unidos.” Luego, hemos co-organizado coloquios de estudios transatlánticos en la Universidad Complutense de Madrid, la Universidad de Guadalajara, la Universidad de Puerto Rico, el Colegio Universitario de Mayaguez, la UNAM, el TEC de Monterrey, y la Universidad de Granada.

Cinco congresos bianuales de estudios transatlánticos, convocados en la Universidad de Brown, han reunido al nuevo hispanismo internacional, dando debido lugar a las últimas promociones de investigadores y a doctorandos de numerosas universidades. Se puede consultar los programas de estos congresos en la página de Estudios Hispánicos de Brown University.

En el trabajo en marcha sobre el campo de producción del conocimiento en esta nueva área geotextual, los estudios transatlánticos, sin embargo, no han compartido la noción de legibilidad plena del objeto artístico presupuesta por la mayoría de persuasiones metódicas y disciplinarias aplicadas a América Latina. Al contrario, la percepción y la representación del objeto cultural latinoamericano nos pareció que desbordaba la mirada disciplinaria, la cual al requerir un conjunto de objetos y fenómenos definidos y catalogados, no podía dar cuenta de la hibridez, de la in-formalidad de unos objetos culturales que escapaban al campo de visión acotado. Para no insistir ya en la mayor complejidad del sujeto y de la escena transatlántica, prefigurada desde los albores de la modernidad como un diálogo desigual, aunque intenso, entre opciones contrarias, heteróclitas y, en buena medida, hechas en las licencias del sistema. Esa práctica se organizaba entre interpretaciones desiguales que redefinían la cultura política. Hoy llamamos “geotextualidad” a ese mapa levantado entre los textos.

Frente a la globalidad definida por los ejes productores de la cultura, los estudios transatlánticos optaron, me parece, por forjar otros ejes de debate: el triángulo España-América Latina-Estados Unidos pertenece tanto al común denominador del español como a las nuevas migraciones, que en España como en Estados Unidos son un drama social y un horizonte del futuro. Otros ejes incluyen a Francia, Italia, Inglaterra, y otros países, de acuerdo a la postulación de los textos, y a la articulación conceptual de sus prácticas. Estos escenarios no son fuentes de mera influencia o intercambio, sino modelos paralelos y, a veces, inclusivos de información reprocesada y reapropiada, que parecen actualizar la historia cultural como otra orilla de un presente más durable y fluido.

Nuevos grupos de trabajo, coloquios y publicaciones, con distintas definiciones del corpus, se han hecho presente de modo independiente y fecundo. Juan Luis Suárez, especialista en el Siglo de Oro, dirige el Programa de Estudios Trasatlánticos de la Western Ontario University, Canada, cuya investigación gira en torno al Barroco y cuya tesis parte del “pensamiento complejo.” Otro grupo académico que trabaja sobre el intercambio y el diálogo literario y cultural entre ambas orillas del idioma, es el que coordinan Alvaro Salvador, Angel Esteban y Ana Gallego Cuiñas en la Universidad de Granada. En Lousiana State University, Baton Rouge, opera un amplio grupo interdisciplinario atlantista, cuya parte latinoamericana conduce Christian Fernández, especialista en el Inca Garcilaso. Y en la North Carolina University, Greengboro, el Atlantic World Research Network, originado en 2004 en el Departamento de Inglés, agrupa varios departamentos y unidades de lenguas modernas en un mapa multidisciplinario que suma cursos y coloquios internacionales.

El lector que busca referencias en torno a la crítica transatlántica puede consultar las siguientes publicaciones:

  • Varios. “Estudios Transatlánticos,” en Signos Literarios y Linguísticos. Universidad Autónoma de México. México: Num, II.1, enero-junio 2001.
  • Varios. “La otra orilla del español: las literaturas hispánicas de los Estados Unidos” en Insula. Madrid: Num. 667-668, Julio-agosto 2002.
  • Varios. “The Case of Transatlantic Studies,” en Literary Research / Recherche Littéraire. Western Ontario University. London, Canada: Nums. 37-38, 2002.
  • Varios. “Travesías Cruzadas: hacia la lectura transatlántica,” Dossier en Iberoamericana. Madrid y Frankfurt: Num. 9, Marzo 2003.
  • Olbeth Hansberg y J. Ortega, eds. Crítica y Literatura, América Latina sin fronteras. UNAM. Mexico: 2005. [Actas del coloquio organizado por el Proyecto T-A de Brown y la Coordinación de Humanidades de la UNAM].
  • J. Ortega y Esther Truzman, eds. “José Emilio Pacheco.” Ponencias del II Congreso Internacional de Estudios Transatlánticos, en La Torre. Universidad de Puerto Rico. Núm. 33, julio-sep., 2004.
  • J. Ortega y Danisa Bonacic, eds. “Diamela Eltit.” Ponencias del II Congreso Internacional de Estudios Transatlánticos, en La Torre. Universidad de Puerto Rico. Num. 38. Oct – Dec. 2005.
  • Francisco Fernández de Alba y Pedro del Solar, eds. “Transatlántica: Ideas y vueltas de la literatura y la cultura hispano-americana en el siglo XX,” Dossier en Iberoamericana. Madrid y Frankfurt: Num. 21, 2006.
  • Julio Ortega. Transatlantic Translations, Dialogues in Latin American Literature. London: Reaktion Books, 2006.
  • Celia del Palacio y J. Ortega, eds. México Trasatlántico. México: Fondo de Cultura Económica, 2008.
  • Julio Ortega, ed. Nuevos Hispanismos. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2010.
  • Ileana Ramírez y Josebe Martínez, eds. Estudios Trasatlánticos Poscoloniales. Barcelona: Anthropos, 2010, 2 vols.

Entre los estudios y compilaciones pertinentes al campo, se cuentan los siguientes:

  • Carmen Ruiz Barrionuevo y César Real Ramos. La modernidad literaria en España e Hispanoamérica. Salamanca: Ediciones Universidad de Salamanca, 1995.
  • Beatriz Pastor. El jardín y el peregrino. Ensayos sobre el pensamiento utópico latinoamericano, 1492-1695. Amsterdam: Rodopi, 1996.
  • Juan Manuel García Ramos. Por un imaginario atlántico. Barcelona: Montesinos, 1996.
  • Diana de Armas Wilson: Cervantes, the Novel, and the New World. Oxford University Press, 2000.
  • Raúl Marrero-Fente. Playas del árbol: Una visión trasatlántica de las literaturas hispánicas. Madrid: Huerga-Fierro, 2002.
  • Aurora Egido, ed. “Mapa del Hispanismo.” Boletín de la Fundación Federico García Lorca. Madrid: 33-34, 2003. (El tomo incluye una amplia puesta al día del tema).
  • Mignolo, Walter. The Darker Side of the Renaissance: Literacy, Teorritoriality, and Colonization. Ann Arbor: University of Michigan Press, 2003.
  • Beatriz Colombi. Viaje intelectual (Migraciones y desplazamientos en América Latina). Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 2004.
  • Adriana Kanzepolsky. Un dibujo del mundo: extranjeros en Orígenes. Buenos Aires: Beatriz Viterbo, 2004.
  • María Ramírez Ribes. Diálogos transatlánticos. México, Jorale, 2004.
  • Sophia McClennen y Earl E. Fitz. Comparative Cultural Studies and Latin America. Purdue University Press, 2004.
  • Hermann Herlinghaus. Renarración y Descentramiento, Mapas alternativos de la imaginación en América Latina. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2004.
  • Ruth Hill. Hierarchy, Commerce, and Fraud in Bourbon Spanish America, A Postal Inspector’s Exposé. Nashville: Vanderbilt University Press, 2005.
  • Anke Birkenmaier. Alejo Carpentier y la cultura del surrealismo en América Latina. Madrid: Iberoamericana-Vervuert, 2006.
  • Joaquín Roses. Góngora: Soledades habitadas. Málaga: Universidad de Málaga, 2007. (Una sección está dedicada a Góngora y América).
  • Rubí Carreño Bolívar. Memorias del nuevo siglo: jóvenes, trabajadores y artistas en la novela chilena reciente. Santiago: Cuarto Propio, 2009.
  • Claudio Canaparo. Geo-epistemology. Latin America and the Location of Knowledge. Bern: Peter Lang, 2009.
  • Genevieve Fabry, Ilse Logie y Pablo Decock, eds. Los imaginarios apocalípticos en la literatura hispanoamericana contemporánea. Bern: Peter Lang, 2010.

Los siguientes libros, que me tocó leer como tesis doctorales, traman textos literarios, discursos culturales, y escenarios teóricos y metodológicos:

  • Rodrigo Cánovas. Lihn, Zurita, Ictus, Radrigán : literatura chilena y experiencia autoritaria. Santiago: Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, 1986.
  • Flor María Rodríguez Arenas. Hacia la novela: la conciencia literaria en Hispanoamérica (1792-1848). Medellín: Universidad de Antioquia, 1998.
  • María Fernanda Lander. Modelando corazones, Sentimentalismo y urbanidad en la novela hispanoamericana del siglo xix. Rosario: Beatriz Viterbo Editora, 2003.
  • Ivette Hernández-Torres. El contrabando de los sentidos: la escritura de la historia en El Carnero. Santiago: Cuarto Propio, 2004.
  • Rosario Quispe-Agnoli. La fe andina en la escritura: Resistencia e identidad en la obra de Guamán Poma de Ayala. Lima: UNMSM, 2006.
  • Carrie C. Chorba. Mexico, from Mestizo to Multicultural. Nashville: Vanderbilt University Press, 2007.
  • Alonso Cueto. Juan Carlos Onetti. El soñador en la penumbra. México: Fondo de Cultura Económica, 2009.
  • III

    Si la cuestión teórica atañe a la configuración de un polisistema atlantista (Even-Zohar) y la práctica al campo de producción (Bordieu), más compleja parece ser la cuestión disciplinaria. O, por lo menos, más requerida de su puesta a prueba. Los estudios literarios deben cruzar el espectro disciplinario de la historia cultural (la actualidad de la memoria histórica), la crítica poscolonial (la puesta en duda de todo modelo de poder), y lo que a comienzos de este siglo constituye ya una instrumentación analítica no sintética pero sí sincrética (la metacrítica del lenguaje comunicacional); y deben hacerlo para no quedar circunscritos al circuito académico, a la política menos política de todas. La misma filología se ha remozado con una ampliación de sus registros de la textualidad, buscando poner al día su tradición humanista. Los estudios literarios han debido acudir a la etnología, la historia, y la cultura popular, por un lado, y al psicoanálsis y la filosofía, por otro, buscando rearticular la función de las representaciones.

    En cambio, Spivak ha preferido declarar el fin de los estudios de literatura comparada entre literaturas nacionales y centrales, para proponer, en cambio, una “amistad” democrática entre otras zonas culturales. Esa fatiga de la lectura crítica es también patente en la propuesta de mapas de la novela, los que duplican la topología y la tornan, pronto, en prueba estadística. Hay que decir, sin ironía, que la sobrevaloración de los mapas demuestra una ansiedad del archivo: el mapa sustituye a la documentación y provee una ilusión del análisis. En todo caso, la idea de una literatura mundial (o más bien, Occidental) termina consagrando nuevos polos de poder. Pero tampoco tiene mucho sentido oponer la literatura nacional a la mundial, haciendo un mapa a escala minimalista que cualquier literatura refuta. En verdad, la literatura nacional se revela mejor en el espejo de la otra, la global; no como uno de sus capítulos sino como los protocolos de un mismo diálogo. Es ilustrativo comprobar hasta qué punto es nacional una literatura tan internacional como la argentina, tanto que una requiere traducirse para la otra, con lo cual la traducción se hace su mecanismo interno dialógico. Por su parte, la extensiva literatura nacional mexicana es sorprendentemente internacional, al punto que la primera ha mexicanizado a la segunda para reconocerse.

    Es fácil atribuirles a las fundaciones nacionales del siglo XIX la necesidad de una literatura local, tanto como la urgencia de un diccionario de regionalismos. Parecemos más legibles en esa construcción romántica, “la literatura nacional,” hecha sobre el paisaje de ruinas arqueológicas, ya ilegibles. En una época se entendió la literatura nacional como el paisaje pintoresco de la burguesía criolla, requerida de color local; más recientemente, como el capital simbólico de la vieja izquierda.

    Los estudios transatlánticos aparecen, es cierto, en un período de intensa globalización, pero nunca como su discurso ilustrado sino, siempre, como su contradicción. Bien visto, la ideología de verdad única de la globalización es el último de los grandes relatos, alimentado por el programa neo-liberal, lo que suma la violencia del capitalismo de extracción (su destino manifiesto) y el economicismo como legitimidad política (la conversión de la cotidianidad en transacción). El Mercado se convierte, así, en el paradigma universal, y cada vez más literatura, incluso la de mero consumo, adquiere la validación añadida de sus precios. Y, sin embargo, la mala distribución y peores servicios terminan promoviendo la emigración a los países más ricos, creando una nueva servidumbre ilegal, a la vez necesitada y criminalizada. Minado por la corrupción, el estado le da la razón al populismo, que es su caricatura en el espejo. Al final, el tráfico de todo orden es el mercado negro del mercado neo-liberal, su exacta réplica, y no menos monstruosa. Los indígenas desplazados de sus tierras a nombre de las materias primas (como en Bagua, asesinados y acusados), nos devuelven al siglo XVI.

    De allí que llamemos “diferencia” al posicionamiento crítico en espacios de alteridad política, donde debatir lo global desde la suerte de lo local. Precisamente, el modelo de leer transatlántico atravieza la ideología única con el contradiscurso de una universalidad de lo particular. Pero no se trata de los materiales mismos, que pueden ser del todo regionales, como el español andino que hablan los migrantes narrados por una literatura del peregrinaje de la nación, que bien podría ser leída paralelamente al exilio dantesco y su lengua peregrina. Después de todo, el Infierno es lo que es no por el fuego, sino por su carencia de articulación.

    Pues bien, la crisis de las disciplinas no se debe sólo al trámite de su organización institucional, a lo que se conoce como “la crisis de áreas,” y que refiere el hecho de que los estudios latinoamericanos, por ejemplo, pierden relevancia al marginalizarse y no estar articulados a los estudios internacionales o supraregionales. Institucionalmente, es el éxito de la literatura latinoamericana lo que podría subrayar el desarrollo de los estudios literarios, que acompañan el despliegue, sobre todo, de las varias fases de la novela contemporánea en español. Pero más pertinente a la naturaleza de los objetos culturales del campo latinoamericanista y de su desdoblamiento atlantista, es el hecho de que los objetos culturales (tanto de la cultura popular como de la letrada) resisten su procesamiento en series transparentes y cuantificables. Esta rebelión de los objetos pone en crisis la lectura disciplinaria y su productividad. Por definición, una disciplina, robusta de métodos, requiere definir su campo de objetos para observar su conducta, dictaminar sus variables e interpretar sus procesos. Pero hacia los años 90, cuando la crisis endémica de lo que conocíamos por América Latina cambiaba de sujetos, agentes, prácticas, clases, asociaciones, conductas, desplazamientos, valores y expectativas, llamarse sociólogo se convirtió en una declaración de modestia. Las ciencias sociales consideraron cambiar de repertorios o condenarse a la redundancia. Las instituciones estatales, por un lado, y las fundaciones por otro, promovían lecturas y metodologías, al punto de que en México, por ejemplo, un estudio sobre la pobreza no podía afirmar que la de la ciudad era mayor que la del campo porque el gobierno se vería cuestionado. En la era neo-liberal, por otra parte, en Chile los economistas declaraban que la pobreza había desaparecido; y hasta el pueblo había desaparecido, porque cuando los sociológicos preguntaban a los habitantes de los barrios por su clase social, todos respondían: clase media. El cine latinoamericano, por su parte, convirtió las representaciones en nueva tipología sentimental de consumo: en “Ciudad de Dios” muere un niño cada dos minutos, confirmando al espectador lo que ya creía saber; en “La estrategia del caracol,” el pueblo es admirable porque no paga el alquiler; y en “Madeinusa” la única salvación de la mujer es la ciudad, esto es, los indígenas deben modernizarse o desaparecer. De pronto, América Latina se hizo irrepresentable, a consecuencias de que la violencia la había hecho ilegible, y hasta su documentación más sensible (población migrante, pobreza, violencia de género, tráfico, delincuencia…) dejó de ser fiable. El racismo, el machismo, el autoritarismo se revelaron como la patología cotidiana de la pérdida de la comunidad. No ha de extrañar, por lo mismo, que el escenario nacional se tornara melancólico de lectura, conflictivo de organizar, y opaco al diálogo.

    Y, sin embargo, en esa misma crisis y con sus mismos materiales emergieron nuevas formas de expresión, arte público, teatro campesino, cultura popular, y actos performativos de carácter político y fuerza de contradicción. En Perú, por ejemplo, la lucha por los derechos humanos, luego de la matanza de 70 mil personas en la guerra sucia entre Sendero Luminoso y las Fuerzas Armadas, el arte de la memoria forjó un sistema de representaciones que pasaba por las mediaciones capaces de ir más allá de la denuncia, hacia la humanización misma de la violencia, cuyos términos de discordia radical había que controlar. Ese desafío de la representación ha elaborado uno de los períodos más ricos del encuentro de la cultura letrada y la popular (un dossier de Iberoamericana y un número de INTI, que hemos preparado, dan cuenta de la respuesta crítica peruana).

    Esta teoría del diálogo como la búsqueda del otro, en la otra orilla, cruza fronteras para abrir espacios de respiración, y nuevas tramas de legibilidad.

    Los estudios transatlánticos, a su modo, responden también a la violencia de los saberes institucionales de sanción y valoración, que rehúsan devolver la palabra que no los confirma.

    Por eso, sus objetos no preceden necesariamente a su metodología sino que, no sin riesgo, su cotejo, comparativo y tramado, parte de una pregunta cuya respuesta, si la hay, es un objeto nuevo, una nueva evidencia. Algunas preguntas por las semillas de Europa que crecen desmesuradamente en suelo americano, por ejemplo, pueden postular que esos frutos crecen, en verdad, en el discurso americano, como el primer repertorio de la mezcla. Este objeto transatlántico está contextualizado en la Naturaleza pródiga, de orden providencial, de tradición milenaria; y en manos de algunos escritores e intérpretes culturales, en la Crónica de Indias, en el Barroco, en el realismo mágico, será conceptualizado como un modelo cultural: la mezcla es el fruto de lo moderno, la memoria del porvenir. Pronto, esa elaboración de la abundancia tendrá una función política: lo nuevo, lo heteróclito, es un espacio alterno, acogido a la diferencia de lo múltiple. Calibán no sólo aprende a maldecir, lo que lo haría una víctima perpetua; aprende también a nombrar y hacer suyos los bienes de su Isla; y el lenguaje le permite el derecho a “la gracia,” a su dignidad, perspectiva que he propuesto (Transatlantic Translations).

    Los estudios transatlánticos, en el turno que les toque ejercitar, tendrán que probar su capacidad de hacer las preguntas pertinentes, las más productivas de significación. Las representaciones de la abundancia, la carencia y la virtualidad son modelos de procesar los trabajos de morar, casi siempre en la intemperie del sentido, alli donde estar es construir un habitat (Heidegger).

    Las próximas preguntas serán por el Sujeto, por los migrantes, por el peregrinaje de una lengua española que se transforma en las instancias de su recorrido, entre comunidades alternas y de tránsito (Ubilluz). Pero también por los sujetos de la servidumbre, empezando por los esclavos y las rutas atlánticas del tráfico. ¿Cómo responder al hecho de que en inglés hayan diez mil autobiografías de esclavos y en español tengamos sólo dos? (Las de dos cubanos, Manzano y Esteban Montejo). Mi respuesta es obvia: porque no las hemos visto. Como “La carta robada” (no la de Poe sino la que de Poe leyó Lacan) es una ausencia que está presente, como un hueco del lenguaje. (Hay algunas biografías sumarias en repetorios históricos y testimonios jurídicos). He aquí otro objeto discursivo que nos falta interrogar como la evidencia de lo que no sabemos y podríamos crear.

    Y esa es la dimensión política de los estudios transatlánticos. Porque disputa el orden de los saberes consagrados como autosuficientes, porque documenta la otra orilla de la memoria cultural, y porque tiene casi todo por hacer.

    BIBLIOGRAFIA CITADA

    Badiou, Alain. Logic of worlds, being and event. New York: Continuum, 2009.

    Bourdieu, Pierre. Language and Symbolic Power. Cambridge: Harvard University Press, 1991.

    Comisión de la Verdad y Reconciliación. Informe final. Lima, 2003.

    Deleuze, Gilles. Dialogues. Paris: Flammarion, 1977.

    Even-Zohar, Itamar. “La teoría de los polisistemas.”

    Foucault, Michel. La arqueología del saber. México: Siglo XXI Editores, 1970.

    Gadamer, Hans-George. Praise of Theory. New Haven: Yale University Press, 1998.

    Habermas, Jurgen. Theory and Practice. Boston: Beacon Prees, 1974.

    Heidegger, Martin. “Building Dwelling Thinking,” en Poetry, Language, Thought. New York: Harper Colophon Books, 1971.

    Kogler, Hans Herbert. The Power of Dialogue, Critical Hemeneutics after Gadamer and Foucault. Cambridge: MIT Press, 1999.

    Lezama Lima, José. Las eras imaginarias. Madrid: Editorial Fundamentos, 1971.

    Marchart, Oliver. El pensamiento político posfundacional. La diferencia política en Nancy, Lefort, Badiou y Laclau. México: Fondo de Cultura Económica, 2009.

    Muller, John P. y Richardson, William J., eds. The Purloined Poe: Lacan, Derrida, and Psychoanalytic Reading. Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1988.

    Ortega, Julio y Matta, Natalia, eds. “Perú contemporáneo: Nuevo trabajo crítico.” INTI. Providence: 2009, Nums. 67-68.

    Ortega, Julio y Carmen Saucedo, eds. Iberoamericana. Dossier: “Sujetos en emergencia: nueva crítica de la modernidad peruana.” Madrid y Frankfurt: 2010, Num. 37.

    Rowe, William y Schelling, Vivian. Memory and Modernity, Popular Culture in Latin America. London-New York: Verso, 1991.

    Said, Edward. “The Return to Philology,” en su Humanism and Democratic Criticism. New York: Columbia University Press, 2004, 77–78.

    Spivak, Gayatri. Death of a Discipline. New York: Columbia University Press, 2003.

    Ubilluz, Juan Carlos. Nuevos súbditos. Cinismo y perversión en la sociedad contemporánea. Lima: Instituto de Estudios Peruanos, 2006.