La ciudad literaria de Julio Ortega

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“Los Rivero,” la novela que Borges evitó escribir

Posted by kmatthew@brown.edu on April 27, 2011

“Los Rivero,” la novela que Borges evitó escribir

Julio Ortega

“Los espejos y la cópula son abominales, porque multiplican el número de los hombres,” escribió Borges. Pudo haber añadido que también la novela puede ser abominable porque multiplica la mala literatura y, de paso, la subespecie de sus lectores.

Borges admiró algunas novelas (en primer lugar, El Quijote) pero siempre creyó que es mejor contar una historia en 10 páginas que en 300. Pero no se trata sólo de la economía de la expresión, o del arte de las formas breves frente a la profusión verbal de la novela. Se trata, más bien, de que el lenguaje en la novela suele ser una representación más o menos creíble del mundo. La novela se sostiene sobre ese contrato de verosimilitud, y a veces pretende ser un espejo que revela lo real, y hasta una radiografía social. De ese modo, parecía temer Borges, la novela multiplica la noción de que el lenguaje es un registro pasivo de lo real. El cuento, en cambio, es desde la primera línea un artificio. En definitiva, la literatura no miente: nos dice que estamos leyendo un cuento. La novela que no pone en cuestión su uso del lenguaje, puede ser parte del entretenimiento, pero ya no es del todo literatura.

Llegué a estas conclusiones tratando de explicarme por qué Borges no terminó de escribir, y más bien abandonó, el cuento “Los Rivero,” cuyo manuscrito encontré en el Ramsom Research Center de la Universidad de Texas, en Austin. Es un cuento, que el autor llama “crónica,” de lenguaje preciso, argumento irónico, y tema histórico; pero, inexplicablemente, Borges dejó inconcluso. Lo dejó escrito a mano, en tres páginas y un párrafo, sin corregir, y renunciando incluso a hacer una copia dictalográfica. Cuenta la historia del coronel Rivero, un héroe de las luchas de emancipación americana, que ha peleado en la Gran Colombia; enfrentado a los caudillos argentinos, debe refugiarse en Uruguay, donde muere. El cuento se centra en sus descendientes, unos hermanos empobrecidos, que han sido desplazados por las nuevas clases, pero que viven en la ilusión de su perdida grandeza. Con ironía pero también con íntimo drama, y hasta con humor, Borges nos presenta a esta familia venida a menos, cuyas pequeñas tragedias revelan su desplazamiento. Del héroe solo les queda una lanza, y un retrato frente al cual posan para comprobar su parecido. A pesar de su precisa, matizada y viva escritura, Borges lo abandonó. Creo que no siguió escribiendo porque la vida de cada uno de los hermanos tendría que haber sido narrada, y para eso tendría que haber escrito, horror, una novela. Prefirió no escribirla. El manuscrito lleva una fecha: “circa 1950.” O sea, cuando Borges estaba en la plenitud de su poder expresivo, pero también cuando estaba perdiendo la vista.

Es tentador ubicar esta historia en relación al imponente héroe argentino, el guerrero y gobernador Juan José de Urquiza, cuyas proporciones míticas lo hicieron no sólo padre de la patria sino de numerosísimos hijos. No se sabe cuántos tuvo, tal vez cien, pero al menos a 40 reconoció y dió su nombre. El coronel Rivero pertenece a esa mitología de libertadores continentales, sólo que sus hijos son huérfanos desde chicos, y lo son también de la misma república: “descendientes directos de los guerreros que la habían fundado y defendido no contaban ya para nadie,” escribe Borges con su letra cerrada y laboriosa de miope crónico. Se podría especular que el ejercicio de la paternidad errática, del que hizo gala Urquiza, es otra metáfora latente de este relato enigmático. La Patria prodiga hijos pero no tiene lugar para ellos. La economía simbólica de la paternidad (y a veces también de la autoría literaria) es el derroche, la promiscuidad.

El hecho es que “Los Rivero” empieza con la autoridad de una voz propia, que en los años 40 había Borges forjado gracias a su peculiar trama de géneros (la ficción que fluye entre la historia, la crónica y la leyenda):

“Hacia 1905, la cancel de hierro forjado había cedido su lugar a una puerta de madera y cristales y bajo el llamador de bronce había un timbre eléctrico, ahora, pero en general la casa de los Rivero correspondía con suficiente rigor al arquetipo de casa vieja del barrio Sur, y el espectro del coronel Clemente Rivero (que murió, desterrado, en Montevideo, dos meses antes del pronunciamiento de Urquiza) lo habría identificado sin mayor dificultad.”

Ese espectro shakesperiano acude al relato histórico para subrayar el drama familiar. Borges, que tomaba muy en serio la historia argentina, protagonizada por un par de sus antepasados, escribió varios relatos y poemas rememorando a sus héroes familiares. Y se habría escandalizado si algún historiador hubiese propuesto, desde una perspectiva de desbalances republicanos, que la independencia americana fue un fracaso. Esa tesis carecía de dignidad y pecaba de ignorancia, desde su concepción de la historia fundacional. La independencia se le aparerecía como una saga heroica, animada por la promesa republicana. La prueba de que la generación de fundadores nos imaginó mejores, es que todavía no acabamos de realizar el proyecto democrático y liberal que hicieron suyo. En la obra de Borges alienta la visión clásica de la historia como fuente de la verdad. Puede el proyecto haberse incumplido 200 años, pero no ha dejado de ser un gran proyecto. Por eso, para Borges, hay una nobleza de la historia, y hasta una dignidad. Nos debemos a ellas, sugiere su obra. Incluso, podríamos merecerlas.

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Vargas Llosa y el fuego de la tribu

Posted by kmatthew@brown.edu on April 27, 2011

Vargas Llosa y el fuego de la tribu

Julio Ortega

(El Público, Barcelona; Eñe, Buenos Aires; Revista de Milenio. México)

El Premio Nobel hará que la obra de Mario Vargas Llosa sea, por fin, leida más allá de la política. Los que nos hemos peleado con sus ideas neoliberales nos sentimos reivindicados por el Nobel, que libera su obra literaria como tal. Como yo fui amigo suyo en su época izquierdista, cuando vivíamos en Barcelona, y nos perdimos de vista durante su época neoliberal, estoy feliz de poder recuperarlo, ya que su obra estuvo siempre a la izquierda de él mismo. Después de todo, hemos coincidido en la crítica de estos tiempos de corrupción y violencia, y compartimos el compromiso con los derechos humanos. Ya hace un par de años que finalmente nos reconciliamos.

En literatura soy de un optimismo permanente. Ceo que el ejemplo de MVLL como artista apasionado fomentará la lectura pero también el culto de la literatura, que él encarna como pocos, y sin el cual no se puede llegar muy lejos. Espero, por lo pronto, que la nueva literatura peruana sea, por fin, tomada en serio por los lectores del español, más provinciano que nunca ahora que nos hemos vuelto globales. La clase política y gerencial que desgobierna el país (no olvidemos que, casi como en una novela de Mario, la corrupción actual es exactamente el otro lado del mito del mercado libre), confío que por fin acuda al menos a la Feria Internacional del Libro, en Lima, donde han exagerado su ausencia. En todos los paises civilizados las autoridades públicas asisten a las Ferias y hasta el Rey de España compra un libro. En el Perú, no han asistido nunca.

Hace tiempo que he propuesto que la obra de MVLL se puede leer como una arqueología del mal. Su famosa primera linea de Conversación en la Catedral (“en qué momento se jodió el Perú”) se puede traducir bien a cualquier habla nacional (“en qué momento se chingó México,” por ejemplo, o “en qué momento se corrompió Cataluña”) porque corresponde a la genealogía del origen del mal-estar. Aunque viene de más lejos, esa visión deriva, en América Latina, de Octavio Paz y su noción agonista de que somos hijos de una “violación,” histórica y existencial. De modo que la frustración nos define por un mal de origen, que nos destina al fracaso. Esta visión catastrofista, muy fuerte en los años 50, fue contestada puntualmente por el utopismo de los años 60, pero la frustración de los proyectos nacionales pronto nos devolvió al escepticismo. Aunque Mariátegui recomendaba escepticismo de la inteligencia y optimismo de la voluntad, lo cierto es que los peruanos tenemos una excesiva intimidad con el descreimiento. Hasta la palabra “yo” nos resulta un énfasis del español. Pero la obra de Vargas Llosa es, además, un exorcismo. No sólo la ilustración de la debacle social y política sino su purgación, sacrificio y conjuro. Funde el agudo análisis de Voltaire a la furia descarnada de Dostoyevski. Su radical escepticismo tiene fuerza política porque denuncia el poder corruptor que, como en el gran realismo del siglo XIX, es intrínsico a la sociedad misma. En la novela española no hay todavía una visión equivalente del mal, donde en lugar de una deuda de origen podría haber un presupuesto original. Isaac Rosa, José Ovejero, Juan Francisco Ferré, Manuel Vilas están en ello, pulsando las entrañas del monstruo barroco, a punto de quemarse las manos.

No es casual, por ello, que MVLL haya elaborado la tesis de que todo artista es hijo de un desgarramiento. Esa extraordinaria deuda de origen define al escritor, que busca saldarla con renovado entusiasmo por la agonía de la purga. Los escritores felices, concluímos, no escriben buenas novelas; en cambio, los desdichados des-dicen el decir de que estamos mal-hechos.
De allí el extraordinario regusto en la derrota irredimible de personajes magníficos, cuyas heridas y cicatrices configuran su verdadero cuerpo heroico. Estos personajes viven el arrebato de su propia derrota, hasta convertirse en esperpentos deshumanizados. Se diría que MVLL ha explorado el asombro del dolor, que nos abre la mirada al horror despupilado de una verdad intolerable. Se trata de las estaciones de la pasión, sin consuelo ni promesas, del peregrinaje del hombre (el “hombre pobre” vallejiano, desamparado de los discursos reparadores), una y otra vez caído en su viacrusis social. Si en el lenguaje de Vallejo, Dios agoniza; en el de Vargas Llosa se ha ausentado definitivamente, y somos, como en la obra de García Márquez, “huérfanos de nuestros propios hijos.”

Aunque muchos de sus lectores hemos lamentado sus ideas políticas, hay que decir que Mario no sólo ha sido un formidable antagonista, cuya obra, está a la izquierda de su política; si no que ha mejorado el debate apasionado por las ideas y las certezas de la pasión. Al final, más allá de las posturas de la hora, esa vehemencia recorre su vida pública tanto como su escritura. Quizá, en una figura barroca de la agudeza, se pasó al otro lado de su obra para tolerar los demonios que la dictan.

En una época corrompida por el egoísmo, diezmada por la mediocridad de los lenguajes al uso, cuando ya no se reconocen valores sin precio, la obra de MVLL es un fuego de la tribu, que alumbra esta noche negra del mundo en español.

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Defensa de la Universidad

Posted by jortega@brown.edu on September 28, 2009

Defensa de la Universidad de Guadalajara

Julio Ortega
(EL PUBLICO. Guadalajara, 30 de agosto, 2008)
Del tiempo que viví en España, a fines de la dictadura franquista, no olvidaré nunca al rector de la Universidad Complutense de Madrid que, el día mismo de su instalación, amenazó en su discurso con cerrar la Universidad. Debe haber sido un animal protofascista: el horror que inspiró demostraba la violencia del poder arbitrario. En cambio, he conocido, estos 30 años de docente en varios países y más universidades, rectores conscientes de la naturaleza comunitaria de la universidad, cuya calidad se debe también a la imaginación política de sus dirigentes, a la trama de equilibrios y negociaciones que permite abrir horizontes y compartir proyectos. Hoy día, las universidades de uno y otro continente se parecen más que nunca: son laboratorios de la comunidad regional, y su éxito se traduce, de inmediato, en la mejora de la calidad cultural de la vida cotidiana. Son, por lo mismo, centros que reafirman el futuro como nuestro. No es casual que hoy las universidades, tanto en Estados Unidos como en España y México, declaren como sus mayores objetivos la internacionalización y la creatividad.
Me acuerdo del gran rector Vartan Gregorian, de origen armenio, que había sido director de la Biblioteca Pública de Nueva York, a la que recuperó del ostracismo con su irresistible fe en las grandes tareas. Gregorian solía pasear por el campus de Brown, y si uno se topaba con él corría el peligro de ser sumado a otro proyecto. Cuando le propuse que contratáramos a Carlos Fuentes en alguna fórmula temporal, no le tomó mucho tiempo encontrar la mejor. Me dí cuenta de que el secreto de un gran rector es su capacidad de articulación: esa virtud extraordinaria que tienen los verdaderos líderes de armar la trama de lo nuevo con la fluidez de lo necesario. Esa voluntad de sumar y asociar, esa necesidad de consolidar redes y tender puentes, demuestra que la educación sólo es posible en el proyecto colectivo de la excelencia, la que se define como el hacer más y mejor. Pero nunca deshacer, ni mucho menos desmejorar. La Universidad es una cristalería demasiado valiosa como para permitirle a nadie, ni a los estudiantes ni al rector, lanzar piedras y alzar patíbulos. Cuando los estudiantes en huelga autodestructiva en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) terminaron agrediendo al rector Juan Ramón de la Fuente y al escritor Alejandro Rossi, ambos buenos amigos míos, me sentí de inmediato parte de la UNAM, o sea, agredido.
Con la UNAM, con El Colegio de México, con el Tec de Monterrey he trabajado largamente, en intercambios, proyectos, coloquios, homenajes, congresos, así como en sus revistas, editoriales y bibliotecas. Varios de mis mejores colegas y mayores amigos están o estuvieron en esos recintos. Mi primera conferencia en México fue en la UNAM, invitado por Rosario Castellanos y Margo Glantz, en el verano de 1969. Pronto harán 40 años de este diálogo ininterrumpido con la cultura mexicana más viva. En 1981 organicé en mi universidad, entonces la de Texas en Austin, el más grande congreso de letras mexicanas que había tenido lugar en Estados Unidos. Vinieron más de 300 profesores, y varios de los mejores escritores. Ya en la Universidad de Brown, durante casi diez años, mantuvimos activo el Proyecto México, con Carlos Fuentes abordo. Y, estos últimos diez años, nuestro Proyecto Transatlántico ha sido en buena parte un espacio de conversación mexicana y latinoamericana con Europa.
Uno de los momentos privilegiados de esta fecunda conversación tuvo lugar en 1992, cuando presenté al rector de la Universidad de Guadalajara, Raúl Padilla, a Carlos Fuentes, en casa de éste, sabiendo muy bien lo que hacía. Había sido yo jurado del primer Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo, que obtuvo el gran poeta chileno Nicanor Parra, y sabía que Raúl Padilla y su joven equipo habían puesto en Guadalajara la primera piedra del futuro: el libro, el amor por los libros, su fiesta y feria. Como los mejores rectores, Padilla era un hacedor natural, cuyo proyecto de vida era convertir Guadalajara la capital cultural de América Latina. Al poco tiempo, Carlos Fuentes y Gabriel García Márquez, becados por el Estado como creadores eméritos, decidieron donar el monto de sus becas a la Universidad de Guadalajara para crear la Cátedra Latinoamericana Julio Cortázar, que encargaron a Padilla. La Cátedra Cortázar y la Feria Internacional del Libro (“La feria más linda”, me dijo García Márquez, y tiene razón) han llevado el nombre de Guadalajara y el prestigio de su Universidad a los centros culturales de este mundo, del Instituto Cervantes de Nueva York al MALBA de Buenos Aires y la Casa de América en Madrid, siguiendo, además, la regla de oro del diálogo actual: la cooperación, el co-auspicio, la suma de los interlocutores en el foro. Y en la misma Universidad Complutense de Madrid, donde una vez resonó la voz de un rector protofascista, se ha escuchado esta vocación mexicana de diálogo.
Cuando la actual rectora de mi universidad, Ruth Simmons, visitó Guadalajara para hablar sobre el poder de la literatura en la Cátedra Cortázar, quedó fascinada con la idea de una Cátedra dedicada a un escritor. En inglés no existe traducción para esta idea, pero ella la entendió y me propuso que creemos una en Brown según el modelo de la jalisciense. Y, luego, cuando visitamos la inauguración de la FIL, me dijo: “Esto es lo que yo quería explicar en mi charla, esta feria demuestra el poder de la literatura, la fuerza creativa de los libros y la imaginación”. Como cualquier rector comprometido con la responsabilidad de su trabajo, ella quiso, de inmediato, hacer algo de todo ello en su propio espacio.
Pero nadie ha tenido más suerte, en este concierto de convocaciones, que los estudiantes de la Universidad de Guadalajara. Nadie ha sido más privilegiado en su vida universitaria, en su educación internacional, porque han frecuentado todos estos años a los mayores escritores, a los intelectuales más críticos, a los artistas más innovadores. Solamente merced a ello, ya nadie les podrá arrebatar el derecho a esperar más de los libros y de sus maestros, de la universidad y su país. La Universidad de Guadalajara, gracias a la extraordinaria coincidencia de sus instituciones abiertas, sus líderes modernos, sus maestros diligentes y sus funcionarios con vocación de servicio, ha podido ser emblema –hasta ahora– de la civilidad prometida por la cultura.
Veo, no sin horror, que la violencia, que deteriora la vida cotidiana, amenaza en nuestros países con cerrar las vías de futuro y clausurar el horizonte requerido para crear. Negar el valor de unos y otros, destruir lo construido, acusar de caciquismo y actuar como tiranuelos es profundamente anacrónico y peligrosamente violento. Y es, sobre todo, la negación de la idea misma de Alma Máter: la libertad debida a los estudiantes en su propia casa.

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Chile 2007

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

La lectura en Chile, altos de 2007

Este año ha sido excepcional para la literatura chilena. La perturbadora novela abandonada de José Donoso, Lagartija sin cola (Alfaguara), nos recuerda la altura de su demanda. En lugar de trabajar en la pobre luz mediática, donde la mayoría disputa turno, Donoso lo hizo en la tenebrosa luz melancólica de quien, como los clásicos, se debe a su trámite interno, tan agónico como irónico. Ese narrar sin retorno de Donoso es una lección intacta.

Jamás el fuego nunca (Seix Barral), de Diamela Eltit, está escrito en ese espacio liminar. La vida y la muerte se ceden en esta novela la palabra. El cuerpo es el lugar despojado de justificaciones al final de una época en que las ideas, aquellas que costaban la vida, terminan como si terminara el mundo. Eltit ha escrito un verdadero Pedro Páramo chileno, la que sin duda es su obra maestra (quijotesca y becketiana) sobre la vida, pasión y muerte de la idea misma de lo que conocíamos como “América Latina.”

Este es el año también en que Alberto Fuguet reapropia como suele hacerlo, con brío, otro lenguaje narrativo; en este caso la banda diseñada (Road Story, con G. Martinez, Alfaguara), desde la frescura irreverente con que su goce creativo no cesa de explorar formas de comunicación fluida.

Me importa, y mucho, Fruta podrida (Fondo de Cultura Económica), de Lina Meruane, cuya prosa material y lúcida discurre como una saga urbana del horror deshumanizado por la compraventa en que vivimos. Ella es de los que ensayan la dimensión documental que atribuímos a la ficción; esto es, indaga por la verdad que sólo adquiere forma en el relato.

Geografia de la lengua, de Andrea Jeftanovic (Uqbar), tiene el 11 de setiembre como eje de sus viajes y encuentros, y es un mapa episódico, vivaz y emotivo del desvivir actual, una agenda novelada como aventura, fruición y extravío. Su diversificación de la estrategia formal confirma, además, su talento para hacer de la novela un mapa de la subjetividad actual.

Carmen Berenguer y Malú Urriola publicaron este año lo que cuento entre sus mejores poemarios. Berenguer en Mama Marx (LOM), reescribe a Neruda con íntimo desenfado. Urriola en Bracea (LOM), diseña voces como emblemas elocuentes y poderosos de la sensibilidad más alerta, aquella que no guarda silencio.

No olvido la prosa tersa, de aliento analítico y fluidez proustiana, de Sergio Missana en El día de los muertos (Fondo de Cultura Económica), que revisita la tragedia chilena del 73 desde los ojos de hoy. Tampoco, el saludable descreimiento en la novela con que un joven poeta,Alejandro Zambra, ejerce venganza jocosa. Como César Aira, corre el riesgo de ser premiado y consumar, así, su burla sutil del sistema.

Y sé bien que hay varios otros libros de calidad, cuya lectura me tengo prometida. Este 2008 la Feria del Libro de Lima estará dedicada a Chile. Celebraremos allí, juntos, para que las Ferias tengan salida al mar, nuestro reencuentro con Bolivia.

Concluyo reiterando que la literatura chilena será todavía mejor cuando tenga mejores lectores. Lectores, quiero decir, capaces de entusiasmarse sin dar excusas.

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Defensa de Bryce

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Defensa de Bryce

Toda la obra de Alfredo Bryce Echenique es una desautorización de la autoridad. Desde la oralidad (que reduce jerarquías) y el humor (que elimina distancias), esta obra es una vasta recusación de los poderes del padre (la Ley del estado), las instituciones (la Sociedad como destino) y la ideología (la Verdad única). Por eso, son novelas animadas por un nihilismo anarquista (relativizan las certidumbres) y exploran la emotividad (la ética de los afectos). Sus personajes más característicos son desadaptados, trashumantes, agonistas; pero siempre capaces de una reelaboración persuasiva de la crisis que narran. Son, por eso, pasajeros de otra comunidad, la de la amistad y sus filiaciones, de la memoria y sus versiones corregidas y aumentadas.

El éxito internacional de sus novelas demuestra que ese mundo subjetivo es del todo contemporáneo. Pero no son menos evidentes sus raíces peruanas, aun en sus novelas de tema europeo. Sus personajes peruanos, gracias al relato en que se hacen, rehacen siempre la realidad. En ese proceso, los deseos, los sueños, el futuro, se convierten en lo real. Lacan dijo que la mentira es la forma interna de la verdad. Bardieu, que la verdad es indiscernible: no tiene lugar en la enciclopedia, es un hueco en el conocimiento. En la obra de Bryce, el sujeto es ese peruano, antihéroe de la certidumbre. Quienes se arrogan su ejercicio armado, asumen el papel de policias, pero no mienten mejor. Después de Fujimori y Montesinos, que mintieron hasta cuando decían la verdad; después que el informe de la Comisión de la Verdad, que denuncia la matanza de casi 70 mil peruanos, no pudo ser asumido por la ley, las novelas de Alfredo Bryce Echenique se han hecho casi realistas.

Leyendo las acusaciones de plagio que se le hacen, uno diría que sus lectores se han vuelto sus personajes. Y como a Unamuno los suyos, le reclaman una mentira mejor. No pocos asumen el papel de Platón y expulsan a Bryce de la República. Ya sabemos que esa expulsión (equivalente a la bíblica) de la racioanalidad civil, se debe a que, según Platón, los poetas eran incapaces de decir la verdad. Esto es, de una verdad socialmente útil. Precisamente, la verdad que dejamos en manos de los guardianes del orden. Una vez le escuché decir a Juan Benet que en España los únicos que reclamaban saber toda la verdad y juraban en su nombre, eran los policías de Franco. Otros, como Pinochet, creían encarnar la verdad de Occidente.

Por eso, me apresuro ahora a corregir una información errada que, a nombre del plagio, inventa una ficción.

Fernando Vivas en una nota en “El Comercio” (Lima, 19 de julio) se suma a la violencia contra Bryce Echenique y utiliza mi nombre como supuesto plagiado. Podría, al menos, haberme preguntado por la veracidad del rumor malevo. Le habría yo respondido que no es cierto. El prólogo a los “Cuentos” de Julio Ramón Ribeyro lo firma Bryce y es suyo, aunque lo haya escrito yo. No es un plagio: es una complicidad literaria, acordada por ambos. Nunca he escrito mejor. Y me he divertido mucho con el juego y el humor de ese gesto de
des-autor-ización de la propiedad privada. No es el único que he propiciado. Forman parte de mi práctica crítica de “intervencion” de algunos paisajes.

El plagio, como es bien sabido, deriva del triunfo del mercado en la actividad literaria, y se impone como razón económica no por reclamo de los autores sino por la lógica comercial de los impresores. Aunque es en el siglo XVIII en que los derechos de autor buscan eliminar el libre uso de los textos, todavía Rubén Darío publicaba como suyas crónicas de algún amigo. Por eso, el Dr. Johnson, el primer profesional de la literatura inglesa, decía con ironía que su impresor “había elevado el valor de la literatura.” Shakespeare se apoderó de todas las fuentes que pudo y reescribió incluso a Cervantes.

Todos los textos vienen de otros textos y terminarán en otros más. Cualquier escritor serio lo sabe, y lo celebra. Como dijo Borges, la literatura no es de nadie, es de la tradicón, que es de todos, y del idioma, que los hace suyos. Los ataques descarnados que se hacen a Bryce dicen más de los indignados sin dignidad que de los mismos autores glosados, reapropiados o reescritos en la minucia de unas notas de prensa, cuyos autores no se han quejado con tanto odio como estos odiadores del talento ajeno. Más ironico es que algunos marxistas se hayan desgarrado las vestiduras defendiendo la propiedad privada. Quizá hoy la información sea de todos y de nadie, gracias a Internet, donde la verdad es provisoria y multiplicada por el internauta, un “homo ludens” en la fábrica de la República. Han hecho cierta, se diría, la fantasía de Aristóteles, que la verdad se hace entre todos.

No han faltado comentaristas que con perverso regusto han querido poner en entredicho a Bryce Echenique, acorrarlarlo, y acrecentarle la herida peruana. Pero los lectores que han sido felices con sus libros, los que reconocen la generosidad de su talento y la nobleza de su vasta novelización verdadera, no deberían alimentar ese penoso intento de asesinato periodístico. Podrían, más bien, imaginar la posibilidad de otras hipótesis, para evitar ese exceso de poca fe.

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Discurso en San Juan

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Discurso en Puerto Rico

Tengo una relación personal con Puerto Rico. En primer lugar, gracias a mis estudiantes puertorriqueños (aparecen con intensidad y desaparecen sin remordimiento), a quienes le debo el juicio de enseñar, la justicia de creer, y la justificación de persistir. Luego, he venido tantas veces a Puerto Rico que, como a los saberes que importan, cada vez lo conozco menos aunque lo entiendo más. A veces he tenido tiempo de volver antes de haberme ido, lo que me hace, sospecho, levemente puertorriqueño. Me quedé el verano de 1983 como profesor visitante del recinto de Río Piedras, gracias al decano José Ramón de la Torre, y viví en las torres de la avenida De Diego, lo que me hizo vecino de Luis Rafael Sánchez y Edgardo Rodríguez Juliá. Más tarde, pasé otro verano en el recinto de Cayey, donde fui vecino de Antonio Martorell. Me doy cuenta de que en esta Isla uno siempre es vecino. Y, a poco, amigo.

Y hoy, gracias a la Academia Puertorriqueña de la Lengua, que me distingue como miembro honorario, vengo a afincar en esta comunidad del habla, en esta comarca del español mundial, hecha en los valores más modernos. Me refiero a la creatividad popular, a la diversidad de la mezcla, a la inteligencia de la ironía. La lengua española es la salud pública de Puerto Rico, y ésta Academia su ministerio mayor. También su gimnasio. Porque los académicos hoy día, liberados de la prosopopeya, nos ayudan a perder peso retórico.

Me complace recibir este honor especialmente porque el español de Puerto Rico ocurre en la encrucijada atlántica, entre España, el Caribe y Estados Unidos. Y es, por ello, una lengua nacional que se habla con acento político. Ya hablar puertorriqueño es hacer una declaración política. Pero no porque el español esté aquí amenazado – nunca nuestro idioma ha sido más fuerte que en ésta isla -, sino porque ha sido capaz de hacerse lugar en el diálogo. Libre de la penuria de la víctima, vuelto interlocutor, propone su diferencia en el debate. No olvidemos que el gran Hostos recomendaba aprender inglés, educarse plenamente, y demandar plebiscito.

La Academia Puertorriqueña de la Lengua Española tiene mucho que hacer en este siglo, que es ya del español, como lengua franca que es del nuevo internacionalismo; aquel cuyo centro es la cultura, y cuya agencia incluye los derechos humanos y las migraciones.

Y qué alegría es compartir esta ceremonia con Rosario Ferré, cuya obra pertenece, en efecto, al futuro, donde será leída como abecedario de la libertad que fuimos capaces de reclamar: la promesa crítica, secular y democrática del ideario moderno emancipatorio.

Yo nunca he visto a Puerto Rico como una resta sino siempre como una suma acrecentada. La lengua española le debe a Rosario Ferré esa capacidad inclusiva, esa creatividad libérrima.

Señores académicos, queridos amigos, ¡qué maravilloso es haber nacido en ésta lengua y poder decir, ésta noche, la más clara palabra nuestra: gracias!

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Nélida Piñón

Posted by jortega@brown.edu on January 10, 2008

Enigma y claridad de Nélida Piñón

En “Vestigios,” uno de los cuentos más perturbadores de su libro Tiempo de las frutas (1966), Nélida Piñón nos propone la parábola de los siete monstruos. Son criaturas horrendas y bestiales, cuyo primitivismo (no animal sino humano, porque no no hay animal tan violento como el hombre) se exacerba cuando descubren que han aprendido a matar. ¿Quiénes son estos seres malignos y feroces? Carecen de conciencia, de identidad y culpa, que les haría dudar, elegir, temer. No son humanos sino una pesadilla de lo humano. Un día capturan a una niña de 14 años, y de inmediato la matan. Pero ella no es como sus otras víctimas, su cuerpo emite un olor inexplicable. Intrigados, hunden sus cuchillos en el cuerpo muerto y beben de su sangre y comen de su carne. “Inclinados sobre la niña, el cadáver parecía una fuente.” Pero el misterio de ese cuerpo los transporta, y cuando sólo quedan sus huesos se encuentran “Inmvóviles y mustios, ninguna alegría iluminaba ahora sus rostros.” En su bolso descubren la foto de una mujer “joven y vigorosa,” seguramente la madre de la niña. Los embarga una extraña devoción. Juntan el retrato y los huesos, y lloran.

El cuento es sintomático de la imaginación de Nélida Piñón: por un lado, ahonda en el proceso por el cual se construye un enigma; por otro, al hacerlo desentraña la nueva claridad que sólo lo más enigmático es capaz de revelar. En esta parábola podemos, en efecto, leer la configuración visual de un emblema barroco, cuyo artificio se construye como un montaje de imágenes de horror, y cuya fábula nos conmueve con la emoción de lo siniestro. Al emblema pertenece el monsrtruo, poderosa figura mediadora de la humanidad deshumanizada. En este caso, se trata de un grupo infrahumano, unido por la vulgaridad del mal que define a la incapacidad de conciencia. El monstruo, por ello, es aquí un emblema moral. Muestra el tránsito que va de ese estado de violencia ilegible al estado humano de la conciencia legible. El hecho de que estos monstruos estén desprovistos del habla sugiere que carecen de identidad: no pueden verse en los otros, mucho menos en sus víctimas, a las que confunden con los animales y las plantas. Sólo la destrucción les produce exaltación, y se reconocen en ella sin consecuencias. Son, por eso, un exceso de extrañeza. Pero, notablemente, esa violencia nos hace reconocerlos como menos monstruosos y casi humanos. O como lo monstruoso de lo humano.

Julia Kristeva había advertido que lo abyecto es lo que no tiene sujeto, sólo objeto: convierte al otro en cuerpo deshumanizado. O quizá, en lo humano sin cuerpo, en figura residual de la violencia. Pero la abyección supone también la sumisión: como en la figura del esclavo y el amo, la violencia se convierte en una forma degradada de la comunicación. Los monstruos repugnantes que Nélida Piñón nos devuelve son un espejo implacable: sin la imagen de nosotros mismos, que los otros nos devuelven, no podemos identificarnos sino en la violencia mutua. Esa violencia es una forma de canibalismo: nos devoramos unos a otros para encontrarnos.

Si Margarite Duras pareció creer que la condición femenina se define por la melancolía, Nélida Piñón parece decirnos que se define por la sabiduría de la pasión. Lo más notable de esta tribu de monstruos, es que no hay entre ellos ninguna monstrua. La mujer es una niña sacrificada en la violencia, y una madre en una foto devocional. Los “vestigios,” así, son los restos de la víctima, cuya sangre ha sido bebida y cuyo cuerpo ha sido comido en un éxtasis masculino de la violencia. En una suerte de montaje que evoca el método de la composición en la lectura de lo moderno que hizo Walter Benjamin, este cuento propone en el monstruo el montaje de una figura cifrada. El crimen se transfigura en la nostalgia de un lenguaje articulado. Lo monstruoso, precisamente, es lo no articulado: la incapacidad para acordar, concordar, dialogar. En el arte, el montaje es el ensayo, por via negativa, de esa legibilidad mutua. Por lo tanto, si lo que se ha perdido es el valor de la emotividad, censurada por los lenguajes de la transparencia comunicativa (pero sólo la pornografia es plenamente transparente, todo lo demás posee la dignidad de lo afectivo), este cuento parece decirnos que nos falta restaurar la claridad que corre dentro de lo humano, y que se propone como una comunicación sin violencia. Esa nostalgia de lo genuino humaniza, al final, a los monstruos. Como a Calibán, en La tempestad, lo humanizaba saber que él también podría acceder a la “gracia.” Y esta sería la vuelta de tuerca que Nélida Piñón nos propone: hacer legible el escándalo de la violencia, porque hasta la violencia debe tornarse creativa. Lo que podría remitirnos a Walter Benjamin en la genealogía de las explicaciones. Más interesante, creo yo, es que nos devuelve al imaginario cultural latinoamericano, al más popular, capaz de procesar la violencia, humanizarla, y hasta decorarla.

En otro cuento, “Sangre esclarecida,” que parecería un antecedente, aunque de resultados muy distintos, de “Vestigios, Nélida Piñón había convocado a otra figura extrema: un hombre que “Jamás amó a padres o hermanos. Ni amigos, mujeres, objetos, incluso animales.” Imitaba, nos dice, el arrebato del amor para “que nunca descubrieran la carencia que escondía.” Se deja amar por varias mujeres sin reconocer el amor. Hasta que una niña lo ama. ” ¿Acaso la violencia es la manera inicial de amar?” se pregunta este hombre, mientras la mata. “Le quedaba ahora el desconsuelo de amar a quien muriera, si no le fuera posible exaltarse con quien estuviese vivo.” Se inmola enseguida, entregando su cuerpo a los animales, que lo desagarran con una violencia que él entiende es amorosa. “Se aferró a la desesperada esperanza, aceptando las condiciones más réprobas…Y aquel amor era el único que había sentido.” Aquí, se diría, la abyección que demanda el sacrificio de amor es anterior al discurso: si toda idea del hombre es una idea del amor, ésta de la deuda de amor contraida, que tal vez es impagable, sugiere que del amor todo está por escribirse. En la obra de Nélida Piñón estos personajes endeudados por la pasión, convierten la deuda en tributo. Esa figura del sacrificio forma parte de la transgresión, allí donde el amor sigue siendo milagroso. Milagro, lo sabemos, quiere decir ver más.

A lo largo de la obra de Nélida Piñón me ha parecido ver el juego tenso e intenso de estas figuras hiperbólicas, que amplían con su luz y su sombra la función del emblema barroco del otro, el montaje modernista de lugares heteróclitos, la parábola de la comunicación agónica, la alegoría transgresiva de los géneros ¬-figuras todas éstas del enigma poético, que es existencial y moral. Quizá por ello, como para presidir esos abismos humanos, la figura solar domina el escenario con su luminosidad: el sol sale y se pone en estas páginas como figura clásica (el sol predica el bien común al ser de todos, como entiende Campanella al construir su utopía como “La ciudad del sol”); pero es también una figura barroca (emblema de la abundancia, tal como aparece en La república de los sueños); y, más reflexivamente, es un principio de la legibilidad superior que nos aguarda en la comunicación plena.

En “Finisterre,” un cuento sobre la “isla gallega” se nos dice de una vieja que “había rehusado a la muerte en un día de sol.” En “Fraternidad,” leemos que “con un sol que aún iluminaba con reflejos dorados el camino, escuchó la alegría espléndida y desarmoniosa de voces que cantaban.” En “Sala de armas” se nos explica que “El hombre simula coraje, pero en verdad su osadía es una sombra deshecha por el sol.” En “Tarzán y Beijinho” advierte: “Les dejé un mensaje de amor y fidelidad, no volvería a hacer reparos a nuestra vida en común. Única y con sol.” Y en “El sultán,” este personaje omnipotente rechaza “la claridad de todo sol universal.”

¿Cómo no volver a la caverna platónica y a la idea de Heidegger de la mirada solar? Es aquella capaz de ver a la luz como la justicia del alma pero también de los otros. Y nos viene de Platón la noción de que a la luz del día el hombre levanta el lugar donde vivir. Habitar equivale a construir, y en la morada del ser, propone Heidegger, habitamos entre los demás. El lenguaje es la casa que hacemos entre todos.

La casa de la intemperie hispanoamericana busca reconstruir la república de los sueños universal. A favor del sol y de su enigma, la luna, reunidos por la pasión de elucidar el lugar habitable, Nélida Piñón nos mira con la luz de la atención del lenguaje dialógico. Se trata de una virtud de la atención encendida que, en su obra de arte mayor, nos cree prodigiosos. Ese exceso de fe en sus lectores es un lenguaje hecho carne.

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A causa del honor

Posted by jortega@brown.edu on November 23, 2007

A causa del honor

EL PAÍS 07/11/2007

Julio Ortega

Vartan Gregorian había sido director de la Biblioteca Pública de Nueva York, reconstruida gracias a su extraordinario liderazgo, y como nuevo presidente de la Universidad de Brown solía pasear el campus buscando, y encontrando, temas y dilemas. Pero el drama de toparse con Vartan era que te preguntaba por tus planes, se entusiasmaba con ellos, y te duplicaba las tareas. La mañana primaveral que dio conmigo, le respondí: “Estamos pidiendo el doctorado honorario para Jesús de Polanco y Carlos Fuentes”. “Pero si vas a pedir dos”, me dijo, retándome, “mejor es que pidas cuatro”. Mi asombro lo animó: “Te propongo que le dediquemos una conmemoración especial a Estudios Hispánicos y la lengua española”, me dijo. De modo que en un estado de gracia -poseídos por el aura gregoriana- también pedimos honores para Víctor García de la Concha y Rosario Ferré.

Nuestro departamento había sido declarado por el National Humanities Council como uno de los mejores del país, para sorpresa de Gregorian. “¿Cómo te lo explicas?”, me había preguntado cuando el New York Times dio la noticia. “No tengo tiempo de explicármelo”, le dije, “porque tengo que pedirte dos profesores más”. Ahora pienso que tendría que haberle pedido tres. Vivíamos, ese año de 1996, la epifanía deportiva nacional del confeti lloviendo sobre nuestras cabezas.

El gusto protocolar de la Academia anglosajona, que suma las togas y los latines, empezó a trotar con brío. El doctorado honorario de cuatro figuras del mundo hispánico, la dedicación del día de la lengua española al centenario departamento de español, tenía en Vartan Gregorian al demiurgo capaz de convertir el campus en teatro del mundo. Convocó a la que sería la ceremonia de un siglo destinado a hablar español. Nos dio una lección, no hay otra palabra, de grandeza. Pensé que la generosidad es la virtud más gratuita y a la vez más valiosa, porque nos mejora entre los mejores; y por lo mismo, es un exceso de humildad. El 7 de marzo, en nombre del Board of Fellows, Gregorian le escribía a Polanco invitándolo al reconocimiento de “su contribución a la modernidad de la cultura del diálogo en España y sus nuevas y creativas relaciones con el mundo latinoamericano.”

Pocos meses después, el encuentro en Brown de Jesús de Polanco y Vartan Gregorian fue inmediatamente propicio. Tenían casi demasiadas cosas en común: el mayor talento del líder, su capacidad de creer en los otros; la inteligencia amable y la voluntad acerada; y, sin duda, la claridad de visión que los instalaba cómodamente en el futuro.

Pero nos esperaba todavía salvar los molinos que pasan por gigantes y ponen a prueba la lectura. No habríamos podido imaginar que el Gobierno conservador español y un juez sin juicio pretenderían impedir que Jesús de Polanco viajase a Providence, con franco abuso de poder y autoritarismo encarnizado. La ceremonia del honor es causa se programó para el 28 de abril de 1997, pero el 4 de ese mes el juez prohibió a Jesús de Polanco viajar a Estados Unidos.

En la historia de las universidades norteamericanas, esa prohibición era inconcebible, salvo en los países del horror soviético. La reacción internacional de solidaridad con Polanco y Juan Luis Cebrián denunció la campaña de descrédito profesional y personal que pretendía vulnerar honor y honra. Refrendaron esa protesta los directores de La Repubblica, The Independent, New Republic, The Irish Times, Le Nouvel Observateur, La Opinión, La Jornada, Estampa y Clarín.

El 21 de abril empezaríamos la conmemoración hispánica con un seminario sobre España y América Latina entre profesores de literatura de Brown y la Universidad de Cambridge. Nos habíamos reunido el año anterior en Cambridge, y esos diálogos son la semilla del Proyecto Transatlántico de Brown, hecho de varias orillas, gracias especialmente a Carlos Fuentes, a quien nuestro Melquíades armenio, Gregorian, había nombrado, pocos años antes, professor-at-large de mi departamento. Hoy día hemos sumado a dos ilustres amigos a esa constelación hacedora, Fernando Henrique Cardoso y Ricardo Lagos.

El 22 de abril tendría lugar el segundo seminario, entre colegas de los centros de Latin American Studies de Cambridge y Brown. El 24 de abril recibiríamos a Carlos Fuentes, Juan Goytisolo y Julián Ríos (nosotros celebramos el Día de la Lengua, se diría, casi como nuestro verdadero cumpleaños). Y todo culminaría en la convocación del 28 de abril, con la llegada de Jesús de Polanco y el doctorado de los cuatro embajadores del idioma.

Pero el abuso del juez y la prensa conservadora no cejaban. Impedirle recibir el homenaje de una universidad parecía su objetivo inmediato; herir la credibilidad de sus empresas, el propósito siniestro.

Empezó a llover. Casi como en una novela de García Márquez, efectivamente, y pensé que nos faltaba un esfuerzo más. En Brown, nuestra directora de la Oficina de Prensa respondió a unos periodistas norteamericanos que la universidad reiteraba su voluntad de honrar a Polanco, más allá de las disputas políticas, por sus méritos de agente de la democratización de las comunicaciones en la transición española. Esa reafirmación de la universidad fue la gota de lluvia que colmaba el tema. Yo creo en la justicia de las palabras justas.

Muy pocos días antes de la ceremonia convocada, un amigo me habló para leerme el titular que estaba leyendo en la cinta móvil de noticias en el metro de Barcelona: “Polanco viaja a Brown”.

Al final de la comida, hablando a nombre de los doctorandos, nos dijo Polanco: “Espero no pecar de falsa modestia si les digo que soy el menos merecedor de este homenaje. Junto a los sobresalientes méritos académicos y literarios de quienes hoy me acompañan en este trance, sólo puedo exhibir una vida de trabajo y dedicación, como empresario, a la cultura y a la industria de la comunicación. No devaluaré, en cualquier caso, mi esfuerzo, que ha sido grande, ni mi voluntarioso tesón, y tampoco voy a ocultarles la sincera gratitud que hoy siento, cuando veo reconocidas ambas cosas por una institución tan admirable como ésta, precisamente en momentos en que en mi país soy objeto de ataques e insidias que han puesto en peligro incluso mi asistencia a este acto”.

“Una famosa frase de Calderón de la Barca, a quien creo no está de más citar en este día de las letras españolas que hoy celebramos y en este marco de la amistad cultural y lingüística entre España y América, dice que la hacienda y la vida pueden ser arrebatadas por el rey, por el poder, “pero el honor es patrimonio del alma.” Hoy la Universidad de Brown ha tenido la gentileza de compartir su alma con nosotros, y la nuestra con ella: ha querido hacernos partícipes de su concepto del honor -una palabra muy resonante en castellano- y de contarnos así entre sus amigos. Por eso, y cuando mi honor, y el de las instituciones que represento, y el de las personas que trabajan en ellas, es atacado e infamado injustamente les quiero decir, con toda naturalidad, que no se preocupen: quizá se hayan equivocado -¡qué digo!, se han equivocado seguro- por distinguir académicamente a alguien con tan pocos merecimientos como yo, pero no yerran en cuanto al honor se refiere. Los hechos y el tiempo -no hará falta que pase mucho, por cierto- nos darán la razón a ustedes y a mí en este punto”.

Fueron testigos dos de sus hijos, sus amigos Plácido Arango, Leopoldo Rodés, Julio Mario Santo Domingo, Sylvia y Carlos Fuentes, Víctor García de la Concha y Rosario Ferré; los escritores norteamericanos John Hawkes y Robert Coover; mis colegas hispanistas de las universidades vecinas… y Vartan Gregorian y la familia de Brown, en el día de su mejor suma atlántica. Fue una batalla más por el diálogo en esta maravillosa lengua.

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Para el bicentenario

Posted by jortega@brown.edu on October 24, 2007

Agenda para el bicentenario

Por Julio Ortega

Sobre el bicentenario de la independencia americana, que comenzó ayer y se prolongará a futuro, todos tenemos algo que decir. Pero al decirlo, reveladoramente, habla uno desde donde está situado. Para que el balance no sea otra ocasión perdida, vale la pena cotejar agendas para acordar relevancias y ensayar la pertinencia. Dos coloquios sobre el tema que tuvieron lugar recientemente en Madrid lo han hecho con buen ánimo. El primero convocado por la Cátedra Julio Cortázar de la Universidad de Guadalajara en la Casa de América, fue un contrapunto entre historiadores y escritores de España y América Latina. El otro, a cargo de la Secretaría General de Iberoamérica, que dirige Enrique Iglesias, repasó los modelos de interpretación que dan forma a ese debate. Nuevas preguntas reclaman definir qué es lo que queremos conmemorar, más allá de la efemérides y los fastos de oficio. En definitiva, se trata de reafirmar la creatividad cultural y política de un proyecto que no se resigna al pasado y sigue disputando el futuro. Bien puede ser que sea ésta ocasión propicia para recontextualizar el tema, y proponer que América Latina es un laboratorio de emancipaciones modernas.
Por lo pronto, Carlos Fuentes propuso que la celebración sea un diálogo entre América Latina y España para, más allá de los desastres de la guerra, recuperar la cultura mutua. Y Juan Luis Cebrián, que tomemos lección de la demorada emancipación de la propia España, larga víctima del absolutismo y la represión del liberalismo; la independencia de los países latinoamericanos fue totalmente borrada de la educación de los españoles, advirtió. En efecto, si España padeció de largo oscurantismo absolutista antes de la modernidad democrática, los paralelos con América Latina son un diálogo instructivo. Basta recordar que en el breve fervor liberal de comienzos del siglo XIX, el puertorriqueño José María de Hostos, del cenáculo liberal madrileño, estaba previsto para Gobernador de Barcelona. En cambio, en el fervor conspiratorio de Londres, el gran Andrés Bello le proponía al pro-independentista José María Blanco White encontrar un príncipe europeo para gobernar en América. Por lo mismo, el drama común empieza siendo la representación política; y en ese ejercicio, como explica el historiador colombiano Eduardo Posada-Carbó, las primeras experiencias electorales, tanto en España como en América, coinciden en su voluntad y ejercicio liberal. F.-X. Guerra observa que el término ¨Liberal¨ nace en España, durante la “revolución española,” y se difunde en Europa y América para designar a quien se opone al absolutismo a nombre de un régimen constitucional. Las Cortes de Cádiz (1810) son la culminación de esa fecunda escena del diálogo original entre ambas orillas del español moderno. En la actualidad de ese debate, Carmen Iglesias ha dicho, con agudeza, que la representación ilustra hoy mismo el divorcio entre la clase política y una ciudadanía que no habrìa votado por ninguna crispación.
Legitimidad, Soberanía, Nación, esas tres fuentes propicias del estado liberal, nos recuerda el historiador Manuel Chust, supone una misma guerra, tanto española como hispanoamericana, de emancipaciones. Y cuaja brillantemente en la Constitución de Cádiz. ¨Mil años de feudalismo habían esperado estos representantes orgánicos de la burguesía liberal para iniciar el abordaje de la Soberanía como representantes de la Nación,” escribe Chust, no sin gusto dramático. En esa Constitución los españoles y los hispanoamericanos son representados como una misma nación. Las lecciones son evidentes: después del retorno del absolutismo en 1814, el concepto de nación se haría excluyente y autoritario. Hemos heredado esa polaridad a hierro: hoy mismo se postula una sola nación en el país más multinacional de la historia cultural de las naciones. Así, el diálogo es de espejos didácticos: en América las naciones son plurales de hecho, aunque no aún de derecho. Por eso, el Informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación, impecablemente presidida por Salmón Lerner, que documentó la matanza de casi 70 mil peruanos, no fue asumido por el Estado. Solamente hay nación allí donde la violencia no es impune. En la teoría de la nación se afirma hoy que sólo los países que forjaron su modernidad fueron nacionalistas. El nacionalismo no es un primitivismo: presupone lo moderno como propio. Por eso, Argentina y Chile conciben su historia emancipatoria como exitosa. Y no en vano en ambos, y también en Uruguay, las universidades recibieron a las mujeres antes que en Estados Unidos.
Pues bien, para celebrar esta actualidad de nuestra historia, es fundamental no repetir los errores del quinto centenario del descubrimiento de América. Al final, se puede decir que esas costosísimas fiestas nos aumentaron los victimarios y nos acrecentaron las víctimas. Es preciso evitar tanto la conversión de la memoria histórica en parque temático como las pacificadas versiones estatales, que siguen el liberalismo blando: creer que la verdad está al medio. O, peor aún, el neo-liberalismo de verdad única, incólume y autoritario.
Más importante, creo yo, es cuestionar la versión autoderogativa de la independencia como fracaso. Esta interpretación, bastante común en algunos países latinoamericanos, proviene del paradigma de leer la historia política, el carácter nacional y la construcción del estado como procesos frustrados. La tradición del fracaso es un dictamen traumático sobre los orígenes, y tiene su más brillante exposición en El laberinto de la soledad (1950) de Octavio Paz, que postula en la violación de la madre indígena el malestar metafísico del mexicano, su soledad cósmica. No menos persuasiva ha sido la ¨teorìa de la dependencia” en sentenciar la condena al fracaso de unas sociedades de denominación colonial o neo-colonial. De impronta marxista, esta tesis restó valor a la empresa colectiva de una historia que, invariablemente, vio como incautada, interferida y provisoria. A ese vaciado de sentido, siguieron versiones vulgares y sentimentales que descontaron la dignidad de otras respuestas y apuestas. Hoy la violencia, la prostituciòn, la corrupción, se han convertido en producto de exportación narrativa y cinematográfica, en el entendido de que esas imágenes confirman la buena conciencia europea.
Sin embargo, la necesidad de recobrar la creatividad social, las estrategias populares de negociación, y la imaginación cultural del porvenir, pone en entredicho la vieja versión catastrofista, formulaica y residual. También deriva de esa versión el hábito de interpretar los hechos del pasado desde los hechos del presente. Esta falacia, conocida como “presentismo,” impide leer la especificidad y el proyecto que animó nuestras historias. Gracias a los nuevos historiadores, empezamos hoy a recuperar la noción de que las luchas de la emancipación son procesos del debate por el lugar de los sujetos en el despliegue de lo moderno. Pero no se deben tampoco a su versión dominante, que condena a desaparecer a las naciones marginadas. Se deben, más bién, al drama de la desigualdad perpetuada y de la justicia social diferida. Por eso, Toynbee se equivocó cuando al conocer Perú, sentenció que la conquista no había terminado. No había terminado la independencia.
De modo que si desde una perspectiva más crítica y productiva, podríamos acordar algunos procesos desenvolviéndose laboriosamente en nuestro horizonte histórico común, pienso que la creatividad del trance emancipatorio, lo que Jorge Basadre llamó “la promesa de la vida republicana,” se ilustra en aquellas instancias, cristalizaciones y formas que sin ese trance no existirían:
La tradición constitucionalista de un liberalismo popular, que es el origen del principal aporte latinoamericano (costoso aporte, eso sí) a la legalidad contemporánea: el estado de derecho como control de la violencia y base actual de los “Derechos Humanos”;
La idea de la mezcla, como articulación de lo moderno, que ya Cervantes y el Inca Garcilaso habían visto abría en el Nuevo Mundo un espacio de modernidad española adelantada;
La nación hecha de naciones, la nacionalidad plural, incluyente y no exclusiva, no necesariamente esencialista (raza, lengua, religión) sino operativa (comunidad migratoria, regionalidad mestiza, red de filiaciones y alianzas);
La construcción del Estado a partir del modelo de la escuela (todos los hombres de la emancipación fueron educadores);
La persuasión utopista, no la utopía como ideal abstracto y angélico, sino la del territorio de la Abundancia, que hace de la ciencia natural el modelo cultural de las justicias mayores;
Las lenguas nacionales, enciclopédicas y populares, que sumaban al español la riqueza de la diferencia, asi como sus literaturas orales, legendarias, y barrocas que reescriben la historia;
La representación democrática y su cultura electoral, plebiscitatia, que prodiga constituciones pero también los códigos jurídicos, y produce una creciente participación;
La religiosidad popular como discurso de la pobreza, que se articula en la mayor contribución filosófica latinoamericana, la “Teologìa de la Liberación,” hoy más pertinente que nunca;
La gran literatura latinoamericana, que no se explicaría sin su proyecto emancipatorio, y que desde Rubén Darío se propone a la sociedad como un modelo cultural realizado;
Las prácticas culturales de la reapropiación, la transculturación, la hibridez como tramas de la geocultura del intercambio y el montaje, donde se configura, en diálogo, un Sujeto trasatlántico.
Esa Biblioteca empieza con los grandes precursores de la emancipación; prosigue con los actores de la independencia; se refleja en los testimonios de los viajeros; es debatido en el espacio polémico del periodismo; se organiza en los tratados de legislación, educación y ciudadanía; y se revalúa en su permanente interpretación. La independencia latinoamericana es una vasta formación discursiva que seguimos investigando como el futuro de los orígenes. Han documentado rigurosamente esa historia y sus diversas naciones, José Agustín de la Puente Candamo y Luis Millones en Perú; José Carlos Chiaramonte y Natalio Botana en Argentina; Enrique Flores Cano y Jaime E. Rodriguez en México; Yolanda Salas y Fernando Coronil en Venezuela. Y han renovado la crítica cultural como puesta al día de las varias fundaciones nacionales, los trabajos inspiradores de Jorge Cornejo Polar, Antonio Benítez Rojo, Aníbal Quijano, Roger Bartra, Roberto Schwarz y Josefina Ludmer. A ellos se suman, desde distintas escuelas y persuasiones, las nuevas promociones de este foro con vocación de ágape.

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MVLL: Niña mala

Posted by jortega@brown.edu on October 5, 2006

Celebración de la novela
Mario Vargas Llosa
Travesuras de la niña mala
Alfaguara, 2006
(Babelia, El Pais, Madrid, 20-05-2006)
Tal vez para conmemorar sus 70 años Mario Vargas Llosa nos regala esta novela (la más divertida, apasionada y conmovedora de todas las que ha escrito), que es un feliz tributo a la tradición novelesca misma, y hasta una celebración del arte de leer novelas como si las mejores se debieran al mejor lector, aquel incauto capaz de confundir el mundo con el relato que lo hechiza. Novela de novelas, en sus siete capítulos que son otras tantas, ésta se abre por dentro a distintas historias reveladas como ficción a nombre de su verdad provisoria. O como verdad, a nombre de su ficción salvadora. Aliviado de su propia angustia de tesis, de su postulación nihilista, de su “gran relato” del fracaso humano, esta vez el sistema narrativo de MVLL se libera de la norma verosímil y se deconstruye a sí mismo, ensayando las trampas y abismos del cuento, allí donde lo más probable es el mayor simulacro. Con humor cómplice, la novela rehace una y otra vez nuestra lectura, y nos convence de que la fascinación del cuento es el gusto de recontarlo.

Como si ilustrara un tratado sobre las posibilidades de la novela, Travesuras corresponde al narrador, cuya novela (la primera que escribe) es una biografía (una educación sentimental) de su época (de la década de los 50 a la de los 80) que gira en torno a la niña mala (su amor aplazado de toda la vida). Pero si al comienzo el lector cándido cree que la “biografía” sobre una niña “chilena” es un saludo a la bandera desplegada por García Márquez en su Memoria de mis putas tristes (cuyo modelo narrativo japonés no es ajeno a Vargas Llosa), pronto sospecha que el habla limeña de sus criaturas saluda el paso del crucero Bryce Echenique, donde los Julius del Perú hablan como si renunciaran, por rebeldía, a la vida adulta. Pero, a poco, el lector entiende que esta novela es una historia del desengaño, que empieza con los cuentos del camino de Bocaccio, sigue en la historia de un hidalgo manchego (en este caso, limeño, más lánguido que loco, quien no sale de su casa esperando que su Dulcinea vuelva a llamarlo por teléfono, y ella, cada dos años, lo hace); y culmina en Flaubert y su magnífica heroína, mujer mala como la Karenina, con cuya muerte la novela requiere concluir para paz del código social.

Después de todo, las “mujeres malas” son las mujeres libres, y su paso por la novela lleva el precio de sus vidas. Hija de esas heroínas de la contradicción, esta “niña mala” ejercita su libertad al precio más alto (el próximo amante rico) pero su origen (modestamente peruano) la revela como hija del trauma (bella pero pobre, hija de madre cocinera, reinventándose a si misma). En suma, su destino (arribismo y simulación) es el melodrama. Como un personaje de Balzac, ella funda la sociedad moderna: su pasión de ser alguien confirma las reglas. Pero siendo su pecado original la clase social, carece de legitimidad (su amante, el narrador inocente, la devuelve con cada fracaso al horizonte de lo literal); y, sin libertad en la novela, la recobra la imaginación melodramática.

Se trata, claro está, de un gran melodrama. El narrador es un traductor (otro héroe de lo moderno) cuyo candor (es un “niño bueno”) resulta no menos balzaciano. Víctima de su pasión perpetua por la “niña mala,” es traicionado una y otra vez, pero vuelve a creer en ella. Sólo que es también su mayor testigo, el descubridor del simulacro (“Eran peruanistas, no más. ¡Pobres! ¡Pobrecitas!,” dice de las hermanas arribistas; y más tarde: “inmediatamente me dió una explicación que parecía impecable, aunque yo estaba seguro de que era falsa.”). Tambien es su juez (“pero sobre nada de esto me atreví a interrogarla para no ponerla en aprietos”). Y, al narrar su supuesta violación, parece un protector fantaseoso ( el cuerpo violado es una anatomía sadista). No en vano este narrador recusa el psicoanálisis y su impronta analítica: su rechazo de Freud, Lacan, y cia. lo hace sujeto favorito de esos escrutinios. Su amor se convierte en su posesión, y la mayor culpa de ella en su descargo. Cree en la felicidad, pero sospecha que su bondad es medida del mal ajeno. Reveladoramente, en torno suyo mueren los personajes de la pasión sin cálculo: Paul, el guerrillero; Juan, el enfermo de Sida; Salomón, el enamorado suicida; y ella misma, rendida al final a la sombra del origen, el “niño bueno,” a quien ella le obsequia sus bienes, y el mayor de todos, su historia, la novela que leemos.

El traductor o intérprete, nos dice el narrador, es una “profesión anodina” pero “la que menos problemas morales plantea a quien la ejerce.” Es un yo sin discurso, y por ello un héroe del melodrama. Vive, nos dice, en el limbo, mientras ella lo hace en el infierno social. Sólo es alguien gracias a ella. “Porque mi vida era bastante normal, aunque vacía.” Y se define, ya en la plena tragicomedia: “Entre sus amantes y compinches de ocasión, yo era el más desinteresado, el más devoto. El abnegado, el dócil, el huevón.” Expulsado de la melancolía, es un peruano sin representación: su drama pasa sin pena por los lugares comunes sobre la historia política y cultural; y como en las buenas comedias, su amor termina en matrimonio pero como en los mejores melodramas, en matrimonio falso. En la hipérbole peruana de esa lógica, nuestro narrador encuentra al padre de la heroina, y nos revela la escena original de su larga culpa. Si esa lectura es vargasllosiana por excelencia (el Perú, lo sabemos, es el mejor ejemplo de lo peor hecho) esta vez la fuerza de la novela la desarma: el origen es el trauma pero el destino es el melodrama. Y la saga nacional del origen de clase, raza, barrio, lengua, arribismo, resentimiento y culpa (cuya contrapartida infernal es el racismo, la exclusión, la buena conciencia, y la violencia), se resuelve, no sin humor reparador, en la emotividad y el afecto, el único espacio no codificado por los poderes. La subjetividad conmovida (“Me sentía enternecido hasta las lágrimas”) es un espacio narrativo donde se puede ser “huachafo” (cursi), hiperbólico, sentimental, y, por fin, verdadero.

En una suerte de libertad feliz, Vargas Llosa narra las secuencias finales con precisión e intimidad. El cuento se diversifica pero también se precipita, con certeza, economía, y emoción. Todo se vuelve, por imaginario, irresistiblemente cierto.

La novela se resuelve debatiendo sus opciones, entre la narración episódica y el relato sentimental. Y con valor y audacia, en un gesto que revela la mano maestra que gobierna los hilos, opta por el folletín.

“-Me conoces mal- dijo ella, muy tranquila. Tal vez a otros les podría hacer maldades. Pero a ti, no.
-A mi me has hecho las peores maldades que puede hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho creer que me querías…”

Ella habla desde la tradición de la novela: No sabes leerme, dice, soy irrepresentable porque la mujer (ese síntoma masculino, dijo Lacan) es tu propia indeterminación, y por eso te conoces mal.

Pero él relata desde la magnífica convención del melodrama, donde los sujetos son transparentes porque la sociedad es tópica: soy inocente, le dice a ella, y tu historia es ahora mía. Antes, le ha dicho: “Tú me conviertes en un personaje de telenovela.”

Al fin de cuentas, ella tiene su tumba en la costa de Sete, entre las de Paul Valery y George Brassens. Es, dulcemente, una huachafa realizada.

Y ésta es una celebración compartida de la libertad novelesca.

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