La ciudad literaria de Julio Ortega

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Post-teoría y estudios transatlánticos

Posted by jortega@brown.edu on February 7, 2006

En el actual escenario post-teórico, en el que se desarrolla lo que Ernesto Laclau ha llamado “una contaminación” entre la teoría y lo empírico, los estudios interculturales han adquirido un papel distintivo1. Probablemente lo más característico de un período post-teórico es cierta prudencia, o al menos reticencia, frente a la tentación, más bien académica, de proponer otro modelo teórico como relevo superior, sincrético y sumario. Al mismo tiempo, no deja de ser un serio desafío crítico la posibilidad de un espacio de diálogo menos determinado y vertical, donde nuevos reencuentros se potencian entre la lectura, los textos, los contextos y los géneros discursivos–instancias éstas de otro objeto (un objeto conceptualizado como proceso), que se muestra y demuestra tan poroso como persistente, tan denso como libre. Este precipitado de resignificación es, por lo demás, a tal punto fluido, que proyecta sobre la reciente hiper-interpretación teórica un subrayado paródico. Se puede concluir que, en torno a este fin de siglo, el predominio de los grandes modelos teóricos fue excedido por su misma conversión en sistema de autoridad. Pero ello no hubiese sido posible sin el intenso cuestionamiento de la voluntad de verdad que esos modelos ejercían desde su posición centralizadora; fueron derivando en moneda corriente, mero poder académico, y novedad mediática.
Tilottama Rajan afirma que “Theory today has become an endagered species;”desplazada, en esta época de predominio economicista, por los cultural studies, a los que concibe como una tecnología más de la globalización. La premisa conceptual de estos “estudios culturales” estaría basada en la noción de una “absoluta transparencia,” en la “total comunicabilidad”. 2 Aunque esa fe en la racionalidad cognoscente parece extremar el optimismo de lo legible que distingue a la semiología, es también propia de la operatividad de una lectura contextualizadora, cuyo principio de articulación presupone la transparencia de los objetos constituidos por un campo disciplinario. La lección demostrativa de esa lectura conlleva un voluntarismo político (porque hace de su demostración una denuncia normativa) y privilegia el papel heroico del sujeto entre los objetos historiados. Pero esta perspectiva, característica de las ciencias sociales, llevaba también la nostalgia de una política autosuficiente: hacía del documento la escena original de la denuncia. En la retórica de la denuncia, los objetos se convertían en metafóricos.
En la perspectiva latinoamericana, sin embargo, la experiencia teórica de la lectura crítica se ha ido forjando desde la crisis de las disciplinas como métodos de lectura monológica. Los “estudios culturales,” dedicados a los medios y el consumo masivo; la “historia cultural,” dedicada a las configuraciones sociales de la memoria; y el relativismo “postmoderno,” especialmente dedicado a poner en duda la institucionalidad; son algunas prácticas críticas en tensión con los modelos del Archivo académico, que evidenciaron, desde los años ochenta, los límites disciplinarios. Límites, además, de una objetividad excedida por el flujo de la significación de los nuevos objetos y por las lecturas liminares de lo nuevo. Cuando los campos disciplinarios trataron de reconvertirse en un archivo de genealogías o en campo cultural de la mercancía y el consumo, fue claro que la mirada normativa de las disciplinas perdía de vista a los objetos en desplazamiento anticanónico y mezcla aleatoria. Algunas nuevas perspectivas surgieron en torno a los desbasamientos y desbordes de la escritura, desde la filosofía antimetafisica, la etnología del nomadismo y el psicoanálisis especulativo. Una vez más se demostraba que los límites disciplinarios no eran los de la experiencia social y, más aún, que los objetos culturales excedían los campos de lectura por mucho que las autoridades de turno se “reciclaran” con el funcionalismo mediático del “mercado” o la política identitaria de los “marginados,” menos explicables cada vez y más cruzados de fuerzas contrarias y residuales. Dinamizados por la nueva complejidad de los objetos y la fluidez de los sujetos, los estudios interculturales pronto se distanciaron de la documentación positivista como del constructivismo relativista; y entendieron la instrumentación de unos y el escepticismo de otros como lecturas situadas entre objetos no siempre legibles del todo. 3
La promesa latente de esta transición, por lo demás, correspondía con la irrupción de nuevos sujetos sociales que eran capaces de forjar estrategias y agencias culturales en la intemperie de las teorías dominantes, las que habían empezado cancelando la actualidad de la noción de Sujeto. Excluidas de los sistemas institucionales, con una práctica cultural probada a través de los discursos regionales, las migraciones de todo orden desplegaban la praxis de una identidad heteróclita–el lugar del sujeto hecho en la interpolación de espacios. La política identitaria no bastaba para cartografiar estos movimientos de desocialización. Ello puso en primer plano la cuestión del sujeto, sus redes de negociación y tramas de asociación. Pronto se hizo claro que no se trataba sólo del Otro en sus márgenes de otredad exotista y remota. Se trataba del prójimo y próximo, cuyo nuevo lenguaje ponía en duda la ética tradicional desde un “tú” perentorio que decidía la fibra moral del “yo” profesional. 4
Algunos grupos de trabajo crítico prefirieron situar a este Sujeto como “subalterno” entre agentes de la socialización estratificada; otros, como actor de una “resistencia” étnica entre sujetos institucionalizados; otros más, como víctima “aculturada” o desustantivada entre fuerzas “coloniales” y/o “poscoloniales.” Una rica bibliografía da cuenta de los avances en estas lecturas, aun si en algunas veces fueron voluntariosamente presentistas, y en ocasiones se vieron gravadas por la buena conciencia profesional y el paternalismo liberal de las compensaciones simbólicas. El género del testimonio y las literaturas indígenas, así como los estudios del imaginario popular han contribuido notablemente a superar la autarquía purista y la nostalgia etnológica a cambio de la actualidad contradictoria de la “des-urbanización” de la cultura popular. 5 Otros núcleos de trabajo eligieron el horizonte sin centro de los “estudios culturales,” con especial atención a los destiempos de la modernidad, los programas de neo-modernización, el papel de los medios de comunicación en el imaginario social, y las formas actuales de la cultura de masas. No dejaron de hacerse oír los grupos de inspiración postmoderna, gracias a su cuestionamiento de la tradición disciplinaria en momentos en que la universidad latinoamericana, sintiéndose amenazada de una parte por el neoliberalismo y, de otra, por las nuevas corrientes de análisis contextual, se hicieron disciplinariamente más conservadoras. Los estudios literarios en Buenos Aires se convirtieron al drama de la nación y la nacionalidad. La historia se hizo historia documental y, en Brasil, discurso autosuficiente. Sólo en Santiago de Chile, después de la dictadura, la universidad cruzó las disciplinas, abiertas por la práctica teórica. Casi en todas partes la investigación más innovadora, interdisciplinaria y creativa, se hizo en los centros de investigación, dentro de pequeñas comunidades críticas. Y aunque aquí no se pretende hacer el catálogo de los grupos de trabajo pertinentes, hay que al menos mencionar a los que optaron por los estudios más concentrados de frontera, contacto o hibridación, que incluye a las literaturas bilingües, las sagas migratorias, y las formas más actuales de la mezcla como espacio creativo.
Estas y otras persuasiones críticas paralelas se caracterizan por su común focalización empírica, su independiente manejo de las fuentes y modelos teóricos, y por su conciencia metódica de las fronteras académicas. Fredric Jameson pensó que los estudios culturales eran una repolitización de la academia norteamericana, pero en su entusiasmo olvidó que la política en el campus sólo puede ser clásicamente liberal. Por ello, la dimensión política de la crítica ha cuajado mejor en la puesta en duda no sólo de los modelos dominantes sino también en el debate sobre la domesticación institucional y la conversión de la academia en mercado; y, en fin, en las operaciones de una lectura que recobra el radicalismo crítico de las obras y los textos liberados del museo del canon y del archivo del origen, y devueltos a la fuerza procesal de su presente indeterminado y sin término.
En el campo del latinoamericanismo y el hispanismo, hay que decir que estas prácticas contextualizadoras, a pesar de algunas iniciales tentaciones de autoridad (en verdad, crisis en la retórica del liderazgo académico, requerido de confirmaciones urgentes), han contribuido a renovar el diálogo, más allá de las fronteras monolingües de las jergas de hace poco, de las convicciones autocráticas, y de la consolación de las áreas especializadas. Sin que haga falta ya ocuparse de quienes creen que revindicar sus inclinaciones personales demanda una filosofía reditaria. Habiendo quedado todavía por hacerse la biografía de la profesión crítica, que incluye los “ismos” de militancia en los poderes al uso, así como las asimilaciones de minorías convertidos en ciudadanos de segunda clase por las compensaciones burocráticas– aunque ello seguramente pertenece ya a la novela. La creatividad de la crítica está en primer lugar en su fuerza autocrítica.
En este espacio fluido y heterogéneo, el trabajo crítico se puede hoy concebir como una libre instrumentación definida por su capacidad dialógica. Si su protocolo es el diálogo resituado, su pertinencia es operativa, comunicacional, y su significado la hipótesis de una articulación. Es por eso que se nos han hecho concurrentes las diversas instrumentaciones críticas que, desde la genética filológica (basada en el archivo actualizado) hasta el constructivismo (des-basado en la construcción retórica), han buscando aproximarse. Puede darse por demostrado no sólo que las disciplinas son todas hijas de su tiempo, y muchas veces opciones históricas de reordenamientos estatales y formaciones nacionales; sino también que los objetos artísticos, literarios y culturales dicen más de sí mismos bajo la luz mediadora de una lectura capaz de abrir los límites del objeto tanto en su linaje histórico como en su naturaleza formal. Las disputas por la interpretación son parte de la operatividad analítica, pero así mismo de la historia cultural, e incluso política, de los objetos vueltos a leer.
La pertinencia del principio dialógico se ha hecho patente en la necesidad de avanzar la investigación en el entramado de lo intercultural. Esto es, en el riesgo de proponer nuevas lecturas de la articulación entre prácticas sociales, producción simbólica y relatos de identificación y diferencia. Sería vano postular un método único para ello, conociendo la hibridez circulatoria de los objetos; más interesante es asumir la apertura creativa del campo, ampliado por las interacciones trans-disciplinarias (“transdiciplinaridad” llama Isabelle Stengers al encuentro de dos disciplinas en la zona en que ambas se desconocen). Es también preciso reconocer la voluntad exploratoria de una crítica radical, libre del fetichismo de las autoridades teóricas, convertidas en moneda común por las altas y bajas del poder académico. Derrida ha dicho que, de haber muerto, la deconstrucción seguiría, al modo del fantasma del padre freudiano, más presente. Mas bien, podría estarlo al modo de las tesis de Marx y Freud, circulando como formas de la conciencia crítica moderna o, dado el caso, postmoderna. Aun si los excesos son caricaturas, no se puede olvidar que hace diez años se daba por demostrado que el mundo indígena en la obra de José María Arguedas, por ejemplo, simplemente era un mito nacional, arcaico y sentimental. De allí a sostener que los indígenas sólo pueden hacerse modernos o desaparecer, había un paso; pero era un paso en el abismo del contrasentido: esta condena probaba la bancarrota moral y crítica de quienes necesitan sancionar a los sujetos excluidos para sostener su lugar dominante; y lo hacen, además, desde otro mito, el de un Occidente provisto de todas las razones, incluso la de la sanción mortal. Más pragmática, gracias a que está hecha en el saber teórico, la crítica radical se realiza como tal en el anudamiento de los objetos culturales con sus contextos de origen pero también de destino. Sintomáticamente, la obra de Arguedas, por su saga migratoria y fracturada de lo moderno, por su urgencia de sentido como por sus enigmas, se nos ha hecho más actual. Como ha sugerido Doris Sommer, el objeto cultural minoritario (bilingüe, hecho en su microrelato del borde) es el más frágil y requiere de mayor cuidado.6
Los estudios interculturales buscan ahora redefinir los términos de su ejercicio. Para algunos grupos de trabajo, se trata de replantear los “estudios americanos,” incluyendo las varias lenguas del continente, y resituando las relaciones de frontera, región y nación (lo que llaman lo “post-nacional” para destrabar el relato dominante de una abusiva unidad autorizada). La discusión sobre comunidad, nacionalidad, ciudadanía, y el papel de la mezcla y la hidridez de las identidades no basadas en la semejanza sino en la alteridad (Ricoeur), se ha revelado como más compleja, a pesar de la simplificación introducida por el proyecto de la “globalización,” o por ello mismo. Justamente, redefinir la “globalización” como productora de diferencias, esto es, de su propia contradicción simétrica, es una necesidad teórica de la reapropiación. Para otros grupos, se trata de reformular el largo y desigual intercambio entre España y América hispánica, de modo de superar la lamentable división de áreas “peninsular” e “hispanoamericana,” que ha envejecido en la rutina y ha vuelto grises, sin raíces y sin frondas, a los textos más relevantes; aquellos, precisamente, que se entienden mejor en su inclusividad y mestizaje. No deja de ser penoso el hecho de que haya todavía expertos en el barroco, por ejemplo, que ignoren del todo sus fuentes americanas, ya que el barroco español no se podría entender sin el oro, la plata, el chocolate, la piña, los pájaros, los colores y sabores del gabinete de Indias, acrecentado por la abundancia y el asombro. Y aunque la noción de una “conciencia criolla” convierte al objeto en demostración de sí mismo, con falacia presentista, la mezcla tolera muchos nombres en tanto respondan no por la nivelación del promedio, del término justo, o de la abstracción nacional, sino por lo específico de la forma social y la diferencia cotidiana.
En esa búsqueda de iniciativas críticas, que sumen además la enseñanza y la metodología, los “estudios trasatlánticos” aparecen como una posibilidad distinta, libre de la genealogía disciplinaria y del parti pris liberal que condena al sujeto al papel de la víctima (colonial, sexual, imperial, ideológica…). Es evidente que lo trasatlántico es un mapa reconstruido entre sus flujos europeos, americanos y africanos, que redefine, por tanto, los monumentos de la civilización, sus instituciones modernas, y hermenéuticas en disputa. Por ello, más que histórico es un tiempo sobre-histórico, entrecruzado de relatos una y otra vez actualizados. Su discurso se mueve entre islas que rehacen la nominación y costas que exceden la catalogación. El Sujeto es recreado por este discurso como si el Viejo Mundo comenzara, cada vez, de nuevo.
Los estudios transatlánticos potencian distintas articulaciones disciplinarias y diferentes levantamientos del campo de estudios sociales y humanísticos. En Inglaterra designa por lo menos dos tendencias: los estudios de la nueva internacionalidad, que pone en primer plano a los interlocutores poscoloniales; y los estudios anglo-americanos, que suman ahora las varias minorías étnicas y culturales del Reino Unido y de los Estados Unidos. Parecen animadas por el principio, incluso la promesa, de vincular y ampliar estos espacios desde el modelo concurrente del diálogo (lo que sabemos unos de otros) y de lo trans-disciplinario (lo que no sabemos uno del otro).
Un caso ilustrativo de estas operaciones de leer, que al situar al objeto deciden su estatuto, es el de Caliban en The Tempest de Shakespeare. Las últimas lecturas de la pieza y su sujeto caribeño (Caliban: Caribe, caníbal) pertenecen a la teoría poscolonial. Se puede resumir esta perspectiva diciendo que en los estudios poscoloniales la hipótesis dominante ha sido el paradigma político del imperialismo (“a dominating metropolitan center ruling a distant territory,”según Said) y su noción simétrica de eje y periferia, así como el esquema ideológico del amo y el esclavo y la ética del Otro y la otredad. Implica, por otro lado, la visión historicista del sujeto colonial privado de identidad por la fuerza brutal de lo moderno. En una derivación reduccionista, la “teoría de la dependencia” llegó a negar que el sujeto latinoamericano tuviese una cultura auténtica, habiendo sido desposeído de sustancia por la cultura dominante. Sin embargo, si nos situamos en una lectura intercultural, podríamos comprobar que no siempre el sujeto colonial ilustra la victimización sino que, a veces, es capaz de negociar sus propios márgenes. Este sujeto no está siempre confinado a la narrativa de los Amos de turno ni al archivo de las genealogías. Ni es tampoco transparente a la ciencias sociales, siendo una construcción, primero discursiva y, luego, política. Por lo mismo, en The Tempest podríamos comprobar que Caliban no sólo aprende a hablar para “maldecir,” como él mismo dice. Greenblatt ha postulado persuasivamente que esa “ganancia” de Caliban es su definición moral. 7 Pero, en verdad, sería una “victoria” que confirmaría su condición dependiente y subsidiaria. Más interesante es comprobar que al aprender a hablar, Caliban es capaz de nombrar. Y por tanto, de reapropiar la diversidad de su propia Isla, recuperándola del poder de su amo, gracias a que él conoce mejor la fertilidad y abundancia de los árboles, frutas y aguas corrientes de una naturaleza que rehabita gracias al lenguaje. Esa es la transición del sentido: su paso de “hombre natural” (esclavo) a “noble salvaje” (humanizado por el lenguaje). Esto es, frente a una lectura que lo requiere más monstruoso para probar su denuncia, ésta lectura lo propone en el proceso de su humanización para demostrar su construcción de una agencia. Este es el mismo Sujeto colonial que en la Nueva Coronica de Guamán Poma de Ayala aprende a escribir y en los Comentarios reales del Inca Garcilaso aprende a leer. Porque la lengua española, apropiada, es una herramienta para reconstruir la memoria cultural y restablecer los nuevos espacios mutuos. Nuestro Sujeto, por lo mismo, es construido por la intensa hermenéutica del intercambio: a las definiciones europeas siguen las redefiniciones americanas. En un sentido, se trata de una alegoría renaciente del “filósofo autodidacta.” Los intelectuales mestizos y nativos pusieron a este Sujeto a trabajar no en el pasado perdido sino en el porvenir haciéndose: el diálogo, la diferencia, la negociación. Se puede, por ello, demostrar que el mundo colonial fue la verdadera modernidad de España–una modernidad paradójica, en efecto, pero pronto una civilización del signo político de la mezcla.
En el grupo de trabajo Proyecto Trans-Atlántico de Brown University, a partir de del Seminario Iberoamericano organizado con los hispanistas de la Universidad de Cambridge (1995 y 96), hemos creído levantar este campo de estudios como una nueva exploración de la historial intercultural: las representaciones del Sujeto atlántico y la reescritura del escenario colonial, la construcción del Otro en el relato de viaje, la hibridez de la traducción, el tránsito de ida y vuelta de los exilios y las vanguardias, fueron algunos núcleos de este debate. En el proceso de definir una agenda del diálogo, incluyendo a colegas de Harvard (Doris Sommer), Boston University (Alicia Borinsky) y Dartmouth College (Beatriz Pastor), se fue formulando la noción de lo trasatlántico como la trama teórico-práctica de interacciones entre Europa, especialmente España, y las Américas nuestras. La temática de estudio surgió de los intereses del grupo y, desde el primer momento, introdujo la actualidad del español en Estados Unidos como fuerza social y cultural mediadora entre espacios desiguales. En otros foros, y sobre todo en el dedicado al español en Estados Unidos, organizado en la Casa de América de Madrid (1997) por el Proyecto Trans-Atlántico de Brown, se exploró la tesis de que los objetos culturales nuestros se leen mejor a la luz de ambas orillas del idioma, en su viaje de ida y vuelta, entre las migraciones de las formas y las transformaciones de los códigos. Colegas de la Universidad de Puerto Rico se sumaron al grupo de trabajo y convocaron a un coloquio sobre “El Caribe Trasatlántico,” que demostraba la actualidad de la perspectiva en una región hecha, desde sus orígenes, por la dinámica de ese intercambio. “México trasatlántico” (2001), coloquio organizado por el Proyecto Brown y la División de Estudios de la Cultura de la Universidad de Guadalajara, se llevó a cabo con la participación de colegas de la UNAM, la UAM, El Colegio de México, la Universidad de Guadalajara y la Universidad de Buenos Aires, además de miembros del grupo básico. La tesis de estos coloquios es que nuestros países no son solamente creaciones nacionales sino también el producto de la interacción cultural con el mundo Atlántico y sus varios capítulos de una Modernidad que no se podría entender sin su contradictoria hechura latinoamericana. En una época de “globalidad” estos estudios demuestran los dramas de la particularidad y la diferencia.8
Quizá lo mejor de estos estudios trasatlánticos, favorecidos por la “nueva historia,” que trabaja sobre la memoria como una orilla fecunda del presente, sea el hecho de que no requiere de un programa o un canon: son una exploración abierta. De allí su dinamismo creativo y su apuesta por la reconstrucción del diálogo.
NOTAS

  1. Laclau establece una solución positivista al dilema: “The destiny of theory in our century is a peculiar one. On the one hand we are certainly witnessing the progressive blurring of the classical frontiers which made ‘theory’ a distinctive theoretical object: in an era of generalised critique of the metalinguistic function, the analysis of the concrete escapes the rigid straitjacket of the distinction theoretical framework/case studies. But, on the other hand, precisely because we are living in a post-theoretical age, theory cannot be opposed by a flourishing empiricity liberated from theoretical fetters. What we have, instead, is a process of mutual contamination between ‘theory’ and empiria’…” En su Prefacio a Martín McQuillan et al, eds. Post-theory, New directions in criticism (1999), vii.
  2. Rajan distingue dos tipos de “cultural studies;” por un lado, la tendencia que comprende al post-colonialismo, el género, la cultura popular y formas de la vida cotidiana, y que se asocia con las ciencias sociales; por otro, la tendencia que incluye la tecnología, la ciencia, y se concibe como parte del progreso y la globalidad. La primera se dedica, al final, a la política identitaria, la segunda al economicismo. Ambas formas, en todo caso, prescinden de la literatura y la teoría, son un simulacro de ciencias sociales desde las humanidades, y su “presentismo” se sitúa en la idea de un “fin de la historia.” Ver su artículo “The University in Crisis: Cultural Studies, Civil Society, and the Place of Theory” en Literary Research/ Recherche littéraire (2001).
  3. Este debate, que sólo se anota aquí, ha circulado entre algunas revistas latinoamericanistas de persuasión crítica renovadora: Journal of Latin American Cultural Studies (Londres), Revista de Crítica Cultural (Santiago de Chile), Revista de Crítica Literaria Latinoameriana (Dartmouth y Lima), y RELEA, Revista Latinoamericana de Estudios Avanzados (Caracas), son algunas de ellas.
  4. La cuestión del sujeto ha sido replanteada por Enzo del Búfalo en sus libros El Sujeto encadenado (1998), Individuo, mercado y utopía (1998) y La genealogía de la subjetividad (1991).
  5. Los trabajos de Martín Lienhard, William Rowe y Yolanda Salas son fundamentales en este campo, todavía requerido de ordenamientos más comprensivos y articulados a una teoría de la crisis como desgarramiento y anudamiento de la cotidianidad. Esto es, de la comunidad in-viable.
  6. Alberto Moreiras ha historiado el debate de las distintas persuasiones críticas ensayadas por el “latinoamericanismo” en la academia norteamericana, y ha puesto al día la pertinencia de la obra de José María Arguedas como paradigma heterodoxo en su libro The Exhaustion of Difference: The Politics of Latin American Cultural Studies (2001).
  7. En su ensayo “Learning to curse,” Greenblatt afirma que “Caliban’s retort might be taken as self-indictment: even with the gift of language, his nature is so debased that he can only learn to curse. But the lines rfuse to mean this; what we experience instead is a sense of their devastating justeness. Ugly, rude, savage, Caliban nevertheless achieves an absolute if intolerably bitter moral victory.” (1990), 25.
  8. La revista Signos de la Universidad Autónoma Metropolitana (México) dedica un número (vol. II, Num.2, 2002) a una muestra de trabajos vinculados a los foros de Brown University.

BIBLIOGRAFÍA
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