La ciudad literaria de Julio Ortega

“Los Rivero,” la novela que Borges evitó escribir

Posted by kmatthew@brown.edu on April 27, 2011

“Los Rivero,” la novela que Borges evitó escribir

Julio Ortega

“Los espejos y la cópula son abominales, porque multiplican el número de los hombres,” escribió Borges. Pudo haber añadido que también la novela puede ser abominable porque multiplica la mala literatura y, de paso, la subespecie de sus lectores.

Borges admiró algunas novelas (en primer lugar, El Quijote) pero siempre creyó que es mejor contar una historia en 10 páginas que en 300. Pero no se trata sólo de la economía de la expresión, o del arte de las formas breves frente a la profusión verbal de la novela. Se trata, más bien, de que el lenguaje en la novela suele ser una representación más o menos creíble del mundo. La novela se sostiene sobre ese contrato de verosimilitud, y a veces pretende ser un espejo que revela lo real, y hasta una radiografía social. De ese modo, parecía temer Borges, la novela multiplica la noción de que el lenguaje es un registro pasivo de lo real. El cuento, en cambio, es desde la primera línea un artificio. En definitiva, la literatura no miente: nos dice que estamos leyendo un cuento. La novela que no pone en cuestión su uso del lenguaje, puede ser parte del entretenimiento, pero ya no es del todo literatura.

Llegué a estas conclusiones tratando de explicarme por qué Borges no terminó de escribir, y más bien abandonó, el cuento “Los Rivero,” cuyo manuscrito encontré en el Ramsom Research Center de la Universidad de Texas, en Austin. Es un cuento, que el autor llama “crónica,” de lenguaje preciso, argumento irónico, y tema histórico; pero, inexplicablemente, Borges dejó inconcluso. Lo dejó escrito a mano, en tres páginas y un párrafo, sin corregir, y renunciando incluso a hacer una copia dictalográfica. Cuenta la historia del coronel Rivero, un héroe de las luchas de emancipación americana, que ha peleado en la Gran Colombia; enfrentado a los caudillos argentinos, debe refugiarse en Uruguay, donde muere. El cuento se centra en sus descendientes, unos hermanos empobrecidos, que han sido desplazados por las nuevas clases, pero que viven en la ilusión de su perdida grandeza. Con ironía pero también con íntimo drama, y hasta con humor, Borges nos presenta a esta familia venida a menos, cuyas pequeñas tragedias revelan su desplazamiento. Del héroe solo les queda una lanza, y un retrato frente al cual posan para comprobar su parecido. A pesar de su precisa, matizada y viva escritura, Borges lo abandonó. Creo que no siguió escribiendo porque la vida de cada uno de los hermanos tendría que haber sido narrada, y para eso tendría que haber escrito, horror, una novela. Prefirió no escribirla. El manuscrito lleva una fecha: “circa 1950.” O sea, cuando Borges estaba en la plenitud de su poder expresivo, pero también cuando estaba perdiendo la vista.

Es tentador ubicar esta historia en relación al imponente héroe argentino, el guerrero y gobernador Juan José de Urquiza, cuyas proporciones míticas lo hicieron no sólo padre de la patria sino de numerosísimos hijos. No se sabe cuántos tuvo, tal vez cien, pero al menos a 40 reconoció y dió su nombre. El coronel Rivero pertenece a esa mitología de libertadores continentales, sólo que sus hijos son huérfanos desde chicos, y lo son también de la misma república: “descendientes directos de los guerreros que la habían fundado y defendido no contaban ya para nadie,” escribe Borges con su letra cerrada y laboriosa de miope crónico. Se podría especular que el ejercicio de la paternidad errática, del que hizo gala Urquiza, es otra metáfora latente de este relato enigmático. La Patria prodiga hijos pero no tiene lugar para ellos. La economía simbólica de la paternidad (y a veces también de la autoría literaria) es el derroche, la promiscuidad.

El hecho es que “Los Rivero” empieza con la autoridad de una voz propia, que en los años 40 había Borges forjado gracias a su peculiar trama de géneros (la ficción que fluye entre la historia, la crónica y la leyenda):

“Hacia 1905, la cancel de hierro forjado había cedido su lugar a una puerta de madera y cristales y bajo el llamador de bronce había un timbre eléctrico, ahora, pero en general la casa de los Rivero correspondía con suficiente rigor al arquetipo de casa vieja del barrio Sur, y el espectro del coronel Clemente Rivero (que murió, desterrado, en Montevideo, dos meses antes del pronunciamiento de Urquiza) lo habría identificado sin mayor dificultad.”

Ese espectro shakesperiano acude al relato histórico para subrayar el drama familiar. Borges, que tomaba muy en serio la historia argentina, protagonizada por un par de sus antepasados, escribió varios relatos y poemas rememorando a sus héroes familiares. Y se habría escandalizado si algún historiador hubiese propuesto, desde una perspectiva de desbalances republicanos, que la independencia americana fue un fracaso. Esa tesis carecía de dignidad y pecaba de ignorancia, desde su concepción de la historia fundacional. La independencia se le aparerecía como una saga heroica, animada por la promesa republicana. La prueba de que la generación de fundadores nos imaginó mejores, es que todavía no acabamos de realizar el proyecto democrático y liberal que hicieron suyo. En la obra de Borges alienta la visión clásica de la historia como fuente de la verdad. Puede el proyecto haberse incumplido 200 años, pero no ha dejado de ser un gran proyecto. Por eso, para Borges, hay una nobleza de la historia, y hasta una dignidad. Nos debemos a ellas, sugiere su obra. Incluso, podríamos merecerlas.