La ciudad literaria de Julio Ortega

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Usted está aquí

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Usted está aquí: Noticia

La serie de foros dedicados a nueva narrativa latinoamericana y española que he venido proponiendo en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara llega éste año a su quinta edición, y ésta vez cuenta con un grupo excepcional de narradoras, cuyo talento, agudeza y vivacidad hacen de su lectura una complicidad conjurada. Cada uno de los previos foros ha sido una cala en la actualidad más viva de nuestra literatura, aquella que se hace ante nuestros ojos, en cuyas voces respira el futuro, y por cuyas obras uno es capaz de la más gratuita de las apuestas, a favor de la lectura. El primer Foro de Novísimos Narradores (2003) incluyó a tres mexicanos, Jorge Volpi, Ignacio Padilla y Cristina Rivera Garza, y un argentino, Rodrigo Fresán. El impacto de su humor y celebración literaria fue tal que alcanzó a la Universidad de Salamanca, donde la tesis de Padilla, dedicada al Quijote fue sometida a un tribunal de reevaluación al haber sido declarada en el Foro como prueba de la capacidad fabuladora del autor. El tribunal sentenció que la tesis era real, con lo cual el Quijote ganó otra batalla para no volver a La Mancha. No sin coraje, la directora de la Feria, Nubia Macías, apostó por convertir el Foro de Novísimos en un espacio adelantado del siglo XXI, y la segunda edición (2004) duplicó sus invitados; ellos fueron Guadalupe Nettel, Antonio Ortuño y Adrián Curiel Rivera, de México; Edmundo Paz Soldán, de Bolivia; Yván Thays, de Perú; Andrea Jeftanovic, de Chile; Florencia Abbate, de Argentina; Mayra Santos Febres, de Puerto Rico; y Jorge Carrión, de España. Varios de ellos publicaron sus libros de mayor relevancia luego. La tercera edición (2005) consistió de otra constelación de promesas y revelaciones: Armando Luigi, venezolano radicado en Barcelona; Margarita Posada, colombiana; Luis Hernán Castañeda, peruano instalado en Estados Unidos; Fernando de León, mexicano; y Yana Haddaty Mora, ecuatoriana y residente mexicana. En 2006, la FIL estuvo dedicada a Andalucía y el Foro propició un diálogo de narradores andaluces y mexicanos: Juan Francisco Ferré, Isaac Rosa, Alfredo Taján, Javier Fernández, Carmen Velasco y Vicente Luis Mora, por los primeros; y por los segundos, Jorge Volpi, Ignacio Padilla, Pedro Ángel Palou y Mónica Lavín. La narrativa de invención fue el tema, la hora del relevo parte del proyecto, y la búsqueda de lo nuevo el horizonte.
De modo que el turno es ahora de éstas ocho Novísimas Narradoras que asumen, no sin buen ánimo y fresco aliento, la coincidencia de estar aquí como la paradoja de la inclusión. Como esos mapas a la entrada del Metro o a la salida de la Estación, que dictan sus coordenadas a partir de una estrella o una flecha que reza: YOU ARE HERE, estas escritoras se ubican en ésta mesa y en ésta Feria, con sus libros en las manos, para dialogar entre ellas y con el público, como quien considera su relato en el nuevo territorio de su paso, ruta y trayecto. En primer término, porque salvo dos de ellas, no se conocían hasta su coincidencia en este foro, que es una mesa fugaz en el mapa de las ferias de este mundo. Gracias a mis amigos Lupe Ortiz Elguea y Jorge Cleto, de la Editorial Jorale, ésta compilación documenta ese encuentro, y lo demora con gusto en la lectura. Por eso, en segundo término, éste libro nos dice que ellas están aquí, transitivas, pero también que el lector está con nosotros, traseúnte retenido en el ágape de la conversación. “Usted está aquí,” lees, y el libro parece escrito para tí.
Si alguien me preguntara cómo seleccioné a éstas escritoras, podría ensayar varias respuestas. Lo más obvio es que una serie de mensajes de consulta coincidieron en varios de éstos nombres. Leí también las entrevistas y reseñas que ha hecho Elena Méndez en revistas electrónicas, todas útiles. Y pude encontrarlas en Internet, leer sus bitácoras, conseguir sus libros, y asumir la apelación de sus trabajos como lector, pero tambien como crítico que cree en operaciones de “intervención” en el paisaje cultural. Conocía y había leído personalmente a tres de ellas, de cuyo trabajo soy devoto. Lo menos obvio es la demanda de lectura que retiene al lector en estas páginas, cifradas como enigmas del camino (varios de estos textos documentan la imaginación del viaje, del hábitat que hace pausa en la trashumancia); propuestas como el revelado en la cámara oscura, allí donde nace una fotografía no prevista, sin referencia ni copia (algunos de estos cuentos son miradas encendidas por la oscuridad); y, en fin, resueltas en torno al cuerpo y su vulnerabilidad, a su materia temporal y preciosa (otros cuentos recuentan con lucidez la pérdida del cuerpo y, con gracia, su sobrepresencia mundana).
Pero la pregunta más difícil es ¿por qué escritoras? Hemos ya trascendido el feminismo clásico, revindicacionista, cuya retórica igualitaria se volvió impositiva, y al final, subsidiaria del sistema que buscaba contestar. Es cierto que hoy prevalecen, en cambio, los centros de estudios de género, que suelen ser prácticas sociales sobre derechos cada vez más violados. Y ello no es privativo de las sociedades pobres, como sabemos bien, sino escándalo de las sociedades afluentes. Casi no se puede empezar a hablar públicamente sin repudiar la violencia contra la mujer. Más aún cuando el lenguaje de la protesta está lleno de trampas. Y más todavía cuando en algunas sociedades nuestras, incluso las más modernas, la intensidad del neoliberalismo y la conversión del espacio social en mercado han propiciado la vuelta de las pestes ideológicas endémicas de nuestra cultura, el machismo y el racismo. Pero en la textura más compleja del lenguaje que nos toca, también es cierto que la epistemología de género, propiciada por la filosofía antisistemática, postula lo femenino como lo menos socializado, y su indeterminación como la subjetividad más asaltada. Por eso es que mucha literatura femenina, con las mejores intenciones, confirma su serialización por el mercado. Reunir escritoras, por lo tanto, es toda una declaración, pero más que de principios se trata de la práctica de concurrencia que, en general, se asigna a la cultura y que, en particular, hay que decirlo, casi siempre en razón contraria a las evidencias. Esto es, cada vez hay más congresos, festivales literarios, premios y concursos, pero no siendo la nuestra una cultura del relevo, la concurrencia ratifica la exclusión, la postergación, el olvido. En resumen, el predominio del mercado no ha propiciado las formas democráticas. No es la primera vez que el avance de lo moderno, entre nosotros, confirma el poder tradicional.
Por eso, les escribí en mi primer mensaje a estas ocho narradoras:

Bienvenidas al foro de nuevos narradores que organizo anualmente en la Feria del Libro de Guadalajara. Esta vez decidi dedicarlo a escritoras no por una opción clásica de géneros sino por una, evidente, de concurrencia: la última narrativa está hecha por tantas escritoras que no hay modo de leerlas sin darles más espacio. Después de un período en que dedicamos una suerte de atención reinvidicativa a las escritoras, llegamos a la conclusión académica de que era menos sentimental la indistinción del género y más objetiva la inclusión de unos y otras en nuestros cursos, coloquios y crítica. Sin embargo, últimamente me temo que la atención se ha relajado y la paridad perdido. Peor aún, en algunos países nuestros han reaparecido formas no menos perversas de machismo, y una es la resistencia, a veces naturalizada, a los proyectos culturales fuera de los espacios del mercado. De cualquier modo, pienso que nuestro foro no tiene que dar explicaciones ya que confirma, por si mismo, las evidencias. La hipótesis que plantearé, en efecto, es que hoy la mejor narrativa en nuestra lengua la están haciendo ustedes. De modo que no necesitaremos hablar de editoriales, agentes, premios ni mercados. Podremos hablar de literatura, exploraciones, gustos y proyectos.

Mi conclusión, autoirónica, es que este foro no excluye a ningún escritor, aunque inevitablemente deja de lado a varias escritoras de primerísima calidad, a las que habrá que dar ruta en el mapa para que estemos allí.
Creo en lo que leo, y leo en estas narradoras, con todas sus diferencias, la fuerza de una frase que despliega su intimidad, respirando en el idioma con brío y facilidad. Son sí, las que hacen la mejor narrativa, entre ellas y ellos, más allá de su género, y a nombre de todos nosotros.
En cada una de estas ocho escritoras, en efecto, el cuento despliega la inteligencia de una seducción: suplantaciones, ironías, memorias, desapariciones, ceremonias, conversaciones, parábolas y visitaciones se suceden en escenarios de alta resolución, donde la calidad de lo visto y entrevisto se apodera de nuestra lectura. Esa nitidez no es una transparencia o una evidencia; el cuento descuenta su historia en la precisión de su diseño. Vemos el revés de la trama, allí donde el fuego del lenguaje gana una voz. El cuento sería el instante milagroso de esa reverberación.
Luego vino el proyecto de este breviario, y con él empezó anticipadamente el Foro. Buscando un título que cristalizara la rara coincidencia de estos nombres (una octava rima que pone puntos sobre las íes), les propuse un par de títulos y les pedí sugerencias. Lo que sigue es una suite dialógica, su amena promesa:

Liliana Blum:

Espero que todos estén bien. Yo soy pésima para los títulos, pero quizá con una lluvia de ideas podamos encontrar algo. Me tomé la libertad de pensar otras posibilidades, aunque no estoy casada con ninguna en particular. Más bien, tal vez puedan ser disparaderos para otras más. Algunos de mis titulos son sobre las líneas de la misoginia que yo encuentro en este medio literario. En cuanto a los títulos que propone Julio, me gusta más el de “Usted se encuentra aquí”. En fin, que los pongo a su consideración y espero que ustedes también manden otros. Un saludo desde el inundado Tampico, Liliana.
Cuentos de ocho latitudes.
Había una, dos, tres, ocho veces.
Ocho formas de cómo no escribir.
El club de la pequeña Lulú.

Magali Velasco:

Hola a todos!

Me sumo a la busqueda de nuestro titulo:

Me agrada el de “Cuentos de ocho latitudes”.
Y fusiono dos titulos propuestos por Julio: “De escritoras y otros cuerpos.”
Un abrazo para todas, para Julio, en espera de conocernos o de saludarnos de nuevo las
que ya tenemos el gusto.
Maga

Vivian Abenshushan:

¡Veo que todo mundo está en línea! ¡Cuánta sintonía! Agrego mis propuestas:
Me gustan especialmente:
*Cuentos de doble filo
*Cuentos de alta resolución (es bueno el juego de palabras que propone, la relación entre la técnica fotográfica y la resolución formal de un cuento)
Y el muy antisolemne:
*El club de la pequeña Lulú
Propongo:
Antibikini
La conspiración de Bikini
La conspiración de la pequeña Lulú
Biblioteca de bigotito (es broma)
Y para escapar a cualquier tentación de género:
¡Lléveselo porque se agota!
8 en 1
Cuentos de alto riesgo
Norte Sur Este Oeste
Alta frecuencia
Saludos a todas (y Julio)
V

Liliana Blum:

No voy mucho con la idea de light, sin calorías, etc. porque ya hay muchos misóginos por allí diciendo que lo que las mujeres escriben es literatura light. En otras palabras, los hombres escriben la verdadera literatura. Me gusta hasta ahora:
Usted se encuentra aquí
Cuentos de ocho latitudes
Susanita también baila tango
La conspiración de la pequeña Lulú
Este último me gusta en especial porque alude a una contraparte del club de Toby, que finalmente representa cómo en general, los hombres dominan el ámbito literario. Los factores son varios y todos discutibles, pero uno de los prejuicios es el atávico de mujer-que-sabe-latín. Si nosotros somos úteros con piernas ¿para qué andamos escribiendo, pensando? Por eso me gusta lo de la pequeña Lulú. Saludos a todas!

Mariana Enríquez:

Yo sobre todo quiero saludarlas a todas, porque soy pésima para titular. Eso sí, coincido con Liliana en dejar de lado las ideas bajas calorías porque estoy cansada del tema peso, y lo más triste es que ni siquiera –creo– estamos las mujeres en condiciones en “empoderar” el término.
En realidad, saludos y espero conocerlas pronto!

Vivian Abenshushan:

¡Así que ha empezado el Foro! Eso está muy bien, discutamos. Ya desde el principio le hablaba a Julio sobre mis reticencias a participar en foros de narradoras, pues hace tiempo que desconfío de las reivindicaciones de género en literatura, porque los excesos mercantilistas y pseudoacadémicos de “la literatura escrita por mujeres” están a la vista, porque la verdadera discusión se encuentra en otra parte: en la escritura misma. Sin embargo, el planteo de Julio me convenció por completo. Se alejaba del lugar común, proponía una discusión sobre narrativas, sobre el destino de la literatura, sobre sus posibles derivaciones, sobre lecturas. Eso me parece mejor, más fecundo. Creo que deberíamos evitar a toda costa el autosabotaje, es decir, el apartheid autopromovido, la segregación propiciada por las escritoras mismas al recluirnos en interminables batallas antimisóginas (es posible que la misoginia exista, pero las dificultades en literatura suelen ser un acicate creador, así que ¡no nos volvamos plañideras (que es el gesto pasivo de las víctimas)!) Escribamos, punto. La “conspiración de la pequeña Lulú” tendría que ser una conspiración contra la autocomplacencia… y lo políticamente correcto. Y la repetición. Y lo predecible. ¿O es acaso que las mujeres no podemos hablar de otras cosas? Me parece que hace tiempo que lo hacemos y que debemos pasar a otra cosa, por simple búsqueda de variedad… Patatí, patatá, la discusión es bizantina… Entonces: lo mejor sería no estigmatizarnos con el título del libro, para no prolongar la perorata lábil que sabemos de memoria, ni propiciar la tentación en el público asistente. Les diré una cosa: si algún periodista me hace la consabida y perezosa pregunta sobre la literatura femenina, me daré la vuelta y me iré. Ese asunto (esa convención), aprisiona y liquida la escritura. Y me tiene harta. La verdad son otras cosas las que me desvelan últimamente. Por ejemplo, la peligrosa domesticación de la literatura, su integración paulatina al status quo del entertainment. También: la destrucción del individuo causada por la sociedad hipercapitalista, esa forma en que los criterios del marketing se han convertido en los agentes reductores (unificadores) del planeta. ¿Y cómo se traduce eso en escritura? En mi caso, todo es incertidumbre. Vivo una tensión constante, entre la disonancia, la pólvora, el revolcón verbal (y si no, cómo romper con toda esa literatura domesticada y sin riesgo, toda esa literatura sexy-social-climbing fantastic), y una necesidad de asidero, una persistencia humanista que me impone a veces un estilo demasiado clásico (digamos, para acabar pronto, que no podría vivir en el pellejo de Vallejo). Regresión y vanguardia, tradición y experimentalismo: entre esos extremos escribo y a veces simplemente opto por una fuga impávida. En fin, propongo que hablemos mejor de esas cosas, de la destrucción o la perpetuación de la forma, del lugar de la imaginación en medio de una era hiperrealista. ¿Por qué no hablamos de ficciones, de personajes, de estilos? No le hagamos el juego a los engranajes de la producción cultural de estos días, que nos convertirán, con sus preguntas reductoras, en mercancías intercambiables… Por eso me gusta el título, “Usted se encuentra aquí”; habla de unas coordenadas que superan la clasificación “narradoras”; habla de la reunión más o menos fortuita, más o menos buscada, de distintas escrituras, en un lugar, en una fecha determinada. Veremos qué resulta de eso. (“Cuentos de ocho latitudes”, por cierto, me parece un poquitín solemne.)

Saludos a todas, V

Eunice Shade:

Va pues muchachas, entonces parece que estaría entre “Usted se encuentra aquí” y “Cuentos de ocho latitudes”. Y bueno para ser honesta no me afecta lo que piensen los hombres de si escribo light o no, creo que los títulos deben ser escogidos por ser buenos títulos, no por lo que piensen los hombres.
Lo de estar en contra del peso y las calorías es otro prejuicio feminista que tampoco me interesa promover porque en el fondo pienso que es nimio, lo verdaderamente importante se lleva por dentro sea flaca, gorda, rubia o morena. Es decir que no me gustan las poses intelectuales de creer que si alguien escucha pop es ignorante o que si va al cirujano plástico es superficial etc, en todo y todos los seres humanos siempre hay algo positivo que nos enseña. Me cuentan que se decide al final que me sumo a la mayoría.

Magali Velasco:

Hola Julio, hola colegas!
Parece que la lista se va definiendo y yo ya no sé por cual título porque se me hace muy simpático el de Susanita y el de Lulú, pero me inclino por los dos que propone Liliana:
Usted se encuentra aquí
Cuentos de ocho latitudes
En espera de conocerlas, les mando un abrazo apretado desde Juaritos, la ciudad de arena. Maga

Mayra Luna:

Hola a todos,
al fin asomo mi nariz en este foro. Y es que eso de los títulos es la parte de la escritura que me causa escozor. Estoy de acuerdo en no utilizar títulos que se presten a estigmas. He pensado y repensado sobre las propuestas. En un principio me incliné por “Apariciones, desapariciones y otros cuerpos. Narraciones de ocho latitudes”, pues tengo una afición a los subtítulos. Sin embargo, tal vez “desapariciones” está algo recargado. Y como me asumo miembro del club PPT (Pésimos Para Títulos), generalmente prefiero robarle frases a alguien más. Hace un rato leía algunos párrafos de Alejandra Pizarnik y encontré esto:
Esta lúgubre manía de vivir
Hay alguien aquí que tiembla
A la casa del lenguaje se le vuela el tejado
Tal vez algo oscuros, pero en fin, son otras sugerencias (y preferencias).
Eso sí, todos con el subtítulo: “Narraciones de ocho latitudes”.
Me ha dado muchísimo gusto leerlas. Me encantará compartir un tiempo con ustedes (aunque por ahí hay un par que ya conozco).

Lina Meruane:

Me interesa mucho este intercambio y sin alargarme (intentando no alargarme, sospecho que en vano) querría compartir algunas ideas. Estoy muy de acuerdo en no promover el gueto femenino, sería otra modalidad de encierro (en el mercado) y de desaparición (del espacio literario). Coincidiendo con ustedes, estoy convencida de que el modo de legitimar nuestra presencia en las letras es a través de la mirada siempre singular de la literatura. Pero ojalá sólo los desafíos, desbordes y desmadres de la escritura bastaran: escribir nuestros textos y lanzarlos. Pero no: nuestros cuentos caen en un contexto social que infringe una mirada sobre ellos, y los sitúa en un lugar. Quiero decir, hay una política en torno a la escritura en general y a la producida por mujeres en particular, y esas políticas son difíciles de eludir. Sus señales son elocuentes. En la medida en que hay más narradoras con nombre y renombre, en la medida en que la visibilidad de las autoras aumenta (por los premios, reconocimientos, por la entrada en las listas y en las antologías, por la presencia seria (o no sensacionalista) en los medios) se ha producido una suerte de contraofensiva que proviene del sector que antes detentaba casi completamente el poder de la letra. Hablando (escribiéndoles) desde mi coordenada particular, como chilena, como latinoamericana (y premunida de un largo etcétera), me parece crucial atender a esas políticas y tomar posiciones precisamente porque pertenecemos a un espacio literario que es restringido, y en el que la legitimidad de las mujeres como autoras sigue siendo problemática. Las estrategias exclusionistas de antaño se han modificado, se han disimulado, pero no se han extinguido. Por eso me planteo como necesidad resguardar ese lugar ganado históricamente por las autoras y pensadoras que nos preceden. Defenderlo ejerciendo la escritura con entereza, sin ceder a los gestos que someten esa libertad ni al estereotipo de lo femenino (lo dulce, lo sacrificial) ni a los gestos mercantiles homogeneizadores que urgen a “escribir como mujeres” apelando a cierta sensibilidad o al facilismo. Escapar a ese imaginario reductor sin tener que tranzar hipotecando el territorio: me planteo esto como pregunta y como desafío. Es por eso que yo preferiría no usar de título los bikinis, las calorías, lo light, las pequeñas Lulús, que, aunque apelan al humor (y eso es positivo) implicarían legitimar, de modo acrítico, desde nosotras mismas, unas palabras que adelgazan la complejidad y la pluralidad de nuestras escrituras y reiteran nociones estigmatizadoras que ya se han usado (y que podrían seguir utilizándose) para caricaturizar una vez más a las escritoras, insertándolas en el reducto de la vanidad y del complejo, o en el jardín infantil: es decir, en un estatuto inferior. ¿Por qué no usar la plataforma que se nos da con propiedad? El punto acá no es, a mi entender, el modo en que los otros nos leerán (eso no se puede controlar) sino el modo en que nosotras decidimos presentarnos. He podido leer a algunas de las autoras de las mesas (las que encontré en la biblioteca de mi universidad) y pienso: sí, acá la cosa va en serio. Así es como me gustaría ver este libro nuestro, en una línea más propositiva, más audaz. Es, por supuesto, una opinión entre otras siete latitudes… Y me alargué mucho, aunque prometí no hacerlo, pero me parece productivo ahondar con ustedes en este tema porque todas estas cuestiones son muy actuales, son las que, queramos o no, nos toca enfrentar desde nuestros respectivos lugares. Un fuerte abrazo para todas, con muchas ganas de conocerlas. Lina.

Imma Turbau:

perdón por no haber escrito hasta ahora, llevo toda la semana sin parar, haciendo de superwoman en el trabajo, y cuando llego a casa sólo quiero hacerle sangre al sofá y ya no sé si soy mujer o una vaina de la invasión de los ultracuerpos. He leído todos los mails seguidos y ahora me apetece más que nunca conocerlas, que discutamos de esos temas que de tan habituales ya no se nos hacen ni raros, como cuando te preguntan sobre la literatura femenina, en femenino, de género -no policial, claro-, o de por qué a ti un periodista se atreve a preguntarte si tienes novio, cosa que jamás preguntaría a un macho. Seguro que son ocho latitudes y ocho puntos de vista, que cada cual vive su condición femenina como mejor puede, o como mejor cree que la puede vivir. ¿Y eso tiene que ver con nuestra literatura? Sí o no, el foro ya está en marcha. Como ustedes saben, todo depende del punto de vista y estas historias las contamos nosotras. Desde dónde las contamos es determinante, hay quien las escribe desde su subjetividad, sin nada que esconder, o porque elige exponerse, o porque le da la gana, y hay quien trabaje los personajes hasta el punto de crear una voz que discurre y transmite y narra con solvencia, pero con cuyas opiniones, observaciones o sentimientos la autora -o el autor- puede no identificarse personalmente. La literatura, leída o escrita, nos permite vivir otras vidas. Meternos en el cuerpo de un anciano de ochenta años, de una mujer que es una superviviente, de un pirata de pata de palo o de una roca en un valle de Islandia. En eso, para mí, no creo que haya distinciones de sexo. El placer de la escritora y del escritor imagino que es el mismo, como el de los lectores, sea cual sea su identidad. Sí me parece, en cambio, relevante el sexismo en el ámbito del lenguaje, de las expresiones que se usan para explicar qué son los hombres y qué las mujeres. La lengua cambia con la sociedad, la refleja. Y en eso sí me parece necesario incidir, en la realidad, el mundo que nos rodea, y el lenguaje que usamos para descodificarlo. Un término tan en boga como light ha caldeado un poco el ambiente, y eso es muy bueno… No sigo, que la grafomanía es muy mala, es muy tarde, me quedan por delante cinco semanas infernales de trabajo y encima tengo nueva pareja… Abrazos que crujan.
Dicho lo cual, que el lector y el libro hagan pareja de relevo y plenitudes.
Prólogo a Vivian Abenshushan, Liliana Blum, Mariana Enríquez, Mayra Luna, Lina Meruane, Eunice Shade, Imma Turbau, Magali Velasco. Usted está aquí (Foro de Novísimas Narradoras, Feria del Libro de Guadalajara, 26 y 27 de noviembre, 2007). Jorale Editores, Colección Extramares. México, 2007

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J. Carrión: Viajes

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Viajar en el ordenador

JORGE CARRION
GR-83 (La caja negra)
A.C.M.
Barcelona, 2007

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) es narrador, cronista y crítico de la última promoción de escritores, la que empieza a configurar un relato del relevo en formas y temas; esto es, a imaginar un nuevo lector del devenir español. Sus coordenadas literarias son W.G. Sebald y Juan Goytisolo, su espacio el discurso del viaje, y su actividad la desmitificación de las autoridades de la cosmópolis letrada a nombre de una lectura hacedora. En GR-83 nos propone una metáfora: la “caja negra” del desastre histórico es el corazón de la memoria y fuente del nuevo lenguaje. Para encontrar esa máquina de los sentimientos desencontrados, sin embargo, la búsqueda esta vez cuenta con el ordenador. Gracias a Google Earth, ese proyecto es un viaje introspectivo y un libro apasionado.

En su espléndido La brújula (Berenice, 2006), Carrión había propuesta una poética del viaje. Bajo la guía de los meta-viajes de Max Aub y los diálogos americanos de Juan Ramón Jiménez, este libro explora la extraterritorialidad (la crítica del sujeto situado), cuestiona las nociones de centro, y aprende a tomar distancias. El viaje es una educación sentimental para rehabitar los orígenes. Sus crónicas (desde Chile, Bolivia, Mexico. Estados Unidos y China) son testimonios y relatos, en los que el viajero se adentra en el paisaje hasta convertirlo en un texto. En GR-83 ese método se diversifica tanto en su tema (la memoria catalana) como en su tramado (entre ensayo y ficción, crónica y testimonio). De vuelta del mundo, se mueve sin conflicto entre el catalán y el español.

La primera salida busca desentrañar las fronteras de Barcelona y se encuentra con Camp de la Bota, con la memoria tachada. En esas afueras fueron fusiladas 1,700 personas, víctimas de la Guerra civil, desaparecidas de una historia pacificada como lugar tachado. La “caja negra” de su lectura la provee el arte de Francesc Abad, cuyo testimonio o diálogo es parte del drama de recuperar los hechos disputando su representación. El arte de Abad es, así, ejemplo y palimpsesto del montaje y collage que este libro propone como “caja negra” verbal. El recuento de Abad y la praxis del libro reordenan el paisaje, lo habitan.

Una segunda parte narra la exploración de un grupo de amigos, cuya ruta, a pie, es paralela a la GR-83. El viaje se convierte en un catálogo de desapariciones. El paisaje ha sido borrado por la urbanización; y hasta en los cementerios los viejos signos y ornamentos han sido suplantados por las restauraciones. El viaje, esta vez sin mapas y sin cobertura de Internet, se convierte en un ritual de purificación: si el paisaje encarna el olvido, si la historia ha eliminado las fosas comunes, y si la urbanización ha suplantado a la memoria, se trata, ahora “de caminar hacia atrás… de espalda al futuro, para poder llegar hasta la muerte inicial, fundadora…el frío óseo del esqueleto…Tocar la muerte, como en la niñez, tras mucho dudar, aterrados, tocábamos, antes de salir corriendo…la paja que era la carne del espantapájaros.”

La terera sección, de regreso del París de Benjamin, que se prolonga en el de Sebald, el narrador descubre en la historia de la tipografía española otro palimpsesto de la historia social. En una fábrica de cajas en Mataró (hallada en un paseo por Google), entiende que la “caja negra” forma parte de una ciudad desaparecida bajo la modernización y el turismo. Su única reaparición posible es convertirse en Museo para paseantes de paso apremiado. Esta metáfora (recuperar la tipografía gracias al ordenador) es otra de las sumas y desafíos de este proyecto.

Al final, Jorge Carrión ha elaborado con brío formal y pasión crítica la aventura del viaje actual como un espacio iconográfico. Entre signos rotos de la historia, el viaje articula un lenguaje no coaptado. Esa figuración, esa estrategia gráfica, es una poética del hacer; esto es, un instrumento de navegación en un terreno sin cartografía.

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Intervenciones en Guadalajara

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

 

La presencia del Perú en la última Feria Internacional del Libro de Guadalajara tuvo un impacto intenso y distintivo. La peruana es una literatura que al deberse tan poco a los valores del mercado, le devuelve al lector la gratuidad de la lectura.

La presencia de Gustavo Gutiérrez (el intelectual peruano de mayor resonancia internacional) le dio un centro de gravedad a esa suma de voces. No sólo porque Gutiérrez ha llevado por más tiempo y más lejos el reclamo de un país más vivo, cuya forma interior es una fe en la justicia; sino porque su lección ética es la más clásica: poner a prueba las palabras en los actos. Hoy la moral se define no por la autoridad de las grandes causas sino por la sensibilidad para con los demás. El valor de la palabra empeñada es la apuesta central la cultura peruana, desde el Inca Garcilaso de la Vega hasta César Vallejo y José María Arguedas.

Pero fue, además, gratificante el buen ánimo de los nuevos escritores, los jóvenes y aún los más recientes, que arribaron al ágora con sus revistas y libros, documentos del nuevo siglo que se renueva y nos releva. Gracias a ellos, la literatura peruana puede ser un espacio generoso, libre de los traumas de origen (violencia, resentimiento, fracaso), y abierto a la conversación más creativa (a la salud mutua), aquella capaz de creer en el otro, en su palabra duradera. Esa es la lección de Alfredo Bryce Echenique, que recorre todas las instancias de la conversación como si se tratase de la mayor virtud peruana.

Recobro, en lo que sigue, las voces que me tocó añadir.

Encrucijadas de Tomás Segovia

(Sesión Amigos de Tomás Segovia, Premio Juan Rulfo 2005)

Tengan cuidado de encontrarse con Tomás Segovia. No sabrán, sin peligro, tomar por un lado u otro. Porque Tomás Segovia es el poeta de las encrucijadas.

Está de pie y sonriendo, parado en una piedra, pero se abren las rutas tras suyo, como una interrogación. Se deja estar, de paso, en el entretanto. Parecería un Juan Rulfo español sino fuese un Tomás Segovia mexicano. Esos caminos que se cruzan pueden ser una cruz. Entrecruzado por la geografía afectiva, y entre preguntas de qué ruta tomar, Tomás rememora sus dilemas, y a la vera prosigue el poema que viene escribiendo hace 50 años, a trechos y treguas, ente una y otra página, en esta o aquella ciudad, uno u otro amor (¿dechado o desdichado?). Pero entre la errancia y la estancia, Tomás ha sentado plaza y cabeza en la palabra. Ha tomado Tomás la sesgada vía del ser, del breve estar.

La primera vez que lo encontré, en el Colegio de México, si fue esa la primera vez, porque pudo haber sido en la redacción de una revista no en vano llamada “Plural,” entre un japonés de vuelta y un venezolano de ida; pero aquella vez, Tomás no sabía si estaba llegando o yéndose, y nos detuvimos a tomar, como decía Vallejo, un “té lleno de tarde.” Estaba él en la encrucijada de seguir a una musa pasajera que le pedía elegir entre Estados Unidos y México. Pero Tomás ya estaba ligeramente sin rumbo, casi de nacimiento, en un mundo cada vez más enrumbado. Pensé entonces que la gracia ardorosa de su relato, ese “desamparado apasionado” que ejecuta, lo hacía un narrador itinerante; y que seguramente Tomás tendría que inventar un nuevo género para la biografía de ruta. Pero fue ya un exceso del camino encontrarme otra vez con Tomás en los pasillos del aeropuerto de Londres. El llegaba y yo salía, y hablamos un momento entre las filas de viajeros, más seguros de su destino. Y hace poco en un congreso dedicado, naturalmente, al exilio en la Universidad Complutense de Madrid, le tocaba a él inaugurar y a mí clausurar pero, como era de esperarse, nos canjearon los días.

Por eso, habiendo vivido en su propia encrucijada, entre uno y otro camino, no es de extrañar que Tomás Segovia no tenga la necesidad de romantizar el exilio. Su territorio ha sido siempre la lengua, y su albergue, en ella, la poesía. Más bien, cuando en los años 80 es descubierto por los escritores jóvenes de Valencia y su gran pequeña editorial Pre-Textos, Tomás vuelve a España antes de haber regresado: su poesía lo anticipaba haciendo camino. Pronto, reinstalado en España, vive de nuevo toda su vida como si se encontrara consigo mismo. No sólo porque el hombre maduro se convierte en poeta joven, gracias a sus nuevos lectores, sino porque si en México había sido un poeta casi español en España sería un nuevo poeta felizmente mexicano. En México se le solía leer como un lírico de estirpe clásica formal aliviado por la poesía francesa. En España, más bien, como oficiante del espíritu ritual de la poesía viva. Con su perplejidad resignada, me dijo una vez que ya no sabía de dónde era, lo que entendí yo como otra encrucijada.

Pero quizá lo más relevante de este cruzarse en el camino con Tomás sea que al volver a verlo uno retoma la conversación como si prosiguiera una frase suspendida. Tomás no es un conversador sino un confidente, presupone la intimidad del habla, y el largo rodeo del lenguaje donde la poesía le da su forma a nuestro tránsito.

Lo precede, por ello, una música recóndita. Su soliloquio discurre con cierta resonancia vocálica, como si el lenguaje se escuchase a sí mismo en el poema. Es un oleaje clásico, donde las palabras entonan los nombres que celebran el camino. Pero también es una voz romántica, que fluye como el himno, de asedio numinoso. Quizá sea la música misma del español, cuya alabanza nos viene de Garcilaso de la Vega, y cuya nitidez fue gozosa en Rubén Darío. Esta música segoviana discurre como un pensamiento: es música interior, decir de ofrenda; y nos acompaña, brevemente y para siempre.

De modo que como amigo suyo de paso, puedo asegurarles que todos los caminos conducen a su poesía.

Lectores y lecturas de Bryce Echenique

(Sesión dedicada a ABE)

Leí el otro día una novela colombiana en la que el personaje, un joven estudiante radicado en Francia, despierta en una playa del Sur luego de una noche de juerga, y descubre que no tiene ningún documento en los bolsillos. “Que extraordinaria posibilidad de adquirir una nueva identidad,” se dice, y decide empezar su nueva vida declarándose peruano. Pero no se trataba de una declaración de modestia; este personaje no necesitaba hacerse, por ejemplo, argentino. Lo que en verdad pretendía, entendí, es despertar en una novela de Alfredo Bryce Echenique.

No es la primera evidencia de que los personajes de la ficción busquen un papel en las novelas de Bryce Echenique. Este mismo año, en una hermosa novela venezolana, la protagonista se lleva a la cama El huerto de mi amada , como si fuera una guía de amores improbables. Otra escritora buscó añadirle un capítulo a La vida exagerada de Martín Romaña como si el autor narrase su biografía. Y no ha de extrañar que Bryce Echenique reciba novelones biográficos motivados por la lectura de sus libros. Tampoco el que uno de sus lectores lo haya secuestrado, soy testigo, para contarle su vida, digna, naturalmente, de ser narrada.

Mi tesis es que la narrativa de Alfredo Bryce Echenique ha consagrado la noción de que toda vida es, en principio, una novela por ser contada. Y que en la lectura de su obra, al final, cada lector encuentra la historia paralela de su propia novela, desatada por la contaminación biografista que a favor de los sutiles mecanismos de la confesión pública, Bryce Echenique ha propagado como la única plaga feliz. Pero, además, esa prolongada conversación, ese exceso dichoso de vida narrada, lleva el inconfundible arrebato de un ágape peruano. La “vida exagerada” anuncia el tiempo extra de la charla hiperbólica, grandiosa y derrochadora que los peruanos valoramos como celebración de la amistad. Por eso he dicho que Bryce Echenique ha peruanizado Europa: los ha sacado del monólogo autoritario y les ha devuelto el habla digresiva.

No es casual que un lector sutil de las Antimemorias de Bryce Echenique haya sido Gabriel García Márquez, cuyas Memorias prolongan el mecanismo bryceano de la rememoración inclusiva, según el cual una ventana abre un pasaje donde hay otra ventana que se abre a otro pasaje donde se abre una puerta, etc. Esta puesta en presencia del pasado fluye, además, libre de la cronología y del espacio, gracias a la focalización sucesiva del relato, hecho de varios relatos, esto es, de varios lectores que comparten la lectura (dramática, humorística, epifánica) de los hechos y las hablas. La memoria, así, es el lenguaje hecho verbo.

El mecanismo es, ciertamente, complejo y, en buena cuenta, sinfónico. Bryce Echenique ha multiplicado la posición de habla del sujeto, la perspectiva del narrador, liberando así al lector en la lectura. El lector vuelve a comenzar todo de nuevo en cada episodio. El libro equivale a la memoria pero siendo ya una lectura de la misma, ocurre que la lectura del lector acontece siempre en el presente: la lectura es la orilla de la memoria. En esa orilla despertamos liberados por el habla. La anti-memoria, por lo mismo, es escribir el pasado desde el presente de la lectura, desde los ojos del lector. Los personajes reales, empezando por el propio Alfredo Bryce Echenique, que aparecen en sus novelas; pero también, los amigos y amigas que, siempre, acompañan al narrador en los dos tomos de las Anti-memorias, como si el recuerdo solo fuese posible en la interlocución, demuestran, entre tantas otras variaciones, la inclusividad de lo real como ficción y de las pruebas de ficción que requiere lo real. Por eso, Bryce Echenique no ha visto un drama mayor en las interacciones de la “verdad” y la “mentira,” porque en su obra la ficción es la forma de verdad que el lenguaje libera.

Pero la licencia biográfica tiene, por cierto, sus propias reglas de juego. Supongo que las distintas categorías de mujeres en sus novelas, por ejemplo, que van de la esposa clásica a la Quimera improbable, terminan pareciéndose a sus personajes, como se decía de las mujeres de Picasso. Pero, irónicamente, como Alfredo tiene la mejor memoria del mundo, sería difícil resistir el cotejo y protestarle la versión. La verdad, se diría, es de todos modos aliviada por la empatía afectiva del recuerdo.

En el París de los años 70 no se podía comer con Alfredo sin ser interrumpido por alguna lectora en desgracia. En Lima de los años 90, hasta en el restaurante más remoto había que saludar a la pareja de lectores que no se atrevía a interrumpir. Me parece que he conocido a todas las modelos de estas novelas, y no en vano ha tenido él que escribir tantas novelas, pero no para recordarlas sino tal vez para exorcizarlas, convirtiéndolas, de puro cariño, en seres maravillosos. Cuando me dijo que todas ellas después de leer sus novelas se han hecho más amigas, le he dicho que ese es un largo camino a la amistad. Pero una de las novelas amorosas más conmovedoras de esta lengua es El hombre que hablaba de Octavia de Cádiz, verdadera elegía a la mujer, a la idea de la mujer, cuya vehemencia y humor remiten a la “pasión convulsiva” que en el relato amoroso perseguía Stendhal. Encendidas por la atención amorosa, estos seres excepcionales son de una fecunda arbitrariedad. El único problema con el amor es la idea mundana de la pareja. Y por eso en La amigdalitis de Trazan se llega a una sana conclusión: desde que te casaste con otro hemos sido más felices.

Pero lo extraordinario no es que estas novelas sean autobiográficas (Bryce ha dicho que no podría haber podido sobrevivir todas esas vidas), lo extraordinario es que sean -en alguna zona del relato- biografías del lector.

Los lectores nos sentimos, de pronto, personajes de estas novelas, ya sea porque sus héroes y heroínas encarnan nuestros fantasmas, haciéndonos vivir ilusamente capítulos imaginarios de nuestras vidas imposibles; o ya sea porque estas novelas son la biografía emotiva de nuestro tiempo. Por eso digo que Bryce Echenique es culpable de la tendencia dominante en la literatura latinoamericana actual, las ganas que tenemos todos de contar nuestras vidas buscando un lugar en la república (bryceana) de los afectos, allí donde la emotividad es más cierta porque cuando todo cae- y el Perú ha caído tanto- lo único que prevalece es la amistad.

La amistad, es decir, la conversación. Porque en la obra de Bryce Echenique la literatura tiene el protocolo y la promesa de una larga, viva, memorable conversación. La literatura peruana, creo yo, es desde el Inca Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala una laboriosa, paciente, formidable conversación con nosotros mismos y con el mundo transatlántico, entre las varias orillas de las múltiples voces.

Los lectores de Bryce, al final, pertenecemos a esa comunidad del ágape. Y por eso leemos sus libros como instrucciones para mejorar el diálogo, como manuales para explorar el territorio emotivo de la charla, sus parajes y pasajes, donde encontramos a los interlocutores que nos ceden la palabra.

Y en el turno de la palabra mutua somos, de pronto, más humanos; o sea, mejores lectores.

Le debemos a Alfredo esa hospitalidad, esa nobleza.

Antonio Cisneros y Rodolfo Hinostroza

(Presentación de sus nuevos libros en Ediciones Aldus)

Hace cosa de 40 años que Cisneros, Hinostroza y yo somos amigos, aunque esta sea la primera vez que estamos juntos en un foro. El año 61 conocí a Cisneros en los patios de la Universidad Católica, en la Plaza Francia, y a Hinostroza el 65 o 66, a su vuelta de La Habana, en los cafés de Lima. Conocí a los padres de Toño, que eran afectuosos y mundanos, y le hablaban a los amigos como si fueran de la familia. Y también a los de Rodolfo, que eran escritores desvividos por la literatura; su padre había sido condiscípulo del mío en el Colegio La Libertad de Huaraz, donde vestían de húsares con espadín al cinto. Me tocó escribir la primera reseña de Destierro, y leí Consejero del lobo como una revelación. Nuestra época empezó con el poema “La Noche” de Hinostroza, escrito en La Habana cuando la crisis de los misiles, el día que bien pudo ser el último de los días. Y terminó, me doy cuenta, el aciago día de 1963 en que mataron a Javier Heraud en Puerto Maldonado. Al año siguiente, Comentarios reales de Cisneros abrió camino a la poesía crítica, con las únicas armas a mano, la ironía y la denuncia. Y el 65 estuvimos juntos en la muestra de poesía Los Nuevos , la primera apuesta por una opción definitivamente literaria. Rodolfo mantenía una suerte de tertulia filosófica, donde pasábamos revista a la teoría poética, la metafísica y el psicoanálisis. Me doy cuenta que compartíamos, los tres, una idea de la poesía superior a nuestras fuerzas, como si la poesía fuese la forma final de una biografía.

Me acuerdo de la tarde de 1964 en que Toño y yo, en la Ciudad Universitaria de San Marcos, vimos al gran Emilio Adolfo Westphalen, que con paso cansino se alejaba. Toño me dijo: “Vamos a regalarle nuestros libros,” y corrimos para alcanzarlo. De pronto, yo dudé y me detuve: “¿Cómo le voy a dar mis poemas a Westphalen?” Debe haber sido mi bautizo de crítico.

Después, apenas cumplidos los 28 años, nos fuimos todos. Tuve tiempo, antes, de celebrar el premio Casa de las Américas que obtuvo Cisneros el 68 por Canto ceremonial contra un oso hormiguero, el mejor de los libros de ese concurso. Toño se instaló en Londres, Rodolfo en París, y yo en Barcelona, luego de pasar por Estados Unidos y México. Con Mirko Lauer escribimos al alimón un manifiesto de la poesía de la hora, anunciada por Rodolfo y su libro parteaguas, al que llamamos “Obertura para una lectura de Contra Natura.”

Después, ya de profesor en Austin, Texas, he recibido la visita plenaria de Cisneros, que culminó allí con la edición de sus libros reunidos, que Adolfo Castañón acogió de inmediato en el Fondo de Cultura Económica. Luego, pasó Hinostroza, que escribía una guía de viaje con calidad literaria y, de paso, comprobaba la calidad de las musas. Habiendo escrito sobre sus libros, habiéndolos difundido en mis antologías y analizado sus poemas en mis clases, no es raro que haya querido escribir como ellos, y que lo haya hecho en unos poemas atribuidos. Cuando en 1974 consideré volver a vivir en Lima, se me ocurrió glosar advertencias en la voz de mis amigos. Toño me decía: “No vuelvas por ejemplo hasta el 2,015/ cuando las aves marinas habiten la plaza San Martín.” Y Rodolfo: “Vuelve inmediatamente y súmate a la Idea.”

En la obra de Antonio Cisneros se levanta nuestro paisaje emotivo, la inteligencia sensible de la época que nos tocó descifrar. Pocas veces un poeta ha hecho tanto con este idioma. Lo ha pulido como un instrumento de registro, dándole belleza y agudeza. Ha devuelto, se diría, el instante a su plenitud, otorgándole una voz inconfundible al presente, haciendo más vivo nuestro plazo.

En la obra de Rodolfo Hinostroza cristaliza con brío nuestro debate con la modernidad. Pocas veces un poeta ha dicho tanto poniendo a prueba los límites del idioma, excediéndolos con la exaltación del canto, con el diagramado de la subjetividad deseante. En su poesía seguimos siendo la promesa de nuestra juventud; en su relato y teatro, los protagonistas de la pasión analítica de estar aquí.

La obra de Cisneros tiene la intimidad palpitante de nuestro soliloquio; la obra de Hinostroza, la vehemencia de nuestras demandas.

Ambas nos son imprescindibles, como el pan fresco y el buen vino.

Foro de Novísimos Narradores

Este es el tercer año que organizo para la FIL un foro de jóvenes narradores. En el primero estuvieron Jorge Volpi, Rodrigo Fresán, Cristina Rivera Garza y Eduardo Padilla; en el segundo, Edmundo Paz Soldán, Andrea Jeftamovic, Yván Thays, Antonio Ortuño, Florencia Abbate, Mayra Santos Febres, Adrián Curiel, Guadalupe Nettle y Jorge Carrión. Y para este tercero contamos con Margarita Posada (Colombia), Armando Luigi (Venezuela), Fernando de León (México), Luis Hernán Castañeda (Perú) y Llana Hadatty Mora (Ecuador). Esta serie es una apuesta por estos narradores, algunos ya de nombre y renombre, otros muy recientes, pero todos con la misma resolución de hacer de la literatura su territorio de destino.

La extraordinara diversidad de estos jóvenes escritores ilustra el paisaje narrativo del nuevo siglo en su riqueza de estilos, tendencias, opciones y debates. Aunque en cierta medida provienen de la renovación formal de la literatura latinoamericana, de esa heredad de saberes que se forja en los años 60-70 y se convierte ya en una tradición sin autores, en una referencia común; en mayor medida se inscriben ellos en la escena anticanónica de los relatos actuales, allí donde se abre un espacio literario más fragmentario y más amplio, que es latinoamericano y contemporáneo, y donde los textos exploran su propio camino.

Estos cinco narradores traman, desde cada opción propia, tanto redes de acción nacional (participan en la discusión por el lugar de la literatura en su medio) como redes de interacción continental (son parte de un sistema más amplio, en formación); y coinciden aquí por primera vez, sin haberse aún leído, no como parte de una promoción, mucho menos de un grupo (están libres de la sombra de sus maestros), sino como actores de una formación narrativa que despliega un nuevo espacio literario de la lengua, más allá de las fronteras locales, de los usos y cánones nacionales, en la primera fila de una saga cultural latinoamericana que debate su derecho a la letra y la lectura. Por eso se deben más a sí mismos, son porfiadamente personales, y ya no tributan las discusiones consagradas, y pronto agotadas, de realismo mágico vs. celebración urbana, verdad vs. ficción, argumentación vs. experimentación, lengua literaria vs. habla oral, realismo testimonial vs. hiper-realismo “sucio,” cosmopolitismo vs. regionalismo, etc. Todos éstos debates, promovidos por viejos campeones que vuelven del retiro, y justificados por el provincianismo de tantas promesas incumplidas, se han ido convirtiendo en el saldo polémico pero residual de una época ya casi liberada del trauma histórico de las deudas (impagables) de la nación (y de los deudos); y, por lo mismo, librada del todo al porvenir, al proceso que la entrega como el mar en una botella. Las orillas son inciertas pero el riesgo las inventa.

Luis Hernán Castañeda (Perú, 1982) levanta en su novela, Casa de Islandia (Lima, 2004), la casa del relato en la isla del lenguaje, no porque un programa literario ocupe su primer libro; sino porque su opción es la puesta en abismo del relato, el ejercicio de una gozosa celebración literaria. Sus personajes escriben sobre escritores que escriben, de modo que todo ocurre en el laberinto de la lectura, en su textualidad abierta. Castañeda adelanta la actual necesidad de volver a comenzar para no volver atrás. Su riesgo es audaz pero también riguroso, y es menos solitario de lo que parece (no se trata de un esteta cultivando la página en blanco), porque es representativo de la última escritura, de sus desafíos y promesas.

Margarita Posada (Colombia, 1977) trabaja sobre la dimensión temporal del lenguaje, sobre la calidad emotiva del coloquio. De esta agua no beberé (Bogotá, 2005), su primera novela, a través del habla recorre la subjetividad de la conciencia, esa zona de crisis donde las palabras más ciertas ya no dicen la verdad sino que la encubren hasta desaparecerla. Su libro es una radiografía de la debacle moral, su mapa hablado. El relato contextualiza el nihilismo y el hedonismo, esa doble moneda falsa. Se desglosa como en el cine: mientras algo ocurre ahora, algo más ocurre, al mismo tiempo, en otra parte. Esa temporalidad inclusiva es un revelado en la cámara oscura del imaginario actual: las imágenes son más ciertas que el original. Pero el valor del habla, esa duración viva de la intimidad, es también la pasión de su recorrido, su humor y su ternura; tanto como la ironía episódica de una épica urbana de batallas perdidas y héroes melancólicos.

Armando Luigi (Venezuela, 1970) ha venido explorando, al mismo tiempo, las formas audaces y las voces veraces. Desde muy joven demostró su temperamento anárquico, su gusto iconoclasta, su vocación anticanónica. Cada libro suyo, el ultimo es La crisis de la modernidad, Auto sacramental (Caracas, 1997), es un proceso abierto y libre, esto es, sin solución de continuidad, casi un derroche del gusto por la glosa, la comedia textual, y las hablas callejeras. Son, en buena cuenta, conversaciones interpuestas, aventuras superpuestas, historias errabundas. Tiene habilidad para las variaciones del relato, el encantamiento del cuento, y el humor episódico. Desde que se mudó a Barcelona, ha iniciado unas novelas de aventuras latinoamericanas extravagantes, como la del grupo que decide robar un cuadro del Museo Picasso de Barcelona, que equivale a robarle el tema a la ciudad y desestabilizar al lector. Al margen de grupos y escuelas, Luigi ha ido asumiendo la perspectiva del escritor migrante, tal vez errante, en cuyos textos reconocemos la identidad de este nuevo desenfado latinoamericano, su margen rebelde y festivo, su afincamiento literario pleno, su gracia creativa.

Fernando de León (Mexico, 1971), en cambio, escribe desde Guadalajara, desde la impronta mundana del humor jaliciense, que es ingenioso y algo sarcástico pero también lacónico, como ocurre en Rulfo y Arreola. Pero no es un escritor para nada regional si no, como sus maestros, un estilista de la prosa breve y el cuento impecable. Justamente esa sobriedad hace más dramático y más fantástico el argumento cruel o violento que desarrolla. Pocas veces un escritor es tan imperturbable con materiales tan perturbadores, como lo es de León en sus cuentos recientes. En sus relatos anteriores se complace en la erudición del juego literario, del humor asociativo, del cuento dentro del cuento, del gusto por la sorpresa. A favor de una imaginación fecunda, es un narrador acendrado y exigente, que ha demostrado su talento en varios registros, y que sin duda nos habrá de sorprender con la vuelta de tuerca que anuncian, desde la ruptura de la violencia, sus versiones casi clínicas, casi documentales. Obtuvo este año el Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez con su libro Apuntes para una novisima arquitectura.

Llana Hadatty Mora (Ecuador, 1969) es profesora en la Universidad Nacional Autónoma de México y autora de un tomo de cuentos, Quehaceres postergados (Quito, 1998), además de estudios y crítica literaria. Sus cuentos son planteamientos de una indagación que se desarrolla a través de la forma abierta del relato. La historia le sirve de pretexto para poner en juego varias figuras, y rescribirla con las variantes posibles e improbables de su cotejo. Esa pregunta es por la naturaleza narrativa de la memoria. Así, sus cuentos son planteamientos analíticos, de urdimbre sutil y poética, textos que discurren como informes del sueño y la nostalgia, con inteligencia y gusto por las palabras, que son la forma discernible del mundo. Pero el relato es también un laberinto, un breve bosque de signo enigmático, por donde el narrador se persigue en la lectura. Con esa sabiduría del arte y el artificio, la autora quiere hacer algo más: hacer del cuento un instrumento de escribir otro relato, el nuestro.

Esta es una narrativa que apuesta por un nuevo lector, y éste foro por ella.

Presentación de Puerta Sechín

Para presentar mi libro Puerta Sechín, tres relatos contra la violencia en Perú (México, Jorale Editores) he preferido convocar esta sesión en torno a “Prensa y literatura” en México y Perú, que cuenta con la participación de tres jóvenes periodistas culturales que son también escritores, para debatir los problemas que enfrenta la nueva cultura latinoamericana a la hora de su representación pública en los medios. Ellos son Vanesa Robles, del diario “El Público” de Guadalajara; Héctor de Mauleón, editor de “Confabulario,” suplemento cultural del diario “El Universal” de México; y Giancarlo Stagnaro, editor de “Identidades,” suplemento cultural del diario “El Peruano” de Lima.

En primer lugar, me parece que este libro mío se debe a la esfera pública, a ese espacio donde la política es una forma de las comunicaciones, ya que cada una de sus tres novelas breves nació para refutar las versiones de los medios sobre las formas de la violencia en mi país. En segundo lugar, es una alegoría de la lectura crítica: desmonta las ideologías de la representación y comparte, a su modo, la búsqueda de respuestas contra la violencia endémica.

Escribí “Adiós Ayacucho” después de ver en un número de la revista “Quehacer” la foto de un dirigente campesino asesinado por la policía. Su cuerpo quemado y roto me conmovió, pero no sólo por la injusticia sino también por el exceso de muerte: era un cuerpo desmembrado, le habían vaciado las entrañas, y le faltaba un ojo. Estaba, además, relleno de paja, y me pareció un muñeco de la muerte, deshumanizado hasta el absurdo. De inmediato decidí escribir un relato que le devolviera la voz. Esta novela fue convertida en pieza de teatro por el magnífico grupo Yuyachkani y le ha dado la vuelta al mundo en festivales y coloquios; pero, sobre todo, ha sido montada en las comunidades indígenas, en las poblaciones víctimas de la guerra sucia, y acompañó, así, el debate público por los derechos humanos. “El oro de Moscú” es un relato sobre la guerra fría de los años 50 a partir de un grupo adolescente que vive la ideología anticomunista, fomentada por el periodismo peruano como natural. Y “Puerta Sechín” es una memoria fragmentaria, escrita para contradecir, en los años de la violencia, las versiones de fracaso y frustración que dominaban el discurso sobre la vida peruana.

Si todo empezó con la fotografía de una víctima peruana, no es casual que este libro cierre su ciclo con otra fotografía. La foto de la carátula es del artista catalán Francesc Torres. Fue tomada durante la exhumación que él dirigió, hace poco, de una tumba de represaliados de la guerra civil española. Esos huesos anónimos fueron entregados por Torres a los familiares como si los devolviera al lenguaje. Pero en España, como en Perú, la memoria de la violencia, que regresa en estas tumbas recién descubiertas, ha sido manipulada por los políticos y los medios, y se ha ido forjando una lectura de los hechos desde el olvido.

De modo que la cultura está situada hoy en la política de las comunicaciones, y en este foro algo diremos sobre esos dilemas, que son también de la literatura, y sobre nuestro lugar en ese debate.

Perú al pie de la feria

(Para abrir el dossier peruano de Este País, México)

Si el nacionalismo, como se cree hoy, es una derivación de la modernidad, el Perú debe ser uno de los muy pocos países que no llegaron a conocerlo porque no acabó de modernizarse. México, en cambio, es una creación moderna, aunque haya sido de trámite corporativo, donde el nacionalismo, al menos, impidió que se acribillara a los indígenas rebeldes de Chiapas. En Lima se aplaudió la liquidación de los rebeldes del grupo “Túpac Amaru,” cuando tomaron la embajada japonesa, porque no somos una nación. Y, en una foto infame que le dio la vuelta al mundo, se vio al presidente Fujimori caminar entre los cadáveres. El otro, los otros, no reflejan nuestras caras: nos negamos moralmente al recusar las diferencias. El relato peruano es la varia entonación de ese ceremonioso suicidio.

Casi impensable, casi irrepresentable, ese Perú “de plata y melancolía” (Lorca), está hecho por los abismos atávicos del origen étnico, la desigualdad económica y la violencia mutua. No menos mortales son sus pestes endémicas: el racismo y el machismo. Los mayores escritores peruanos han muerto temprano y de indiferencia: Vallejo en el hambre del exilio; Martín Adán, en la rebeldía bohemia; César Moro, en “Lima, la horrible,” a pesar de que se había cambiado de nombre y mudado al francés; y José María Arguedas, el que más creía en un Perú dialogado, de su propia mano, vencido por el malestar del origen.

Precisamente por ello, en este español puesto a prueba por toda clase de violencias, la literatura peruana está más viva que nunca, reclamando no sólo la sobrevivencia de la víctima sino la mutua sobrevida, la lectura.

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Bitácora

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Como cualquier latinoamericano en algunos momentos me he creído parte de una migración mayor, que me contiene y reconozco en el camino. Ignoro de qué tribu se trata pero sé que es transfronteriza y postnacional. Su patria, se diría, es el extranjero. Y esta sería una condición sin principio ni final, un puro tránsito, la extranjería. Está, por eso, hecha de redes, filiaciones y afectos. Y fluye sin norma ni sanción. Esa intimidad de lo procesal me ha hecho creer que nuestros trabajos se producen en tensión con el cánon y el archivo, en la transición y lo nuevo. Y que después del purgatorio de la historia y el infierno de la política, el arte de innovar es el lugar de nuestra humanidad. En la cultura, por ello, respiramos con mayor libertad, gracias a la fecundidad de la mezcla, que funda lo americano como espacio adelantado de lo moderno. Y en el imaginario transatlántico, que es de crisis y de cruce entre orillas europeas y americanas, levantamos debate y, a veces, albergue.

Mi referente inmediato es el español en Estados Unidos. Una lengua herida. pero plena  de futuro, territorio del azar de lo nuestro. En 20 años las poblaciones del español serán aquí el doble de lo que suman ahora, pero las respuestas son todavía burocráticas y policiales. Hay resistencias y violencias de todo tipo, aunque la clase media sabe que el futuro de sus hijos será hecho en español y lo reclaman en las escuelas. A su vez, los hijos de los inmigrantes buscan recuperar su lengua porque descubren que les ha sido reprimida, reducida a lo doméstico. Lo extraordinario es que el flujo migratorio hispánico busca adaptarse socialmente pero no sigue las pautas clásicas de la “americanización” (renunciar a la identidad étnica a nombre de una mesura nacional), sino que sostiene su lengua y su cultura, negociando sus márgenes y desbordes. Esa fluidez es un principio de creatividad, y debe estar alimentando una próxima cultura de la mezcla.

Para partir de la lectura, vuelvo a Cervantes. He elaborado la tesis de que El Quijote tiene un héroe de la lectura, que es Sancho Panza, el analfabeto. Después de todo, Don Quijote es un lector errado y errático. Pero Sancho, que aprende a leer en las rutas de su amo, termina siendo el mejor lector. Lo demuestra cuando en su Ínsula lee cada caso que juzga como si leyese una novela. Esta hecho por la letra, en la que se libera de la tiranía de lo literal, de esa sombra del poder absoluto, de cuya “Mancha” sólo queda huir y a la que sólo se vuelve a morir. En ese gesto me gustaría probar que Cervantes revela su visión de América. Recordemos que solicitó trabajo en Indias, listando algunos puestos vacantes. Le fue denegado el pedido probablemente porque era de familia “conversa;” o quizá simplemente porque era pobre y no podía recompensar el favor. Creo que conoció las Indias en las crónicas del Inca Garcilaso de la Vega, con quien coincidió en Montilla. Y América debe haberle parecido un lugar alterno de lo moderno, de la tolerancia, la mezcla y lo nuevo; al revés de la España de su tiempo, donde casi todos los grandes escritores padecieron miseria, destierro y prisión.

La mezcla, para el Inca Garcilaso de la Vega, es el modelo superior de la realización política de Europa, porque demuestra que, en el plan divino, el mundo no ha acabado de hacerse, y se abre a nuevas y fecundas transformaciones. Al modelo natural de la mezcla corresponde la experiencia cultural del mestizaje desigual, cuyo alegato hace, para nosotros, Guamán Poma de Ayala. España no existiría sin su propia historia de la mezcla pero el catolicismo intolerante, el estado absolutista y la primera globalidad imperial terminaron con ese germen de lo moderno y condenaron al país al anacronismo. Hoy, con las migraciones, vivimos otra vez el trayecto de la mezcla como horizonte de creatividad, diálogo, y exceso de identidad.

El español es hoy la lengua franca de esta cultura venidera. No solamente porque no nos debemos a la melancolía de las literaturas nacionales (nada es más claustrofóbico que un lugar en la nacionalidad literaria!) sino porque nos hacemos en el tránsito y la transición. Por eso digo que los Estados Unidos nos debía explicaciones, después excusas, y ahora las gracias. Estados Unidos debe haber sido el único país del mundo donde ser bilingüe era un menoscabo. Ahora casi todos quieren ser bilingües, y cualquier lector descubre que el español le mejora su relación con la literatura. Hay varias zonas de encuentro creativo entre el español y el inglés, y sus consecuencias son imprevisibles. No creo que uno borre al otro, tampoco que se produzca una tercera lengua promedio, por más que los préstamos sean muchos y mutuos. Como tantos, vivo en español; enseño en español y escribo en español. Me manejo en inglés, y aprecio mucho sus virtudes. Pero no es una doble vida, es la misma con acento.

Viví dos años en Barcelona, el 71 y 72, cuando la presencia literaria latinoamericana era allí muy vital. De modo que la noción de un anudamiento de formas y temas entre una y otra literatura, desde el español trashumante, se me impuso como un horizonte habitable. La idea es que los objetos culturales nuestros pierden información al ser leídos como productos de origen y adquieren nueva reverberación si son leídos en su despliegue, desborde o trasbordo atlántico. Pero no como mero catálogo de influencias o como literatura comparada, sino como la relevancia de lo específico y pertinente. O sea, en tanto complejidad de trama y precipitado de materia. En esa lectura desplegada, se puede, entonces, imaginar un espacio intermediario y mediador. Porque el objeto cultural hispánico viene de todas partes y no requiere afincar en ninguna; busca reiniciar su fuerza en una u otra lectura, en el escenario de lo particular y, por eso, contra-hegemónico y anti-homogenizador. Es un objeto políticamente asistemático.

El destino de la literatura, creo yo, es político. Esto es, se debe a la política de las interpretaciones, que deciden el lugar de la cultura, y así la relevancia de lo imaginario. Creo que hoy vivimos la zozobra de la política y, por ello, la irrelevancia de lo literario. Buena parte de la literatura padece de banalidad. Se debe al mercado, a las alzas y bajas de las representaciones que de América Latina, o para el caso, cualquier zona del mundo no hegemónico, tienen las culturas centrales, las del Museo y el Cánon. Muchos escritores latinoamericanos creen, por ejemplo, en un nuevo realismo que hace de la violencia el tema de su versión de la vida cotidiana. Pero a veces procesan la violencia como un producto de consumo europeo. Asumen la identidad que nos asignan, la de ser culturas de la negación mutua. La violencia es un escándalo de la inteligencia, casi irrepresentable, un drama del lenguaje; y no una película donde muere un niño cada minuto (como “Ciudad de Dios,” muy bien hecha, pero en la lógica del mercado);  tampoco es una novela donde el trauma del fracaso nos destina. Lo literal, otra vez, no es realista; forma parte de la cancelación de lo real, que tiene en lo imaginario su capacidad de respuesta y de transformación. Pero soy optimista porque creo que los más jóvenes, la última generación de escritores, en cada uno de nuestras fronteras vencidas hace los turnos del relevo con humor, empatía, y esperanza.

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Tributos de Eielson

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Jorge Eduardo Eielson ha cumplido 80 años pero el fervor creativo que comunica su obra no ha hecho sino intensificarse en nuevos trabajos de transparencia feliz. “Todo le es permitido al acto creativo –ha escrito– salvo repetirse, caer en la rutina, evitar el peligro y, con eso, el maravilloso sabor de la aventura.” La lección de Eielson es también ética: hacer más con menos, esa ofrenda de su obra, es un tributo de arte mayor. Nació en Lima en 1924, vive en Italia hace más de 40 años, y su obra está en varios de los mejores museos modernos. La “Imago Eielson” es un despliegue luminoso, de vehemencia íntima y sensorialidad plena.

En estos años de su reconocimiento como poeta, narrador, y artista se han sucedido libros y ediciones especiales dedicados a sus trabajos, así como nuevos tomos de su poesía. Ha sido artista invitado de la Bienal de Venecia, y sus perfomances incluyen una pieza sonora en las calles de Madrid, y este mes de noviembre una instalación en Sevilla, para lo cual ha transformado en templo pagano un claustro desconsagrado del siglo XVIII.. Aunque no pudo viajar a su retrospectiva en Lima, no ha podido sino acatar algunos desafíos que le plantean las invitaciones a trabajos colectivos. Su impacto internacional entre grupos de creadores jóvenes tiene un fresco ánimo celebratorio. Si los premios y honores no son redundantes, lo debería ya reconocer el más gratuito.

Quizá sea inevitable que un artista independiente y ajeno al mercado de las vanidades, haya visto desaparecer su obra entre las galerías de arte. Importantes museos han adquirido sus cuadros pero de lo vendido ha tenido muy poca noticia. Hasta sus nudos, reconocidos en todas partes como un lenguaje suyo, tensados en composiciones elegantes y colores límpidos, acaban de ser copiados nada menos que por la casa Versace para su última línea de moda. Y no es la primera vez que le ocurre. Sería un reconocimiento sino fuese una imitación impune.

Pero con la vivacidad creativa que lo apremia, Eielson compuso nuevas piezas para una muestra en Brescia, que se inauguró a comienzos de este octubre. El público, que sabe lo que hace, adquirió todo en una noche. El artista, ya se ve, se debe a su arte.

Pero lo que más le gusta, confiesa, son las instalaciones y performances, que continúa imaginando y actuando, incluso a la distancia. Además de los actos de Madrid y Sevilla, prepara intervenciones en Florencia, Zurich y Lima. Con suerte, uno se encuentra con las huellas de Eielson y, de pronto, hasta participa en alguno de sus eventos sin advertirlo. Al cruzar un puente me pregunto si ese río no lleva una gota del tintero que Eielson vació en el Tiber. Hasta en Providence, mi ciudad neo-gótica en Nueva Inglaterra, ocupamos el campus universitario con una performance suya que repartía el cielo local en fotocopias. Eielson ha multiplicado varios cielos sin necesidad de fotografiarlos, solo titulando las páginas que los regalan.

En estos días Jorge Eduardo Eielson ha realizado una nueva performance (la llama “la performance de las narices”), que lo tiene entusiasmado por su efecto desencadenante. En Lecco, la galería Melesi anunció la presentación de “Vivire e un’opera d’arte (incontro con Jorge Eielson)” para el sábado 16 de abril de este año. Vestida de payasa, la galerista repartía narices rojas al público que, de buen ánimo, se las colocaba. Frente a las sillas donde el público de narices rojas había una mesa cubierta con una gran manta azul, una botella de leche y un vaso. Al lado, una escalera también azul por donde el payaso se suponía que bajaría…Por fin, apareció Jorge Eielson con la cara pintada de blanco y una nariz roja. Se sentó en silencio y miró al público. Soltó una risa ligera, y volvió a reír. Unas risas nerviosas se alzaron. Eielson siguió riendo, y el público, cayendo pronto en el juego, rió a su gusto. A poco, el artista y su público, reían a pierna suelta. El proyecto era hacer reír para reírse de uno mismo y carcajearse mutuamente y de todo. Esa risa pura podría ser el último gesto de supervivencia en un mundo del que solo cabe reír. Esta “Payasada” tiene la elocuencia de la complicidad y la memoria del circo: la pasión del juego en medio de la irracionalidad de la tragedia. A los pocos minutos, el artista se puso de pie y desapareció sin haber dicho una sola palabra.

Ahora Eielson prepara la multiplicación de la risa. Con amigos y conjurados proyecta ocupar el metro de la ciudad de Milán, repartir narices coloradas, y hacer reír a la ciudad entera.

La postal del evento muestra la cara del artista disfrazado, esto es, convertido en alguien que ha dejado su “yo” para asumir la careta del circo. La nariz roja, los labios negros, el círculo rojo que circunda la boca, las cejas altas y negras, la cara enharinada, todo sugiere la Comedia. Los ojos húmedos, sin embargo, preguntan detrás de la máscara. Esa mirada es conmovedora. Nos dice que el arte nos sostiene, y nos interroga por nuestro lugar en su camino.

Pocos artistas como Eielson han proseguido, más allá de sus fuerzas, convirtiéndonos el tránsito en tributo.

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La TWA a Barcelona

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

Llegué a Barcelona en tiempos de la TWA. El “boom” de la novela latinoamericana acababa de ocurrir (García Márquez, Vargas Llosa, Carlos Fuentes, José Donoso, Cabrera Infante escribían sus grandes novelas); se recuperaba a los mayores (Borges, Rulfo, Onetti, Lezama Lima, Cortázar eran cada vez más jóvenes); y, con demasiada prisa, empezaba el futuro en las rutas del post-“boom” (Alfredo Bryce Echenique, Luisa Valenzuela, Sergio Pitol, Severo Sarduy, Manuel Puig, Juan José Saer, Salvador Garmendia desandaban caminos). En esa vida anticipada, sin embargo, todo transcurría en la lógica del cambio, y si la literatura es de por si fugaz, la latinoamericana era la más fugaz de todas. Como a las cosas vivas, eso la hacía más valiosa. Creo, por ello, que la historia literaria de Barcelona es la memoria de nuestra fugacidad. A la Ciudad de la Imprenta le debemos ese puro artificio.

Como todos los latinoamericanos, hice las galeradas de la traducción. Dos amigos míos, el narrador argentino Néstor Sánchez y el poeta peruano Mirko Lauer, traducían a destajo su cuota de veinte paginas diarias, aunque como dice Don Quijote en Barcelona: “Y no por esto quiero decir que no sea loable este ejercicio del traducir; porque en otras cosas peores se podría ocupar el hombre.” Ante la página en blanco nos preguntábamos a qué norma de habla traducir. Imposible usar la de nuestras ciudades remotas, pero tampoco el demótico de Madrid donde, como había dicho Juan Goytisolo, hasta los chóferes de taxi hablaban como Unamuno. Al final, traducíamos a un castellano promedio que nadie hablaba. Cervantes cuenta que el morisco que tradujo los textos arábigos en romance castellano “se contentó con dos arrobas de pasas y dos fanegas de trigo.”  La traducción, ya se ve, estaba mejor pagada entonces.             Carmen Balcells me presentó a Joaquín Marco, director de Salvat Editores, una gran imprenta con editorial, casi el sueño catalán de la imprenta propia. Se ha escrito con razón del papel fundamental de Carmen en la suerte de la literatura latinoamericana en España; así como de la labor pionera de Beatriz de Moura, Jordi Herralde, Pere Gimferrer, Rosa Regás, Esther Tusquets, entre varios otros. Pero las tareas de Joaquín Marco, desde Salvat, el periodismo cultural y la editorial de poesía OCNOS, fueron más interna al diálogo literario mismo; y, lo vemos hoy, centrales a la trama en construcción de una escritura atlántica, hecha entre ambas orillas del idioma.

Joaquín era más latinoamericanista que yo. Le daba a su crítica una objetividad inmediata, una autoridad natural, que le permitía describir fehacientemente la dinámica de un libro, su hechura histórica y estilo propio. Como buen escritor, pasaba de la reseña de prensa a la monografía erudita, del prólogo exhaustivo a los balances de actualidad. Y como filólogo de la Universidad de Barcelona y cronista de la actualidad, retomó la tradición del profesor comprometido con las formas de lo nuevo. En una época de descreimiento mutuo, tuvo la inteligencia de creer. Compartíamos plenamente la preferencia por dos figuras extremas: Vallejo y Borges. Hoy las revistas cerraron, Salvat terminó, y OCNOS es un tesoro de librerías, porque la imprenta, madre de lo moderno, prodiga la fugacidad. Pero hoy se abre, gracias a esa suma de tareas, una lectura transatlántica que busca exceder la melancolía del marco nacional, y hacer de la diferencia cultural nuestro turno en el diálogo global.

La Universidad, entonces, estaba dominada por el caciquismo. Joaquín Marco había vuelto a la enseñanza, pero no de hispanoamericana sino de española moderna. Una consecuencia de ese clima autoritario es que la literatura latinoamericana, que era el espacio natural de renovación y empatía para tantos escritores y lectores catalanes, careciera de lugar en las universidades de Cataluña.  Barcelona sigue siendo, a comienzos del siglo XXI, la única ciudad universitaria de España donde no hay una sola cátedra de literatura latinoamericana. Con todo lo que ha significado Barcelona para la literatura latinoamericana, y con todo lo que ésta ha contribuido al diálogo creador en Barcelona, es urgente derribar esos penúltimos muros.

La literatura latinoamericana contribuyó con el proceso de íntimas transformaciones, gracias a su inventiva formal, su fe creativa y horizonte exploratorio. Luis Goytisolo, Juan Marsé, Manuel Vázquez Montalbán, Rosa Regás, Ana María Moix, Pere Gimferrer, Cristina Fernández Cubas, Enrique Vila Matas, Nuria Amat, entre muchos otros, dialogaron intensamente con las lecciones de una literatura que ponía al día los turnos del relevo, la suficiencia radical del arte, la vehemencia de la actualidad. Un libro ya imprescindible para hacer el mapa de la memoria mutua, es La llegada de los bárbaros (Edhasa, 2004), editado por Joaquín Marco y Jordi Gracia, que documenta la recepción de esa literatura y demuestra su amplio impacto en España. Pero tan crucial como el lanzamiento editorial y crítico de la escritura latinoamericana fue el diálogo y reapropiación que la literatura española hizo de ellas. Desde Borges y Onetti hasta Cortázar y Bryce Echenique, esa intimidad forjó el relato de una nueva España. No en vano, un escritor sevillano de 30 años, Isaac Rosa, acaba de ganar el Premio Rómulo Gallegos en Caracas con una extraordinaria novela ( El vano ayer, Seix Barral, 2004), cuyo personaje se llama Julio Denis, que es el seudónimo del joven Julio Cortázar.

La gran aventura transatlántica de Joaquín Marco fue OCNOS, la serie de poesía que dirigió con Vázquez Montalbán, donde leímos por primera vez las “Meopas” de Julio Cortázar, verdadera lección de navegar contra la corriente. OCNOS dio a conocer a los mejores poetas contemporáneos del idioma, reflejados en el espejo multiplicado de una pequeña editorial mayor. Libros memorables de Enrique Molina, César López, Alejandra Pizarnik, Enrique Lhin y Antonio Cisneros se leyeron junto a Joan Brossa, Carlos Edmundo de Ory, Pere Gimferrer, construyendo nuestro común imaginario venidero.

Con la censura topábamos todos. Los censores eran especialmente escrupulosos cuando se trataba de un manuscrito latinoamericano. Parece que estos señores debían probarse como letrados para ascender luego a representantes culturales en algún rincón americano. De Surrealistas y otros peruanos insulares (editada por Mirko Lauer y Abelardo Oquendo para OCNOS) nos prohibieron un poema de Raúl Deustua dedicado a Carlos V. Encontré hace poco entre mis papeles esa página, que es casi lo único que me queda de esos años en Barcelona. Tuve el gusto de llevarlo de vuelta a Barcelona para dárselo a Joaquín Marco en el homenaje que, en ocasión de su retiro, le dedicó la Facultad de Filología de la Universidad de Barcelona el 2 de junio de este 2005. Pude decirle que, gracias a la poesía, habíamos vencido a la censura.

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Saúl Yurkievich

Posted by jortega@brown.edu on October 3, 2006

El camino, dice Don Quijote, es la amistad. Y con Saúl Yurkievich, que acaba de morir en un accidente del camino, he compartido algunos trechos de esa conversación. Estaba, me dicen, en Saignon, donde él y Gladys tenían una casita de verano, cercana a la que tuvo Julio Cortázar, donde compartían la pausa estival y el buen humor. Como dicen los ingleses, lo peor de compartir el camino es tener que hacerlo con alguien a quien traducirle el paisaje. Con Saúl, en cambio, uno retomaba la charla como si recuperara la misma ruta. Su muerte se produjo cuando su automóvil salió de la carretera y se estrelló. Como todo en Saúl, esa versión es literal y metafórica. De Borges decían sus amigos que moriría de un accidente gramatical. De Yurkievich se podría haber asegurado que lo haría elusiva, figuradamente. Experto en piruetas (“abrazos de siete vueltas,” era su frase de despedida en las cartas), la última pudo haber sido una distracción; pero hasta la policía cree que se quedó dormido, que murió en un sueño.

Tuve la suerte de poder darle las gracias públicamente por sus trabajos de empatía  en un pequeño coloquio que le dedicamos en el Proyecto Transatlántico de mi Universidad hace un par de años. Nos reunimos un grupo de sus amigos del vecindario para reconocerle el entusiasmo que había insuflado a la crítica latinoamericana en contra (o, más bien, al margen) de los sucesivos cánones de la autoridad letrada. “Rimbomba por Saúl” llamamos a esa amenísima charla. Fue revelador: todos nos habíamos encontrado con Saúl en un lugar distinto del camino. Si Don Quijote había salido de la Mancha para llegar a Barcelona y conocer el origen de su vida, la Imprenta; Saúl había dejado Argentina en peregrinaje literario para encontrar su origen en sus lectores fieles. Por eso, con Saúl una recuperaba el regusto de este oficio de escribir, cuyo propósito, tal vez, es mejorar las condiciones del viaje, reclamar mejores ventas de ruta, combatir la crueldad de los Duques, y hacer de Sancho Panza el mejor lector.

Sus entusiasmos eran todos por la palabra audaz. En primer lugar, por César Vallejo, el de Trilce, a quien dedicó su primer trabajo importante, que todos hemos leído de estudiantes como quien se inicia en la libertad del lenguaje. Enseguida, por Huidobro, a quien veía como un malabarista de alturas, haciendo piruetas en un avión de juguete. Y, por fin, por Cortázar, a quien dedicó lo mejor de sí. Estas tres grandes figuras nuestras tienen en común su apasionado trabajo con el lenguaje. A veces se cree que los mejores escritores se benefician del lenguaje que cultivan y dominan. Al contrario, casi todo escritor mayor se ha hecho en un largo conflicto con las palabras. Vallejo las ha arrancado literalmente de sus referentes para desentrañarlas y hacerlas decir otra cosa. Huidobro las ha aliviado de peso semántico para levantar con ellas la transparencia de la creatividad verbal. Y Cortázar las forjó en materia viva de la subjetividad. Saúl buscó en el discurso crítico dialogar con el lector desde una inmediata relación con los textos para compartir no las evidencias sino los asombros.

Su crítica está incontaminada de autoridad, esa violencia de quienes norman y sancionan. Era, por eso, celebratoria y gratuita, y se debía a la vehemencia de la inteligencia estética. Esa es su noción teórica, de gran estirpe clásica: la teoría es el discurso del entusiasmo, porque siendo la idea del acto creador, es una alabanza.

Fue, claro, un poeta. Se podía reconocer sus estrategias de inmediato, su voz indudable, sus juegos verbales y textuales de inventiva propia. Jugaba con las palabras en combinaciones audaces, como un saltimbanqui del habla, en un arte de birlibirloque, canjeándolo todo, con ironía y gracia, a nombre de una estética de la sorpresa, cuyo origen era vanguardista, cuyo método era el “bricolage,” y cuya larga parentela incluía el Dadaísmo, el letrismo, el antilirismo, la antipoesía; y, en consecuencia, la ética del desarraigo, que practica la pérdida del centro referencial (nacional, institucional, ideológico) como nuestra libertad en las palabras. Pocas veces lo más gratuito tuvo más sentido.

Se quedó, inevitablemente, sin patria. La última vez que estuvo en Buenos Aires, en unas conferencias universitarias sobre Cortázar, según me contó, lo hicieron callar. Tenía, es cierto, el hábito de hablar sin reloj. En Francia las ponencias son de una hora, y Derrida era capaz de dictar una charla de dos horas, a veces de tres horas, sin pestañar una pausa. Pero nuestras mesas redondas son a diez minutos por funcionario, y a Saúl le pasaron un papelito que para él fue como una condena a muerte. Metafóricamente, digo, la cháchara nacional le quitó el aliento.

Pero no la palabra del camino, que sigue aleteando más suya, libre de cualquier referencia, en su trapecio lunar.

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New Orleans

Posted by jortega@brown.edu on October 2, 2006

La primera página de New Orleans está escrita en español. Debajo del inglés está el francés pero antes el español, ligeramente hiperbólico, que todo lo nombra y renombra. Tocado por esa vehemencia, el inglés es una licencia metafórica: el árbol más típico se llama “Spanish moss,” que no es español ni es musgo. Y traducido del francés al inglés, el “French Quarter,” no es sino una arborescente arquitectura hispánica. El mapa de la ciudad es una nomenclatura española, que va a dar al Camino Real de la cultura criolla, entre casonas de patio interior, fuente, y flores acuáticas. Aquí ésta lengua tuvo mayor valor social que el francés o el inglés. Pertenece al color local que la gobernadora se llame Kathleen Babineaux Blanco. Ese cruce de caminos fue transitado por la cultura afroamericana, que produjo la afectividad del jazz y la lánguida dicción del inglés del Sur. Este monumento liviano de la humanidad de la mezcla se hunde hoy bajo las aguas, pero nombre por nombre recuperará su lenguaje.
El escritor mexicano-americano Rolando Hinojosa-Smith noveló la participación hispana en la guerra de Corea; el puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, la suerte de los puertorriqueños que regresaron de Vietnam; el español Antonio Muñoz Molina dio testimonio del 11 de setiembre en Nueva York. De la catástrofe de New Orleans una de las primeras páginas es del escritor costarricense Uriel Quesada, profesor de la Universidad de Loyola:
“Para decir lo que debo en pocas palabras, me he quedado sin nada más allá del carro en el que huí de la ciudad y la poca ropa que puse en una maleta. En la ciudad quedó mi hogar -mi pequeño apartamento, quedó mi mundo de papel, desde las fotos de los momentos felices hasta los borradores de mis novelas, las copias de mi tesis y de mis libros, mis libretas donde apuntaba la vida… esta tarde se supo que el dique que da al lago Pontchartrain finalmente cedió. Hay tres grietas, una de ellas del equivalente a unas dos cuadras de ancho. A las diez de la noche de hoy, 30 de agosto, el alcalde declaró que el daño no pudo ser reparado: El agua del lago sigue llenando la ciudad, que tiene forma de tazón y se halla a varios metros bajo el nivel mar. El agua no parará de entrar hasta que el nivel de las aguas a ambos lados (el lago y la ciudad) sea el mismo. Ése es el principio del fin…Mi calle está cubierta por quince pies de agua. Mi mundo de papel se ha ido para siempre…”
Si el lenguaje busca dar forma a la catástrofe, la lengua española ha prodigado en ello drama, poder evocativo y empatía, pero también cierta exaltación, que suele ser reflexiva en la epístola, fervorosa en la crónica, visionaria en el himno. Aunque el modelo es de origen tradicional y clásico (la sequía y la peste se explican por el desorden político), en el mundo indígena americano el orden cósmico se invierte por la violencia histórica (el arcoiris negro es el sol decapitado, dicen los andinos a la muerte del Inca). Desde sus orígenes, los pueblos del español representan la catástrofe excediendo las leyes cósmicas y retóricas. Todas nuestras grandes novelas aumentan el número de las víctimas, y hasta la prensa amanece con anuncios del fin del mundo. Pero la catástrofe es también la cristalización social de la vida desigual, y en ella se puede leer al país descarnado, en una verdadera anatomía política de la violencia. Desde la matanza de la huelga del banano, en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez, hasta la matanza de estudiantes en la plaza mexicana de las Tres Culturas, en La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska, la historia pasa por la inmediatez del habla, por la escenificación de la voz, por la vida vulnerable de los que caen y pierden el nombre. La misma Guerra civil española no acaba de ser nombrada: el artista catalán Francesc Torres al exhumar un cementerio clandestino (recobrado en contra de la política del olvido) convoca a los parientes para devolver esos restos al lenguaje. En Argentina, la lectura de los restos de los desaparecidos hace aparecer a los hijos y nietos, renombrados por esa ceniza.
Por ello, en su manual de catástrofes “No sin nosotros,” Los días del terremoto, 1985-2005 (México, ERA, 2005), Carlos Monsiváis ha escrito una nueva historia social como micro-relato político. Monsiváis es el intelectual latinoamericano que ha inventado el género catastrofista como una multidisciplina. Crónica, relato, testimonio, ensayo, su guía para controlar la violencia explora el lenguaje público que se levantó de los escombros de México, y dio nacimiento a la “sociedad civil.” Esta puesta en claro del gran terremoto de 1985, demuestra que la sociedad civil como fuerza creativa y crítica reemplazó al poder estatal, excedió las maquinarias políticas, rompió los esquemas ideológicos, fomentó la sociabilidad urbana y gestó las nuevas dirigencias de oposición. La catástrofe se convirtió en agencia social cuyos nuevos agentes rehicieron el mapa del poder.
México, así, representa las ruinas del discurso dominante, de la verdad única, de la retórica modernizadora: cae el gobierno de Salinas sumido en la corrupción, y cae el discurso de la modernidad compulsiva. Cae el PRI, y se derrumba el discurso estatista y corporativo de control autoritario. Fracasa la promesa neoliberal, y sucumbe el mito del primer mundo. México se convierte, nos dice Monsiváis, en la Capital del Siglo XXI, allí donde el Apocalipsis de Occidente ya ocurrió.
Esta lógica de la representación catastrófica, sin embargo, incluye la ironía relativista, la ética del relevo, la conciencia de la fugacidad, la lección de las vanidades, y hasta el humor de su entusiasmo demostrativo. Todo ello es reverberante materia de la racionalidad barroca y su vasto despliegue de luces y de sombras.
No es demasiado distinto el sentido trágico de New Orleans, desde Faulkner hasta T. Williams. Sólo que aquí la desgracia pública genera víctimas pero no una sociedad civil. El gobierno, la guardia nacional, la seguridad nacional, la Cruz Roja, son responsables de llevar auxilios, así como la generosa buena voluntad y caridad de la población. Pero el país más poderoso del mundo carece de ciudadanía participativa, capaces de caminar sobre las aguas.
En una ciudad donde el 27% de la población está por debajo de la pobreza, y donde el salario promedio es de 17,500 dólares al año, la catástrofe se multiplica. Esta ciudad es más vulnerable que cualquiera de las nuestras: la tragedia revela la profunda desigualdad.
Pero, ¿quiénes trabajarán sobre el barro, repararán la infraestructura, y levantarán las torres? Los trabajadores hispanos, ciertamente.
Todos los días muere uno de ellos tratando de cruzar el desierto y la frontera. Duchos en la catástrofe de ida y vuelta, su red de filiaciones regionales y familiares prueba su liderazgo y su creatividad. Nunca antes una población migratoria prometió tanto: ética del trabajo, capacidad de ahorro, visión del porvenir, fervor por la mezcla. Son la próxima sociedad civil de un país que al negarles civilidad se niega a sí mismo.
Pronto los veremos renombrando Nueva Orleáns.
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J. Ortega es catedrátido de estudios hispánicos en la Universidad de Brown, Estados Unidos.

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La ética hoy

Posted by jortega@brown.edu on October 2, 2006

Un fantasma inquieta la conciencia latinoamericana, la ética. Nos complacíamos en las teorías del fracaso repitiendo que hemos llegado tarde al banquete de la modernidad, que nos hacen desiguales la civilización y la barbarie, que somos los hijos de una violación, y que el trauma nos torna en víctimas irremediables. Buena parte de los discursos que representan la experiencia latinoamericana han sido construcciones auto-derogatorias, hipérboles de sarcasmo y patetismo. Pero entrando en este siglo urgido de relevos, esas interpretaciones se han vuelto complacientes y, al final, exculpatorias. Contra todas las explicaciones en contra, nos encontramos de pronto con una esperanza esperanzadora. El cambio se debe a una nueva conciencia ética.
La primera notable diferencia cuando de la ética se trata radica en las pruebas que hoy exige. Hubo un tiempo en que la moral era mi moral y se definía por la mala calidad moral de los demás. Mis convicciones más entrañables demostraban que yo era capaz de juzgar el mundo apartando a los buenos (nosotros) de los malos (los otros); pero esta paradoja sólo demuestra una moral bien servida, el auto-interés de una verdad de alto rédito. Esa retórica arcaica hizo virtud de la convicción encarnizada. Su linaje se remonta al feroz “¡Porque lo digo yo!” hispánico, donde el yo es un puño sobre la mesa.
Hoy tales convicciones se nos han hecho sospechosas porque eximen la duda, esa cortesía de la inteligencia; y la ironía, esa forma de la civilidad. La ética, en cambio, empieza como una pregunta por uno mismo en la interlocución con el otro, aquel que nos devuelve la palabra como si fuese mutua. Es, por ello, una exploración del yo en el tú, del proceso de idividuación que propicia el intercambio; y del lugar que el otro adquiere en el diálogo, allí donde el “yo” es un término alterno. “Mi moral eres tú,” sería la forma actual del yo. O, como lo he propuesto, del “y/o”, un yo ilativo y conjuntivo, narrativo y disyuntivo.
En una crónica el escritor argentino Tomás Eloy Martínez (“Paisaje de ruinas,” El País, dic. 16, 2004) cuenta otro regreso suyo a Buenos Aires. “Volver a Buenos Aires es… una aventura dolorosa,” advierte. Cuenta que vio de noche en su barrio a un grupo de chicos abandonados, con una niña llorando de dolor. Como hace 36 años en una situación semejante en Bogotá, el testigo ofrece ayuda y busca una ambulancia.
Cualquiera que vuelve a su ciudad ha vivido este relato. Con el agravante de que la miseria en nuestros respectivos países nos agobia más dolorosamente. No hay farmacia para esa recaída en lo propio, allí donde el yo zozobra. Nos revela ese malestar; en ese ser que se debe a su estar.
Yo estuve en Buenos Aires con Tomás Eloy Martínez esos días de homenajes a Julio Cortázar en el magnífico Museo de Arte Latinoamericano pero, en el entusiasmo del diálogo, debo haber estado en otra ciudad. Porque Buenos Aires me resultó la más civil, la más legible, la más abierta de las ciudades latinoamericanas en tiempos de penuria. Vi a los nuevos escritores y escritoras, más inventivos que nunca; vi a los jóvenes profesores, en Buenos Aires y Rosario, libres del sociologismo sonambúlico, capaces de horizontes mayores que el melancólico repertorio de las letras nacionales; y vi a los estudiantes apostando, como en México o en Lima, por un país convertido en taller permanente, en texto en proceso de edición. Como si me hubiese tocado el día del recomienzo, me tocó la inauguración de una gran editorial, el comienzo de una feria de arte, la última película de una joven cineasta, el premio de novela de un narrador amigo, un congreso estelar de poetas en Rosario, y hasta estudiantes míos que me preguntaron por mí. Contra un movimiento autodestructivo de desapariciones (que en la historia argentina son un relato tachado) me creí testigo de una víspera de apariciones ( por la maravillosa elocuencia de estar del lado de allá). Tarde en una calle de Rosario, en pleno congreso de la lengua más dialogada, me encontré con Alfredo Bryce Echenique, y ya no dejamos de hablar.
Hasta la niña que mi amigo Tomás Eloy vio una noche de horror desaparecer, reapareció al día siguiente. Y flota en su crónica de retornos como una pregunta por nosotros, por su parte de cita futura en la ética de estas penas.
Me acordé, por eso, de Matisse en Marruecos. En su primer viaje pintó a una niña de lila, pero en el segundo viaje la encontró en un burdel. Volvió a pintarla, pero no como lo que era sino como lo que pudo ser, como una muchacha libre en la belleza de la pintura. Le cambió el estar por el ser, lo que es admirable pero, entre tantas penurias, insuficiente.
Como cualquiera, el artista tiene la libertad no sólo de canjear la miseria por la estética sino también de perpetuar la miseria como tal, aun si hoy sabemos que la representación que presume la prolijidad de lo real, en verdad lo cancela, porque descuenta su valor imaginario. Como ha recordado el propio Tomás Eloy Martínez, Faulkner se comparaba con un buitre. Pero esa visión romántica se nos ha vuelto melancólica. Más aún, cuando los nuevos buitres procesan el malestar en objetos de consumo para la buena conciencia del bienestar.
Por lo mismo, si el dolor moral descubre la imposibilidad de representar al otro sin destruirlo, sin convertirlo en objeto del mercado, no nos queda sino rehacer el camino y hacer algo más con las palabras. Tendríamos que llamar a la ambulancia de la moral, y llenar la planilla de urgencias. La integridad de cualquiera de decide en esa demanda de los actos, porque la moral no tiene otra dimensión objetiva, externa a las meras opiniones (cada vez más propias del buitre bien pagado), que las obras mismas, por las cuales, en efecto, te conoceremos.
La integridad de la clase bienpensante, de los responsables del discurso, tiene ahora su hora de honras.
La ética en tiempos de remontar las penas se define no por el dolor del yo ante el otro, sino por la hospitalidad del otro en el yo.
Hoy vivimos nuestros últimos días de intelectuales mediáticos, los penúltimos del intelectual público, y empieza la hora del relevo, el turno de los más jóvenes. Se requiere el pie a tierra solidario, ese paso que libere al buitre de Prometeo.
Porque se trata de demandas inmediatas y factibles, propongo a mis colegas les demos una mano a los escritores jóvenes de nuestros países. Ayudémoslos a que nos releven para que hagan un mejor trabajo. Apostemos por esa espera esperanzadora, que en nuestros pobres países nos sigue mejorando con creces.
Pero tú, ocupado lector, la próxima vez que alguno de nosotros, instaladísimos en cualquier rama del primer mundo, insista en la miseria que doblega a América Latina, tómale la palabra.

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Escritoras del 05

Posted by jortega@brown.edu on October 2, 2006

PRIMICIAS DE HELENA ARELLANO
¿Murciélago o mariposa? (Caracas, F&L), primera novela de la venezolana Helena Arellano, más que una pregunta es una sentencia: todo ha sido escrito sobre el amor desigual salvo su comedia gentil. La narradora le pinta canas al amante poco ideal y le hace leer su informe irónico. En su lánguido retiro, el viejo saurio se despide a nombre de la retórica. Si todo se decide en la lectura, la novela lee otras novelas mientras se desarrolla, en diálogo consigo misma. Lee, por ejemplo, El huerto de mi amada de Alfredo Bryce Echenique, esa comedia del amor sin edad, no sin escándalo social. ¿Murciélago o mariposa? incluye su propio comentario y escapa siempre al mapa social, libre entre los libros. No menos elocuente es el análisis que la narradora y la novela hacen de ellas mismas, una en el espejo de la otra. Sólo que la voz del presente y el tiempo recontado se entrecruzan en la página excusando la memoria en la escritura; y traman, así, el lugar del lector en la amistad aliviada por la inteligencia mutua. Esta diestra novela breve se debe a esa larga simpatía.
MARGARITA POSADA AL MESSENGER
De esta agua no beberé (Bogotá, Ediciones B) es una novela plena de mensajes cruzados entre sus personajes, hechos en la tecnología electrónica, los alrededores del poder y el malestar del descreimiento mutuo. Margarita Posada, periodista colombiana, debuta con una novela coloquial y vibrante, cuyo personaje, Ana Cristina, recorre el paisaje de la clase dominante a favor del azar, la aventura y la crítica. Se trata de un azar asociativo: la historia coincide con otra historia que se desata en otra parte, y ésta a su vez coincide con una más. Así, la novela es el mapa afectivo del desengaño colectivo, la crónica de las transiciones infelices entre la infancia sintomática y la juventud irredenta. El yo nace, por eso, en el aprendizaje del menoscabo. Es, sin embargo, notable el humor vital de ese trayecto, desencadenado por la espléndido coloquio del relato. Se trata de una conversación permanente que ocupa todos los registros de la escritura como un alegato de la voz, de su intimidad, capacidad de registro, y voluntad de entender. Una voz que humaniza el fin del mundo colombiano y su sonambulismo moral.
CUENTOS DE MARÍA ANGELES OCTAVIO
Exceso de equipaje (Caracas, Monte Ávila), la primera colección de relatos de la periodista y editora venezolana María Ángeles Octavio es una guía de caminos sin retorno: una mujer viaja con sobrepeso, sólo que al abrir sus maletas los vigilantes descubren que el mayor peso es el vacío. Estas trampas sin fondo son la ironía fantástica que sorprende en estos cuentos de agonía urbana y rebeldía metódica. El hueco del ascensor, en otro relato, alegoriza la conciencia mutilada: el cuerpo cae como la autoconciencia ciega. En estas pérdidas, las inversiones paródicas predominan: la mujer moderna (libre) es la más tradicional (sierva) porque su pareja prolonga la adolescencia del desapego. Si la conciencia es un hoyo negro y la experiencia una valija vacía, el equipaje es un exceso de nada. Su sociedad le asigna ese viaje sin futuro en la ciudad sin moral adulta. Por eso, la traductora atacada y devorada sabe que es carne del matadero, y que el canibalismo diario es intraducible. En mujer de “Madriguera” rinde su cuerpo destazado al carnívoro. Y otra mujer, no menos asaltada, le da una cita al ladrón para que la robe con provecho. El hiperrealismo de este libro es de horror certero y valor cierto.
CARMEN VELASCO: MAS HUMANAS
Estos relatos de Carmen Velasco (Málaga, Benalmádena), profesora y escritora malagueña, resuelven la discordia cotidiana desde la misma literatura: sus mujeres protagonizan por primera vez la violencia latente y dominante pero sus historias remiten a la memoria heroica, y a la vez familiar, de los libros. Desdémona, novia de Otelo conoce a la parentela del muchacho, y descubre a Yago, que pone música hindú y la seduce. Lucrecia pasea por las Ramblas y trabaja, políticamente, en el Psiquiátrico. Una profesora es atacada por sus alumnos al grito de “yo soy yo y tus circunstancias.” Eva se declara reacia al deporte, pero Adán la persuade de jugar como portera de hockey femenino. Así, con humor y complicidad, estos relatos desenvuelven situaciones de adolescencia y juventud entre dramas de la identidad y encrucijadas de orden social. Prevalece en este libro el diseño sutil y placentero de un relato que reparte papeles de resonancia legendaria a sus mujeres de la vida cotidiana, vuelta a soñar por la buena literatura.
LA CASA IMPOSIBLE DE CONSUELO TRIVIÑO
Consuelo Triviño Anzola, colombiana, reside en Madrid pero escribe sobre el territorio sin nombre del exilio: sus cuentos de este libro (Madrid, Verbum) ocurren en un no-lugar, que siendo específico puede ser cualquier parte; pero siendo fantasmático, es el espacio sin nombre de la mujer y el desarraigo. En “Libertad,” por ejemplo, la esposa despierta y “curiosamente, no se encontró ni en Persia ni en Venecia, sino en la cama de matrimonio, con el mismo hombre;” pero su sueño la preserva “lejos, en un lugar donde nadie podría encontrarla.” Jardines, habitaciones recónditas, cajones, y otra vez maletas, se abren y se cierran en estos cuentos de transiciones implacables, de prosa impecable.
POEMAS DE MAGDALENA CHOCANO
Poeta peruana radicada en Barcelona, Magdalena Chocano es reconocida como una de las voces más ciertas de la poesía joven latinoamericana. Contra el ensimismamiento (partituras), publicado este año en Barcelona, es un intrigante poemario que imbrica la palabra exploratoria en imágenes que grafican el alfabeto. Estos poemas configuran, así, una secuencia reflexiva sobre los poderes de la palabra. Por ello, se presentan como partituras del habla, de su nacimiento, dinámica y articulación. El habla poética como ritmo y melodía, a su vez, conforman el cosmos del lenguaje que habitamos. El poema es la revelación de ese lugar milagroso donde somos dichos plenamente, de paso, entre lo oscuro y el fuego, en el tránsito del verbo hecho cuerpo: “la melodía sin freno en la agonía de la luz.” La poeta, quizá a nombre de las escritoras y sus lectores en esta hora de relevo narrativo, anuncia que “la mujer negativa es toda esencia/ la mujer en transacciones celestiales y desalmadas.” Y reclama: “leamos estos nombres, veneremos la piedra incisa, el tacto.”

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