La ciudad literaria de Julio Ortega

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Más sobre el español en Estados Unidos

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

El bilinguismo en California ha perdido una batalla (la burocrática) pero no la paz (el diálogo) que es inevitable, y da su sentido al futuro en un país donde en 20 años la tercera parte de la población hablará español.
No es la primera vez que la lengua española se convierte en un instrumento de mediación cultural del futuro. Nebrija sostuvo la unidad del naciente imperio en la lengua castellana pero su ecuación, tan política como académica, la entendemos hoy no sólo como razón de estado sino como el primer anuncio de una comunidad de la letra. A ella se acogieron dos de los primeros intelectuales americanos, el Inca Garcilaso de la Vega y Felipe Guamán Poma de Ayala, quienes rehicieron su memoria histórica en la lengua española y forjaron con ella una versión cultural del futuro.
Hoy día la propuesta de Nebrija retoma el camino complementario anunciado por aquellos dos peruanos: la lengua española no sustenta ninguna ilusión de unidad política sino la mayor diversidad cultural moderna. Nunca como hoy el español se habla de tantos modos distintos, no sólo en España, que todavía es la mejor prueba contra la homogenización compulsiva; y no solamente en América Latina, donde todos los días una nueva palabra le nace al español; sino también en los mismos Estados Unidos, donde el español demuestra una vocación de futuro capaz de rehacer el mapa cultural con su fuerza migratoria. En Estados Unidos el español es un principio de diversidad inclusiva, de dialogismo persuasivo.
Al comienzo de la independencia americana, el venezolano Andrés Bello se alarmó de que el español pudiese fragmentarse en lenguas nacionales, tal como el mismo latín se había disgregado en las lenguas romances. Y creyó que su monumental “Gramática” preservaría la unidad linguística. Su temor fue infundado. Las diferencias sostuvieron los procesos de formación de las nacionalidades, y en los lenguajes de identificación los hombres del XIX descubrieron los varios idiomas que traman la cultura. La modernidad, por poca que fuese, fue el laborioso producto de la gestación nacional.
En este fin de siglo esas lenguas nacionales han excedido las fronteras al expandirse como nuevos umbrales, entre espacios de sanción y hasta de discriminación. Con su capacidad de resistir, responder y negociar han gestado su propia historia social, hecha en la intemperie del exilio, en el albergue de la memoria, en su gusto formal y regusto irónico. Esa vocación de pertenencia da al español, en los Estados Unidos, el papel extraordinario de la intermediación. Contra todos los temores y las censuras, esta lengua promedia entre los migrantes y el sistema; y negocia la escena de la interlocución, donde los hispanos han ido adquiriendo su turno en la esfera pública. Capaz de humanizar el espacio contrario, el español abre pasajes de concertación. Veinte, incluso diez años atrás, era una marca del origen marginal. Hoy es la segunda lengua del país y la primera en la preferencia de los estudiantes. Pronto dejará de ser extranjera. Gracias al español, los hispanos salen del gheto. Gracias al español, los anglos dejan su provincia.
Algunos se alarman por la suerte de nuestra lengua en el territorio del inglés, pero olvidan que su capacidad de adaptación y de incorporación es parte de su libertad nomádica. Ninguna otra lengua ha demostrado ser más durable y resistente, y a la vez más abierta y audaz. En los Estados Unidos, el español adquiere nuevas, imprevistas funciones sociales. Frente a la normatividad del inglés, cuya economía demanda el intercambio estricto de una palabra por una cosa, el español propicia el ligero exceso de un intercambio de equivalencias, donde nombra y sobrenombra, derrocha y celebra. El español es aquí un espacio de concurrencia inclusivo.
Cada muchacho norteamericano que aprende a leer en nuestros clásicos y a hablar con nuestros escritores contemporáneos, es mejorado por un lenguaje que lo torna en criatura del diálogo. La cultura hispánica, desde ambas orillas del idioma, es hoy parte de la educación y la imaginación norteamericana. El futuro de los Estados Unidos será hecho en la hibridez de las mediaciones hispánicas.
Más sorprendente es que la lengua española sea también capaz de ocupar el inglés. Escritores cubano-americanos, mexicano-americanos, puertorriqueños y dominicanos de Nueva York, narran en un inglés enunciado desde el español. (Como los cuentos de Junot Díaz, que están en un inglés que se lee como si fuese español). No se trata del “Spanglish”, hecho no en los préstamos y las sustituciones del inglés y el español, que hace sonreir a los turistas, sino en la interacción del bilinguismo y del mestizaje floreciente. Estos nuevos objetos culturales (novelas, cuadros, películas, música) rebasan las clasificaciones del museo y el archivo, que explican todo por la ley del origen: poseen, en cambio, la fuerza procesal de lo nuevo, que se proyecta hacia un debate en formación.
A diferencia de otras migraciones, la hispánica no se ha disuelto en el “melting pot” y, más bien, lo ha hecho obsoleto; pero tampoco se ha resignado a las viejas explicaciones autoderogativas del trauma social como destino. Hace poco el migrante era percibido como víctima, hoy sabemos que es un líder de su comunidad original y un delegado nebrijeño de la diversidad hispánica. Apenas hemos empezado a entender la formidable capacidad creativa de esos migrantes elocuentes y su saga cultural.

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Diario del Milenio

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

1.
Ricardo Oré me habló del proyecto de un congreso en torno al nuevo milenio cuando yo me encontraba dictando un curso dedicado a la literatura del siglo XXI, de modo que su propuesta de inmediato me interesó. Le sugerí dos nombres: Paul Kennedy, el historiador que descubrió el futuro estudiando el siglo XIX; y el artista peruano Jorge Eduardo Eielson, cuyo arte del anudamiento es una anticipación futurista. Ricardo, que además de diplomático es poeta, tiene la virtud de imaginar los diálogos de un simposio permanente. Dedicó uno al Inca Garcilaso, en Madrid y Montilla, hace diez años, donde Max Hernández, uno de los organizadores de esta conversación sobre el Milenio, presentó su innovadora lectura filial del Inca. Max es un estratega del foro, y habita un coloquio de intimidad veraz.
Cultura, violencia y género, los temas del debate, son campos donde la teoría y la práctica se encuentran en intensa elaboración. En este período “post-teórico” (en el cual las tesis totalizantes han sido abandonadas), estos tres temas favorecen el análisis proyectivo y documentan ya el futuro. Pero antes, el simposio “En el umbral del milenio” convoca, con el diálogo tentativo y la concurrencia animosa, un mayor ámbito de contertulios. Como después de todo, toda charla es biográfica, cada participante se encuentra con su propia historia de interlocutor casual.
Pero quizá no sea casual que yo me encuentre en estos umbrales y terrazas con amigos como Antonio Cisneros, Raúl Vargas, Mirko Lauer, Fernando Ampuero, Alfredo Barrenechea y Giovanna Pollarolo, todos ellos criaturas de la comunicación. Entre tantos expertos del diálogo propuesto desde Lima, me doy cuenta de que mi generación, dentro y fuera, ha tenido a su cargo los turnos del relevo en un tácito simposio nacional. En este país de rumor y vocerío, nos ha tocado ensayar las entonaciones del diálogo. Volver a Lima es retomar la conversación, ese mapa que nos incluye y restituye.
2.
El número extraordinario de sesiones no sólo dio al simposio su dimensión internacional sino que aseguró la diversidad, a veces incluso la franca divergencia de ponentes y deponentes. Hubo un debate que el público aprovechó, animado por la provocación a hacerse oír. Para eso son los foros, para recomenzar la conversación, que por definición nunca es completa, pero que es hoy el modelo cierto del análisis, y la forma anticipada del futuro. Por ello, uno tiene que empezar por dirimir su parte en el foro.
Los turnos en la palabra, los formatos del intercambio, los protocolos, son parte decisiva del diálogo, y a través de ellos los participantes se constituyen en interlocutores. Dado, por otra parte, el extraordinario número de participantes inscritos, se hace evidente la fluidez del protocolo. También participar es un proceso abierto, un aprendizaje. Aquellos ponentes que sólo hablan inglés, por ejemplo, resultaron casi provincianos. Hoy no basta con un idioma, ni siquiera el inglés, para un foro sobre el futuro. También porque la documentación sobre el milenio es y será predominantemente sobre los países periféricos. El inglés, en estos protocolos, pecó de monológico; y es claro que el futuro demanda hablar español.
Sospecho ahora que Max Hernández ha ensayado en el plan de este congreso un psicodrama generacional. De pronto, el congreso me resultó un mitin de la memoria, o sea un encuentro casi biográfico en el que cada participante celebraba el mutuo reconocimiento. No sólo me encontré a los amigos de siempre, sino también a compañeros de clase que no veía desde entonces, como Álvaro de Soto, responsable de que la conversación haya reemplazado a la violencia en buena parte de Centroamérica; así como a ex-alumnos que son ya colegas, pero también a los más jóvenes, cuyos textos empiezo a recordar. En este teatro de la memoria me pareció que la mitad del simposio tenía cara conocida. Unos a otros nos saludábamos en la euforia clásica del reconocimiento; y a veces incluso por si acaso, para evitar los desacatos del olvido.
Pero este encuentro tuvo el carácter de un balance anímico sobre todo porque levantó un mapa interno de la actualidad. Registró el trabajo empírico de las disciplinas, sus metodologías puestas a prueba por la práctica; pero también la vocación de servicio que anima a buen número de investigadores que exploran un territorio fronterizo y extra-académico. En el balance cada proyecto minimalista reafirma así el valor de la vida cotidiana, cuya textura peruana requiere una documentación más veraz. Porque en el diálogo lo que sobran son las opiniones, el mero ejercicio de las convicciones privadas, y lo que falta es documentar la construcción compartible de lo objetivo.
3.
De estos balances prospectivos destacaré uno, debido a Catalina Romero, de la Universidad Católica, en la sesión sobre el futuro de la democracia. Me interesó la sobria y veraz perspectiva con que ella repasó los temas recientes no sólo de investigación sino de una biografía generacional que propicia, con la obediencia a la verdad, el compromiso civil de un trabajo democratizador. En la charla de la profesora Romero me pareció advertir un modo de leer que demuestra el valor de la distancia justa, esa mediación de la sensibilidad que anuncia una comunidad crítica.
En mi sesión, dedicada a la literatura, José Miguel Oviedo habló del fin de siglo anterior, proponiendo que los dos casos conflictivos de estos años, Cuba y Puerto Rico, son los mismos que a fines del siglo XIX fueron también colonias en disputa. Son, claro, modelos polares, lo cual quiere decir que hoy como ayer los Estados Unidos siguen decidiendo buena parte de nuestra historia política. El tema me permite cuestionar la vieja teoría cultural del fracaso peruano, que denuncio, no sin entusiasmo, como gravada de pasado y carente de futuro. Por su lado, José Edmundo Paz Soldán, joven narrador boliviano que es profesor en Cornell, repasó con buen criterio el fenómeno actual de la novela “light”, hechas para el mercado que las convoca y difunde. Menene Gass, la crítica de arte catalana, inició el animadísmo debate. Ella ejerce el mismo entusiasmo por lo nuevo que le conocí en Barcelona hace 25 años. Tratándose de un congreso memorioso, uno se rinde a las coincidencias.
Sobre la extraordinaria convocación del Congreso, sobre la parte que da su nombre al diálogo, hay que decir, primero, que ese vasto público le otorgó a las sesiones un carácter de entrenamiento; lo que me hizo recordar a los públicos ávidos de los primeros tiempos del Curso de Verano de El Escorial. Como en la España de la transición, esta concurrencia seguramente indica la necesidad de nuevas tecnologías que permitan leer este texto en tránsito que es el Perú. ¿Una minoría ilustrada que se recicla? ¿O, más bien, una nueva tecnología de lectura que busca a sus operadores para descifrar y compartir este país más interpretado que documentado, más opinado que sabido, más veces descartado que asumido? Queda mucho por decir sobre una caja de herramientas de leer que sea capaz de ajustar tuercas y dar en el clavo para sumar partes en el proceso de levantar, alguna vez, un mapa inclusivo.
4.
Los dos delfines del hotel “Los Delfines” hacen lo posible por entrar a un poema de Antonio Cisneros: se dejan rascar la barriga antes de pasar por el aro.
En la sesión de Fietta Jarque, la peruana de “El País” de Madrid, el tema del periodismo cultural, de la televisión como plaza pública, plantea el proyecto de otro debate, que concierne directamente a cualquier lectura del futuro. Fietta nos cuenta que también ella, como no pocas periodistas, ha escrito una novela que está por salir en Alfaguara. También está por estudiarse este fenómeno de tantas escritoras de coraje comunicativo que salen del periodismo con voz propia. Giovanna Pollarolo explica que la televisión, aun la más mala, se ha convertido en una suerte de acuerdo nacional: es aquello que reúne a la gente en la conversación. Eso, cree ella, es otro modo de juzgarla, porque la visión sólo crítica pierde de vista el acceso de ese público.
Me llevo el gran libro de Hugo Neira, que se lee como un balance peruano conversado; las parábolas de Luis Freire, que imagina repertorios de humor y taxonomías de ingenio, aligeradas por su talante lúdico; los poemarios de Rosella Di Paolo, cuya voz apelativa se gesta en el gusto por nombrar con empatía que trama y con inteligencia que recupera; la nueva edición de las crónicas del Buen Salvaje, de Antonio Cisneros, llenas de una elocuencia briosa y gozosa; las entrevistas de Alfredo Barrenechea, que son otra biografía de la lectura latinoamericana, hecha en la promesa de un mundo legible y decible, capaz de ser celebrado y comprendido; los libros del historiador Teodoro Hampe, que a las penumbras del archivo les confiere la claridad de los recuentos.
Victoria Guerrero, cuyo soliloquio poético resuena en el lector como un alegato hecho contra la saturación del discurso y a favor del recomienzo de una voz silábica y ritual, me obsequia con una foto suya de una calle nocturna del centro de Lima. Por este pasaje hemos pasado, me digo, y su delicada intimidad forma parte de nuestra ausencia.
Esta visita, hecha de voces favorables, me permite volver a ver a Blanca Varela, cuyo ingenio mundano y agudeza poética, sigo descifrando como quien lee el enigma de lo vivo a flor de piel. Con Mirko Lauer repasamos su próximo curso de invierno en Dartmouth College, dedicado a poesía latinoamericana; fiel a sus lecturas primeras, Mirko vuelve a Machu Picchu, es decir, a Martín Adán, sólo que esta vez no en pos del monumento de piedra y palabra sino del abismo de elipsis y silencio. Carlos Franco me responde que su próxima reflexión es en torno a los significados de la democracia, el proyecto mayor y siempre virtual, sobre el cual ha ido él apuntalando capítulos centrales, acerca de la participación, en torno a la modernidad popular, y sobre la tradición indigenista. Con Alonso Cueto, revisamos los afectos mutuos, la biografía del exilio madrileño y tejano, donde se hizo escritor. Con Willy Niño de Guzmán y Gustavo Faverón, las mejores lecturas. A Fernando Ampuero le traigo una sorpresa: un rock compuesto por tres estudiantes de Brown sobre su cuento “Criaturas musicales.”
5.
Temprano, Luis Arista me ha llevado a visitar el Museo de la Nación para conocer al Señor de Sipán, cuya imagen le ha dado la vuelta al mundo. El despliegue del sipanejo es majestuoso: la tumba es una réplica pero todo lo demás es verdadero.
Esta escena arcaica, ganada al desierto y al saqueo, es emblemática de un país cuya memoria no acabamos de leer. Más inmediata pero no menos remota es la figura del maní, repetida como alimento del nómada en el desierto.
Esa joya cotidiana podría simbolizar el tránsito y la preservación, un tiempo familiar y milagroso.
Paradoja para recomenzar: en la inminencia del nuevo siglo todos nos hemos vuelto más jóvenes.

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Cien años de Borges

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

El mundo parece reconstruirse como un proyecto borgiano. Al menos, varias ciudades serán escenario de la celebración de los cien años del nacimiento de Jorge Luis Borges (Buenos Aires,1899-Ginebra,1986). Sin duda, Borges estaría algo alarmado por esa varia divagación. A modo de excusa habría dicho, si no lo dijo ya, que nacer es algo que le ocurre a todos los hombres.
María Kodama, su viuda, es anfitriona de esta convocación itinerante que incluye varias capitales y lenguas. Nacida en Buenos Aires, hija de un arquitecto japonés, María fue pupila de Borges desde muy joven, y más tarde su colaboradora y compañera de viajes perpetuos. Ella escribía tersos relatos fantásticos, ayudaba a Borges con sus itinerarios, y documentaba sus muchos diálogos y charlas. Era más bien tímida, y parecía algo abrumada por el exceso de atención. Días antes de su muerte en Ginebra, Borges se casó con María.
Ella emergió como otra persona. María es ahora la determinada y hermosa mujer que recorre el mundo llevando el legado borgiano y la tarea superior de editar, supervisar y promover las obras del más universal de los creadores de la literatura en español. Hace veinte años, en Austin, Texas, compartí con ellos el humor de la charla, que incluyó nuestros peores poemas favoritos. Pero hace poco, en Caracas, hablando con ella de las actividades del centenario, que implican a una vasta red de amigos, entendí que María había dedicado su vida a una gran causa, lo que le daba grandeza.
Las celebraciones del centenario incluyen Nueva York, donde se publicarán en inglés tres tomos con los cuentos, poemas y ensayos completos. El editor general, además de traductor de la poesía, es John Coleman, quien se acogió a un retiro adelantado de New York University, no sé si persuadido por María, para dedicarse a Borges.
Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, que provienen directamente del deslumbramiento borgiano, presiden el comité celebrante. En París, María espera no sólo un coloquio de los elocuentes herederos nativos sino también un nuevo tomo de las Obras en la apolínea Pleiade. En Madrid, la edición de las obras completas debe estar finalmente a punto luego de que un equipo de expertos ha debatido durante diez años el mejor criterio editorial. Hay otras ciudades en espera de añadir sus versiones, un simposio en Londres convocado por William Rowe; otro en Venecia anunciado por Martha Canfield.
Todo lo cual debe culminar en Buenos Aires donde María, con ayuda de donantes privados, ha iniciado una Fundación Borges, que reunirá la producción crítica (una tarea casi imposible); asi como las películas que parten de sus textos (de Bertolucci a Godard y varios nuevos “regisseurs”). Organizará también una conferencia de expertos en cada disciplina que haya sido tocada por la escritura de Borges. Después de todo, hasta la sociedad internacional de psiquiatría lo había invitado a inaugurar su congreso anual en un famoso hotel de Dallas donde, según Borges, había estatuas de elefantes tamaño natural; y ello a pesar de que Borges veía esa disciplina como una superstición, del mismo modo que consideraba a la metafísica una rama de la literatura fantástica. Los editores argentinos, por otro lado, están probando la ironía de Borges cuando dijo que no hay escritor que no tenga un libro inédito; presionado por un editor, encontrará ese libro. Todo Borges será reimpreso, incluso el “El príncipe feliz,” de Oscar Wilde, que Borges tradujo a los diez años de edad.
El hecho es que cada lector ha visto una historia distinta en estos delgados volúmenes de cuentos, poemas y ensayos. Maurice Blanchot creyó contemplar en ellos la infinitud de la literatura, mientras que John Barth creyó que esa ficción demostraba el agotamiento de la literatura. Michel Foucault escribió Las palabras y las cosas inspirado por una cita que Borges hace de una supuesta enciclopedia china, según la cual los animales se dividen en a] pertenecientes al Emperador, b] embalsamados, h] incluídos en esta clasificación, k] dibujados con un pincel finínismo de pelo de camello, m] que acaban de romper el jarrón, etc., demostrando que la actividad de clasificar es en sí misma arbitraria e indistinta. Incluso Jacques Derrida parece parafrasear a Borges cuando escribe que la declaración “Yo soy” incluye la afirmación “Yo soy mortal;” lo cual remite a “El inmortal” de Borges, donde nadie puede decir “Yo soy,” porque quien está libre del tiempo es nada y sólo prolonga el tedio de no ser. Ahora que la literatura se ha librado de los fundamentalistas de turno, aquellos que confunden sus opiniones con la verdad, el ejemplo de un escritor que nada vende ni reclama reaparece con la fuerza de su gratuidad.
Cuando Borges escogió Ginebra para morir le pidió a María encontrar una casa en la misma parte vieja de la ciudad donde había vivido con sus padres y su hermana Norah, durante la Gran Guerra. El padre, a quien Borges prefería recordar como anarquista, había llevado a la familia a Europa pero la incoveniencia de la guerra, que se declaró en pleno viaje, los obligó a desplazarse a Suiza. El joven Georgie asistió a la Escuela Calvino, una absorta casa de dos plantas sobre una plácida colina, entre esas esquinas desiguales que dijo Borges distinguen a Ginebra. Para ser ciego, Borges era muy capaz de reconocer de memoria, con un sobresalto de curiosidad, las cosas y lugares vividos. Tenía la memoria fresca, y le gustaba ponerla a prueba, no sólo recitando parrafadas del alemán, sino dando instrucciones para encontrar una estatua o la puerta de una iglesia. Todo ello seguramente era otro modo de prolongar las simetrías, que él cultivaba como un camino interior de referencias. María encontró por fin una casa cuyas ventanas daban a la calle del Borges muchacho, a poco de lo cual el otro, o el mismo, murió.
Ella inscribió en la lápida un verso rúnico que remite a “Ulrica,” el cuento que Borges escribió para ella. Pero se alarmó al descubrir que la tumba estaba junto a un árbol “If”. Borges gustaba de los cuentos de Kipling pero detestaba la letanía optimista del poema “If”. Pero María supo a poco que había un buen poema de Alfred de Musset sobre este árbol y, otro día de azar feliz, encontró en una librería de ocasión, en París, unas postales donde el Árbol de Si es un emblema céltico. “No podía haberme equivocado tanto,” me dijo.
Los escritores latinoamericanos hemos asistido casi todos a la misma Universidad Borges, que no es un museo canónico ni un archivo de los orígenes; donde, más bien, todo es proceso y cambio, el recomienzo de la lectura y el desciframiento de lo nuevo.
Este año el mundo podría adquirir, por algunos instantes, la belleza inteligente de un enigma borgiano.

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Anatomía de la melancolía crítica

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

La irrupción de la crítica. Historia crítica de la literatura argentina, tomo 10. Susana Cella, coordinadora. Buenos Aires, Emecé Editores,1999, 527 pp. ISBN 950-04-1995-5
Borges dijo que La literatura argentina (1922) de Ricardo Rojas era más extensa que la misma literatura argentina. En cambio, esta Historia crítica de la literatura argentina, concebida en doce volúmenes, y dirigida por Noé Jitrik, no pretende ser una enciclopedia pero sí un balance finisecular; y tiene, por ello, la ambición del registro puntual pero, inevitablemente, la melancólica resignación del linaje regional. Su importancia parece mayor que el registro de sus materiales porque la biblioteca que acarrea no sólo resume la historia sino que propone su interpretación. De allí la gravedad melancólica de la empresa: la historia literaria equivale a la Biblioteca, a las evidencias; leerla, en cambio, es ensayar su reordenamiento, tramar su sentido, protagonizar la aventura crítica de desfacer equívocos y saldar olvidos.
En el Epílogo de este tomo, que es el décimo de los doce tomos planeados pero el primero en ser publicado, Noé Jitrik lo dice muy bien: “La idea es que toda historia es menos una metodología de constatación que un relato de hechos que se presumen significativos; la literatura, que es una parcialidad respecto de un todo social, no escapa a esta manera de ver: lo que nos proponemos hacer, en consecuencia, es el “relato” de lo que compone ese universo parcial” (501). Evidentemente, el relato hace que este tomo se adelante, pues “fue el primero que pudo redactarse.” No en vano es así: está dedicado a la actualidad, a una “irrupción de la crítica” que incluye los discursos que configuran la historia del presente (un período que va de mediados del cincuenta a mediados de los setenta, advierte la compiladora); esa historia es una genealogía crítica, que parte del relato psicoanalítico y del modelo estructural, y que se representa en dos de sus héroes culturales, Oscar Massota y Eliseo Verón. Por lo mismo, se trata de una historia autoreflexiva, donde la crítica literaria hace la biografía de su linaje nacional.
Susana Cella en su Introducción explica los criterios del tomo, dividido en “Interferencias” (donde se ilustra el “discurso principal en el período, la polémica”); “Experiencias” (dedicado a balances de Borges, en tanto autor y figura pública, y de tres figuras paradigmáticas de la época, Héctor Murena, Rodolfo Walsh y David Viñas); “Poética” (que registra algunas rupturas, exploraciones y entonaciones de la poesía); “Vinculaciones” (que consiga las relaciones de la literatura con otras prácticas, como el cine y el periodismo); “Narrativa” (dedicado a la novela y los novelistas post-cortazarianos); y “Pensamiento” (la más breve, sobre poética, política, ideología). En su artículo “Panorama de la crítica,” la compiladora hace una reseña de tendencias y críticos, señalando hitos de esta “irrupción de la crítica” que estaría caracterizada por su capacidad de ruptura, su voluntad de cuestionamiento, y por algunos títulos epocales que dan cuenta del “trabajo crítico,” de una escritura nueva, propiamente crítica.
El caracter introductorio de este volúmen es, probablemente, su mejor contribución al debate. Dado a recontar la memoria de la actualidad, es inevitable que adquiera un valor de propuesta a ser revisada, discutida y, a veces, compartida. En ese sentido, es un tomo que no pretende establecer un panteón sino convocar unos nudos de articulación. Dado su caracter interpretativo, asume la relatividad del juicio, y adelanta la posibilidad de que la comunidad crítica nacional pueda también forjar acuerdos, formalizar la memoria, acordar el presente. Varios de los ensayos son, además, no sólo recuentos sino propuestas de relectura activa, incluso tomas de posición.
El ensayo de Julio Schvartzman sobre la crítica de David Viñas es uno de los mejores del tomo, y quizá el más típico de una lectura melancólica. Se podría decir que Viñas es un notable novelista que practicó la crítica casi como un abuso de confianza. Escribió con pasión, arbitrariedad, brío y enjundia. Seguidor casual de la sociología literaria francesa, algunos de sus ensayos son arrebatos interpretativos de poderosa intuición y a la vez de lectura metódica. Otros, como el dedicado a Cortázar, son de cierta intolerancia y violencia interior. Schvartzman logra la proeza de asumirlo en serio en toda esa vehemencia, y hasta interpreta sus muchos epígrafes, además de sus revaloraciones y reediciones revisadas, donde suprime y añade sin dar explicaciones. Y lo hace no sin irónica complicidad con el lector enterado. Esa relación excesiva con el contemporáneo nacional, es un buen ejemplo de la pregunta latente en este ensayo: ¿qué hacer con la bizarrería crítica nacional? ¿Cómo superar las coordenadas constrictivas de la “literatura nacional,” que prodiga obligaciones y paciencias? El crítico llama a su ensayo “David Viñas: La crítica como epopeya.” Uno quiere creer que ese título está aliviado por la ironía. Muchas veces nuestros grandes polemistas han hecho un ring de la literatura.
Otros ensayos de agudeza crítica son los de Daniel García Helder sobre “Poéticas de la voz,” que tiene la virtud de recuperar el gesto coloquialista de César Fernández Moreno y la noble exploración de Francisco Urondo como dos modelos liminares; el de Carlos Dámaso Martínez, sobre literatura y cine, que plantea una lectura dinámica y fecunda; y el de María Eugenia Mudrovcic, sobre la excelente revista “Primera Plana,” una tribuna sintomática, que ella encuentra tributaria gozosa de su tiempo.
No tendría mucho sentido, en un tomo de balance e interpretación, demandarle a la coordinadora por las ausencias, ya que no se trata aquí de la autoridad sancionadora del crítico formal y metódico sino de la mutua relatividad del juicio, que es la apuesta del recuento y del ensayismo. Pero, en esa misma dimensión estadística y aun en esa escala de la encuesta, sí es preciso advertir la ausencia de la crítica de Julio Cortázar, cuya estirpe surrealista, regusto vanguardista y calidad poética merecerían atención. Sorprende, así mismo, que haya una sola referencia a los ensayos innovadores y libérrimos de Héctor Libertella, con mucho el ensayista literario más interesante de este período. Su ausencia inquieta la monumentalidad del tomo, ya que la agudeza de Libertella es, justamente, la escritura crítica; y no en vano su trabajo acompaña el movimiento innovador adelantado por Lamborghini, Perlongher y Arturo Carrera. Y aun cuando el gesto radical de Libertella podría muy bien exceder a un proyecto finalmente académico, se entiende menos, en cambio, que dos críticos tan valiosas como Silvia Molloy y Josefina Ludmer no tengan casi ninguna relevancia en esta historia crítica, que ellas han contribuído como pocos a renovar. Los libros de Ludmer El género gauchesco. Un tratado sobre la patria y El cuerpo del delito. Un manual son fundamentales para leer el escenario analítico de la escritura argentina como una textualidad nacional y supranacional, como modelos de pensar la crítica misma.
Quizás estas omisiones sean inevitables en libros que asumen lo nacional como una frontera interior y no como una construcción imaginaria que se podria leer al revés y al derecho, dentro y fuera, en las alegorías de la lectura que disciernen nuestras realidades incólumes en escritura desencadenante, abierta y subvertora. Sin embargo, esas fronteras interiores de la empiria nacional son más melancólicas cuando confirman la normatividad inculcada como natural. Me refiero a la verdadera ausencia lamentable en este tomo: la escritura de la mujer, las voces del principio de lo femenino, la parte de esa experiencia configuradora y, a veces, profundamente crítica. Salvo tres páginas dedicadas a Alejandra Pizarnik, no hay otra poeta o narradora o autora de teatro convocada al balance de la poesía, la novela y el teatro del período.
Por lo demás, luego de sobrellevar este tomo, uno se pregunta que quizá su mejor desafío es la necesidad que tiene de ser contestado. Leyendo a los críticos más jóvenes, uno sospecha que el monólogo nacional y la autoridad académica que lo sostiene, no es el límite de sus lenguajes. Y, por ello, tal vez habría otro planteamiento dialógico y rupturista que ensayar en una empresa como ésta: la de una literatura nacional estudiada dentro de las literaturas no-nacionales (formaciones modernas y contemporáneas), allí donde lo nacional no es una biblioteca autoritaria y doméstica sino un cruce de caminos abierto, un espacio tan imaginario como raigal. Sobre todo tratándose de un país tan imaginario como Argentina, tantas veces fundado y reescrito, interpretado y refutado, inventado y extraviado. Borges pensó que el mundo podía ser una lectura argentina; esto es, una libertad relativizadora y crítica, capaz de desmontar el Museo y el Archivo, y de apropiarse de cualquier tradición. Quizá ese proyecto suyo fue otra salida para reescribir el lugar excesivo de la tinta, cuyo nombre no es posible dejar de recordar

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Adiós a Jack Hawkes

Posted by jortega@brown.edu on February 14, 2006

(El novelista norteamericano John Hawkes murió el 15 de mayo de 1998, en Providence, Rhode Island, a los 72 años. Varias de sus novelas están traducidas al español. Fue profesor de Brown University).
John Hawkes (1925-1998) se encontraba escribiendo su “novela mexicana,” acerca de una monja muy joven que confronta la violencia que la rodea, cuando sus médicos decidieron operarlo. No había avanzado mucho pero creía haber encontrado los nombres de los personajes y lugares asi como la entonación del relato. Hace poco, en Nueva York, se levantó animado por una lucidez urgida y escribió, como si la muchacha mexicana se las dictara, seis páginas de un tirón (“para mí seis páginas son muchas,” me dijo). Fue un artista solitario, dado al asombro de los sentidos y las promesas del sueño. No debería extrañarme que, en el hospital, no despertara.
Más para ambientarse que para documentarse, había leído la reciente y voluminosa historia de México de Hugh Thomas. Y, ante mi escepticismo, las laboriosas especulaciones de D. H. Lawrence en La serpiente emplumada. Le pasé un tomo sobre la vida de monjas en la colonia, pero él no buscaba reproducir lo real sino crearlo. Por eso, se alarmó cuando le conté que en Del amor y otros demonios García Márquez había escrito una historia paralela, y preferió no leerla para dejarse la libertad de coincidir sin pena. Jack y Sophie, su mujer de cincuenta años, a la que ha dedicado todos sus libros, decidieron, en cambio, leer en voz alta Cien años de soledad. Pero Jack se conmovió tanto con la figura desolada de José Arcadio Buendía, solo y amarrado a un árbol, que no pudo seguir. Habían ellos leído, en voz alta y con exaltación, El amor en los tiempos del cólera, que Jack consideraba una de las mayores novelas modernas.
Admiraba también El obsceno pájaro de la noche de José Donoso, por quien adquirió un afecto instantáneo. La noche en que llevé a Donoso a casa de Robert Coover, mientras éste nos mostraba su formidable cava, los otros dos secreteaban con un fervor juvenil. Habían, coincidido en la lista de sus males, reales e imaginarios, y eso los entusiasmó. Ambos se contemplaban felices en la hipocondría mutua. “Hasta nos parecemos en que somos sordos,” me dijo Pepe. Por eso, cuando en una de nuestras comidas mensuales, tuve que contarle que Pepe había muerto, no me sorprendió que una lágrima inmediata corriese por su mejilla. Aunque recluso y huidizo, Jack era de un refinamiento emotivo extraordinario.
Se había retirado hace más de diez años de Brown University, pero en los últimos años se interesó vivamente por algunas de las actividades a mi cuenta en Brown. Asistió a toda la Semana de la Lengua Española el año pasado, con Juan Goytisolo, Julián Ríos y Carlos Fuentes, porque se sentía de la misma familia y creía que el futuro de los Estados Unidos sería mejor gracias al español. Jack encontró en Carlos Fuentes el anuncio de ese espacio compartible. Para sorpresa de mis colegas, recobró gracias a la literatura latinoamericana un diálogo que frecuentaba muy poco en su propia literatura. Sus compañeros de aventura literaria más próximos eran Robert Coover, también profesor en Brown, John Barth y William Gaddis. Pero aunque no hablaba español, conocía bien a los autores y textos que le interesaban más. En primer lugar, la picaresca española; su novela favorita era El Buscón, cuyas historias saboreaba. Creía él que en su propia narrativa la impronta de la picaresca era una nostalgia del relato.
Varias veces me dijo que le gustaría ser un profesor adjunto (y sin sueldo) en mi departamento, solamente porque era su espacio preferido en Brown. Y que, si tuviese que dictar clases, podríamos los dos organizar un seminario conversado sobre la picaresca española. Jack había sido un gran maestro de “Creative Writing” de Brown, cuando ese programa era considerado uno de los mejores del país, gracias a Hawkes, Bob Coover y Edmund White. Para mí, él era uno de los mejores escritores de la lengua inglesa; no sólo para mí, claro, pero yo tuve el privilegio de comprobarlo una y otra vez gracias a su sabiduría sutil, su gusto literario recóndito, y su prosa sensorial y fluída, cuya elegancia y colorido eran ya de cualquier idioma.
Algunas veces he tenido que acompañarlo en sus obsesiones, laboriosas aunque divertidas. Debido a su “novela mexicana,” se le ocurrió que debería ser capaz de pronunciar bien los nombres aztecas, y tuve que tomarle esa lección imposible. Luego, decidió que debería adquirir el sabor de las cosas mexicanas, y pronto nos dimos a explorar los márgenes de Providence en pos de un improbable restaurante donde pudiese adquirir una mejor idea del sabor. Un taxista nos internó una vez en las afueras para dejarnos en lo que resultó ser una taberna dominicana. En un “Tex-Mex,” Jack me preguntó seriamente si la comida picante nos situaba ya cerca de México. Apenas en Arizona, le dije. Pero donde “Pepe” por fin dimos cuenta de unas carnitas mexicanas que llevaron a Jack al centro de su relato.
Nunca un invitado mío a un coloquio me llamó tantas veces para acordar su participación de diez minutos. Se obsesionaba con los detalles a tal punto que, en otro momento, preparó con la misma prolijidad su no asistencia. Pero esta vez se trababa de una jornada dedicada a la traducción, en homenaje a Gregory Rabassa, y estaría además María Lozano, la nueva directora del Instituto Cervantes de Nueva York, que acababa de traducir una novela suya para Alfaguara. Aunque el homenajeado era Rabassa, y Fuentes estaría a cargo del discurso central, Jack, que empezó asegurando que nada podía decir, terminó robándose el día. Tenía él que leer en inglés unas páginas de Travesti, que se leerían luego en español de la traducción que hacía Juan García Ponce; al final, debía añadir unos comentarios. Pero apenas al comenzar quizo definir su novela y no daba con la palabra exacta. “¡Estoy perdiendo el inglés, se excusó, porque no hablo español!”
De vuelta de una visita al hospital, me dijo que había tenido que considerar no sólo el desenlace de la muerte sino algo más terrible, la necesidad de una religión desde donde pensar a Dios. Característicamente, se armó de libros y empezó a estudiar la historia y naturaleza de cada religión para encontrar, me explicó, una que él pudiese no solamente asumir sino practicar. Fue desechándolas una tras otra, hasta que no le quedó sino el catolicismo. Estaba fascinado por la figura de la Virgen María, el poder de la fe y el ritual suntuoso. Temí que tendría que acompañarlo a misa, pero felizmente al poco renunció al catolicismo porque, me advirtió, él sólo podría ser un católico rebelde y levantarse contra la curia para demandar la equidad de la mujer en la norma vaticana.
Hace poco, le conté que Guy Davenport me había dicho que quizá ya no valía la pena publicar en un país donde la literatura carecía casi totalmente de atención. Jack, conmovido por esa afirmación, respondió que aun si nadie comentaba sus libros, él creía en seguir publicando porque siempre había, aun en los Estados Unidos de hoy, la posibilidad de un lector capaz de hacer las diferencias. No era una respuesta voluntarista sino, todo lo contrario, una apuesta melancólica. Porque, en efecto, los libros de Hawkes no reciben la atención crítica que merecen, como tampoco los de Davenport. Era una lección extraordinaria, para mí, compartir con estos dos escritores norteamericanos la marginalidad del más noble arte de la ficción en un país ocupado por la mala literatura.
Me había tocado este papel casual de testigo seguramente porque la literatura latinoamericana, en cambio, favorecía un espacio de reconocimiento alterno, donde era posible restitutir, incluso desde el idioma inglés, la medida de una demanda radical. En español, quiero decir, parecía aún tener sentido el desafío de lo que se ama y permanece, frente a la mediocridad y el exitismo. Aunque nunca lo analizamos, Jack Hawkes había encontrado, en un idioma que no hablaba y en una literatura que sólo podía leer traducida, la promesa de sus propios libros; esto es, la noción de que la literatura puede ser una certidumbre superior a nosotros mismos.
Sus dos últimas novelas, The Frog y An Irish Eye habían sido reseñadas por el New York Times Review of Books en mínimo espacio. Peor aún, su novela Sweet William, un tour de force en que un caballo narra su vida en primera persona, fue dada a reseñar por el Times a un entrenador de caballos de carreras. Para colmo, la película que se filmó el año pasado en Cuernavaca (su primer y único viaje a México) sobre su espléndida novela The Blood Oranges, no entrará al circuito de distribución porque no logró seguridad comercial. Jack comentaba estos fracasos con resignación, como otra prueba de la soledad de su arte, que seguía explorando el encuentro con el lector.
Pero quizá su postergación literaria (aunque le edita Viking Press, es leído siempre en serio, y se le traduce bien) no tiene que ver meramente con las modas, ni siquiera con la noción de que Hawkes es un narrador “postmodernista,” supuestamente con más regusto por el lenguaje que por la historia. Ocurre que Hawkes es asumido como el más internacional de los novelistas norteamericanos, asi como Guy Davenport como el más “continental” de los narradores. Aun si esos lugares comunes no dicen mucho, fijan al escritor en un nicho marginal. Las novelas de Hawkes están situadas en el sur de Francia, en Inglaterra, en Italia, en Irlanda; y la historia misma está hecha fuera de la topología característica de la novela estadounidense, cuya tradición naturalista está identificada con representaciones de locación inmediata. Estas novelas son, por lo tanto, percibidas como artísticas, enigmáticas, quizá algo exóticas, y más dedicadas a explorar la imaginación que la vida cotidiana de la clase media. Y sin embargo, cada vez que alguien abre un libro de John Hawkes no puede dejar de reconocer esa distintiva alegría creadora de una escritura que se deleita en la inteligencia mutua del lenguaje.

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Juan Goytisolo y la épica(resca) de la sexualidad española

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

Carajicomedia, de Fray Bugeo Montesino y otros pájaros de vario plumaje y pluma (Barcelona, Seix Barral) culmina la Comedia de la sexualidad española, que Juan Goytisolo ha venido construyendo al modo de un peregrinaje entre tránsitos infernales, estaciones de purgar y paraísos de transgresión. Esa saga antiautoritaria, epopeya contracultural y sátira jocosa incluye la autobiografía (donde la memoria censurada hace crisis), la fábula del Eros místico (que revela la escala musulmana del éxtasis castellano), la parábola fúnebre de la plaga finisecular (que asume los límites de la subversión sexual), y, en fin, la biografía española como culpa y expiación (que muestra la vena satírica de este peregrinaje). En Los reinos de Taifa , Las virtudes del pájaro solitario , La cuarentena y Las semanas del jardín se levanta una de las más serias e inquietantes versiones de la subjetividad española, su relato conflictivo y polémico, cuya ruta de revelación es la sexualidad. Como para cerrar el ciclo con una parodia de su propia saga, Goytisolo nos entrega ahora una “carajicomedia,” esto es, la inversión picaresca de la épica peregrina. Esta suerte de épica-resca, por eso, lleva todo el humor pasional del moralista y toda la irreverencia razonada del inmoralista.

De los últimos libros de Goytisolo éste es, probablemente, el más feroz pero también el más ameno. Logra, por fin, hacer cuajar su proyecto literario (gracias a la parodia de su propio sistema), su hipótesis de subversiones (gracias a la lección de Sade, que supone la mecánica del placer erótico como un inventario puntual), y su crítica de la tradición represiva (gracias a la libertad de su escándalo fecundo). Esa concidencia feliz de relato y juego, de sátira y fábula, de fuentes literarias excesivas y excesos del deseo, confiere a la novela su fresca licencia inventiva.

Se trata de las aventuras eróticas de Fray Bugeo, que se recuentan con prolijidad descarnada, y cuyo signo homosexual es tan gozoso como irreverente. No sin ironía, el curita ejercita sus inclinaciones a nombre de la Obra, en gracia divina, con favor eclesiástico, y entre erectos santos argelinos. Y no sin autoironía, este cruzado clandestino compite con un novelista llamado Juan, otra máscara del autor, desenmascarado una y otra vez por las tentaciones de su juego. La novela, así, incluye varias novelas, como el autor implica varios otros autores. Pero el juego es aquí más fluído que literario, menos formal y más compartido. Pronto, la novela declara el sentido de la “Carajicomedia” que incluye: “Una historia de la sexualidad a la luz de la doctrina católica por medio de un viaje por la lengua castellana desde la Edad Media hasta hoy. Quería transcribir sus experiencias de ligón en el lenguaje eclesiástico…a fin de parodiarlo desde dentro..” (20). Lo cual declara el programa mayor: reecribir la tradición desde su propio proyecto. Pero si ello es evidente, más interesante es la otra novela interpolada en dirección contraria: la del esperpento, donde se funden la casa de la madre Celestina y el burdel donde los pobres inmigrantes venden su sexo, la glosa sacra y la lengua franca uranista, el improbable clérigo que recorre cuatro siglos de historia sexual española y el probable novelista que construye, con su abyecto alter ego, una subversión tan cómica como audaz, tan divertida como feroz.

La mejor ironía está en que este fraile trotaburdeles es un mediano escritor, un mero producto de la literatura y la mala memoria, pero al mismo tiempo un ubicuo personaje literario, incapaz de sentido crítico pero capaz de la mayor actualidad, entre el neo-liberalismo y la vitrina de las novedades. Es un héroe del mercado, el global y el de pulgas. Está dedicado a adorar la “vara de apóstol”, el “sancta santorum” , el “bastón de mando” de su “relación piadosa”, comprobando, “como el apóstol Tomás, la tangibilidad del milagro.” Se dice rodeado “de la santidad,” la cofradía peregrina, dedicada al “martirio glorioso, imitación de Cristo.” Entre sus “catecúmenos” encuentra a Jaime Gil de Biedma, Severo Sarduy, Manuel Puig y Reinaldo Arenas, grandes escritores uranistas, que aquí concurren recobrados por el humor festivo de un relato carnavalesco.

No olvida la novela, sin embargo, que ellos perecieron en el horror de la plaga, “el monstruo de las dos sílabas”, como llama al Sida. Si Baudrillard fue capaz de creer (en su Cool Memories ) que Michel Foucault había perdido su sistema inmunológico luego de perder su sistema filosófico; Goytisolo, en cambio, cree que estos escritores son una familia vulnerable que la lectura libera de agonía.

El espléndido capítulo sobre las transfiguraciones del fraile es un recorrido miscelánico por la tradición literaria española, donde el cánon es reanimado por otra junta de sombras: Celestina, la Lozana, San Juan de la Cruz, Guzmán de Alfarache, Villamediana y Góngora. Pero tambien Tristan Shandy, Blas Cubas y Cristóbal Nonato, tan novelescos como Menéndez Pelayo y Blanco White, que en otro diálogo de reparaciones, reescriben la prosa de la melancolía española, aquella que doblegó al mismo Don Quijote. En la tradición cervantina de imaginar este mundo como otro, menos incólume y más legible, esta novela encuentra su mejor aliento, su brío y desafío.

¿Cómo situar la originalidad de ese desafío? Por lo pronto, Goytisolo explora un tema que ya no tiene la validación y vehemecia de hace veinte años. La larga demanda de derechos de la minoría homosexual continúa renovándose, pero la retórica académica ha agotado su propuesta (sus militantes se hicieron burócratas del tema; sus profesores, obtenida la permanencia, pasaron a administrarlo); tanto como el feminismo clásico se hizo sentimental y vió extenuarse su repertorio aislasionista, hoy que se entiende mejor a la mujer en su interacción con el hombre. Hasta la historia cultural de la sexualidad avanzada por Foucault ha recaído en el lugar común del malentendido.

Más creativa es hoy la utopía de lo femenino, construída con humor funambulesco por Pedro Almodóvar, cuya última película (“Todo sobre mi madre”) prescinde del sujeto masculino, al que convierte en el pretexto que tiene una mujer para perpetuarse en otra. Y donde hasta el padfre es un travesti y el niño el primer habitante del país materno. Frente a esa nostalgia melancólica y celebratoria, el mundo sexual de Goytisolo es, más bien, una transgresión masculina: su relato no es el de la feminidad sino el de la pansexualidad. En la topología del Eros hispánico, Almodóvar viste y reviste la sexualidad como género, mientras que Goytisolo la desnuda como acto. Su originalidad es una pregunta por su origen: por el relato de una sexualidad sin trauma .

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La utopía femenina

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

“Todo sobre mi madre” revela mejor que ninguna otra película suya el proyecto artístico de Pedro Almodóvar: la construcción de una utopía de la feminidad.

Si su cine se puede entender como el festivo e irónico intento de representar a la mujer como un enigma tan irresoluble como asombroso, su última película, en cambio, es un proyecto más serio por convertir este mundo en otro, materno y emotivo, sentimental y solidario. Esa utopía está construída por la nostalgia de lo femenino, que es una fuerza vivencial y entrañable, capaz de dar de beber al sediento y posada al peregrino.

Almodóvar debe haber ido contaminando la realidad con sus fabulaciones estrafalarias, vidas marginales, violencia emocional y penas de amor posmoderno. Su estilo se remonta al vodevil, el folletín, la música popular; pero también está hecho en la vida urbana de estos tiempos españoles, donde nadie es imposible y cualquiera es el héroe de su biografía. Viene del linaje de Fellini aunque su arte es más cotidiano, más inclusivo. Por eso, su estilo está hecho en el espectáculo: hay chicas almodóvar como hay vestidos almodovarianos y hasta situaciones de humor almodovarista. Debe haber filmado la Comedia erótica de entresiglos, ese arte de amar apasionado y arbitrario. Tiene el ritmo casual y vehemente de la urbanidad variopinta de nuestras ciudades, donde cualquiera puede ser actor extravagante de su vida rebovinada.

Pero en “Todo sobre mi madre” Almodóvar demostró que es un artista de ambición cervantina: abandonó su estilo y salió a rehacer el mundo. La nostalgia de lo femenino se convirtió en la utopía de la feminidad; esto es, en un mundo alternativo, donde cada quien desea ser otro, pero donde todos buscan descubrirse en la emotividad, los valores y las alianzas de la mujer. El hijo muere en el culto de la mujer arquetípica, la gran actriz: su sacrificio a nombre del gran teatro del mundo femenino transforma a su madre, que sale, quijotescamente, de Madrid materna hacia Barcelona paterna. Va en busca del padre del hijo sacrificado, sólo que este padre no es hombre ni mujer: es un travesti, o sea, un militante de la nostalgia. La amiga, la Agrado, representa a otro travestido, pero se trata de una actriz que hace de hombre disfrazado de mujer. El anciano padre sin memoria es el último ejemplar masculino en este mundo femenino, donde los hombres parecen ser el pretexto que tiene una mujer para convertirse en otra. Hasta la pareja de actrices son pareja lesbiana. Y el niño que nace contaminado de Sida anuncia su futuro cuando en brazos de su padre (el mismo travesti) lanza su primer grito de protesta contra la paternidad. En todo caso, se anuncia al final la cura del Sida. No en vano estamos en la Ciudad de la Mujer.

Utopía significa “no hay tal lugar,” pero la Ciudad de Almodóvar subyace a la vida cotidiana como el proyecto radical de una comunicación humanizada por la omniprescencia materna. Ese eros religador da cuenta también del juego y la pasión de imaginar una comunidad libre de sanción y condena.

Por una vez el Oscar (ya almodovareño) afirma esa libertad.

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La hora del relevo

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

La 116 convención anual de la Asociación de Lenguas Modernas (MLA) se clausuró (30-12-2000) en Washington bajo el imperativo más moderno de todos: el del relevo. En los primeros años de este nuevo milenio, la mitad de los profesores de español en los Estados Unidos pasará a retiro y, como siempre, será la hora de los más jóvenes. En estos días de invierno bajo cero grados, los fastos del milenio parecían más de clausura que de recomienzos. A pesar de que la universitaria es una profesión con escasa vocación de retiro, y de que no hay en esta academia una edad límite para retirarse, los cientos de profesores participantes adquirían la identidad de su plazo. Algunos se multiplican en las sesiones, otros fatigan los comités, pero ante los miles de nuevos candidatos a los puestos abiertos los plazos se aceleran.

Presentado por la presidenta de la Asociación, Linda Hutcheon, bajo el lema “Plus ca change plus c´est la meme chose,” la revista del MLA dedicó su primer número del milenio a su propio pasado. Pero hasta el lugar común institucional (continuidad y cambio) anuncia que esta es una profesión beneficiada por el relevo. Aunque este número de una revista muchas veces ilegible sea un mausoleo, la historia del MLA, que empieza en 1883, adquiere nuevo sentido en un artículo de James Fernández sobre los orígenes del estudio de la lengua española en los Estados Unidos. En efecto, esos estudios están “inextricablemente ligados a los procesos geopolíticos y demográficos del hemisferio americano.” Lo mismo se puede decir de la actual hegemonía del inglés, si bien es posible que en este milenio los relevos incluyan el español en las publicaciones del MLA.

La presidenta comenta que el “español es hoy día a la vez europeo y americano,” cosa que siempre ha sido. Podría haber dicho mejor, después de leer al hispanista Fernández: que el español es hoy de Europa y de las Américas.

De cualquier modo, el futuro (ese deporte estadounidense) ya está aquí para hacerse del nuevo milenio. Después de desembarcar en Washington y comprobar que en esta capital gris todo mundo habla un español colorido, los jóvenes candidatos se someten al ritual de las entrevistas en que tres transitivos profesores los sopesan en la ley de la oferta y la demanda. Tienen que demostrar amor por la enseñanza, vocación de investigadores, y resignación con el servicio. El servicio es la obligación de participar en comités y en la administración, una tarea menor pero fatal a la que, usualmente, se destina a los colegas que no escriben o se repiten sin éxito. Con todo, el relevo se ha venido convirtiendo en un drama laboral en esta profesión, y la lógica del mercado consagrada por el MLA alcanza también al español. En primer lugar, bajo el actual paradigma de la corporación, que ha convertido a los estudiantes en “clientes” (a algunos en “clientes especiales”), los departamentos deben su existencia a la rapidez con que sus alumnos se doctoran y consiguen un puesto. Dada la demanda por profesores de lengua española y literaturas hispánicas, la carrera se ha acelerado. Una consecuencia es que la investigación tiende a prescindir del archivo y del trabajo de campo, y a valorar las tendencias de la hora como bienes de la oferta. Algunos especialistas en España o en América Latina nunca han trabajado en sus bibliotecas, les ha bastado con navegarlas en la Red. Pero, en segundo lugar, los administradores están cancelando los programas de doctorado que no tienen éxito en el mercado. Se escucha de estas cancelaciones como partes de una batalla perdida: cerraron Lingüística, cayó Antropología, cancelaron Literatura Alemana, Eslávica, Italiana…De hecho, sólo los de Español tienen argumentos para contar con más estudiantes y nuevos profesores.

Mayores dilemas enfrenta el relevo cuando se trata de sustituir a la promoción que se retira. Últimamente, los administradores prefieren que un puesto de catedrático se reduzca a uno de principiante. Y quizá debido a que una o dos promociones intermedias de egresados nunca visitaron los fondos de manuscritos de la Biblioteca Nacional ni el Archivo de Sevilla, y mucho menos los archivos eclesiásticos mexicanos o andinos, el relevo ha declinado en calidad. ¿Cómo reemplazar, por ejemplo, a mi colega Enrique Pupo-Walker, que se pasó la vida entre los archivos y las tertulias, antes de editar para siempre a los cronistas de la Utopía franciscana? Claro que estas promociones intermedias tienen sus propias virtudes, y no todos son meros militantes. Quizá no sea casual que en esta convención se haya advertido una cierta tendencia al análisis productivo, que no quiere ser sólo positivista o relativista, y que busca la actualidad del pasado, su operatividad presente. Se advierte ello en las sesiones sobre el siglo XIX latinoamericano, dedicadas a formalizar un área en la que se había perpetuado los antagonismos de ciudad/campo, civilización/barbarie, Bello/Sarmiento… Mi joven colega Chris Conway, por ejemplo, se dedica a Bolívar pero no al histórico sino al actual, multiplicado en las plazas de Venezuela y las novelas acerca de los “ídolos rotos” del cuerpo alegórico nacional. María Fernanda Lander, al Manual de Carreño y su influencia en la novela decimonónica como programa de ciudadanía. Elena del Río Parra, a la estética barroca de lo deforme y monstruoso que desde el XVII español cuestiona las normas de representación dominante. En la novela española del XIX el Género fue revisitado pero esta vez, juiciosamente, junto a la Clase. Todo lo cual demuestra que la literatura no se lee mejor sola pero tampoco sin ella.

El hispanismo vive ahora la necesidad de renovar sus métodos, recuperar su rigor, asumir el reto del mundo hispánico presente, y hacerse cargo de la nueva ciudadanía cultural de un español pan-hispánico y tras-atlántico. Los más jóvenes, que abandonan Washington hartos del ritual del pasado, responderán por la posta.

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Magias parciales del suplemento literario

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

El historiador Benedict Anderson ha observado que cuando dos hombres leen el diario presuponen una tácita realidad imaginaria; esa referencia común lleva el nombre de nación. El diario que compartimos es una prueba de la existencia de la nacionalidad.

Pero si lo que leemos fuesen suplementos literarios, estaríamos afirmando nuestra identidad en la literatura, una república libre de las obligaciones nacionales y, además, de las autoridades de turno. Después de todo, la literaria es la única república donde no hay policías.

El suplemento literario que elegimos nos sitúa en el horizonte del porvenir. Porque uno no lee suplementos para confirmar sus mejores lecturas pasadas sino para entender mejor su propio lugar en la lectura abierta del presente. Leemos, se diría, ese ligero adelanto del tiempo escrito que cada semana nos provee de primicias y promesas.

Por lo mismo, al considerar nuestro paso entre los suplementos comprobamos que su historia es un ensayo por configurar el carácter del presente y disputar, así, el sentido de la lectura, de su escenario siempre haciéndose. Se ha hecho varias veces la historia de las revistas literarias, y hoy mismo una rama de la sociología de la literatura considera que las revistas son el espacio intelectual donde se disputan la jerarquía de los cánones, los roles del escritor y las funciones literarias. La profesora María Luz Carranza desde la Universidad de Lovaina dirige un alerta pelotón de estudiantes que viajan por América Latina escribiendo sus tesis sobre las ideas estéticas y políticas que se gestan en esas revistas. No pocas de esas revistas presumen ser la tribuna y el tribunal de su época. En algunas épocas privilegiadas, las revistas son parte de la biografía literaria de sus protagonistas, que se convierten en una suerte de héroes culturales de la modernidad, como es el caso de Victoria Ocampo y Sur, en Buenos Aires, de José Lezama Lima y Orígenes en La Habana, de Xavier Villaurrutia y El Hijo Pródigo en México, de Emilio Adolfo Westphalen y Las Moradas en Lima. Esas grandes revistas le dieron horizonte al período crucial de los años 40, donde se generó la innovación más fecunda de la literatura latinoamericana.

Pero si las revistas se deciden en la historia de las innovaciones y están poseídas por el carácter fundador de sus empresas (desde Amauta de José Carlos Mariátegui hasta Plural de Octavio Paz), los suplementos literarios están apremiados por su conciencia efímera, y su importancia se decide en las pruebas del porvenir. Más que a la historia de la literatura pertenecen a la memoria del periodismo cultural, o sea al cambiante espacio público del multisistema literario. En los mejores casos, pertenecen a la vida cultural entendida como forma cotidiana de ofertas y opciones en el ámbito del gusto y el consumo cultural. Son muchas veces parte del periódico de ayer, cuyo lenguaje informativo se consuma en un día. Documento auxiliar, son la pre-historia de un momento literario o la proto-historia de un autor. Pero en otras ocasiones, esa misma precariedad transparenta en estas hojas el valor distintivo de su delgado testimonio, la temperatura de una polémica, la huella de un viento de vanguardia, los borradores de un relato canónico… Ese tránsito de lo fugaz confiere a los mejores suplementos literarios el brío de su tiempo, sin origen ni término, puro transcurrir que reverbera casi casual.

Para liberar a los suplementos literarios del gravamen del periodismo que los suplementa, y para precisar mejor su función independiente, conviene concebirlos como un género del discurso literario, promediando entre las voces de la actualidad cultural y el debate de valores y tendencias en proceso. Ese discurso de los suplementos formaría parte de la literatura misma, como uno de sus micro-relatos, hecho de la materia procesal con que se manifiesta lo nuevo entre opciones en disputa. El campo de los suplementos estaría jerarquizado por la fuerza de su tránsito, la pertinencia de sus planteamientos, el juicio de sus contextos y la galería de sus relatos. Más que museo son un bazar de textos, gabinete de curiosidades transitivas. Los mejores suplementos son siempre aquellos que, libres de agendas y dictámenes, suplementan un espacio siempre virtual.

Jacques Derrida en su teoría sobre la idea y función del suplemento, especuló que estamos ante un texto peculiar que revela la naturaleza siempre incompleta del corpus al que se añade. Los tomos suplementarios de la Enciclopedia, por ejemplo, prueban que ese corpus requiere del suplemento anual para ser, para seguir siendo, incompleto. Si no hubiesen más tomos añadidos, la Obra estaría fatalmente acabada, terminada. También la literatura tiene en los suplementos literarios su horizonte de virtualidad, la potencialidad de exceder cada acto y objeto de escritura en un campo siempre inagotable. La lectura de estos suplementos es, en verdad, una metalectura. En ellos leemos lo leído como si estuviese todo por leerse.

Pues bien, ¿qué funciones tienen hoy estas hojas efímeras, cuál es el relato que de nuestra propia fugacidad literaria se adelanta en ellas? Quizá detenernos en los suplementos que leemos semanalmente nos sirva para explorar estas y otras preguntas acerca de los modos actuales de vivir la literatura.

Probablemente el mejor periodismo cultural y literario se hace hoy día en Londres. En primer lugar, los ingleses han elaborado una sofisticada y compleja versión del periódico mismo. En pocas capitales uno tiene semejante oferta de grandes diarios compitiendo por nuestro tiempo a nombre de nuestro tiempo mismo. El viejo Le Monde, por ejemplo, se lee en el metro o en el café como un buen diario clásico, esto es, como una ventana privilegiada sobre el paisaje de la actualidad. Hasta su carácter gris le da un aire de rigor impecable, casi como la fotografía en blanco y negro de lo verídico.

El País de Madrid es seguramente el mejor diario en español de estos últimos veinte años, y su apelación a la credibilidad es paralela a la de Le Monde. También El País, aun cuando incluye el fútbol en su portada, quiere ser una radiografía veraz del día. No es diferente The New York Times, cuya vocación de veracidad le exime incluso del humor de las tiras cómicas y de la caricatura diaria. Está aquí en jugo el mayor valor del periodismo, su calidad de fuente de información autorizada. En cambio, la primera distinción de los diarios ingleses es su calidad instrumental: están hechos para ser útiles, incluso operativos, y buscan formar parte, por ello, de nuestra vida cotidiana. Pero, sobre todo, está el lenguaje. Es un inglés elocuente, inmediato y fluido, reverberante de inteligencia irónica, y situado en la intimidad de un diálogo.

Me llamó la atención el caso de los obituarios, que son una proeza literaria en estos periódicos. Se ha dicho que Bernard Shaw escribió sus obras de teatro para justificar los largos prólogos que las preceden. Se podría decir que los ingleses mueren para prolongar el panegírico ameno. Estos diarios encargan los obituarios con mucho tiempo por delante. De modo que uno puede discutir con su personaje asignado un adjetivo de más o de menos. Están tan bien escritos que es fácil leer ávidamente los obituarios de gente desconocida. No importan los muertos, importa el ingenio que propician.

Estos diarios pertenecen a la cotidianidad inclusiva, lo que se hace también patente en una estrategia periodística clásica: citar siempre nuevos nombres. Cada nuevo nombre, había dicho el viejo Pulitzer, es un nuevo lector permanente. Los periódicos españoles, en cambio, han terminado imponiendo una moda limitada: citar casi siempre a las mismas fuentes de opinión, y multiplicar la presencia de las figuras de éxito. Esta versión mediática de la cultura es la que, hace poco, condenó con fervor Juan Goytisolo en El País.

Mi favorito es The Independent, cuya lectura diaria, el año que pasé en Cambridge, me era interrumpida por las clases. El suplemento de fin de semana dedicado a libros y artes es de los que se recortan y coleccionan, cosa que hoy ocurre con muy pocos diarios. El suplemento de libros del Times así como las reseñas del Guardian son también de ingenio placentero. Estos diarios han logrado incorporar personalidades del mundo académico a sus páginas, pero no como meros opinadores sino como fuentes de información y debate. En español, el periodismo no suele nutrirse de la investigación universitaria, y entre ambos no se ha tendido aún los puentes. Salvo algunos memorables momentos, no se suele entender al diario como herramienta de la vida intelectual. En algunas ciudades, la cultura ya no es parte de la vida cotidiana sino del tiempo libre, allí donde la subjetividad de los individuos es ocupada por la mercancía. Hasta el New York Times tiene en su sección de Artes noticias sobre cine, que en propiedad deberían estar en la sección de Negocios.

Por otro lado, algunos suplementos tienen un promedio de apelación precario porque sus buenos momentos duran poco debido a cambios de equipo, conflictos recónditos, y rutina. Casi todos los suplementos culturales mexicanos han pasado por varias manos, grupos, etapas, y persuasiones políticas. Y, con todo, hay varios grandes capítulos en la biografía mexicana del suplemento cultural, como los propiciados en primer término por Fernando Benítez. En cada país latinoamericano hay un momento de creatividad paralela.

Por contraste al caso inglés, en Estados Unidos es notable la escasa, si alguna, importancia de los suplementos culturales. El más conocido, The New York Times Book Review, es el menos interesante; tiene una rigidez provinciana y es incapaz de un acto de riesgo. Las literaturas extranjeras le son ajenas, quizá como acto reflejo de la actual marginación, en los Estados Unidos, de los libros traducidos. Ha sido tradicionalmente sordo a las letras latinoamericanas, y cuando elogia algo lo hace por las razones equívocas: exotismo, feminismo, política…Son clásicos sus despistes. Para reseñar una novela de John Hawkes hecha como el monólogo de un caballo, comisionaron a un entrenador de cuadra. En cambio, este suplemento tiene una buena práctica: se regala en las librerías unos días antes de que aparezca en el diario.

Son mejores los suplementos de libros de Los Angeles Times y el Washington Post. Traen más opinión, son más actuales, y se dejan leer como parte del paisaje cultural.

Es evidente que en este período de entresiglos los suplementos españoles han adquirido una importancia determinante. Antes del Internet, el poeta y gerente cultural César Antonio Molina dirigió el mejor, Culturas, ya desaparecido, en Diario 16. No se podrá estudiar el gran momento del diálogo español-latinoamericano sin repasar estas páginas donde coincidieron los mejores escritores de los años 80. José Miguel Ullán y Rafael Conte le dieron su nivel más alto a la crítica cultural en el suplemento de El País, Babelia. Son estos también los tiempos en que los suplementos españoles adquieren el hábito de comentar solamente los libros latinoamericanos que circulan en España, lo cual subraya su creciente dependencia al mercado editorial. También tiene momentos de excepción el Abc Cultural, suplemento del Abc, que mantuvo en medio de ese diario conservador y de aire anacrónico, una independencia y apertura poco comunes. Por lo demás, el periodismo literario actualizó la dimensión actual de estos suplementos, que no sólo cuidaban las efemérides (los centenarios son la mejor puntualidad española) y los tributos (cada gran escritor muerto ha merecido una contabilidad creciente de palabras), sino también las entrevistas, los escritores de paso, y los temas del debate en curso. Es así que el papel de las editoriales, las ferias, los premios y las agencias, adquirió importancia determinante. Los escritores eran antiguamente una tribu nomádica que se detenía a charlar de literatura; después, una horda determinada a ejercitar la vara de la política; ahora son un gremio obsesionado con las alzas y bajas de sus plumas.

Una consecuencia de la irrupción del periodismo en el suplemento cultural fue la urgencia impuesta a los colaboradores. Recuerdo el día en que César Antonio Molina me llamó desde Madrid, y me soltó la noticia:

– Acaba de morir Severo Sarduy…

No terminaba de reponerme, cuando César reclamaba:

– Necesito que escribas treinta líneas en una hora.

Y lo hice, sin una palabra de más o de menos.

Pero este aceleramiento de los tiempos hace que los libros duren unas semanas en la vitrina de las novedades, las revistas unos días en la barbería, y los suplementos menos de una hora en la lectura. Muchos de ellos se escriben demasiado a prisa, sobre todo las reseñas, que ya no dan cuenta de un libro sino de sus solapas. Si hasta el mismo director de la Biblioteca Nacional de España explica como “intertextualidad” el plagio que hizo de textos de historia en un libro suyo, quiere decir que la lectura se ha vuelto indistinta, y que en la pérdida de los significados cualquier texto equivale a otro.

Es notable observar que a diferencia de los suplementos ingleses, que practican la conciencia de su fugacidad con brío, los españoles se escriben, más bien, como actos de justicia duradera y a nombre de la trascendencia de la literatura. Una columna como “Clásicos del siglo XX que no se leerán en el XXI,” que The Independent consagró con buen humor a revisar la precariedad de la fama, sería imposible en un diario español. Cuando, por espíritu deportivo, convoqué a un grupo de colegas a elegir conmigo una lista de las mejores novelas españolas, desaté una pequeña tormenta de mal humor. Las listas que me llegaron eran del todo disímiles y opuestas, y pocos creían que una expresión del gusto pudiese ser otra cosa que disgusto. Yo pretendía lograr un consenso de diez novelas favoritas pero tuve que aceptar una lista de dieciséis. Me conmovió descubrir que muchos escritores españoles escriben para siempre, sin advertir que son, con suerte, la flor de un día. En cambio, en el mundo anglosajón la práctica especulativa de las listas de lo preferido, aun si es exagerada, sirve muchas veces para contradecir las listas del mercado. Esta guerra de listas, en todo caso, tiene algo en común, y es la conciencia de que el gusto artístico es fugaz; y que declaramos nuestras preferencias a sabiendas de que pronto serán sustituidas. Esa sensibilidad de lo perecedero le da al gusto su mejor diapasón, y a veces hasta su mayor bravado.

En México algunos escritores le han dado al suplemento cultural otra actualidad, la de la crítica. Es el caso de Fernando Benítez con México en la Cultura y de Carlos Monsiváis con La Cultura en México, dos voceros mayores de la madurez reflexiva de las letras mexicanas, marcadas por el antes y el después de la matanza de estudiantes en la plaza de Tlatelolco. De vocación latinoamericana fue la tarea convocatoria del ecuatoriano Miguel Donoso Pareja en el suplemento de El Día. Mientras que Huberto Batis, en Sábado del diario Unomásuno, fue capaz de habitar en el suplemento cultural, novelescamente. José de la Colina preservó un espacio de goce estético en el suplemento de Novedades. Roger Bartra y Juan Villoro hicieron coleccionables sus períodos de editores de La Jornada Semanal. Los ensayos renovadores del joven Carlos Fuentes, las crónicas de la ciudad como espectáculo que adelantó Carlos Monsiváis, los reportajes de la vida cotidiana heroica que levantó Elena Poniatowska, los inventarios de la lectura que practicó José Emilio Pacheco, se originaron en el marco distintivo del suplemento cultural, y son la mejor ilustración de su lenguaje dialógico y heterodoxo, hecho en la lectura de un tiempo actual y dirimente. La diferencia entre México y las otras capitales americanas es que cada sábado y domingo uno se desayuna con cinco o seis suplementos literarios como si la actualidad fuese un espacio compartido y, para bien de todos, renovado; y no siempre debido a la mera autoridad. Los suplementos mexicanos, en su mejor hora, han logrado comunicar la incertidumbre y promesa del hecho cultural, esa ruta azarosa hacia la ciudad literaria, allí donde una civilización de la letra es, a veces, entrevista.

En Buenos Aires los suplementos de La Prensa y La Nación son verdaderos iconos de las letras nacionales, mientras que las secciones culturales de Marcha, en Montevideo, han adquirido el valor de documentos de una época perdida. Si Uruguay se hubiese extraviado, se podría haberlo reconstruido a partir de Marcha. En cambio, en el suplemento de Clarín, la prensa argentina, que compite en intensidades, encuentra un espacio de agudeza crítica. En Chile, Carlos Olivarez le dio a Literatura y Libros, del desaparecido diario La Epoca, el valor de una puesta al día; ese suplemento se convirtió en el espacio de lo nuevo y los nuevos. La Revista de Libros de El Mercurio es un suplemento cultural de alerta actualidad y valor crítico; lo dirige Cecilia García-Huidobro, quien ha compilado las crónicas periodísticas de José Donoso y las entrevistas de Vicente Huidobro. En La Paz el poeta Jesús Urzagasti ha animado durante años el suplemento de Presencia, como una ventana a la plaza mayor latinoamericana, su cultura. El narrador peruano Alonso Cueto edita el Dominical de El Comercio, en Lima, un suplemento afincado en la actualidad pero también desenfadadamente literario. Más próximo a una revista literaria es Verbigracia, que sale los sábados en El Universal de Caracas, dirigido por la poeta Patricia Guzmán, quien ha logrado darle un carácter internacional a su antología de ofrendas y primicias. En Costa Rica el diario La Razón sostiene uno de los pocos vasos comunicantes de las letras centroamericanas. Y en Puerto Rico, en El Nuevo Día, Rafael Vega hace de Domingo una revista de vivacidad periodística. Estos y otros suplementos de largo trayecto, como El Papel Literario de El Nacional de Caracas o el semanal de libros de El Espectador de Bogotá, sostienen la circulación de lo actual, ese diálogo de diferencias. Aunque ningún suplemento es un mapa de su ciudad literaria, sí es una guía a su paisaje más actual.

Después del Internet, estos y otros suplementos se pueden leer en la computadora el mismo día de su publicación.

He aquí algunas direcciones electrónicas:

Clarín, Buenos Aires: clarín.com/suplementos/cultura

Revista de Libros, El Mercurio, Santiago de Chile: emol.com/diario_elmercurio/rev_libros_v/index.asp

ABC Cultural, ABC, Madrid: abc.es/cultural/

Verbigracia, El Universal, Caracas: noticias.eluniversal.com/verbigracia/

Babelia, El Pais, Madrid: elpais.es/babelia.html

Dominical, El Comercio, Lima: elcomercioperu.com/noticias/html/DominicalIndex.html

La pantalla del computador se ha convertido en una nueva plaza pública de la cultura. Allí los suplementos están encontrando una vida más breve pero también un diálogo más duradero.

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Para leer Cambio de piel

Posted by jortega@brown.edu on February 13, 2006

(Prólogo, Libros El Mundo, Madrid, 2001)

Carlos Fuentes (1928) es el narrador latinoamericano que más lejos ha llevado el arte de la novela como género y como interpretación de la vida contemporánea. Cambio de piel (1967) es, justamente, la mejor realización de sus exploraciones narrativas y de su versión de una modernidad tan rica como conflictiva. El lector tiene en sus manos un verdadero compendio del género: con destreza y hasta con deleite, Fuentes despliega su laberinto de voces, técnicas y recursos; esta novela está animada por la capacidad proteica de un género abierto y cambiante, y por la energía creativa de un escritor feraz, casi un prestidigitador de las formas, que deslumbra y encanta. Después de todo, Fuentes es el más cervantino de los novelistas hispanoamericanos; fiel a su modelo, hace que sus personajes provengan de distintas tradiciones, hablen diferentes lenguas, vivan quebrantos y sobresaltos, pierdan la razón en la aventura, y alimenten la ambición del lenguaje de dar forma el mundo. Pero, al mismo tiempo, ese despliegue formal sirve para representar el carácter dinámico y conflictivo de una modernidad trágica, marcada por el nazismo y el holocausto, por la violencia y la miseria. Hijo de la historia contemporánea, el hombre (pero, sobre todo, la pareja) se busca a sí mismo entre fantasmas del pasado, culpas del presente y promesas de renacimiento.

Cambio de piel corresponde a un momento privilegiado: los años 60 fueron de intenso desarrollo y progreso (esta novela es un catálogo de productos del mercado que inunda a la época) y también, irónicamente, de apasionado radicalismo. Se llamaba entonces “revolucionarios” a quienes después llamaríamos “progres.” América Latina, en el optimismo de su rápida modernización urbana y nuevas clases medias, vive con entusiasmo el repertorio de la liberación, tanto en las costumbres y el consumo como también en las ideas; y, ciertamente, la novela es el género de estas sumas de vitalidad, crítica y rebeldía. La novela es uno de los primeros discursos de comunicación internacional, casi un pasaporte de ciudadanía mundial. En esa dinámica es que aparece la llamada “nueva novela latinoamericana”, de la que Fuentes será uno de sus forjadores.

Por ello mismo, en un período de indagación y balances la novela se convierte en el lugar de un debate más grande: el de la identidad cultural, la memoria histórica y el sentido existencial. La novela tiene la pretensión de ser una visión totalizante del mundo: la representación de su tiempo, la interpretación del pasado, y hasta la puesta en duda del orden social. Pocas veces, la literatura se ha visto investida de tantos poderes. El novelestia se convirtió en ubicuo personaje público, en autoridad de la opinión indiscriminada, y hasta en juez capaz de dirimir la verdad de todos. Sin embargo, releída hoy, Cambio de piel nos revela los límites de ese optimismo encarnizado, incluso poniendo en duda su propia versión de los hechos. Siendo un narrador que no busca la verdad universal sino la versión poética del instante, Fuentes fue el primero en adelantar una novela que excede las convicciones de su época y que trae, a la nuestra, la renovada fuerza de sus preguntas por la certeza de nuestras lecturas, por los modos de representar el mundo y de celebrar el tiempo. Esta es una novela que apasionadamente nos interroga por el carácter provisorio de lo real en la suerte fugaz del presente.

La novela ocurre un Domingo de Ramos, el 11 de abril de 1965, en que dos parejas amigas (Javier y Elizabeth, Franz e Isabel) visitan el templo azteca de Cholula, que es una pirámide sepultada. Javier es un escritor frustrado, Franz un arquitecto que ha construído uno de los campos de concetración del nazismo. Elizabeth es una judía de Nueva York, Isabel una joven mexicana. Pero la novela está hecha en una serie progresiva de duplicaciones y desdoblamientos: comienza con el ingreso de los personajes a Cholula, alternado por el ingreso del conquistador Hernando Cortez. Ese paralelismo es una primera suma: México es, después de todo, una memoria legendaria, y cada quien, lo sabremos pronto, lleva la máscara de la transformación en que busca trascender su pasado. Javier podría ser el doble de Franz, Isabel la doble de Elizabeth. Así, cada individuo podría ser otro, hecho y rehecho por la historia, el deseo, y las opciones vitales que le dan, y le niegan, un rostro propio. Pero el sujeto no se reconoce en el espejo: su verdadero rostro está en los ojos del otro, de su semejante y hasta de su desesmejante, adversario o verdugo. Esta inquietud profunda sobre la identidad hace de la pareja una precaria alianza. Los hombres y las mujeres se buscan porque no se conocen, y se encuentran porque creen reconocerse. Pero no son una suma plena sino una coincidencia pasajera.

El templo de Cholula es una pirámide, el centro de las ceremonias religiosas aztecas, pero también de los sacrificios humanos. Franz es asesinado en ese laberinto, quizá como una sanción de su culpa histórica o como un exorcismo de su pasado personal. Estas simetrías son otra forma laberíntica. El flujo libre, el humor del diálogo, la energía del relato, se perfilan en un ordenamiento sinfónico, con lujo de detalles y elegante control, y hasta con fresco humor. La novela no es nunca dispersa o informe: el laberinto es la imagen del subconsciente, pero es al mismo tiempo la forma del caos, su orden momentáneo.

Para leer Cambio de piel no es preciso acudir a los diccionarios, visitar la enciclopedia, o traducir las muchas citas. La música popular (Judy Garland, los Beatles), el cine norteamericano (Henry Fonda, Orson Wells), el teatro alemán (Bertol Brecht, Peter Weiss), los filósofos tutelares (Nietzche, Michel Foucault), son el paisaje de estos personajes pero también el repertorio de la cultura secular del siglo XX, entre el periodismo y el cine, entre Europa y América. Ese paisaje cultural, por lo demás, remite al eje de la pirámide narrativa: al encuentro del pasado europeo y el futuro americano en el centro de México, en el subsuelo de su gran cultura tradicional, allí donde se suman todos los tiempos y los lugares en un renacimiento prometido. La novela es de México en el mundo contemporáneo, y de éste en el México milenario. Por ello, tiene la forma de una ceremonia arcaica: los personajes (europeos) asumen sus máscaras mexicanas para intentar una nueva vida, gracias a la promesa (mexicana) de una suma de lo moderno. Suma que termina restada por la utopía (latinoamericana) de un mundo donde unos y otros al cambiar de piel, renacen. Este exorcismo se cumple aquí como una ceremonia no ya de la muerte repetida sino de la vida única.

Cambio de piel nos lleva a un México mágico y peligroso: al lugar del Otro, aquel que nos despoja la máscara.

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